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Relatos Ardientes

Mi novia tendió la ropa desnuda y subió el administrador

Uso estos relatos para soltar cosas que no le cuento a nadie cercano. Mi terapeuta lo nombró con la palabra técnica: candaulismo. Resumiendo, me empalma exhibir a mi novia, y resulta que es un vicio del que sacamos provecho los dos. Carla y yo no estamos enamorados, no nos engañemos, pero ella es tan perra y está tan buena que no pienso buscar a otra. Tiene una cuenta de pago donde se graba con sus juguetes y se saca un sueldo decente.

Hace un mes se me ocurrió la perversión que voy a contar. Quería que calentase al administrador del edificio, pero la cosa se nos escapó de las manos más de lo previsto.

La última semana de abril hubo una ola de calor temprana, y la ropa de andar por casa de Carla, en cuanto el termómetro pasaba de los veintidós grados, era un tanga de hilo y unas chanclas. Nos habíamos mudado en febrero a una finca antigua del barrio sur, y ya conocían a la nueva. En la piscina comunitaria era la única que usaba bikini tanga y siempre se quitaba la parte de arriba. Los críos andaban hipnotizados, los maridos disimulaban mal, y las mujeres no le dirigían la palabra, salvo dos chicas jóvenes del tercero que vivían juntas y le hacían ojitos.

El conserje la repasaba de arriba abajo cada vez que pasaba a su lado. Cuando se iba, le clavaba la mirada en el culo hasta que doblaba la esquina del pasillo. Las cuñas le subían el trasero redondo y prominente hasta el punto de que cada paso parecía un truco de magia. Yo lo veía todo desde la terraza del cuarto piso: la veía estirar la toalla, quitarse el sujetador y tumbarse boca arriba, dejando que sus pechos grandes se desparramasen por su propio peso, suaves y muy blancos. Después se ponía crema con calma, sobre todo en los pezones, mientras media finca fingía leer el periódico.

Yo miraba a la gente desde las otras terrazas. Siempre había público. Algún vecino sacaba el móvil con disimulo. Un par de adolescentes del bloque de enfrente se la pelaban descaradamente sin moverse del sitio. Los hombres adultos se acercaban a saludarla con cualquier excusa. Dos picaflores —el solterón del primero y un divorciado del segundo— siempre se ofrecían para echarle crema en la espalda. Una vez vi al divorciado recolocarse el bañador detrás de un seto para esconder la empalmada después de tocarla diez segundos.

A Carla le sudaba caer mal al resto de las mujeres. Le interesaba exhibirse, provocar, que la deseasen. Disfrutaba especialmente con la mirada de los viejos. Decía que le daban ternura y se merecían una alegría visual en lo que les quedaba de vida.

En cuanto subía el termómetro, modelito al canto, incluso para barrer la terraza o tender la ropa. Los vecinos ya lo sabían y aparecían en sus balcones puntuales como un reloj. A mí se me iban las manos cada cinco minutos. Habíamos llegado al punto de abrir la puerta al cartero y a los repartidores con ella en topless. Yo lo veía por la mirilla, ellos no podían apartar la vista, y en cuanto se cerraba la puerta acabábamos follando en el sofá. Desde que empezó a abrir así, ningún paquete me llegó tarde.

El sábado de la primera ola de calor tocaba colada. Salió a tender en tetas y tanga, con el pelo recogido en un moño descuidado. Yo observaba desde detrás de la cortina del salón. Casualmente, varios vecinos también tendían a la misma hora, o tomaban la fresca apoyados en su barandilla. Era el público.

Carla saludó al señor mayor de enfrente, el del cuarto. Sólo salía para mirar. Su tanga rosita se mimetizaba con su piel muy blanca. Su culo grande, con un par de estrías pequeñas en la parte superior, parecía aún más sexy por ese detalle real, no operado. Era el resultado de años de gimnasio, dieta y genética. Sus pechos, con forma de paréntesis y los pezones implantados muy bajos, se balanceaban cada vez que sacudía una camiseta.

El adolescente del cuarto sacó el móvil sin disimular. Yo también grabé, con la sangre subiéndome a la entrepierna. En ese momento escuché ruido en la terraza de al lado. Eran los Carballo, un matrimonio de septuagenarios que casi nunca venían. Él protestaba, ella mandaba. Sonó la puerta corredera, y Carla, que estaba de espaldas regalándole el culo a la finca entera, me miró desde fuera y sonrió. Sabía exactamente lo que se venía.

La separación entre las dos terrazas eran tres barras de hierro horizontales. Don Casimiro asomó y se quedó clavado. Una mujer de piel blanquísima, espalda fuerte y melena castaña recogida. Pechos grandes con aréolas pequeñas, caderas anchas, trasero redondo y prominente, piernas firmes y pies bonitos en unas chanclas mínimas. El viejo no daba crédito. Carla dejó que la mirase un buen rato antes de hablar.

—Buenos días, hija, menudo calor, ¿eh?

—La verdad que sí, y no estamos ni en verano.

—Está loco el tiempo, está loco.

—Una ya tiene que vestirse para julio. Ojalá el próximo sábado no apriete tanto.

—¿Todos los sábados tiendes?

—Sí, es el día que toca.

Mensaje lanzado. Cada vez que Carla lo miraba a los ojos, don Casimiro salía del trance un segundo, pero volvía a perderse en sus pechos y en sus nalgas como un imán. Un michelín pequeño le asomaba al doblarse, y aquello me ponía aún más. Era una mujer real, no una muñeca de cirujano. Me la apretaba con ansia detrás de la cortina mientras el viejo se recolocaba el pantalón sin disimular.

—Pues muy bien, hija, así muy fresquita, muy fresquita.

Carla seguía con su sonrisa, apretándose los pechos entre los brazos cada vez que estiraba un calcetín. Las tenía abultando por arriba y por abajo del propio brazo. Al viejo se le habían desorbitado los ojos. Entonces sonó la voz de su mujer.

—¡Casimiro, te estoy llamando!

—¡Ya voy, pesada!

—¿Qué haces ahí fuera?

—Salir, para no oírte.

Doña Eulalia se asomó, vio a Carla, y soltó un «buenos días, niña» con retintín suficiente para fundir un cable. Mi novia devolvió el saludo con voz angelical, terminó de colgar y entró. Yo la esperaba con la polla dura como un trozo de madera.

—Exhibicionista, ven aquí a chupármela.

Me la empezó a mamar arrodillada al lado de la puerta de la terraza, donde el chaval del cuarto y el divorciado del segundo veían perfectamente. Sus pechos grandes se le movían mientras gemía y se masturbaba con la otra mano. Yo le agarraba del moño y le metía la polla un poco más adentro. Tenía controlado el reflejo de la arcada como una profesional. Se la sacó, abrió la boca y me pajeó hasta que reventé sobre su lengua. Después la chupó otro minuto para no perder una gota.

—Ha llamado alguien al timbre antes —dije cuando bajé la respiración.

—Lo he oído. Creía que era un paquete.

—Igual ha sido Eulalia. O ha ido a buscar a Bruno.

Bruno era el administrador del edificio. Recién jubilado, sesenta y seis años, un metro ochenta y ocho, más de cien kilos, calvo, espaldas anchas como una alacena y unos brazos que metían respeto. Había trabajado toda la vida en la siderurgia. Eficiente con los temas de la finca y, según se contaba, con un divorcio reciente porque se había liado con una vecina veinte años más joven. Tampoco disimulaba cuando le miraba los pechos a Carla cada vez que coincidían en el portal.

—Uy, qué morbo, ¿el oso me va a regañar?

Esperaba un comentario así. Y a mí me dio mucho morbo imaginar a aquel armario reventando a mi novia.

—Va a volver. Eulalia le habrá protestado.

—Le convenzo en dos minutos para que pase de la vieja.

—¿Qué piensas hacer?

Carla puso cara de niña pillada, con los hoyuelos disparados.

—Estás desatada, ¿en tetas con visita?

—Sólo le dejo material para un par de pajas. Voy a estar de acuerdo con él en todo. Iré a vestirme antes.

—Cuando vuelva, yo me meto en el cuarto a verlo —le dije.

—Hecho.

***

A las cinco en punto sonó el timbre. Yo ya estaba listo para fingir que salía, y Carla había bajado a la terraza a fingir que tomaba el sol.

—Buenas tardes, Bruno.

—Hola, Mateo. ¿Te pillo bien?

—Iba a salir un momento. ¿Qué pasa?

—¿Puedo pasar?

—Claro, hombre.

El armario entró.

—Es Eulalia. Que se ha quejado.

—¿Por qué?

—Porque tu novia estaba desnuda en la terraza.

—¿Y? Llevaba tanga y chanclas. Desnuda del todo no iba.

Quería plantarle la imagen en la cabeza. Vi cómo se le quedaba la mirada perdida un segundo.

—Eso le he dicho yo, pero la vieja es testaruda. Me iba a poner la cabeza como un bombo si no le decía que subía.

—Bueno, trámite. Carla está en la terraza. Habla con ella. Yo tengo que salir.

Lo dirigí hacia la puerta, me despedí, abrí y cerré con ruido suficiente, y me deslicé descalzo al dormitorio, donde una ventana daba a la terraza. La muy guarra de Carla estaba completamente desnuda en la tumbona. Gafas de sol, auriculares puestos, pelo suelto y unas cuñas con el tacón más alto que tenía apoyadas al lado. Ni el tanga rosita llevaba. Dudé un segundo: igual no le había contado lo suficiente sobre el historial de salido de aquel hombre. Pero a ella, por lo visto, eso le daba justo el morbo que necesitaba.

Bruno salió a la terraza y sus ojos fueron directos al coño rasurado. No le impidió esgrimir una sonrisa de medio lado, satisfecha.

—Hola, Bruno.

—Hola, guapa. ¿Cómo estás? Aunque ya veo que muy bien.

Puso énfasis en el «muy bien». La recorrió de los pechos a los pies sin disimular. Le daba igual incomodar.

—Tomando un poco de sol. Así no quedan marcas.

—Ya, ya veo.

—¿Y qué te trae por aquí?

—Temas de la finca. Mejor lo hablamos dentro.

—De acuerdo, me visto y voy.

—¿Te vistes?

—Sí, no voy a entrar al salón con el chichi al aire.

Se puso el tanga delante de él. Bruno no perdió detalle de cómo le bailaban los pechos. Después se calzó las cuñas y entró contoneándose deliberadamente. Bruno la siguió con la mirada y soltó un «pffffff» bajo que oí desde el dormitorio. Me moví hasta la rendija de la puerta. Desde ahí veía el salón y media cocina.

—¿Te pongo algo, Bruno?

—Ahora mismo, muy malo —contestó, riendo.

—Tonto. Digo de beber.

—Una cerveza estaría bien.

Carla salió de la cocina con la lata, los pechos balanceándose con cada paso. Bruno la cogió sin apartarle los ojos de los pezones.

—Bueno, ¿qué quería Eulalia?

—Que vayas tapada en la terraza.

—Pues que se queje. Estoy en mi casa, no en la suya.

—Eso le he dicho. Pero da por culo cuando viene. El pobre Casimiro no abre la boca.

—Le pienso poner las tetas en la cara hasta que le dé un infarto al marido.

Bruno se rió, le pegó un trago largo a la cerveza y volvió a la inspección de pechos. Carla ignoró el cumplido y se metió en la cocina a fregar dos vasos, meneando el culo sin disimular. Bruno la siguió con los ojos como un perro siguiendo una pelota. Al rato se levantó, se acercó por detrás y se apoyó contra el marco de la puerta de la cocina. La estaba devorando. Empezó a sobarse el bulto del pantalón por encima de la tela. Era un bulto grande.

Carla me miró un segundo hacia el dormitorio, sonrió, y siguió fregando.

—¿Qué piensa tu novio de que recibas a otros hombres desnuda? —preguntó él.

—No estoy desnuda, llevo tanga y cuñas. Le da igual. Dice que todos hemos visto tetas y no se va a escandalizar nadie.

—¿Y nunca han intentado nada?

—El otro día vino el del gas y me puse camiseta.

—Eres una exhibicionista. Te gusta que te miremos, ¿verdad?

—Siempre halaga sentirse deseada. No te voy a mentir.

—Con un culo así es lo normal.

Estiró el brazo derecho y le agarró la nalga derecha. No fue brusco. Apoyó la mano y apretó suavemente. Después se la acarició entera.

—Qué duro y suave está.

Carla no le retiró la mano. Sólo giró la cabeza. Yo, detrás de la rendija de la puerta del dormitorio, me la había vuelto a sacar.

—Bruno, ¿qué haces?

—Lo estás deseando. Si no, no andarías así delante de mí.

—Llevo tanga.

—Estás prácticamente desnuda. Eres una calientapollas.

Se pegó contra ella por detrás y le clavó el bulto en el culo, dejó la cerveza vacía sobre la encimera y le agarró los pechos con sus dos enormes manos. Eran manos gigantes, pero ni así abarcaba las de Carla. Yo grababa con el móvil en una mano y me la apretaba con la otra como un mono.

—Bruno, ¡para! ¡Estás casado!

—Me estoy divorciando. Y un coño como el tuyo no se desperdicia.

Carla fingía resistirse. Le encantaba ese juego. Bruno le hundía el bulto en las nalgas mientras le mordía el cuello. La voz se le había puesto ronca.

—Menudos pechos. Llevo meses pensando en estos pechos.

—Bruno, déjame…

—Si te gusta, guarra. ¿Notas cómo la tengo? Te voy a meter una follada que se te va a olvidar tu propio nombre.

Carla protestaba sin energía. Se contoneaba atrás y adelante, clavándole el culo en el paquete, mientras él tiraba hacia atrás con los pechos bien agarrados y le besaba el cuello. Dejé el móvil apoyado en el suelo cuando un chorro caliente reventó dentro del pañuelo que tenía agarrado. La excitación me había venido demasiado rápido.

Bruno la giró, le agarró el pelo y la arrastró hacia el dormitorio. Carla se dejaba llevar haciendo un gimoteo de pega que sólo cuela si no la conoces. Yo me retiré del marco y, sigiloso como un gato, me metí debajo de la cama. Tenía una rendija entre el faldón y el suelo desde donde se veía casi todo. Si me pilla, no tengo coartada, pensé, mientras la sangre me golpeaba las sienes.

Bruno la empujó boca abajo en la cama y le dio un manotazo en el culo. Carla soltó un quejido a medias auténtico.

—Me la vas a chupar. Y cuidado con los dientes.

Le acarició la cara con la otra mano sólo para que viese el tamaño de la palma. Después se sacó la polla, que salió disparada. No era especialmente larga, pero sí muy gorda. Carla la agarró con una mueca de asco fingido, ese gesto que pone cuando quiere alargar el juego. Tardó dos segundos en metérsela.

—¡Que me la chupes, puta!

Le acercó la cabeza, y Carla empezó a chupársela con desgana actuada. Bruno echó la cabeza hacia atrás. Carla luchaba por meterse la polla gorda en la boca. Bruno gruñía como un toro.

—Qué bien entrenada te tiene el playboy de tu novio. Ni una arcada.

Yo, debajo de la cama, la grababa entera. Tenía la boca seca y las sienes me palpitaban con cada latido. Carla le miraba a los ojos fijamente, desafiante, mientras le caían hilos de saliva por la barbilla.

—Eso me gusta, que me mires.

Le sacó la polla y le pegó dos veces con ella en la mejilla. Después la levantó del pelo, la giró y la empujó de espaldas sobre la cama. Carla cayó con las piernas abiertas. Bruno se quitó los pantalones y se subió encima. Le separó más las piernas, frotó el rabo contra el coño y comprobó cómo estaba.

—Estás empapada, guarra.

Se la metió hasta el fondo de una sola embestida y Carla no pudo contener el gemido. Bruno empezó a bombear con violencia, plas-plas-plas resonando por todo el dormitorio. Carla se agarraba a las sábanas y gemía con la cara hundida en la almohada para apagar los chillidos. Le encantaba esa dureza.

—¡Córrete, putita! ¡Mójame los huevos!

El primer orgasmo le pilló al cuarto minuto. Aulló con la boca contra la almohada. Bruno no aflojó el ritmo, lo que le eternizó el orgasmo. Yo, debajo de la cama, intentaba no respirar fuerte mientras me la pelaba por segunda vez. Bruno la cogió del pelo y la obligó a levantar el culo.

—¿Quién es mi putita?

—Yo…

—¡Más alto!

—¡Yo!

—Así me gusta.

Le hundió la cara de nuevo en la almohada y aceleró. Carla giró la cabeza un instante para coger aire y soltó algo que sonó a «me vas a matar». Bruno sólo gruñía. Un par de embestidas más profundas indicaban que necesitaba aire, así que paró, se separó y le pasó la lengua del coño al culo en un solo lametazo lento. Carla se arqueó.

—Saladito.

La tumbó boca arriba otra vez, se sentó sobre los talones y la cogió del brazo para subirla encima de él. Carla obedeció. Se sentó sobre aquella polla gruesa y gimió cuando volvió a entrar. Bruno empezó a comerle los pechos con la desesperación de un bebé hambriento. Sus manos enormes se alternaban entre las tetas y las caderas. Carla buscaba su clítoris con la derecha mientras se sostenía en el cabecero con la izquierda.

Yo, debajo de la cama, me corrí por segunda vez en otro pañuelo, contorsionado para no manchar el sitio. Vi cómo Carla cerraba los ojos y se frotaba con saña hasta correrse encima de él.

—Joder, joder…

Bruno la sacó de encima con cierta brusquedad, le dio la vuelta y empezó a lamerle el culo. Le metió un dedo en el coño, luego otro en el ano, dilatándola despacio. Carla resoplaba y se frotaba el clítoris ella misma con calma. Le encantaba que la trabajasen por detrás.

—Te voy a romper este culazo —le dijo, todavía con la lengua puesta.

Escupió dos veces, le metió la polla en el coño un par de veces para mojarla bien, y empezó a deslizarla en el ano poquito a poquito. Carla echó la cabeza hacia atrás y soltó un gemido largo. Bruno tenía los ojos en blanco.

—Dios, qué apretada tienes la nalga.

Le dio un azote fuerte, luego otro. Cada uno respondido con un gemido. Cuando el rabo entró del todo, empezó a bombear despacio, después más rápido. Carla acompañaba el ritmo. Yo seguía debajo de la cama, todavía con la polla en la mano, ya sin saber si me iba a salir nada más.

—Llevo meses viéndote tomar el sol y pensando en esto.

Las embestidas se aceleraron. El plas-plas era violento. Su barriga, que parecía no encajar con el ímpetu, rebotaba contra las nalgas de mi novia. Carla casi chillaba, aguantando otro orgasmo. Bruno le agarró el cuello por detrás sin apretar y aceleró.

—¡Te lleno el culo, puta!

—¡Sí, sí, rellena!

Un par de embestidas secas, pegado a ella, y empezó a gemir como un animal mientras se vaciaba dentro. Carla aulló de placer. El orgasmo que llevaba aguantando se le soltó entero. Pese al espectáculo, a mí ya no me quedaba leche para una tercera. Lo intenté igual.

Bruno se desacopló y Carla cayó como una muñeca de trapo, jadeando. Él todavía tenía ganas. Le dio la vuelta otra vez, le abrió las piernas y empezó a comerle el coño con calma. Diez minutos largos. Carla se corrió dos veces más, y a la tercera le pidió que parase, que ya le molestaba.

El armario le recorrió el cuerpo con las manos, de los pechos a los pies, se incorporó, se puso los pantalones y los mocasines sin cordones.

—Niña, hacía tiempo que no me pasaba esto.

Se la quedó mirando un segundo más, tumbada boca arriba, los pechos cayendo a los lados, los pezones todavía duros, la respiración agitada.

—De la vieja no te preocupes. Ya me pasaré otro día.

Y se fue. Esperé a oír la puerta cerrarse y a contar hasta veinte antes de salir de debajo de la cama.

—Joder, qué follada te ha metido.

—Sin contarte a ti, hacía mucho que no me follaban con tantas ganas.

—La tenía muy gorda.

—Demasiado, pero qué gusto.

Nos duchamos juntos. Se me volvió a poner dura mirando las marcas de los dedos de Bruno en sus nalgas y en sus caderas. Carla ya no tenía cuerpo para más, así que me hizo una cubana entre sus pechos hasta que me corrí encima. Después dormimos hasta el lunes.

El lunes, cuando bajé al portal, Bruno me saludó con la cabeza, normalísimo, como si no hubiera pasado nada. Yo le devolví el saludo de la misma manera. Sólo en el ascensor, ya solo, me sonreí en el espejo y pensé en el sábado siguiente. Ya iba pensando cómo invitarle a tomar algo en casa cuando volviese a hacer calor.

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Comentarios (2)

Lautaro_982

tremendo relato!! me quede sin palabras, la tension de estar escondido debe haber sido una locura

CarlosET

por favor seguí contando, quede con ganas de saber como termino todo jaja

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