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Relatos Ardientes

Espié a mi madre con el vecino la noche de fin de año

Mi madre se llama Beatriz, aunque desde que tengo memoria todos le decimos Bea. Ella y yo emigramos de Venezuela a la Argentina hace poco más de tres años, sin un solo familiar ni conocido esperándonos del otro lado. Salimos con dos bolsos y lo poco que entraba en ellos.

Conviene que la describa, porque buena parte de lo que pasó esa noche se explica mirándola. Bea mide poco más de un metro sesenta, piel muy blanca, el pelo rizado siempre a medio domar. Tiene un cuerpo que ningún hombre le perdona: caderas amplias, pecho generoso y un trasero que llena cualquier vestido. A mi viejo lo mataron poco después de separarse de ella, un asunto turbio del que nunca quisimos hablar, así que durante años fuimos solo Bea, mi abuela y yo. Mi madre trabajó de cocinera, de vendedora, de empleada doméstica, de lo que apareciera.

Las cosas se pusieron feas a principios de aquel año. No conseguía trabajo y cada mes era peor que el anterior. De un día para el otro decidimos irnos: un colectivo, fronteras, casi una semana de viaje hasta llegar a Buenos Aires con la espalda hecha pedazos y los ahorros casi en cero.

El primer mes nos alojó la hija de una amiga de mi abuela, una chica llamada Yamila que nos prestó un rincón de su casa. Después Bea consiguió empleo en un barrio del sur y nos mudamos a una casita de un solo cuarto, con una sala mínima y una cocina donde no entrábamos los dos al mismo tiempo.

***

El vecino se llamaba Damián. Un tipo alto, más de un metro ochenta, de esos que entran a un lugar y lo ocupan entero. Desde el primer día se fijó en nosotros, pero sobre todo en mi madre. Nos saludaba, sí, aunque la mirada se le iba hacia ella y ahí se quedaba pegada.

No sé cuánto tiempo pasó hasta que esos saludos se volvieron conversaciones, y las conversaciones algo más largo de lo que justificaba el clima o el precio de las verduras. Bea no comentaba nada y yo tampoco preguntaba. Pero uno se da cuenta. Se le iluminaba distinto la cara cuando lo nombraba.

Que rehiciera su vida me parecía bien. Mejor todavía con alguien así de atento.

Cuando llegó diciembre, en casa se respiraba una melancolía espesa. Nos habían avisado de que las fiestas acá eran otra cosa, nada que ver con las navidades de allá, donde nos juntábamos primos, tíos y abuela en una sola casa ruidosa. Habíamos quedado en ir a la cena de Yamila, pero de un día para el otro el plan cambió: Damián nos invitó a pasar la Nochebuena en su casa.

Yo no quería ir. Mi madre insistió hasta cansarme, y terminamos los dos cruzando la vereda esa noche.

***

La casa de Damián era linda, mucho más que la nuestra. Estábamos él, una pareja amiga suya, una prima, mi madre y yo. Comimos bien, nos reímos, la pasamos cómodos. Después salieron el vino y la cerveza. Empezaron tipo once y para las dos los invitados ya se habían ido. Quedamos Damián, mi madre y yo, porque nos había ofrecido dormir ahí.

Era la primera vez en mi vida que tomaba vino y cerveza, así que apenas se fueron los demás me arrastré hasta el cuarto de huéspedes y me tiré en la cama, mareado, con el mundo girando despacio.

Cerca de las cinco me desperté con una urgencia tremenda de orinar. Abrí la puerta del cuarto y me topé con una escena que parecía el arranque de una película. Mi madre y Damián se comían la boca contra la pared del pasillo. Las manos de ella perdidas en el pelo y el cuello de él; las manos de él recorriéndole la cintura, la espalda, bajando sin pudor.

Me quedé en shock unos segundos. Después me metí en el baño para no incomodarlos, porque ya dije que no me molestaba que ella estuviera con un hombre, menos con uno tan correcto.

Mientras orinaba, Bea me llamó desde el otro lado de la puerta y me preguntó, con la voz tensa, si necesitaba ayuda. Entendí el nerviosismo y decidí jugar a mi favor: hablé como borracho, arrastrando las palabras, y salí balanceándome a propósito.

—Me estaba orinando, nada más —murmuré, colgándome de su brazo.

—Andá a la cama. ¿Sabés la hora que es? —me dijo, sosteniéndome.

—¿Qué hora es?

—Como las cuatro.

—Ah, todavía tengo para dormir —solté, y con su ayuda llegué hasta el colchón—. Chau, Damián. Chau, ma.

Antes de cerrar del todo los ojos la escuché decirle, bajito: «Quizá no nos vio porque está borracho, pero hay que tener más cuidado». No supe si después pasó algo más esa noche. Tampoco hizo falta.

***

El 31 volvimos a su casa. Misma gente que en Navidad, misma mesa, pero con una diferencia: el alcohol arrancó temprano. Para las dos de la madrugada yo ya estaba acostado y mareado, y no me enteré de a qué hora se fueron los demás.

Lo que me despertó, cerca de las cuatro, fueron unos gemidos. Sabía de quién eran. Después de lo de Navidad había atado cabos: ellos ya se veían a escondidas, esta no era su primera vez juntos. Y sin embargo, escuchar a mi madre así, sin filtros, me hizo algo. Me senté en la cama, dudé, y al final pudo más la curiosidad que la vergüenza.

Salí del cuarto. El pasillo estaba completamente a oscuras. Caminé despacio, descalzo, midiendo cada paso para no hacer crujir el piso. Cuando llegué al borde de la sala, me detuvo una imagen que todavía hoy puedo dibujar con los ojos cerrados.

Mi madre estaba completamente desnuda sobre el sillón, de rodillas en el asiento, el torso inclinado hacia delante. Su trasero, enorme, apuntando al aire; los pechos colgando con cada respiración. Era la primera vez que la veía así, como vino al mundo. Tenía la piel enrojecida, con marcas de dedos, el pelo revuelto. Lo que más me sorprendió fue verla completamente depilada, la piel lisa, los labios igual de encendidos que el resto. Imaginé la cantidad de embestidas que habían provocado ese color y esos gemidos.

Esperaba en esa posición, sola, en una sala vacía, hasta que de un cuartito que oficiaba de oficina salió Damián, también desnudo. Se acariciaba el miembro despacio, ya cubierto con un preservativo, y en la otra mano traía un frasco de lubricante.

Al caminar, todo en él se balanceaba. Puedo decirlo sin que me tiemble la voz: el tipo tenía un físico envidiable, un cuerpo todavía marcado, la cara simpática. Yo nunca me consideré demasiado dotado, y la verdad es que en largo quizá le llegaba, pero en grosor no había comparación. El suyo se veía ancho, más todavía con el preservativo tirante.

—Cuánto tardás. Me dejás sola acá —le dijo mi madre con una voz que no le conocía, lenta, provocadora.

—No lo encontraba —contestó él, ubicándose detrás, acariciándole las nalgas con las dos manos.

Se rieron los dos. Vi cómo le abría las nalgas y bajaba la cabeza para besarla ahí, en el lugar más íntimo. Mi madre se resistía, intentaba apartarle la cara con la mano, pero Damián insistió hasta que las súplicas se le ablandaron y dejó de pelear.

Después agarró el lubricante, vació un poco y se acomodó para penetrarla de a poco, por atrás. Bea se quejaba al principio, así que él entraba apenas un segundo, la escuchaba protestar, salía y la trabajaba con los dedos. Lo repitió varias veces, con una paciencia que me dejó pensando. Cuando ella dejó de quejarse, los quejidos se transformaron en otra cosa.

—Aghhh… despacio… despacio —pedía, y arqueaba la espalda.

Damián estaba concentrado, ni un suspiro se le escapaba. Mi madre, en cambio, era pura música: levantaba la cabeza, la dejaba caer, se agarraba el pelo según la fuerza de cada empujón y de cada palmada que él le daba con la mano abierta. Ese «plas, plas, plas» retumbaba por toda la casa, mezclado con los gemidos.

Me asombró el aguante del tipo. Mientras lo miraba, lo único que se me cruzó por la cabeza fue mi propia primera vez por atrás con la chica con la que salía entonces, y lo poco que había durado yo de lo apretado que estaba todo.

Después de un rato así, mi madre le dijo que ya le dolía, que parara, y Damián frenó en el acto. Esa parte me terminó de caer bien: era caballero de puertas para afuera y, por lo visto, también de puertas para adentro. Ponía el deseo de ella por delante del suyo.

***

Le susurró algo al oído, instrucciones que no alcancé a entender, y en cuestión de segundos cambiaron de posición. Quedaron de frente, ella de espaldas contra el sillón, las piernas abiertas, las manos clavadas en la espalda ancha de él, los dedos marcándole la piel. La sala se llenó de sonidos: los besos, el roce de los cuerpos sudados, el choque de sus sexos, los gemidos ahogados de ella, el crujido del sillón y, de vez en cuando, un resoplido de él.

No sonaba como esos videos de Internet, todo mecánica y nada más. Sonaba a otra cosa. Sonaba, y me cuesta decirlo, a dos personas haciendo el amor. Lo reconozco porque así sonaban mis primeras veces con la chica de la que me enamoré perdidamente.

En esa posición duraron hasta que Damián la tomó de los brazos, la atrajo hacia él y se sentó en el sillón con ella encima. Mi madre, montada así, dejaba ver todo: el trasero desbordando incluso sobre sus muslos. Empezaron a besarse, ella prendida de su cuello como una adolescente, él recorriéndole la espalda hasta volver a las nalgas.

No supe en qué momento se acomodó el miembro de él, o si nunca había salido del todo, pero cuando me di cuenta ya lo cabalgaba. A ratos se besaban; a ratos él le besaba los pechos mientras ella echaba la cabeza atrás y gemía. Damián le amasaba las nalgas con las dos manos cada vez que ella subía y bajaba.

—Sí… así… ya estoy por terminar —resopló él.

Unos minutos más de empujones y besos, y Damián la abrazó fuerte, la sostuvo firme y rígida sobre sus piernas y empezó a resoplar pesado. El trasero de mi madre le tapaba todo, así que no llegué a ver el final, solo el modo en que se aflojó del abdomen y la respiración se le fue calmando.

—Creo que llené el preservativo —dijo, y los dos se rieron.

Mi madre se levantó de sus piernas, le sacó el miembro todavía medio firme, le quitó ella misma el preservativo cargado y, sin que nadie se lo pidiera, se inclinó a darle sexo oral. Fue algo breve, pero alcancé a ver cuánto disfrutaba estar con él, cómo lo dejó limpio de punta a punta. En eso reconozco que mi madre tenía una entrega que pocas veces vi.

Cuando terminó, se acomodó al lado de él, recostada contra el respaldo, y cada tanto giraban la cabeza para mirarse y reírse de nada, como dos chicos. Después se levantaron y se fueron al baño juntos, agarrados de la mano.

***

Como dije, Damián me cayó bien desde el principio por la forma de tratar a mi madre, y esa noche confirmé que era feliz con él. Por eso nunca dije una palabra de lo que vi. Tampoco opiné sobre lo suyo. Meses después oficializaron la relación, y yo los apoyé, como los sigo apoyando.

Nunca más volví a espiarlos; no hizo falta y no quise. Pero sí terminé teniendo charlas de educación sexual con Damián cuando empecé a salir con una chica, una relación que al final no funcionó. La de mi madre, en cambio, sigue firme. Y algo me dice que esa química que descubrí sin querer aquella madrugada de fin de año fue parte de lo que los mantuvo unidos todo este tiempo.

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Comentarios (6)

NocheBA

Tremendo relato!!! me dejo sin palabras

RodriBAires

el titulo me engancho de entrada y no decepciona. de los mejores que lei en voyerismo

Pame_ok

Por favor ponele una segunda parte, quedé con demasiadas ganas de saber cómo siguio todo

MotoGuzzi

Que situacion tan incómoda y a la vez tan morbosa... me imagino quedarse helado en ese pasillo jaja. Muy bien escrito.

FelipeNoc

me quede pegado leyendo hasta el final, no pude parar. excelente!!

Curiosa_99

Siempre me pregunto si estas cosas le pasan de verdad a alguien o son pura fantasia. Sea como sea, esta muy bueno

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