Una pareja entró a nuestra caseta en las termas
Estábamos de vacaciones en el sur de Chile, muy lejos de cualquier playa. Paisajes nevados, frío que cortaba la cara, caminatas largas entre cerros, lagos de un azul imposible y ríos que bajaban helados de la cordillera. Eran unas vacaciones distintas a las que solíamos tomar, sin sol, sin chicas saliendo del mar en tanga, sin tetas al aire de países más liberales. Eso quedaría para otra temporada.
Esta era de parkas, gorros de lana, botas y bufandas hasta la nariz. Las turistas europeas que cruzábamos iban tan cubiertas que apenas se les veían los ojos. Aun así, Daniela y yo lo disfrutábamos. Todo era nuevo, todo era memorable. Llevábamos seis años casados y ese viaje se sentía como una segunda luna de miel.
La zona era volcánica, una gran atracción turística que sostenía hoteles de varias estrellas pensados para los viajeros del hemisferio norte. Precios caros, lujos que no siempre buscábamos. Por eso, a ratos, nos escapábamos a recintos más modestos o explorábamos lo que ofrecían los caminos secundarios.
En una de esas salidas encontramos algo que nos entusiasmó apenas lo vimos: unas termas naturales administradas por gente del lugar. Habían levantado pequeñas casetas privadas, cada una con su poza de agua caliente, y cobraban una entrada mucho más barata que los complejos turísticos. Agua termal después de tanto frío sonaba a gloria.
Solo había un problema. No teníamos ni traje de baño ni toallas. Y a la entrada había un cartel claro: prohibido el baño sin ropa y, por supuesto, prohibidas las actividades «inmorales» dentro de las casetas.
Daniela y yo nos miramos. Estuvimos a punto de irnos. Pero veíamos cómo la gente entraba sin mostrar nada, sin que nadie revisara qué llevaban en el bolso. Había bastante fila para un recinto tan chico, así que nos sumamos antes de quedarnos sin lugar.
Pagamos y buscamos nuestra caseta. Era exactamente eso: una poza precaria pero privada, agua humeante, mucho vapor pegado a las maderas. Cerramos la puerta y empezamos a desvestirnos. Ya veríamos cómo secarnos después; la idea era aprovechar al máximo.
Estábamos acomodando la ropa en un banco cuando la puerta se abrió.
Los dos seminudos, nos quedamos congelados. Una pareja extranjera entró sin más, mirándonos con una naturalidad que no era de aquí. Nórdicos, calculé por el pelo claro y la piel casi transparente. Nos saludaron como si nada, como quien comparte un ascensor.
—No more space —dijo él, en un inglés simple, encogiéndose de hombros.
Les hicimos entender que no teníamos la ropa adecuada, que disculparan, que quizá ellos preferían otra caseta. La mujer se rio y contestó algo que tardé en descifrar: ellos tampoco tenían nada. Si a nosotros no nos importaba, a ellos menos.
Un par de segundos de miradas entre Daniela y yo bastaron. No teníamos cómo negarnos sin hacer un papelón. Ella me pidió en voz baja que la cubriera mientras bajaba a la poza, y así lo hice. Yo ya estaba desnudo, pero me metí de espaldas a ellos para no exhibirme tan de golpe. Algo de vergüenza nos quedaba.
Mi mujer tiene un cuerpo de latina que no pasa desapercibido. Tetas grandes, caderas anchas, un culo que se balancea con cada paso por mucho que ella intente disimularlo. Se cubrió los pezones con el antebrazo y entró al agua con relativa gracia, aunque olvidó cualquier reparo apenas el calor le tocó la piel. Soltó un suspiro largo, de los que salen solos.
Ya instalados los dos, vi cómo la pareja extranjera se desvestía con total tranquilidad. Altos, delgados los dos. Ella de tetas pequeñas, cintura fina, un culo redondo y firme. Por supuesto que iba a mirar; a ellos no parecía molestarles. Y qué cosa más natural que sentir una erección bajo el agua. Nadie la notaba. Ya vería cómo disimularla al salir. No era habitual para mí tener a una mujer completamente desnuda a un metro, delante de mi esposa.
Hablaban en su idioma y se reían. Quizá para ellos también era una situación rara, mitad incómoda, mitad divertida. Seguro lo contarían después como anécdota: lo liberales que eran los latinos, lo desinhibidos que parecíamos.
Si supieran.
El agua estaba a una temperatura que aflojaba todo. Daniela cerró los ojos, echó la cabeza hacia atrás contra el borde de piedra y pareció dormirse. Arqueaba la espalda para soltar los músculos, y cada tanto sus tetas asomaban sobre la superficie con los pezones duros por el contraste del aire frío.
Se lo dije al oído, sin alarma. No soy mojigato, pero pensé que quizá no se había dado cuenta. Sin temor a que nos entendieran, me contestó que no le importaba. Que la sensación era demasiado rica para preocuparse, y que de todos modos ella no era la única exhibiendo el cuerpo ahí dentro.
Entonces me miró y con un gesto de la barbilla me señaló a la extranjera. Estaba con la cara hacia afuera de la poza, las piernas estiradas como si fuera a nadar, y el culo emergiendo redondo y duro sobre el agua.
Al mismo tiempo, debajo del agua, la mano de Daniela me tomó la verga.
—No eres el único caliente acá —me susurró.
Algo entendieron nuestros compañeros de poza, o algo intuyeron. Se miraron con un brillo distinto, sobre todo él, que llevaba un buen rato disfrutando la vista de unas tetas grandes a un par de metros. Nunca habíamos vivido nada parecido. Desnudos, con una excitación creciente, frente a dos desconocidos.
La actitud de mi mujer me dio permiso para mirar con más descaro. La extranjera ya se había girado, medio cuerpo afuera, y le decía algo a su pareja. Él se puso de inmediato detrás de ella y empezó a masajearle los hombros. Por un instante pensé que toda la tensión había sido mi imaginación, que un masaje era lo más inocente del mundo en ese lugar.
—Tengo que salir un poco, está hirviendo —dijo Daniela.
Le ofrecí cubrirla, como a la entrada. Me dijo que no me preocupara.
Se paró despacio. El agua le chorreaba de cada centímetro del cuerpo y se sentó en el borde, las piernas ligeramente abiertas, las tetas completamente a la vista. La extranjera la miró con una admiración que no disimuló. Él detuvo el masaje un segundo, golpeado por las curvas.
Ella giró de pronto la cabeza, miró hacia abajo, hacia el agua, y fue evidente que notó la erección de su pareja. En vez de enojarse, se largó a reír. Hizo un gesto con la mano, señalando las tetas de Daniela, como diciendo «claro, con eso enfrente, qué se le va a hacer». Nos reímos los cuatro.
Y entonces, siguiendo el juego, mi mujer se tomó los pechos con las dos manos y los balanceó arriba y abajo.
—Oh, yes —dijo él.
Su chica le tomó las manos y se las llevó a sus propias tetas. Después se dio vuelta y buscó su boca. Se besaron ahí mismo, despacio. Las manos de él bajaron hasta el culo de ella, bajo el agua. Se giraron a la vez y nos miraron.
Parecía un desafío.
Daniela lo entendió y volvió a meterse en la poza. Se acercó a mí de espaldas, torció el cuello para besarme, y mis manos subieron solas a sus tetas, a pellizcarle los pezones. Ya no había vuelta atrás. La sensación más intensa de nuestra vida estaba pasando justo en ese momento, en una caseta de madera a miles de kilómetros de casa.
Veíamos cómo ellos seguían besándose, y de a poco entendimos que ella se estaba acomodando para que él la penetrara bajo el agua. El vapor lo cubría casi todo, pero el ritmo de sus hombros no dejaba lugar a dudas.
Quisimos ir más allá. Me senté en el borde de la poza. Daniela entendió sin que le dijera nada y se subió encima de mí, de frente a ellos. Los cuatro estábamos teniendo sexo, unos frente a otros, con permiso mutuo para mirar y para ser mirados. Esa era la parte que más me prendía: el permiso. Mirar sin esconderme. Que me vieran sin esconderse.
La excitación era tanta que bastaron unos minutos. Llegamos los cuatro casi a la vez, entre risas ahogadas y el ruido del agua contra los bordes.
Nos quedamos quietos un rato, todavía dentro del agua, recuperando el aliento. Y cuando ya parecía que la aventura terminaba, Daniela empezó a caminar hacia ellos. Los miró a los dos con un deseo nuevo, sin pudor. Se dejó acariciar por las cuatro manos, que recorrieron su cuerpo entero mientras ella solo cerraba los ojos.
Me acerqué. Aproveché de besarla mientras mi mano encontraba el culo firme de la extranjera. Nadie dijo nada. No hacía falta.
Después nos fuimos separando, despacio, como quien sale de un sueño. Cada uno juntó su ropa. Nos secamos como pudimos con la ropa interior y nos vestimos con lo que estaba seco. Ellos nos miraron una última vez y, sin una sola palabra, solo con una sonrisa de complicidad, salieron de la caseta.
Nunca supimos sus nombres. Nunca volvimos a verlos. Pero todavía hoy, cuando hace frío y el vapor empaña un vidrio, Daniela me mira de reojo y yo sé exactamente en qué está pensando.