Lo que vi en la playa nudista me dejó sin aliento
El ventilador del techo giraba sin descanso y aun así no servía de nada. Eran apenas las cuatro de la tarde y el calor de agosto se metía por las rendijas de la persiana como algo vivo. Desde el piso de al lado, la vecina llevaba media hora con la misma canción de reguetón, una y otra vez, hasta que el estribillo se me había clavado en la cabeza igual que un mosquito.
Me quedé mirando el techo, derretida sobre las sábanas, debatiéndome entre la pereza y la culpa. El verano daba sus últimos coletazos. Si no aprovechaba esos días, después vendría octubre y me arrepentiría. Así que me obligué a levantarme.
Rebusqué en el cajón de la ropa interior hasta dar con mi última compra: un bikini negro cuya etiqueta parecía más grande que la propia tela. Este año me había pasado al tanga; odiaba las marcas blancas que el sol me dejaba en las caderas. Me lo até frente al espejo, me puse un vestido camisero por encima y salí antes de pensármelo demasiado.
Cogí el coche sin un destino claro. En el cruce debía girar a la derecha, hacia el paseo marítimo de siempre, ese donde me cruzaba con las mismas caras y las mismas sombrillas. Pero una idea me atravesó la cabeza de golpe, fugaz y descarada. ¿Y si voy a la cala nudista?
Había estado allí en contadas ocasiones, nunca sola. Siempre me había quedado en la zona mixta, vestida, dejando que los ojos se me pasearan a escondidas por la desnudez ajena. Mirar sin que me miraran: ese era mi pequeño placer secreto, el que jamás le había confesado a nadie.
Tardé veinte minutos en llegar a Cala Mendros. El acceso era un sendero estrecho que bajaba entre pinos y rocas, y mientras lo recorría sentía cómo los nervios y el pudor se me instalaban en el cuerpo a partes iguales. Cada paso me acercaba a algo que no terminaba de reconocer.
Cuando por fin pisé la arena, busqué un sitio apartado donde colocarme. Intenté no cruzar la mirada con nadie. Tendí la toalla, respiré hondo y me quité el vestido.
El sol pegaba con fuerza desde lo más alto. Me solté la parte de arriba del bikini y dejé los pechos libres, algo que nunca hacía más allá de tumbarme boca abajo. El aire caliente me rozó la piel y sentí un cosquilleo extraño, una mezcla de vergüenza y excitación. Antes de arrepentirme, me deshice también del tanga y caminé directa hacia el agua.
El mar estaba frío y mis pezones reaccionaron al instante, endureciéndose. Un hombre mayor me observaba desde la orilla, con la mirada recorriéndome de arriba abajo sin disimulo. Mi primer impulso fue girarme, taparme, esconderme. Pero algo rebelde dentro de mí me hizo quedarme un segundo más en su dirección, sabiéndome observada.
Levanté los brazos para recogerme el pelo en una coleta y noté cómo los pechos se me balanceaban con el gesto. Una corriente de poder me subió por la espalda.
—A ver si le va a dar un infarto al pobre hombre —dijo una voz masculina justo a mi lado.
Pegué un respingo. Al girarme, lo hice tan de golpe que mis pechos rozaron su pecho. Intenté mirarle a la cara, pero el sol me cegaba por completo. Bajé la vista para protegerme de la luz y entonces me topé con su sexo. Era grande. Demasiado grande. ¿Ese es su tamaño natural? Madre mía.
—¿Te gusta lo que ves? —preguntó él con un tono burlón, y yo deseé que la arena se abriera y me tragara entera.
—Eh, no, bueno, sí… quiero decir que no estaba mirándote, pero sí… ¡Joder! —balbuceé como una adolescente.
—Tranquila —contestó el desconocido, con esa voz grave que parecía acariciarme el oído—. Aunque te advierto una cosa: si la sigues mirando así, puede que se ponga contenta.
Alcé la mirada al instante. Me encontré con unos ojos castaños, divertidos, que me estudiaban con una curiosidad descarada. Sentí las mejillas ardiendo y la mente bloqueada, atrapada en un único pensamiento absurdo. ¿Eso me cabría en la boca?
—Bueno, encantado de conocerte, chica sin nombre —dijo, y señaló un rincón cerca de las rocas—. Si te apetece algo, estoy allí.
Asentí porque era incapaz de articular palabra. Él se dio la vuelta y se alejó, dejándome la vista de una espalda ancha y un culo que parecía esculpido a mano.
Me sumergí en el agua hasta el cuello con la intención de quitarme el calentón. ¿Qué demonios me pasa? Era un sexo, sin más. Bueno, no. Era un sexo enorme, tan grueso como un vaso de tubo. ¿Me cabría un vaso de tubo en la boca? No, joder, no.
Volví a la toalla y me tumbé, sintiéndome húmeda y no precisamente por el mar. El sol me calentaba la piel mientras la imaginación me incendiaba todo lo demás. ¿Por qué me estoy planteando follar con un desconocido? Entreabrí un poco las piernas, como si así fuera a pasárseme. No se me pasó. Mi cabeza no paraba de colocarme a cuatro patas frente a aquel hombre.
¿Cuánto hacía que no tenía un buen polvo? Me mordí el labio y empecé a buscar excusas. Quizás podía pedirle el teléfono. Quizás quedar más tarde, lejos de la playa, en algún sitio donde nadie me conociera. ¿Sería capaz de hacer algo así?
Respiré hondo, cogí el bote de crema del bolso y me levanté decidida. Solo iba a pedirle que me untara la espalda. Solo eso. Y, ya puestos, tal vez me rozaría contra él como quien no quiere la cosa.
***
Cuando estaba llegando a las rocas, un sonido me detuvo en seco. Un gemido sordo, rítmico, que no supe descifrar al principio. Me asomé y la boca se me abrió de par en par.
Una mujer morena estaba a cuatro patas sobre una toalla y el hombre de antes la penetraba desde atrás. Ella tenía los ojos cerrados y gemía sin pudor mientras él la embestía una y otra vez. Mis ojos volaron hacia sus pechos, que se sacudían al ritmo de cada golpe de cadera.
Me quedé congelada. Debía dar media vuelta y marcharme, pero seguía allí, plantada a una distancia prudencial, contemplando cómo dos desconocidos follaban a plena luz del día. Y lejos de darme vergüenza, me estaba poniendo cachonda. Joder.
La mujer se inclinó un poco más hacia delante para aguantar los embates. Y entonces él levantó la cabeza. Y me vio. Sonrió, descarado, sin dejar de moverse. Retrocedió las caderas despacio, dejándome ver cómo su sexo salía casi por completo del cuerpo de ella, para luego volver a entrar de un golpe seco que arrancó otro gemido.
Lo hacía para mí. Era evidente que lo hacía para mí.
Tenía que moverme. Tenía que irme. Pero estaba en shock, con el corazón golpeándome las costillas y un calor insoportable entre las piernas.
Él le dio una palmada en la nalga a la mujer y aceleró el ritmo hasta que ella puso los ojos en blanco. Tomé aire, me obligué a girarme y caminé hacia el agua con el bote de crema todavía en la mano. El frío del mar fue casi un alivio.
¿Qué demonios ha sido eso?
Respiré hondo y conté hasta veinte, como hacía de niña cuando me enfadaba. No sirvió de nada. Sin darme cuenta, me pasé la mano por el sexo, hinchado y palpitante por la excitación. Estaba mirando hacia el horizonte cuando unas manos me agarraron los pechos por detrás.
Di un salto. Antes de que pudiera girarme, una boca se acercó a mi oído.
—¿Te ha gustado lo que has visto? —susurró.
Me quedé inmóvil, sintiendo su bulto contra mis nalgas. Una de sus manos bajó hasta mi sexo y el dedo se deslizó por él, comprobándome.
—Oh, sí que te ha gustado —murmuró con una sonrisa que adiviné sin verla—. ¿Crees que tú también podrías acogerme dentro?
Introdujo dos dedos y empezó a moverlos despacio mientras la otra mano me amasaba el pecho con firmeza. Las rodillas me temblaron y tuve que apoyarme contra él para no perder el equilibrio.
—Pero… —intenté decir.
Añadió un tercer dedo y subió el ritmo, cortándome la frase y el aliento de un solo gesto.
—No hay peros —dijo, rotundo—. Aquí solo hay un sí o un no. ¿Quieres que te folle?
Hasta ese momento no me había dado cuenta de la diferencia de edad. ¿Cuántos tendrá? ¿Cuarenta y muchos? ¿Cincuenta? La idea, en lugar de frenarme, me encendió todavía más.
—Yo… —empecé, sin saber cómo terminar.
Sacó la mano de mi interior y me dejó una sensación de vacío tan brusca que casi protesté. Cogió mi muñeca y la guió hasta su sexo, otra vez duro, listo, ardiendo. Parece de hierro.
—¿La quieres sentir dentro o no? Dímelo.
Asentí, dudosa, y busqué con la mirada hacia las rocas. ¿Dónde está la mujer morena? Él se movió, tapándome la vista, leyéndome el pensamiento.
—¿Te preocupa mi mujer? —preguntó con sorna—. ¿Quién crees que me animó a venir a hablarte? Fue ella, nada más verte bajar por el sendero. ¿Quieres saber qué me dijo? Me dijo que se moría por verme follarte. Se puso tan cachonda que no aguantó hasta llegar a casa, y ya has visto lo que le hice.
Me apretó contra su cuerpo y noté su aliento caliente en la nuca.
—Ahora la pregunta es solo una —añadió, la voz convertida en un hilo grave—. ¿Quieres que te folle o no?
El mar me lamía la cintura, el sol me quemaba los hombros y un desconocido me esperaba dentro de su mundo de reglas claras y miradas sin pudor. Cerré los ojos un instante. Y, por primera vez en mucho tiempo, decidí dejar de ser la que solo mira.





