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Relatos Ardientes

Quería que los vecinos miraran a mi esposa

Era nuestra primera escapada solos en años. Desde que llegaron las niñas, el deseo entre Marina y yo se había ido enfriando sin que ninguno lo dijera en voz alta. El cansancio, el trabajo, las rutinas: todo conspiraba contra nosotros. Tanto que terminamos sentados frente a una terapeuta de pareja que, entre otras cosas, nos recomendó algo simple. Un viaje. Una semana sin horarios, sin obligaciones, con la cabeza abierta a recuperar lo que un día tuvimos.

Antes de las niñas, Marina era otra. Le divertía provocar. No le importaba quedarse en topless en una cala, ni que yo le hiciera fotos, ni jugar con la mirada de la gente cuando salíamos a cenar. A mí siempre me había gustado eso de ella: saber que otros la miraban y que ella lo disfrutaba tanto como yo. Con el tiempo, esa parte se apagó. Llegaba agotada a casa, se tapaba, evitaba el espejo. Y yo guardaba mi vieja fantasía en un cajón al que ya casi no me asomaba.

Alquilé una casita en una urbanización pequeña de la costa, nada de hoteles ni lujos. Seis viviendas con patio trasero y una piscina comunitaria que compartían todas. Tranquila, discreta, perfecta.

—¿Y harás topless al menos? —le pregunté mientras hacíamos las maletas. Sabía que estaba forzando la suerte.

—Ya empiezas —respondió, medio en broma, medio en serio—. No me siento cómoda con eso, lo sabes.

—Vale, vale. Pero déjame elegir a mí los bañadores, anda.

Puse mi mejor cara de niño bueno y, para mi sorpresa, aceptó. Esa misma semana fuimos a comprar juntos: tres bikinis, un par de vestidos ligeros, algún pantalón corto. Yo elegía pensando en cómo le quedaría cada cosa bajo el sol.

***

Llegamos un viernes por la tarde. La casa nos sorprendió a los dos: salón amplio, un sofá enorme, cocina abierta, y arriba dos dormitorios con un baño que tenía hasta bañera de hidromasaje. Detrás, el patio daba directo a la piscina por una puertecita.

—¿Cómo encontraste esta ganga? —dijo Marina, dejándose caer en la cama—. Ya me siento con otro ánimo.

—Tú descansa. Yo ordeno la ropa.

—Si me lo pides así, te hago caso. Y como agradecimiento, toma.

Se quitó la camiseta y el sujetador con un gesto perezoso, sin dramatismo, solo buscando comodidad después del viaje. Se tumbó de lado, en ropa interior, con la espalda hacia mí y una curva que conocía de memoria. Engordó un poco después de las niñas, pero a mí me gustaba más así, con más cuerpo donde agarrar. Me quedé mirándola un instante más de la cuenta. Me encantaba verla desnuda. Y me encantaba, aunque me costara admitirlo, imaginar que otros la veían.

Terminé de colocarlo todo y, como ella se había quedado dormida, bajé a la piscina yo solo. Eran las seis y el calor empezaba a aflojar.

Allí había una pareja, algo mayores que nosotros. Él, musculado y bronceado, con barba y alguna cana, tumbado al sol. Ella, delgada, rubia, con una sonrisa fácil. Me acerqué para no tener que hablar a gritos.

—Hola. ¿Sois los nuevos? —preguntó él, incorporándose.

—Sí, una semana. Sergio, ¿no? —había visto el nombre en el buzón.

—El mismo. Y ella es Patricia. La casa es nuestra, el resto del año la alquilamos. Cualquier cosa, nos dices.

Charlamos un rato sobre playas y calas escondidas. Patricia me recomendó una a media hora en coche, lejos del bullicio del fin de semana. Fueron amables, cercanos, de esos vecinos que en cinco minutos ya te tratan como si te conocieran de siempre.

—¿Y a tu mujer dónde la has dejado? —preguntó Sergio con una media sonrisa—. No serás de los mandones, ¿eh?

—Qué va. Lo organicé todo yo. Ella se desnudó y cayó redonda en la cama.

Lo solté sin pensar. ¿Por qué dije eso? Acababa de contarles a dos desconocidos que mi esposa estaba sin ropa dentro de la casa. Me despedí algo incómodo y volví, con esa frase rebotándome en la cabeza y, debajo, una excitación que no quería reconocer.

***

Cuando entré, Marina seguía igual, paseándose por la cocina solo con las bragas puestas, buscando algo de picar. La vi por la ventana antes de abrir la puerta.

—Ten cuidado, que te van a ver los vecinos —le dije, medio en broma.

—Qué va. Al que le gusta eso es a ti —contestó sin girarse—. ¿Dónde están las galletas? Me entró un hambre…

—No compramos, ¿no te acuerdas?

—Jooo. ¿Y qué hago yo ahora con esta ansiedad?

—Podrías salir a pedirles algo a los vecinos —dije, calentando el ambiente—. Así, como estás.

—Estás loco. Llegar sin conocerlos de nada pidiendo merienda… —se rió, pero no me cortó.

—Galletas igual no tienen. El tipo parece majo, seguro que algo te da.

—No pierdes detalle, tú. Ve y pídeselas tú, anda. Algo de chocolate.

—Vale, pero con una condición. Que a mí también me entró hambre.

Me acerqué por detrás y le rodeé la cintura. El calor de la casa, el viaje, el cambio de aire: algo se había soltado en ella. Se dio la vuelta y me dejó. Lo que pasó después en aquel sofá fue lo más cerca que habíamos estado en mucho tiempo. La ayudé a tumbarse, le subí despacio la camiseta para apartársela del cuerpo y le bajé las bragas lo justo para verla abrirse bajo mis manos. Tenía la piel caliente, el coño ya húmedo, brillante, esperando. Le separé los muslos con la rodilla y, mientras le besaba el cuello, le pasé la punta de los dedos por los pliegues hasta hacerla gemir bajito, primero de sorpresa y luego de ganas. Me agarró la nuca, me pidió más con esa urgencia suya que llevaba meses dormida.

—Joder, Marcos… no pares.

Me bajé los pantalones, saqué la polla ya dura y la apoyé contra su entrada, sintiendo cómo se tensaba entera. Entré despacio, de un empujón controlado, hasta llenarla por completo. Marina soltó un quejido largo, las uñas clavadas en mi espalda, y yo me quedé un segundo quieto, saboreando el calor apretado de su coño rodeándome la verga. Después empecé a moverme, primero lento, luego más fuerte, golpeando justo donde ella me pedía con la cadera. El sofá crujía con cada embestida y ella abrió más las piernas, ofreciéndose sin pudor, jadeando ya sin disimulo.

—Así, así… dame la polla, hijo de puta —susurró, desatada, con la cara encendida.

Le cogí los pechos por encima del sostén que todavía le quedaba a medio poner, los apreté hasta hacerle arquearse. Ella me respondió apretando el culo contra mis manos, moviendo la cadera para buscar más fricción. La miraba a los ojos y veía algo que llevaba tiempo echando de menos: ganas limpias, obscenas, hambre de ser follada. Le lamí la oreja, le mordí el hombro, y cada vez que le hundía la polla más adentro la notaba temblar, cada vez más cerca de correrse.

—Mírame, Marina. Quiero verte cuando te corras.

—No me hables así… —dijo, aunque ya estaba perdida—. Me estás dejando loca.

Le pasé un dedo por el clítoris, húmedo y duro, mientras seguía entrando y saliendo de ella con golpes secos. Gritó mi nombre, se agarró al borde del sofá y empezó a moverse en pequeños espasmos, el coño cerrándose y abriéndose alrededor de mi polla. La sentí temblar primero en las piernas, luego en la barriga, luego en todo el cuerpo. Se corrió con un gemido roto, tan fuerte que tuve que taparle la boca con la mano para que no se oyera en toda la casa. El espasmo le apretó la verga con una fuerza deliciosa y yo seguí follándola un poco más, alargando su orgasmo hasta que quedó empapada y exhausta debajo de mí.

Cuando terminé, me vestí para ir a por su famosa merienda.

—Me ha encantado, amor —dijo, desperezándose en el sofá, con esa sonrisa de después del polvo que hacía meses no le veía.

***

En la piscina ya solo quedaba Patricia. Le pregunté por algún sitio para comprar algo dulce.

—No hace falta —dijo recogiendo su toalla—. Tenemos de sobra en casa. Sergio te lo acerca, que ya subió él antes. Cualquier cosa, vivimos en la del fondo.

Volví y avisé a Marina:

—Ahora viene el vecino a traerte algo de merienda.

—¿Cómo que viene? —se levantó de un salto.

Se puso encima una camiseta ancha de andar por casa y un pantalón corto. La tela caía suelta, pero igual se adivinaba la forma de su pecho bajo el algodón. Nos sentamos a fingir que veíamos la tele hasta que llamaron a la puerta.

Abrí. Era Sergio, con una caja de dulces en la mano.

—Ey, Marcos. Me dijo Patricia que andabais hambrientos. ¿Tu mujer sigue dormida?

—Qué va, ahí está. Marina, ven, te presento al vecino.

Salió un poco colorada. Se dieron dos besos de cortesía.

—Aquí tiene su merienda, señorita. No me habías dicho que tu mujer era tan guapa, Marcos. Te lo tenías callado.

—Quería que fuera sorpresa —solté, sin saber muy bien qué decir.

—Bueno, os dejo con lo vuestro. Otro día nos invitáis a un café y en paz. Hasta luego.

Cerré la puerta. Marina estaba roja como un tomate.

—¿Qué tal? ¿Te pusiste nerviosa? —pregunté.

—No me lo esperaba. Qué atrevido. Al darme los dos besos me ha agarrado la cintura casi… casi por debajo. ¿Y has visto cómo me miraba?

—Normal. Estás buenísima. Su mujer no es ni la mitad que tú —le dije, agarrándole los pechos por encima de la camiseta—. Deberías haberle agradecido la merienda como me la agradeciste a mí antes.

—Sí, claro. ¿Que me coma a mí en vez de los dulces? —se rió.

—Eso no. Pero igual le enseñabas algo, ¿no?

—¿Eso es lo que quieres, Marcos? ¿Que tu mujer le enseñe el pecho a un desconocido por traer unos dulces?

—Bueno… ya sabes que es una de mis fantasías.

Se acercó a mi oído y bajó la voz.

—¿Y qué más? ¿Dejar que me los mire de cerca? ¿Que yo le notara ese bulto que se le marcaba en el bañador esta tarde?

—Se lo has mirado, descarada.

—No. Me lo has dicho tú, que de eso no se te escapa una.

Llevábamos demasiados años juntos. Sabía exactamente dónde apretar. Que hablara de mostrarse, de ser deseada por otro, me ponía a cien aunque jamás fuéramos a cruzar esa línea. Era el juego, no el final, lo que nos encendía.

—Igual después de la merienda me paso por su casa a ver qué más tiene —susurró, mordiéndose el labio.

—Para, Marina, que me vuelves loco.

—Jejeje. No sé cómo te gustan estas cosas. Tranquilo, solo estaba jugando —dijo, y me dio un beso—. Pero al menos topless mañana, ¿no?

—Ya te dije que no antes de venir. No insistas, que es el primer día. Una cosa es jugar y otra es otra cosa. Elígeme tú el bikini para mañana, anda.

***

Se lo llevé y se lo probó allí mismo, en el salón. Uno azul, sencillo, pero que le juntaba el pecho y lo subía, dejando a la vista dos lunares que tiene, uno en cada lado, todavía blancos porque no les había dado el sol. Lo elegí por la parte de arriba; la de abajo era discreta. Quería ir poco a poco.

—Creí que me ibas a sacar ya el blanco —dijo, girándose frente al espejo.

—No sé por quién me tomas —respondí, y los dos nos reímos.

Bajamos a la piscina hasta las nueve. Yo nadando largos, ella leyendo a la sombra y metiéndose al agua solo un rato. Sergio salió un momento a su patio, saludó con la mano y volvió a entrar, pero noté cómo sus ojos se demoraron un segundo más de lo necesario en mi mujer. Y noté, también, cómo Marina se reacomodó el bikini, despacio, sabiéndose observada. No dijo nada. No hizo falta.

Subimos a casa y nos duchamos juntos. Una cosa llevó a la otra y terminamos enredados bajo el agua caliente, riéndonos como hacía años que no lo hacíamos. Le enjaboné los pechos, me arrodillé un momento para besarle el vientre y luego la hice girar para pegarla a la pared, con el agua resbalándonos por la piel. Me metió la mano entre las piernas, notó mi polla otra vez dura y se echó a reír, feliz de verme así de encendido. Le pasé la lengua por la clavícula, le abrí las piernas con la rodilla y la follé allí mismo, de pie, apoyada contra los azulejos, con los labios separados y la respiración rota. El agua nos golpeaba en la espalda mientras yo entraba en ella una y otra vez, más brutal, más salvaje, como si quisiéramos recuperar de golpe todos los meses perdidos. Cada embestida le arrancaba un gemido corto. Cada vez que me pedía más, se lo daba más hondo. Acabó otra vez temblando, con las manos contra la pared y el coño apretándome hasta casi sacarme la corrida antes de tiempo. Tardé un poco más, aguantando, escuchándola jadearme el nombre con la voz hecha polvo.

Después, en la cama, mientras la abrazaba, solo podía pensar en la escena de la piscina: en la mirada del vecino y en la sonrisa que ella había disimulado. No le dije nada para no agobiarla.

—¿Qué hacemos mañana? —preguntó antes de dormirse.

—Desayunamos, hacemos la compra y vamos a esa cala que nos recomendaron. Y por la tarde, piscina.

—¿Y ya sabes qué me vas a poner mañana? —dijo, con una sonrisa que no era del todo inocente.

—Lo estoy pensando —mentí, porque lo tenía clarísimo.

—Dímelo, anda, que me dejas intrigada.

—Te dejo la sorpresa para mañana —respondí.

Y mientras ella se acomodaba contra mi pecho y se quedaba dormida, yo seguí despierto un buen rato, sabiendo que aquella semana, de un modo u otro, íbamos a recuperar mucho más de lo que la terapeuta tenía en mente.

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Comentarios(5)

FedeMdq89

tremendo esto!!! no lo pude soltar hasta el final

SoniaNomade

Por favor una segunda parte, quede con ganas de saber como siguio todo entre ellos

Mariana_RBA

Me recordo a una situacion similar que tuve con mi pareja, esa tension que los une de nuevo es inigualable. Muy bien narrado

CarlosVent

Lo que mas me gusto es que no es solo morbo, hay algo genuino y honesto detras. Buenisimo

LectorNocturno3

que final!!! me lo lei dos veces jaja

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