Espié a mi madre y a su pareja una madrugada
Hay cosas de aquel año que preferiría no recordar y, sin embargo, son las que vuelven primero cuando cierro los ojos. Siempre les había observado a medias: una caricia de más en la cocina, una risa demasiado baja, la forma en que él la miraba cuando creía que nadie lo notaba. Pero la única vez que los vi de verdad, con todo el detalle, fue una madrugada en que me quedé despierto sin querer.
Me había metido en la cama temprano. Estaba medio resfriado, con ese cansancio espeso que ni siquiera me dejó cenar. Me dormí con la luz puesta y desperté de golpe cerca de las once, con la garganta seca y la casa entera en silencio.
Salí al pasillo a oscuras. No se oía nada, ni el televisor ni los pasos de costumbre. Solo había una cosa fuera de lugar: un hilo de luz amarilla que se colaba por debajo de la puerta del cuarto de mi madre, y un murmullo apenas perceptible detrás de ella.
Me acerqué sin pensar demasiado. La puerta no estaba cerrada del todo, apenas entornada, y por la rendija entraba la luz tibia de la lámpara de mesa. Vencí el miedo, contuve la respiración y miré.
***
Estaban los dos en la cama, acostados de lado, frente a frente. Mi madre y Marco, su pareja, besándose despacio, con una calma que no parecía tener prisa por llegar a ningún sitio. Él estaba sin camiseta, sin pantalón, solo con los calzoncillos, y por el bulto que se le marcaba entre las piernas ya se notaba que la tenía dura. Ella llevaba un conjunto rojo, sostén y braga, nada más, y por la finura del encaje se le adivinaban los pezones tiesos empujando la tela.
Se besaban con la boca abierta, se separaban apenas un instante para volver a buscarse con la lengua. Ella le acariciaba el cuello con la punta de los dedos y bajaba a rozarle el bulto por encima del algodón; él tenía una mano abierta sobre la curva de su cadera, apretándola hacia sí cada pocos segundos, y con la otra le manoseaba una teta entera por encima del sostén. No debería estar viendo esto, pensé, y aun así no moví un solo pie.
En un movimiento lento, Marco la tomó de los brazos y la sentó sobre sus piernas, montada a horcajadas, con el bulto de sus calzoncillos apretado justo contra la braga roja. Dejó de besarla, la miró un segundo y le bajó el tirante del sostén con un solo dedo. Después, con una sola mano, terminó de soltárselo. Mi madre dejó escapar un suspiro corto cuando la prenda cayó, y las tetas se le desbordaron pesadas sobre el pecho de él, con los pezones oscuros y duros como piedras.
Nunca la había visto así. Tenía una figura llena, de curvas marcadas: las tetas generosas, las caderas anchas, las piernas firmes y una suavidad en el vientre que la hacía parecer más real, más de carne. Él bajó la cabeza y le chupó un pezón con toda la boca, tirando de él hasta estirárselo, y después el otro; ella le pasó los dedos por el pelo con una ternura que me dejó un nudo en la garganta y le empujó la cara contra las tetas para que no se apartara.
—Así —murmuró ella, tan bajo que casi no la oí—. Chúpamelas despacio.
Marco le hizo caso solo a medias. Le sujetó las dos tetas con las manos, se las juntó para tener los dos pezones al alcance de la lengua, y los recorrió mordisqueándolos sin ninguna prisa, dejándoselos brillantes de saliva. De vez en cuando bajaba una mano por la espalda de ella hasta meterla por debajo de la braga y hundírsela entre las nalgas, y entonces mi madre echaba la cabeza hacia atrás y arqueaba la espalda, restregándole el coño por encima de la tela contra el bulto que él tenía debajo.
—Estás empapada —le dijo él, con la boca aún pegada a un pezón—. Te calo la braga.
—Cállate y sigue —jadeó ella.
***
Yo seguía pegado al marco de la puerta, sin atreverme a respirar fuerte. El corazón me golpeaba en las costillas y una parte de mí gritaba que volviera a mi cuarto, que aquello no era para mis ojos. La otra parte no se movió ni un milímetro; sentía la propia sangre bajarme y latir donde no debía.
Mi madre lo tomó del pelo y le apartó la cabeza con suavidad. Se levantó sobre las rodillas en el colchón, se sostuvo del cabecero de la cama y le ofreció el coño a la altura de la boca, todavía con la braga puesta pero ya con una mancha oscura de humedad marcándole la tela justo en medio. Él la sujetó por la cintura con las dos manos y la atrajo sin dudar, hundiéndole la cara ahí sin miramientos.
—Sí —la oí decir, con la voz quebrada—. Justo ahí, cómemelo entero.
Marco le pasaba la lengua de arriba a abajo por encima de la tela, chupándola tan fuerte que se le veían las mejillas hundirse, y ella se mecía sobre su cara agarrada al cabecero. Cuando la braga ya estaba empapada y transparente, tiró de ella con los dientes y le mordió el elástico. Ella se rió por lo bajo, se apartó un instante para bajársela hasta las rodillas, y volvió a acomodarse sobre él, ahora con el coño desnudo, oscuro entre el vello recortado, brillante de lo mojada que estaba.
Él le abrió las nalgas con las dos manos, sacó la lengua entera y se la clavó dentro. Le lamía el coño largo y despacio, subía hasta el clítoris y se lo chupaba con los labios apretados, bajaba de nuevo y volvía a metérsela hasta el fondo. Cada tanto le pasaba también la punta de la lengua por el otro agujero, y mi madre daba una sacudida seca y le empujaba la cara aún más contra ella.
—Sigue —jadeó ella—. No pares, por favor. Ahí, ahí, cómeme el coño ahí.
Su voz era distinta de la que yo conocía. Más grave, más rota, llena de algo que no le había escuchado nunca en la mesa del desayuno. Le follaba la cara con las caderas adelante y atrás, marcando el ritmo, y cada movimiento le arrancaba un gemido nuevo. La tenía tan mojada que se oía el sonido húmedo de la lengua de él resbalando entre los pliegues, un chapoteo suave que a mí me daba escalofríos.
Bajo la ropa interior de Marco se adivinaba lo dura que estaba, una forma tensa que parecía a punto de romper la tela. En algún momento se la bajó él mismo, sin dejar de comérsela, y le saltó la polla afuera, gorda y venosa, con el glande hinchado y ya con una gota brillante en la punta. Mi madre se apartó un instante, la miró, se pasó la lengua por los labios, y luego se dejó caer en cuatro patas sobre él, de modo que cada uno quedó con la boca a la altura del sexo del otro.
***
Ella se inclinó y se la metió en la boca con unas ganas que me dejaron sin aliento. La engulló entera del primer golpe, hasta que se le oyó una arcada breve, y volvió a sacarla despacio, con los labios apretados alrededor, dejándola brillante de saliva. La recorría entera con la lengua, se detenía en la punta para chupársela como un caramelo, se la volvía a tragar hasta el fondo, y con la mano libre le acariciaba y le apretaba los huevos. Mientras tanto, Marco la sujetaba de las caderas y le seguía comiendo el coño desde abajo, metiéndole ahora dos dedos a la vez que le chupaba el clítoris, los dos a la vez, en una especie de duelo silencioso por ver quién aguantaba más.
—Mmm… —era el único sonido que salía de ella, ahogado alrededor de la polla, una y otra vez—. Qué grande la tienes, joder.
Se la sacaba de la boca solo para lamérsela desde los huevos hasta la punta, para escupir un hilo de saliva sobre el glande y frotárselo con la mano, para volver a mamársela mirando de reojo la cara de él entre sus piernas. Estuvieron así un buen rato, enredados, brillantes bajo la luz amarilla de la lámpara. Él empujaba las caderas hacia arriba, follándole la boca despacio; ella hundía el coño hacia él, buscando más lengua, más dedos, riéndose por lo bajo cada vez que se quedaba a medias. Fueron varios minutos largos, y yo conté cada uno con el pulso en las orejas y con la polla mía ya durísima apretada contra el pantalón del pijama.
Entonces mi madre se levantó. Giró el cuerpo con prisa, le clavó la mirada, le agarró la polla con la mano y se la fue metiendo despacio, dejándose caer poco a poco encima de él. Solo recuerdo un sonido largo, contenido, el primer instante en que se la sintió entera dentro. Se quedó unos segundos quieta, con los ojos cerrados y la boca abierta, acostumbrándose. Después empezó a moverse.
***
Lo montaba como si llevara años esperando ese momento. Se agarraba de sus muslos, echaba la cabeza hacia atrás, dejaba que el pelo le cayera por la espalda, y subía y bajaba con toda la cadera clavándosela hasta el fondo cada vez. Yo veía cómo las tetas le rebotaban pesadas al ritmo de los golpes, cómo la piel le brillaba poco a poco por el sudor, cómo la polla de Marco le entraba y le salía brillante del jugo del coño, cómo él la miraba desde abajo sin moverse, con el único trabajo de sostenerse y disfrutar.
—Qué rica polla —jadeaba ella, mordiéndose el labio—. Qué rica me la metes.
Esa era la imagen que más se me quedó grabada: ella arriba, dueña del ritmo, con el coño empalado hasta el fondo, eligiendo cada movimiento, y él rendido debajo con las manos cerradas sobre las caderas de ella. Me habría quedado horas mirando aquello. Pero Marco levantó el torso de golpe, la rodeó con los brazos, le mordió una teta al pasar y la atrajo hacia su pecho, y de pronto era él quien marcaba el compás.
Desde mi rincón gané una vista distinta. Él la sostenía firme por la espalda y por el culo, y empujaba desde abajo, una y otra vez, clavándosela con unos golpes secos que hacían crujir la cama. Ella ya no controlaba nada, se dejaba follar así, con la boca abierta pegada al hombro de él, dejando escapar un «ah, ah, ah» corto y agudo con cada embestida. Las manos de mi madre le recorrían los hombros, la nuca, los brazos, buscando dónde sujetarse, y una le bajó hasta el culo de él y le hundió las uñas ahí, empujándolo aún más adentro.
Luego, sin soltarla, la tumbó de espaldas y se colocó sobre ella. Le abrió las piernas con las rodillas, se acomodó, se agarró la polla y se la fue metiendo despacio, mirándola a la cara mientras entraba. Desde donde yo estaba dejé de verlos unidos; solo alcanzaba la espalda ancha de Marco subiendo y bajando, el culo tensándose con cada empujón, balanceándose con cada embestida. Ya no había apenas palabras, solo el roce de los cuerpos, el golpe seco de sus caderas chocando contra las de ella y el chasquido húmedo del coño mojado tragándose la polla una y otra vez.
***
En esa postura duraron mucho. Él no aflojaba, y en algún momento vi las manos de mi madre recorrerle la espalda y luego empujarlo apenas, pidiéndole con un susurro que fuera más despacio, que la iba a partir. Marco no le hizo caso. Al contrario: se volvió más firme, más profundo, follándosela con toda la cadera hasta el fondo, y a ella empezaron a escapársele unos gemidos cortos y secos, casi sin voz, al ritmo de cada golpe de polla.
—Así, así, así… —repetía, casi sin aliento—. No pares, no pares.
Cambió de postura con un movimiento que entonces no entendí. Le subió las piernas hasta apoyárselas en los hombros, clavó las rodillas en el colchón y se la volvió a meter, esta vez desde arriba, muy hondo, con el peso del cuerpo entero cayéndole encima en cada empujón. Así doblada, con las rodillas casi tocándole las tetas, mi madre estiró las manos buscando los muslos de él, apoyándose donde podía, y a partir de ahí los gemidos crecieron con cada embestida hasta convertirse en algo casi vergonzoso, un «ay, joder, joder» a media voz que rebotaba en la pared. A Marco, por primera vez, se le oía la respiración agitada, y le gruñía cosas al oído que yo no llegaba a distinguir.
—Estás rota, ¿eh? —lo oí decir, ronco—. Te la meto entera.
—Sí… entera, así… —contestó ella—. Fóllame, fóllame como quieras.
Después la giró y la puso a cuatro patas al borde de la cama. Se colocó de rodillas detrás, le agarró el culo con las dos manos y se la metió de un solo empujón hasta el fondo. Mi madre soltó un grito ronco que ahogó enseguida contra la almohada. Empezó a embestirla así, con las manos cerradas sobre sus caderas, tirándola hacia sí en cada envite, con alguna palmada seca sobre una nalga y algún tirón de pelo de por medio que le levantaba la cara del colchón. Cada vez que le cruzaba la mano por el culo se le quedaba la marca roja unos segundos, y ella respondía apretándole la polla adentro con un gemido más fuerte.
Mi madre, con la cara hundida en las sábanas, estaba en otro mundo; gemía fuerte aunque tratara de ahogarlo contra el colchón, se relamía los labios, se mordía el brazo. Estiró el vientre sobre la cama, manteniendo las caderas en alto y las nalgas bien abiertas, y se quedaron en esa postura no sé cuánto tiempo, con el sonido de las pieles chocando y el chapoteo húmedo del coño llenando el cuarto.
—Me corro —la oí decir, con las piernas temblándole—. Espera… me corro, me corro, joder.
Marco no se detuvo. Al contrario: le clavó los dedos en las caderas y se la folló todavía más fuerte, sin cambiar el ritmo, hasta que a ella se le quebró la voz en un gemido largo, agudo, y vi cómo le temblaban los muslos y cómo se le apretaban las nalgas alrededor de la polla mientras un temblor le recorría toda la espalda. Un gemido profundo, casi de alivio, se le escapó a Marco al sentírselo. Cuando el temblor pasó, mi madre se dejó caer del todo sobre la cama, jadeando, vencida, con el culo todavía en alto y la polla de él dentro.
***
—Todavía no —le dijo él, en voz baja—. Falto yo.
Con ella acostada boca abajo, le separó un poco las piernas, se acomodó entre ellas y siguió follándosela, ahora tumbado, aplastándola contra el colchón con todo el peso del cuerpo. Le metía la polla despacio, hasta el fondo, sacándola casi entera para volver a hundírsela, y a mi madre se le escapaban unos suspiros hondos y agotados en cada empujón. Bajó el torso hasta alcanzarle la cara, le besó la mejilla, el cuello, le mordió el lóbulo, y al cabo de unos segundos lo oí decir, ronco, que ya no podía más, que se corría.
—Dentro no —murmuró ella, sin mucha fuerza—. Córrete encima.
Marco sacó la polla en el último momento, se incorporó de rodillas sobre ella y se la sacudió apenas dos veces. Un chorro grueso de semen le cayó sobre las nalgas y la espalda baja, otro le manchó el hueco entre las dos, y todavía otros más pequeños fueron goteando sobre la piel. Se quedó ahí un rato, arrodillado, jadeando, con la polla en la mano y el pecho subiendo y bajando; mi madre soltaba un suspiro hondo y satisfecho por debajo. Después, con el pulgar, le recogió una gota que le resbalaba por el costado y se la limpió en la cadera, casi con cariño.
Cuando terminaron quedaron los dos jadeando, uno junto al otro, con las sábanas hechas un desastre. Marco se apartó y se dejó caer de costado en la cama. Mi madre se rió por lo bajo de algo que no entendí, alargó una mano hacia el buró para alcanzar algo con lo que limpiarse, y se quedó tendida, con un brazo sobre los ojos, mientras él recuperaba el aliento a su lado.
Yo retrocedí por el pasillo con el mismo cuidado con que había llegado. Volví a mi cuarto, me metí en la cama y me quedé mirando el techo un buen rato, con la imagen todavía ardiendo detrás de los párpados y la polla latiéndome sin descanso contra el pijama.
***
Al día siguiente actué como si nada. Desayunamos los tres en la cocina, ella con su bata de siempre, él leyendo algo en el teléfono, y yo evitando mirarlos demasiado tiempo seguido. Nunca dijeron una palabra, ni de aquella noche ni de nada parecido, así que supongo que jamás se enteraron de que los había visto.
No volví a espiarlos. Aprendí a reconocer las noches en que se buscaban por la forma en que se rozaban durante el día, por las risas a media voz, por cómo él la tomaba de la cintura al pasar. Pero me quedé con eso, con los gestos pequeños, y dejé lo demás para la puerta cerrada.
Con el tiempo me marché de aquella casa. Ellos siguieron juntos, y siguen, y por lo que veo se quieren de verdad. De aquella madrugada no guardo culpa, solo el recuerdo nítido de haber descubierto, sin querer, que mi madre era una mujer entera mucho antes de ser mi madre.