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Relatos Ardientes

Mi novia tímida descubrió que le gustaba que la miraran

Camila siempre fue de esas chicas que parecen no saber el efecto que provocan. Bajita, blanca, con unos ojos enormes y una forma de mirar que mezclaba inocencia con curiosidad. Llevábamos casi cuatro años juntos cuando ocurrió todo esto, y todavía hoy, cuando me acuerdo, me sorprende lo lejos que llegó alguien que se ponía colorada por cualquier piropo.

Teníamos veinticinco y veinticuatro años, respectivamente. Vivíamos en ciudades distintas y nos veíamos solo los fines de semana, así que cuando se acercaba el verano empezamos a fantasear con la idea de pasar diez días seguidos sin despegarnos. Reservamos una parcela en un camping de la costa, uno de esos sitios baratos donde la tienda queda a un suspiro del mar y los vecinos se enteran de todo si no aprendes a moderar el volumen.

El detalle que importa, el que va a entender cualquiera que la haya visto, son sus pechos. No es algo que se pueda obviar al describirla. Una talla 105E sobre un cuerpo de poco más de metro sesenta. Esa desproporción, junto con la cara redonda y los mofletes que se le encendían al mínimo nervio, hacía que la gente se quedara mirando sin disimular. Ella fingía no darse cuenta. Yo, por dentro, llevaba años acumulando una mezcla rara de orgullo y deseo cada vez que un desconocido la repasaba.

Nunca antes le había propuesto nada raro. Camila era tímida y yo respetaba esa parte de ella. Pero la fantasía de que alguien la viera, aunque fuese de lejos, me rondaba la cabeza desde el principio. La empujaba para abajo, la metía en un cajón, y a la noche siguiente volvía a aparecer.

Los primeros cuatro días en el camping no tuvieron ninguna historia que merezca contarse. Cogimos un ritmo de adolescentes recién estrenados: cama por la mañana, playa al mediodía, cervezas con la cena y vuelta a la tienda. Lo único que dejaba la tensión flotando era el modo en que los vecinos giraban la cabeza cuando ella cruzaba el camping en bañador.

***

Fue la noche del quinto día cuando empezó todo.

Eran cerca de las tres de la mañana. Acabábamos de terminar y Camila quería ir al baño. Los servicios quedaban a unos cien metros de la parcela y, salvo el ruido de los grillos, todo el camping dormía. Ella se incorporó desnuda, buscó su pantalón corto, y yo, casi sin pensarlo, le dije:

—Ponte solo una chaqueta encima y vete así. No hay nadie.

Camila se quedó parada con la prenda en la mano.

—¿Sin sujetador?

—¿Quién va a verte? Si te cruzas con alguien, te abrochas y listo.

Se mordió el labio. Tardó un par de segundos en decidirse. Después se metió la chaqueta sin cerrarla del todo y salió. La vi alejarse entre las farolas y se me secó la boca. La tela apenas le tapaba, y cada paso le movía los pechos con una libertad que no le había visto nunca fuera de casa.

Cuando volvió, no la dejé ni cerrar la cremallera de la tienda. Se rio sin entender por qué estaba tan duro otra vez. La empujé contra la colchoneta, le abrí la chaqueta y le hice notar lo que ese paseo me había provocado. Acabó arrodillada delante de mí, con la boca llena, y me corrí en menos de tres minutos.

Después, todavía sin aliento, la senté en mi regazo. Ella se apoyó contra mi pecho y yo le cogí los pechos con las dos manos. Mis dedos se veían pequeños sobre esa carne blanca. Le pasé el pulgar por un pezón y noté cómo se le erizaba. Entonces, casi sin medir lo que iba a decir, le hablé al oído:

—Abre la puerta de la tienda.

—¿Qué dices?

—Abre la tienda. Total, no se ve nada desde lejos. Solo la abrimos un poco.

—¿Seguro? Mira que como pase alguien…

—Si pasa alguien, te tapo con las manos.

Tardó. Lo pensó. Yo notaba cómo el corazón le iba más rápido contra mi pecho. Al final asintió. Me incliné hacia adelante y descorrí la cremallera lo suficiente para que entrara el aire de la noche y un trozo de luz amarilla de la farola más cercana.

Allí estábamos. Yo sentado, ella encima, sus pechos en mis manos, ofrecidos a una abertura por la que, en teoría, no tenía que pasar nadie. La sentí temblar al principio. Después la sentí mojarse. Le subí una mano por el cuello y le incliné la cabeza hacia atrás para besarla, y entonces escuchamos pasos.

Una pareja. Iban hacia los baños o hacia el coche, no lo supe nunca. Camila se quedó congelada. Yo tampoco me moví. Pasaron a tres metros de la tienda, hablando en voz baja, y por la pendiente del terreno seguramente no vieron nada salvo dos siluetas. Pero la posibilidad de que sí lo hubiesen visto fue suficiente para que ella se corriera contra mi mano sin que yo tuviera ni que insistir.

***

La noche siguiente repetimos. Esta vez le llené los pechos de aceite de masaje y abrimos la puerta más temprano, sobre la medianoche. Una pareja pasó de verdad por delante. Camila los vio antes que yo. Se tapó como pudo y soltó un quejido entre la risa y el susto. Yo pensé que ahí había roto algo, que se iba a enfadar, que se acababa el experimento. Estuvo un rato seria, dándome la espalda en la colchoneta.

—Te has pasado —me dijo al final.

—Lo siento. Pensé que no había nadie.

Se quedó callada un buen rato. Después se giró, me miró con esos ojos enormes y, sin decir nada, me besó. No era un beso de perdón. Era un beso de las que sabe que se ha sentido a sí misma de otra manera y todavía no sabe qué hacer con esa información.

A la mañana siguiente fuimos a la playa como cualquier otra pareja. Ella se puso un bañador entero, blanco, que le marcaba todo. Nos tumbamos cerca del agua, en una zona donde había bastante gente: familias, grupos de chicos, alguna pareja mayor. Me di cuenta enseguida de que dos chavales del camping —los habíamos cruzado el día anterior en la piscina— estaban un par de toallas más allá y no le quitaban el ojo de encima.

Nos metimos al agua. Hubo el manoseo habitual, alguna risa, algún beso. Pero cuando volvimos a la toalla, decidí jugar.

—Hay tres tíos que llevan media hora mirándote.

—No será para tanto.

—Te están mirando los pechos, Camila. Es que es para tanto. Aquí la mayoría son planas y de repente apareces tú, jovencita, blanquita y con eso.

Se puso colorada. Se rio bajito.

—No es para tanto.

—Si te hicieras topless aquí, a alguno le daba algo. Pero ya sé que no eres capaz.

Lo dije a propósito. La conocía. Sabía que la forma más rápida de convencer a Camila de algo era decirle que no se atrevía. Funcionaba con casi todo. Funcionaba con esto también.

Se incorporó sobre la toalla. Se quedó un rato mirando al mar, en silencio. Después dijo, sin mirarme:

—Yo nunca hice topless. Pero aquí no me conoce nadie. No los voy a volver a ver. Si te tengo que aguantar tres horas con la lengua fuera, te aguantas tú también.

—No vayas de chulita. Sé que no lo harías.

Se rio. Se llevó las manos a la espalda, jugó un segundo con el lazo y después me ofreció una tira.

—Me ayudas.

No era una pregunta. Tragué saliva, miré alrededor, miré a los chavales del camping —que ya nos habían visto a la mitad de la conversación— y le solté el nudo.

Camila se quitó la parte de arriba con un gesto suave, casi tranquilo. La dobló y la dejó al lado de la toalla. Después se tumbó boca arriba y, despacio, empezó a echarse crema en los pechos.

***

Lo que pasó en esa playa durante las dos horas siguientes no lo voy a olvidar nunca. Camila no se levantó. No hizo nada espectacular. Solo se quedó tumbada, leyendo, con el pecho al sol, fingiendo no enterarse de que tenía media playa observándola. Pero yo sí me enteré. Los chavales del camping cambiaron de posición tres veces para verla mejor. Un señor de unos cincuenta, que estaba con su mujer, se le caía el periódico cada cinco minutos. Pasó un grupo de chicos jugando con una pelota y bajaron el volumen al cruzar por delante.

Cada mirada me hacía mirarla a ella. Y cada vez que la miraba, le notaba algo nuevo. No era vergüenza. Era una mezcla rara de incomodidad, poder y excitación que yo no había visto antes. En un momento dado giró la cara hacia mí, me sostuvo la mirada y me sonrió. Una sonrisa pequeña, casi cómplice. Era la sonrisa de alguien que se acaba de descubrir.

—¿Estás bien? —le pregunté.

—Sí. Es raro. Pero estoy bien.

—¿Te gusta?

Tardó en contestar.

—Me gusta cómo me miras tú cuando me miran ellos.

Volvimos a la tienda casi sin hablar. Cuando entramos y cerré la cremallera, no llegamos siquiera a sentarnos. Le bajé el bañador, la puse contra la colchoneta y la follé con una intensidad que ninguno de los dos esperaba ya a esas alturas de la relación. Le decía cosas al oído. Le contaba lo que había visto, qué les había visto mirar, cómo se le había marcado un pezón cuando se movió de lado. Ella se corrió dos veces sin que yo le diese tregua.

***

Lo que viene después de aquel día —los meses siguientes, las cosas que pasaron en otros viajes, lo que terminó cambiando entre nosotros— me lo guardo para otro relato. Lo importante de esta historia es lo que entendí esa noche, tumbado boca arriba en la oscuridad de la tienda mientras ella dormía pegada a mí con la cabeza en mi pecho.

Camila no era la chica que yo creía que era. O no del todo. Bajo todo eso de los mofletes rojos y la timidez había alguien que disfrutaba siendo mirada, alguien que necesitaba un empujón para descubrirlo, pero que una vez descubierto no iba a soltarlo. Y yo, que llevaba años fantaseando con que alguien la viera de lejos, me di cuenta esa noche de que el verdadero morbo no era que la mirasen a ella.

Era ver cómo ella se miraba a sí misma a través de los ojos de los otros.

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Comentarios (4)

NikoNocturno

buenisimo!!! me quede sin palabras

PlatonMR

Por favor una segunda parte, quedé con ganas de saber como siguió todo

Juanma_Sur

Increible como esta narrado, se siente emocion real en cada linea. De los mejores que leí aca

Verano_84

tremendo relato, que final!!!

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