Soy el vecino que te espía cuando crees estar solo
Soy yo.
¿No me reconoces?
Soy tu vecino. Ese que te pregunta por las oposiciones de tu hija, la que se devana los sesos por entrar de celadora en un hospital. O quizá sea tu cuñado, ese al que no soportas porque siempre te quita la razón y la última porción de bacalao en la cena de Nochebuena.
Puede que sea el padre con el que cruzas dos frases desganadas cada mañana, cuando coincidís llevando a vuestros hijos al colegio. O el carnicero que corta las chuletas que tu suegra te servirá el domingo.
Puede que mañana conduzca el autobús que lleva a tu mujer hasta la oficina. Puede que sude a tu lado en la bicicleta estática del gimnasio.
Puedo ser cualquiera.
¿Que por qué lo hago? Solo una persona me lo ha preguntado en toda mi vida, y no fue fácil encontrar una respuesta sincera. Tampoco un atisbo de arrepentimiento.
¿Por qué hay quien envenena sus pulmones a sabiendas, hasta morir entre estertores? ¿Por qué tantos malgastan media existencia frente a una pantalla que les enseña a odiar, a desear y, sobre todo, a comprar? ¿Por qué le compras un móvil a un crío de doce años con el único objetivo de que te deje comer en paz?
Lo que yo hago, bien hecho, no tiene por qué dañar a nadie. Lo procuro. Me esmero. Es la primera y más sagrada de mis prioridades.
Porque hace años, cuando descubrí que no era un monstruo, que no necesitaba años de pastillas ni una camisa de fuerza, cuando entendí que aquello me gustaba y que ese era yo, me senté a escribir un decálogo. El decálogo que me impediría humillar, herir o arrancar una sola lágrima.
Uno: nunca intervengo.
Dos: siempre permanezco escondido.
Tres: jamás toco a una mujer que no sea la mía.
Cuatro: no se graba nada.
Cinco: no se comenta nada.
Seis: si hay coincidencias, nunca existieron.
Siete: no se deja nada por escrito.
Ocho: no se juzga.
Nueve: no se humilla.
Diez: no se saca provecho.
Me llamo… No importa. Por mucho que os explique por qué hago lo que hago, os resultará imposible comprenderlo. Al menos, públicamente. Porque muchos de vosotros carecéis de agallas para reconocer, ante la familia, ante los amigos, que esto que yo practico os genera la misma curiosidad que me generaba a mí, antes de decidir que merecía la pena.
***
Es difícil explicar qué lleva a un hombre como yo, con buena posición, que apenas bebe y jamás ha probado una anfetamina, a esconderse a las tres y media de la madrugada de un tórrido ocho de agosto, tras un arbusto plantado en mitad del descampado más anodino, en los límites de la ciudad donde sudo y pago hipoteca.
Este sitio es grande. Monstruosamente grande. Y somos millones. Una ventaja que vuelve casi imposible coincidir dos veces con los mismos, en lo mismo, para lo mismo. Y si sucede, nos remitimos al sexto mandamiento.
No tengo sueño. Ni siquiera bostezo. Tras tantos años de hábitos inconfesables, debo de haberme transformado en algo parecido a un vampiro. Domino las circunstancias, sé encontrar las posiciones privilegiadas, esas donde ves y resulta muy difícil ser visto.
Sé que el alcalde obliga a cerrar todo antro a las tres en punto. Sé que desde la zona de marcha hasta el descampado hay apenas quince minutos. Sé que en nada, atravesando la lengua de asfalto que arranca del polideportivo San Andrés, irán surgiendo los focos dobles, surcando una carretera por lo común desierta a estas horas.
Somos más los que participamos de este teatro. Lo sé yo y lo saben ellos. Nos esquivamos con solidaria eficacia.
¿Pensabas que era un loco? ¿Un solitario? ¿Un bicho de manicomio? Hoy, calculo, seremos tres los escondidos. Tal vez cuatro, si el muchacho que se está descubriendo ha conseguido gasolina para la moto. Respetamos nuestros metros cuadrados. Evitamos coincidir, evitamos oírnos.
Despreciamos a quienes pretenden ser como nosotros y pierden la categoría en cuanto sacan un móvil para grabar, se masturban sin pudor o se dejan ver en el peor momento para satisfacer alguna inclinación mucho más turbia.
***
Desde mi parapeto observo cómo la carretera se va punteando de luces que zigzaguean, tiemblan, avanzan. Son uno, dos, tres… veinte vehículos. Veinte a los que les sobra pasión y les falta dinero para pagarse una habitación de hotel donde desfogarse. Una carencia que favorece mis deseos.
Mi puesto lo escoge un deportivo alemán gris metalizado. Lo escucho rugir mientras encara el último empentón hasta encajarse justo frente a mi arbusto. Al verlo tan de cerca me pregunto qué habrá llevado a su dueño, un tipo capaz de pagar sesenta mil euros por un coche, a un lugar reservado normalmente a utilitarios abollados de universitario.
Aparca de un frenazo, apaga el motor, apaga las luces y se queda quieto bajo una luna insultantemente llena, entre el ronroneo de los grillos. La copiloto enciende la luz interior, como quien quiere calibrar aquello que va a devorar.
De ella resalta algo: su rostro. Una cara redonda, pizpireta, con unas gafas inmensas de pasta gruesa que, lejos de afearla, realzan su hermosura. No es un bellezón de alfombra roja, pero desprende un aroma morboso, sexy sin querer serlo, sexy tal vez sin saberlo. De esas mujeres que por la mañana resuelven logaritmos y por la noche te miran como si supieran exactamente qué polla quieren mamar.
Él es mayor. Mayor que ella y mayor que yo. Calvo, raso al cero, con una panza que se abomba al sentarse pero que disimula de pie. Sumará cincuenta y cinco, sesenta tirando a lo alto. Bajo la camisa de lino azul, abierta y sin abotonar, asoma un hombre que se cree de más en cualquier circunstancia, de esos que recuerdan que en su cartera aguarda una tarjeta platino.
Estoy cerca. Apenas cinco metros me separan de la matrícula. El cuero cabelludo me suda y el sudor se desliza con lentitud desagradable, acatando las leyes de la física. Yo no pestañeo.
Él habla, ella escucha y finge una timidez que no se cree ni ella. La besa primero en la mejilla, luego en los labios. Ella, bajo esas gafas robustas, cierra los párpados y responde. La dulzura del primer contacto se difumina, acelerada por el deseo, hasta que ambos abren la boca y se enredan en un beso baboso, de lenguas gruesas, de saliva compartida sin remilgos.
Él empieza a desaplomarse cuando ella le posa la mano en la mejilla y baja deprisa hasta el cuello, donde aprieta, retiene, domina. Ese gesto deja ver unas uñas cuidadas, pintadas de azul marino intenso, prueba de que en este reto, pese a la diferencia de edad y a la chulería del dueño del coche, ella es la que va a salirse con la suya.
Las manos gruesas de él tantean por debajo del vestido, tironean del sujetador hasta liberarlo. Le pellizca los pezones, se los aprieta como si buscara sacarles jugo, y ella se arquea contra el respaldo. Tetas pequeñas, blancas, coronadas por dos aureolas rosadas que se endurecen bajo la yema de sus dedos. Un breve gemido, claro, celestial, se cuela por encima del chirrido de los grillos.
—¿Estás sensible, guarra? —pregunta él, y le retuerce un pezón con crueldad calibrada.
—Chúpamelas —jadea ella—. Chúpamelas, cabrón, que las tengo hinchadas.
Él baja la cabeza y le engulle un pecho entero, la lengua trabajándole el pezón con voracidad de niño hambriento. Marina le hunde los dedos en el cráneo desnudo y lo aprieta contra ella, obligándolo a chupar más fuerte, a morder incluso. Cuando él le suelta la teta con un chasquido húmedo, el pezón queda brillante, hinchado, oscurecido.
Ella desciende la mano por el pecho de él, a velocidad de tortura, hasta el punto donde ya no la veo. Pero oigo. Oigo el tintineo de la hebilla, el zumbido de la cremallera bajando, el susurro de la tela apartándose. Y luego el jadeo hondo, animal, de él, cuando esos dedos de uñas azul marino se cierran en torno a su verga y empiezan a masturbarlo con destreza pausada, apretando la base, subiendo hasta el glande, extendiendo el líquido preseminal por toda la punta.
Sé, conozco e imagino. Disfruto de una imaginación poderosa, y basta con observar la cara del agraciado para saber qué ocurre bajo el volante. Ella se agacha. El bulto de su nuca cabecea rítmicamente sobre el regazo de Andrés. La escucho tragar, chupar, sorber. Un gorgoteo obsceno, salivoso, de garganta profunda, que la propia Marina alimenta con pequeños gemidos guturales, como si mamar aquella polla la calentara más a ella que a él.
Miro el reloj. Diez minutos y ya se la está comiendo hasta la raíz. Él parece relajarse, pero es una señal falsa. Su pecho inspira cada vez más rápido, sus dientes se aprietan, sus dedos gruesos como salchichas se aferran al volante y luego bajan hasta enredarse en la melena de ella, marcándole el ritmo, empujándole la cabeza contra su ingle.
—Sigue, Marina… sigue, mámamela así… ah, joder… trágamela toda —jadea.
Bien. Se llama Marina. Toda información se retiene, pero nunca se libera. La información es un afrodisíaco tan efectivo como peligroso. He descubierto embarazos antes que sus dueñas, divorcios que se reconcilian a base de mentiras, secretos que nadie sospecharía. La información proporciona poder. Poder y erecciones.
Escucho cómo Marina se retira un segundo, cómo escupe saliva sobre el glande, cómo lo abofetea suavemente contra su mejilla y luego contra la lengua estirada. La muy zorra sabe que él la mira, y sabe que yo también podría estar mirando. Vuelve a tragársela. Esta vez hasta que la garganta le protesta, hasta que se le escapan las lágrimas, hasta que las gafas se le llenan de vaho.
A veces siento la tentación de aproximarme, de tensar la cuerda y ver con mis ojos lo que solo imagino. Pero todavía no he llegado al punto en que mi curiosidad me obligue a asumir ese riesgo. Sospechar excita más que confirmar. Entrever, más que certificar.
Algo me dice que Marina no dejará que él termine en su boca. Lo conducirá hasta el borde mismo del punto sin retorno, esa frontera donde cualquier hombre vendería a su madre por un poco más. Y, en efecto, se incorpora cuando siente que la verga se le pone durísima entre los labios, palpitando, a segundos de descargar. Le concede unos segundos, recostada contra el cristal, limpiándose los hilos de saliva y semen preeyaculado con el dorso de la mano, jadeando, con el carmín corrido y una sonrisa de puta satisfecha.
—¿Tienes condones? —pregunta él, la voz ronca, y hace el gesto de abrir la guantera.
—No —lo detiene ella—. En mi coño no entra el látex. Yo follo a pelo o no follo.
Sonríe, abre la puerta y camina hasta colocarse frente al capó, de espaldas a mí. Está tan cerca que intuyo las pecas entre sus omóplatos. Se sube el vestido hasta la cintura, revelando un culo redondo, blanco, dividido por un tanga negro minúsculo. Se lo baja despacio, meneando la cadera, hasta dejarlo caer sobre la tierra. Lo recoge, lo huele con cara de pícara y lo lanza al parabrisas.
—Mira que eres cabrón —susurra—. Toda tuya. Todo mi coño para ti.
Él sale del coche con la polla al aire, tiesa, apuntándole a ella. Es una verga gruesa, corta, oscura, coronada por un glande brillante que la saliva de Marina ha dejado pulido. Recoge la prenda, la huele hondo, se la restriega por la cara y se la guarda en el bolsillo como un trofeo.
—Te compraré una docena —se acerca, la besa, la sienta sobre el capó—. De las más caras. Las que me pidas, guarra mía.
Ella se acomoda con las piernas abiertas, tan abiertas que desde mi arbusto veo, iluminado por la luz interior del coche, todo el coño de Marina: un coño depilado, rosado, hinchado, con los labios menores asomando gordos y ya empapados. Los tacones apoyados en el parachoques. Él se arrodilla deprisa, sin preliminares, y le hunde la cara entera contra la vulva. La lame de arriba abajo con la lengua estirada, insistente, ruidoso, como si llevara semanas sin comer.
—Así, cabrón, así… chúpame el clítoris… métemela adentro, la lengua, métemela —le ordena Marina, agarrándolo de las orejas.
Él obedece, le clava la lengua en la entrada del coño, la remueve, sorbe, la saca embadurnada de flujo y vuelve a subir hasta el clítoris hinchado. Le enreda dos dedos gruesos dentro, curvándolos, mientras la boca le chupa el capullo con avidez. La cara redonda de Marina dibuja una mueca de placer que no nace solo de verse devorada, sino de tenerlo allí, postrado, arrodillado a sus pies, comiéndole el coño como un perro faldero pese a la tarjeta platino en la cartera.
Y entonces, mientras la complacen, mira hacia delante. Justo hacia mí.
Y tiemblo.
No es la primera vez que me siento descubierto. Son tres o cuatro segundos en los que la taquicardia te recorre entero y sientes la tentación de huir. Segundos en los que la experiencia cuenta y hay que exhibir temple para sostener la posición sin un solo pestañeo.
Porque he llegado a sospechar que algunos saben que los observo y continúan, excitados ante la idea de fornicar con testigos. Nada de tríos. Solo ser vistos. Por la manera en que Marina escudriña la maleza a través de sus gafas empañadas, algo me dice que ella es de esas. Y peor: por cómo empieza a gemir más alto, a decir guarradas más obscenas, sospecho que la muy zorra sabe perfectamente que hay ojos ahí, y que se corre más pensándolo.
—Chúpame más, cabrón, que me estás poniendo a mil… así, así, no pares, hostia, no pares…
Su risa es casi maliciosa. Clava los dedos en la calva de él, le aprieta el cuello entre los muslos y dirige ritmo y presión hasta que, húmeda, empieza a temblar de piernas, a jadear a bocanadas, a soltar un gemido largo y agudo que hace enmudecer a los grillos. Se le tensa el vientre plano, se le crispan los muslos, y termina echando la cabeza hacia atrás, gritando su placer sin recato, corriéndose sobre la boca de Andrés con una descarga de flujo que le baña el mentón y el cuello. Los grillos parecen retomar el coro bajo un calor inmisericorde.
—Métemela —ordena, y no admite réplica—. Métemela ya, hasta el fondo, quiero notarla dentro. Ya.
El hombre pierde todo fingimiento. No se cree la suerte que tiene y teme perderla. Se incorpora a toda prisa, la polla dura y brillante de saliva y coño, los pantalones por los tobillos, y se acomoda con torpeza entre esos muslos abiertos. Se agarra la verga, se la restriega por los labios menores de Marina, la enfila y empuja de una sola estocada.
Ella lo acoge con un gruñido animal, sorprendida más por la dureza que por el tamaño, como si no esperara semejante vigor en alguien a dos pasos de la jubilación.
—Ay, cabrón, qué bien follas… métemela toda, hasta los cojones, así, así…
Los empentones son secos, rápidos, despiadados. El capó del deportivo alemán empieza a rebotar con cada embestida, un chapoteo carnal que se mezcla con el gemido continuo de Marina. Ella lo recibe con gritos que intenta ahogar mordiendo la tela de la camisa de él, pero se le escapan igual, obscenos, chirriantes.
—Más fuerte, cabrón, más fuerte, rómpeme el coño… así, así… ay, tu polla, joder, tu polla…
Él le agarra las piernas por debajo de las rodillas y se las levanta hasta doblárselas contra el pecho, plegándola en dos sobre el capó. Ahora la penetra desde arriba, cayendo con todo su peso, y desde mi arbusto veo con claridad cómo la verga entra y sale del coño empapado, brillante, arrastrando el flujo blanquecino de Marina, embadurnándole los muslos, el vientre, la piel del abdomen. Los pelos de la ingle de él se aplastan contra los labios menores de ella en cada estocada, chapaleando obscenamente.
—No te corras dentro… no, espera… no te corras… —jadea Marina, pero lo dice sin convicción, con las piernas abiertas como puertas y las manos aferrándole las nalgas para que empuje más hondo.
Hasta que llegan a donde no existe ni la marcha atrás ni el término medio. Él acelera, ella se desboca, aferrada a su hombro con una mano y al capó con la otra. Ya no se ríe. Solo intenta liberar lo que la asedia. Sus tetas pequeñas rebotan con cada golpe, los pezones tiesos apuntando al cielo. Se le contorsiona la cara detrás de las gafas, la boca abierta en una O silenciosa, y de pronto rompe a gemir un orgasmo largo y rasposo, un chillido de gata en celo que rebota en la chapa del coche.
—Córrete, cabrón, córrete dentro, lléname toda… ya, ya, ya…
Con un grito ronco, él se hunde todo lo que puede entre los muslos blancos de Marina y, en una decena de sacudidas, se vacía. Le veo la espalda tensada, el culo pálido crispándose con cada chorro, la panza temblándole contra el vientre de ella. Marina cierra las piernas alrededor de sus caderas para retenerlo dentro, para exprimirle hasta la última gota de semen, gimiendo satisfecha cada vez que siente una nueva descarga caliente subiéndole por el coño.
Durante un par de minutos, los jadeos de ambos se funden con los grillos y con los latidos desbocados de mi corazón. Cuando por fin él se retira, la polla sale flácida, brillante, chorreante, y detrás asoma un hilo espeso de semen que resbala por la raja de Marina hasta caer, gota a gota, sobre el metal caliente del capó.
Sudo. Y no es por el calor.
***
El asunto ha durado poco, pero ni él se disculpa ni ella se muestra disgustada. Al contrario: el rostro de Marina refleja satisfacción. Se ha corrido dos veces, y de manera intensa. Se baja del capó con las piernas temblorosas, se pasa dos dedos por el coño para recoger el semen que se le escapa y se los lleva a la boca sin dejar de mirarlo, chupándoselos despacio, con esa impudicia calculada de quien sabe exactamente el efecto que provoca. Apoya los pies descalzos en la tierra y se recompone con una rapidez que él no logra imitar.
—Anda, vístete —le ordena ella, con gesto de loba apiadándose de la oveja descarriada—. Vamos, Andrés, que te vas a enfriar. Y guárdame el tanga bien guardado, cabrón, que como te lo encuentre tu mujer estás muerto.
El tal Andrés se sube los pantalones, se abrocha, intenta limpiarse el sudor de la calva y los restos de flujo del mentón. Al hacerlo, redescubre en su dedo el brillo del anillo. Sus ojos ya no calibran a la mujer que tiene delante; ahora buscan la excusa que justifique llegar a casa a las cuatro de la madrugada oliendo a coño ajeno.
Ambos suben al coche. Él arranca, echa marcha atrás con brusquedad y, en cuanto pisa el asfalto, acelera. Tiene prisa por librarse de las pruebas. Tiene miedo a perderlo todo —casa, niños, el abono del fútbol, la consideración de los amigos— por un desliz de una noche de verano.
Sobre el monte desangelado quedamos el polvo que se va posando y yo. Estoy excitado, estoy erecto, dolorosamente erecto, con la bragueta tensándome, pero no me masturbo. Nunca lo hago. Soy excesivamente cauto, y esa cautela me ha ahorrado más de un problema con los uniformados. Salgo solo cuando me siento seguro del todo, y eso a veces suma un par de horas.
***
Camino bajo la luna hasta el escondrijo donde me aguarda una moto vieja, de segunda mano, sin apenas potencia, fácil de ocultar cerca de los emplazamientos que frecuento. Es muy tarde y ayer trabajé hasta el agotamiento, pero no tengo sueño. Los que padecemos mi particular patología sufrimos, de manera unánime, de insomnio.
Nunca me he arrepentido de abrir esta brecha. He reconducido mi peculiaridad hasta lograr que nadie se entere y, por tanto, nadie se ofenda. No quiero humillar. No quiero causar dolor.
Lo sentí por primera vez a los veinticinco años, a través del ventanal sin persiana que daba al patio interior del bloque obrero donde vivía. Mi vecina no ponía cortinas porque no soportaba la oscuridad, y aquella tarde de 1992 esa fobia me sacudió de manera inesperada. La señora, cumplidos ya los cincuenta, cabalgaba sobre el joven que le subía la compra del ultramarinos de la calle Mendoza. Tenía las tetas caídas rebotando sobre el pecho lampiño del muchacho, se ensartaba la polla hasta el fondo con la cara desencajada, y se frotaba el clítoris con la mano libre como quien se lo debiera al mundo entero. Gozaba menos por el placer torpe del chaval que por la novedad de la carne nueva, por sentir aquella verga joven y dura dentro después de años de un colchón harto de ronquidos y aburrimiento. Cuando se corrió, gritó tan alto que hasta las palomas del patio levantaron el vuelo.
Doña Amparo es hoy una octogenaria temblorosa, viuda, que saluda con gesto taimado en el ascensor y se queja sin descanso de ruidos inexistentes. Pero Doña Amparo tuvo un pasado. Y yo lo sé.
Como tuvo pasado mi tío Ricardo. Una noche reconocí su matrícula en una callejuela trasera y descubrí que el amor único no existe: a escondidas, nunca dejó de adorar a aquella chica que en la universidad le había revelado el secreto del verdadero sexo. Las tetas de la susodicha eran una oda al declive, largas, blandas, con los pezones apuntando al suelo, pero él se las devoraba como un devoto, se las metía enteras en la boca, se restregaba la polla dura entre ellas hasta correrse a chorros sobre el cuello arrugado de la mujer. Ella se lamía el semen del escote con la sonrisa satisfecha de quien lleva treinta años sabiéndose superior a la esposa oficial. Mi tía no era sorda ni idiota; un día le puso el finiquito sobre la mesa, y aquel amor de juventud se difuminó en cuanto Ricardo se plantó en su puerta con el corazón esperanzado y la maleta repleta.
Conozco aparcamientos apartados, mal iluminados, lejos de toda cámara, tan tentadores para un caco como para una pareja ardiente. Sé de la hija de un magistrado que cada semana se la chupa a uno distinto, sin permitir jamás ser ella la penetrada, abofeteando al amante que ose desviar la mirada de su cara mientras copula. La he visto de rodillas sobre la gravilla, con las tetas fuera del sujetador de encaje blanco, tragándose vergas ajenas hasta la garganta, recibiendo la corrida en la lengua estirada, sonriendo con los labios blanquecinos de semen antes de escupirlo sobre el asfalto y limpiarse la barbilla con dos dedos. Luego, en los actos del barrio, la veo santiguarse con rosario y peineta, mirando la talla de yeso con la misma cara lacerada del chico que, cuatro horas antes, terminaba en su boca.
***
Subo a pie hasta mi sexto piso. Rara vez uso el ascensor: salvar esos noventa escalones me mantiene en forma y me permite captar el más leve sonido en cada rellano. En el cuarto A vive Renata, una brasileña de treinta y pocos que trabaja como una mula en la cafetería de la piscina pública y aún guarda fuerzas para desfogarse, de tanto en tanto, con algún universitario de los que contrata en verano. Sus polvos serían imperceptibles de no ser por el epílogo: orgasmos graves, prolongados, guturales, una voz tan rotunda que sube por el hueco de la escalera y asusta a las septuagenarias del portal a las que, al día siguiente, saluda con sincera amabilidad. La he oído gritar en portugués “méteme más, pau, méteme más” con una crudeza que hasta a mí me pone la piel de gallina.
Es un barrio tranquilo. De esos que no esconden amenazas entre las sombras.
Yo no busco desnudarme ni ser yo la buena pieza. Soy pasivo. O activo, muy activo, pero a mi manera. Siempre he anhelado la realidad, no el sexo de cuerpos perfectos y pollas desmesuradas, que no es más que ciencia ficción copulatoria. Busco situaciones de sentimiento, de goce culpable, de mala conciencia: ojos que revelan lo que el cuerpo disfruta y el alma se reprocha. Acostarme, sin tocarlos, con esos a los que luego saludo por la calle sabiendo dónde les duele, dónde esconden su trauma, sabiendo cómo gimen cuando se corren, sabiendo qué palabra soez les brota de la boca cuando les revientan el coño o la boca. Ese es el mayor de los afrodisíacos.
Ese, y otro. El mayor de todos. El que hasta a alguien como yo lo aleja de toda cordura. Uno de esos que nunca se confiesan.
Abro la puerta. Intento no hacer ruido. Me libro de las botas en el descansillo. Solo cuando me alcanza el olor conocido a casa, a velas de chocolate, a sábana corporalmente tuya, siento el cansancio cayendo plomizo sobre los hombros. Me pongo la camiseta raída de un viejo concierto al que fui en Londres, cuando aún creía en según qué cosas. Me acuesto. Respiro hondo.
A mi lado, ella se mueve, se abraza a mí, besa mi barbilla mal rasurada como gesto de recibimiento. Huele a jabón recién enjuagado, a coño limpio, a semen ajeno enjuagado deprisa bajo la ducha antes de meterse en la cama.
—Buenas noches, mi vida —murmura, con esa voz tierna y medio dormida.
—Buenas noches, Marina.





