Me exhibí en la playa por su afán de controlarme
Como le conté a Carla la primera noche que salimos a cenar las dos, estuve muy poco tiempo con un chico que me dio pruebas más que suficientes de lo que era. Aquí solo voy a contar las que tienen que ver con esto que me gusta tanto: mi manera particular de exhibirme.
Me lo presentó una compañera de la empresa. Era guapo, de buena planta, bien vestido, de esos a los que no les dices que no cuando te proponen un primer café. Pero más allá del físico, enseguida empecé a notarle ciertos gestos que no me cuadraban. Pequeños comentarios de medio lado, siempre suaves, casi cariñosos, sobre lo bien que me sentaba la ropa.
El problema era el añadido. Le gustaba lo atractiva que me veía, sí, pero quería ese atractivo solo para él. No para compartirlo con nadie. Y cuando digo nadie, digo nadie: ni amigas, ni amigos, ni conocidos. Su mirada era una caja fuerte donde quería guardarme.
Al principio lo tomé por torpeza, por inseguridad de los primeros días. Tardé poco en entender que era otra cosa.
Empezaba la temporada de playa. La tarde antes de ir juntos por primera vez quedamos en mi casa. Yo, ingenua, pensé que sería la ocasión perfecta para un buen revolcón. Sus planes eran muy distintos.
Llegó con una bolsa de una boutique cara y me la entregó con una solemnidad casi cómica, como quien hace una ofrenda.
—Toma, para que lo estrenes mañana —dijo, ilusionado de verdad.
Era un bañador entero, de color esmeralda, precioso. Se notaba que le había costado una fortuna, y se notaba también que me iba a quedar de maravilla. Lo saqué de la bolsa y lo sostuve a la altura del pecho frente al espejo del recibidor.
—Es elegantísimo —reconocí, y era verdad.
Lo que pasa, y así se lo expliqué con toda la calma del mundo, es que a mí la playa me gusta por dos cosas: nadar en el mar y tomar el sol en la mayor superficie posible de mi cuerpo. Y aquel bañador, tan bonito, no servía para ninguna de las dos.
—Es para lucir palmito en la piscina de un club de golf —le dije—, o en el beach club de un hotel de cinco estrellas. No para mi playa.
Lo que me contestó me retrató su plan entero.
—Pues eso es justo lo que haremos mañana. Nada de playa. La playa está llena de guiris, de tías con las tetas colgando, te llenas de arena hasta las cejas, no tiene ningún glamour. Te llevo al club, te presento a mis amigos y amigas, harás contactos, mejorarás tus relaciones, y mientras tanto nosotros echamos un partido. Te recojo a las diez con el coche.
Mientras él hablaba, yo pensaba en mí. Pensaba en lo poco que lo conocía y en lo nada que me conocía él a mí. No tenía ni idea de cómo vivía yo, de lo que me gustaba, de lo que me daba la vida. Y, sobre todo, me dio la sensación clarísima de que no buscaba una compañera. Buscaba una esposa decorativa, sumisa y sonriente, para presumir en el círculo social al que aspiraba a entrar.
No quiere una novia. Quiere un trofeo que solo él pueda mirar.
Le contesté que no, tajante. Que ese mundo no era el mío. Que iría a la playa de siempre en el autobús urbano, porque allí no hay aparcamiento, el coche se pone a cincuenta grados y es un suplicio encontrar sitio.
—Yo voy a mi playa —cerré—. Si quieres, vienes. Tú decides.
Accedí, eso sí, a probarme el bañador. Me fui a cambiar al dormitorio. Esperaba que al menos me acompañara, que aprovechara para algo más interesante, pero él se quedó sentado en el salón como un invitado educado. Tampoco eran esas sus intenciones, por lo visto.
Me miré y me remiré en el espejo de cuerpo entero. Y, en efecto, el dichoso bañador era una obra de arte. Me hacía un tipazo, se ajustaba a cada curva como si lo hubieran cosido sobre mi piel. Parecía diseñado en exclusiva para mí.
Y entonces, frente a mi propio reflejo, se me ocurrió la idea. Sonreí sola. Tenía un plan, y mi plan iba a cumplir las tres cosas: ponerme el bañador, nadar en el mar y tomar el sol en casi todo el cuerpo. Las tres. Solo había que ordenarlas bien.
Salí al salón y le anuncié que lo estrenaría a la mañana siguiente. Le encantó la noticia. No tenía ni idea de lo que le esperaba.
***
A la mañana siguiente vino conmigo a mi playa, a regañadientes, con cara de estar haciendo un sacrificio enorme. Llevaba el bañador puesto debajo de un vestido ligero, y él no dejaba de mirarme con esa mezcla de orgullo y posesión que ya me empezaba a pesar.
Nada más coger las hamacas, le propuse meternos al agua. Nos metimos los dos. El bañador esmeralda funcionaba de maravilla, ceñido y brillante bajo el sol. Nadamos un buen rato, y él salió antes que yo. Cuando volví hacia la orilla lo vi de pie en la arena, con el móvil en la mano, grabándome mientras me acercaba entre las olas.
—Nada de fotos ni vídeos en la playa —le dije al llegar, con una sonrisa que no admitía discusión.
Le hice borrar todo. Y para asegurarme, le quité el móvil de las manos y revisé yo misma la galería, las aplicaciones, las copias automáticas, hasta no dejar rastro de ninguna imagen mía. No le gustó nada. Apretó la mandíbula y se tragó el enfado. Aquel control sobre mi propia imagen, irónicamente, lo ejercí yo aquella mañana.
Mis fotos son mías. Quién me ve y quién no, lo decido yo.
Luego vino lo bueno. Le anuncié que, por higiene, no pensaba quedarme con la ropa mojada pegada al cuerpo. Es algo que hago siempre, esté con quien esté o sola: me cambio el bikini con total naturalidad. En la playa que frecuento no llama la atención, lo hacemos muchas. Quitarse el bañador mojado a la vista de todos es lo más normal del mundo allí.
A él, en cambio, se le encendieron todas las alarmas. La sola idea de que alguien pudiera verme un segundo lo ponía enfermo.
—Te sujeto yo la toalla —se ofreció enseguida, casi desesperado—. Ponte de pie y te tapo, así te cambias con intimidad.
Me encantó la propuesta. Le encantó a mi plan, mejor dicho. Porque a mí, lo que de verdad me pone, es justo lo contrario de la intimidad. Y él, sin saberlo, me estaba poniendo en bandeja el escenario perfecto.
Me puse de pie. Él se colocó delante con la toalla extendida, muy serio, montando su pequeña barrera contra el mundo. Yo me hice la patosa, la torpe, la inocente.
Empecé a bajarme el bañador. Cuando lo tenía a la altura del pubis, enganché el borde de la toalla con el codo, como sin querer, y la tela cayó al suelo. Durante un par de segundos quedé con el pecho al aire delante de medio arenal. Sentí varias miradas clavándose en mí, ese cosquilleo eléctrico que conozco tan bien y que tanto busco.
Él se puso colorado y volvió a alzar la toalla a toda prisa, mascullando una disculpa que nadie le pedía.
—Perdona, perdona, qué torpe soy —dije yo, conteniendo la risa.
Seguí bajando el bañador. Y volví a ser muy patosa. Cuando lo tenía ya en un solo tobillo, me las arreglé para enganchar la toalla con la pierna y lanzarla hacia delante de una buena patada disimulada. La tela voló lejos, sobre la arena, fuera de su alcance.
Esta vez fue mucho más que un par de segundos. Quedé completamente desnuda, de pie, a plena luz de la mañana. Más gente giró la cabeza. Noté cómo me recorrían el cuerpo entero las miradas de desconocidos: los pechos, el vientre, el sexo. Y cuando me agaché y me di la vuelta para sacar un bikini limpio del bolso, también el culo quedó a la vista de todos.
No tuve prisa por taparme. Rebusqué en el bolso con calma, dejándome mirar, sintiendo cada ojo posado en mi piel como una caricia anónima. Ese es mi morbo: saberme observada, deseada por gente que no conozco y a la que nunca volveré a ver. Nada de cámaras, nada de pruebas. Solo miradas que se llevan la imagen en la memoria.
Él, mientras tanto, había ido corriendo a recoger la toalla y volvía rojo de vergüenza y de rabia, sin entender cómo su plan de esconderme del mundo se había convertido en exactamente lo contrario.
Me puse el bikini sin prisa, una pieza por vez, ante el público improvisado. Después me tumbé en la hamaca, cerré los ojos y dejé que el sol me cubriera casi entera, justo como quería.
De esta forma los dos cumplimos nuestro deseo. Él, ver cómo lucía aquel bañador esmeralda que tanto le había costado. Y yo, exhibir mi cuerpo ante muchos más ojos de los que él habría tolerado jamás. La diferencia es que el mío fue un deseo a propósito, calculado al milímetro, y el suyo, un castigo que ni siquiera supo ver venir.
No hubo segunda playa. Ni segundo bañador. Carla se rio mucho cuando se lo conté aquella noche, entre copas, y me dijo que era una provocadora. Tiene razón. Pero hay provocaciones que una se gana, y la de aquella mañana me la había servido él en bandeja, con bolsa de boutique y todo.





