Lo que pasó en la última fila del cine esa noche
Soy Camila, tengo veinticuatro años y vivo en Buenos Aires desde casi siempre. Lo que voy a contar pasó cuando todavía estudiaba la facultad y andaba con la app de citas abierta todo el día, más por aburrimiento que por ganas reales de conocer a alguien. No se lo conté nunca a nadie, ni siquiera a mis amigas más cercanas. Hoy me dieron ganas y acá estoy.
A Mateo lo conocí así. Tendría veintisiete años, era chileno, había llegado a la ciudad hacía pocos meses por un trabajo en una productora chica de la zona de Palermo. En las fotos parecía simpático, con ese aire medio descuidado que a mí siempre me había gustado: pelo castaño un poco largo, ojos verdes, una sonrisa torcida que no se molestaba en disimular.
Tuvimos un primer encuentro en una cafetería sobre Honduras, de esas con plantas colgando y discos de vinilo girando atrás del mostrador. Yo llegué primero, pedí un cortado y traté de no mirar la puerta cada vez que sonaba la campanita de la entrada. Cuando entró, lo reconocí enseguida. Era más alto de lo que pensaba, flaco, pálido, con una remera negra y un pantalón gris.
—¿Camila? —dijo, como si necesitara confirmar.
—Sí. Te ves igual que en las fotos —contesté, y me arrepentí del cliché en cuanto lo dije.
Él se rió. Tenía una de esas risas cortas, casi tímidas, que después aprendería a buscarle cada vez que hablábamos. Pedimos otra ronda, después otra. Hablamos de cine, de música, de lo difícil que era irse a vivir solo. Me contó que extrañaba a su perro, que en Santiago siempre dormía con la ventana abierta. Yo le conté pavadas que no recuerdo. Lo que sí recuerdo es que cuando salimos del café ya era de noche y a los dos nos había dado la sensación de que faltaba algo más, aunque ninguno se animó a proponerlo.
Seguimos hablando por mensajes durante un par de semanas. Nos mandábamos memes, audios largos contándonos el día, alguna que otra foto. Y entonces, una tarde de un martes cualquiera, me escribió algo que me cayó pesado.
—Cami, quiero ser honesto contigo. No estoy buscando nada serio. Si querés que sigamos viéndonos, buenísimo, pero te lo digo antes de que pienses otra cosa.
Me lo dijo justo cuando estaba empezando a pensar otra cosa.
Lo procesé un rato. La verdad es que yo tampoco buscaba un novio; lo que pasaba era que él me había gustado más de lo que esperaba. Le contesté que me parecía bien, que tampoco quería complicarme y que mientras la pasáramos lindo, todo en orden. No mentía del todo. Y, sobre todo, no quería perder la chance de saber cómo se sentía su mano sobre mi cintura. Esa misma noche, mientras me bañaba, se me empezó a armar la idea en la cabeza.
***
Le escribí al día siguiente con un plan que pensé que no iba a poder rechazar. Había un cine pequeño cerca de Plaza Italia, uno de esos que pasan películas argentinas y chilenas, con butacas medio destartaladas y proyector ruidoso. Quedaba casi en el punto medio entre su departamento y el mío. Le mandé la cartelera y le marqué una función de una película independiente cualquiera, un martes a las nueve y media de la noche.
—¿Es buena? —me preguntó.
—Ni idea —escribí—. No vamos a estar muy atentos.
Tardó un minuto en contestar. Después llegó una sola palabra y un emoji.
—Trato.
Me preparé con tiempo. Me puse una pollera negra tableada, corta pero no demasiado, una camisa blanca que se transparentaba apenas con la luz justa y, debajo, un conjunto de encaje también blanco que había comprado meses antes y nunca había estrenado. Me até el pelo en una colita alta, me pinté las uñas de negro la noche anterior, me puse el perfume que sabía que él me había olido en la primera cita. No dejé nada librado al azar.
Cuando llegué al cine, él ya estaba esperando en la vereda con un jean roto en las rodillas y una remera de una banda que los dos escuchábamos. Me sonrió con esa boca torcida y me agarró la mano sin decir nada. Entramos juntos. Compramos las entradas y no nos paramos a sacar pochoclos. Yo me reía sola por dentro: parecíamos una pareja yendo a ver una peli, pero ninguno de los dos había ido por eso.
La sala era más chica de lo que recordaba. En total, contándonos a nosotros, había cinco personas. Una pareja mayor adelante a la izquierda, un señor solo en el medio que se acomodaba el saco como si no encontrara la posición, y una chica con campera de jean dos filas más adelante que ya estaba mirando el celular. Nosotros nos fuimos derecho al fondo, a la última fila, donde no había nadie. Olía a alfombra vieja y a pochoclo de la función anterior.
Las luces todavía no se habían apagado. Mateo me miró de costado, sonriendo apenas.
—¿En serio querés hacer esto? —me preguntó en voz baja.
—Si te lo tengo que explicar, no lo entendiste —le contesté.
Se rió bajito. Se acomodó en el asiento, estiró las piernas y apoyó el brazo en el respaldo del mío. Empezaron los avisos, después el corto del Incaa, después la película. No me acuerdo del primer plano. Me acuerdo de que apenas se apagó la luz apoyé la cabeza en su hombro y dejé la mano sobre su muslo, como al descuido.
Mateo me besó la sien, después la oreja, después bajó al cuello. Tenía los labios fríos al principio, y cuando me los pasó por la piel y después me lamió, sentí el aire helado sobre la mancha húmeda y se me erizó toda esa parte del cuerpo. Le subí un poco la mano por la pierna, despacio, dejando que la palma se hundiera apenas en el bulto que ya se le notaba debajo del jean.
Él tomó aire largo. Buscó la otra mano que yo todavía tenía sobre la falda y la guió por debajo de mi propia camisa, hasta apoyarla sobre uno de mis pechos por encima del encaje. Después se la llevó a la boca y me chupó el índice mirándome a los ojos. No sé qué cara puse, pero esa imagen de él mordiéndose el labio en la penumbra todavía me la acuerdo demasiado bien.
***
Me desabroché yo misma los dos primeros botones de la camisa. No fue un gesto pensado, lo hice sin pensar, como si la sala se hubiera evaporado y solo quedáramos él y yo. El encaje blanco brillaba con los reflejos de la pantalla. Mateo bajó la mirada y se quedó un par de segundos sin moverse, como si estuviera grabándose la imagen.
Abrió el botón del jean despacio, sin hacer ruido. Sacó la verga de adentro del calzoncillo, dura, afeitada, con las venas marcadas en la luz cambiante. Yo me mojé los dedos con la lengua y le agarré la base. Empecé despacio, con la palma cerrada, subiendo y bajando con un ritmo lento. Hacía como que miraba la pantalla, pero estaba pendiente solo de él: de la respiración cortada, de la forma en que apretaba la mandíbula para no hacer ruido.
Me agarró la mano libre y me la pasó por debajo de la falda, presionándola contra la parte interna del muslo. Su mano era grande y caliente. Cuando me clavó las yemas en la piel, cerca de la tanga, se me escapó un suspiro que tuve que tragar.
Mateo cerró los ojos. Me dejó moverlo a mi ritmo durante un rato y después, sin abrirlos, llevó su mano sobre la mía y me la apretó más fuerte. Me estaba enseñando cómo le gustaba. Hice lo que él me indicaba: más firme, más rápido. Verlo así, con los labios entreabiertos y la respiración entrecortada, me ponía más caliente que cualquier cosa que hubiera hecho hasta entonces.
Y yo quería más.
Me corrí de lado en el asiento, apoyé la mano en su pecho para empujarlo apenas hacia atrás y bajé la cabeza. Cuando me la metí en la boca, lo sentí estremecerse desde la cintura. Empecé con la punta, despacio, con la lengua. Después bajé hasta donde me daba. Me había olvidado por completo de la pareja mayor, del señor del saco, de la chica del celular. No me importaba si me veían, si me escuchaban, si la película era buena o mala.
Una mano de Mateo me apretó la parte de atrás del cuello, despacio, dirigiéndome. La otra me agarró del pelo atado, no para tirar sino para sostenerme, para sentir que tenía algún tipo de control. Yo respiraba por la nariz, lo más silenciosa que podía, pero el ruido de mi boca contra él me sonaba enorme adentro de la cabeza. No sé cómo nadie giró.
—Voy a terminar —me susurró al oído, con una voz que no le había escuchado nunca—. Tragátela.
No paré. Lo apreté con los labios, le pasé la lengua por debajo, y un segundo después sentí cómo se le tensaba todo el cuerpo. Tibio y un poco amargo. Me quedé un rato más con él en la boca, lamiéndolo despacio mientras volvía a respirar. Cuando levanté la cabeza, me relamí los labios sin querer y él me miró como si quisiera pedirme que lo repitiera ahí mismo.
Me agarró de la mandíbula y me besó. Largo, profundo, con la lengua. Me mordió el labio inferior cuando se separó. Después, sin soltarme la cara, me pegó una cachetada. Suave, casi un golpecito, pero firme. No me dolió. Me prendió fuego entera.
—Abrite —me dijo en un susurro.
***
Le hice caso. Apoyé los brazos en los respaldos de las butacas vecinas, me incliné un poco hacia atrás y abrí las piernas todo lo que el asiento me permitía. La camisa abierta, el encaje a la vista. Él se humedeció los dedos con saliva, aunque después se rió bajito al ver que no le hacía ninguna falta. La tanga estaba empapada, casi pegada.
La corrió a un costado. Me metió un dedo despacio, hasta el fondo. Lo sacó, lo miró un segundo y se lo llevó a la boca. Me probó. Hizo una cara que valió todo el plan. Después metió dos dedos. Eran gruesos y largos, y al principio me costó acomodarme alrededor de él. Empezó a moverlos adentro mío, mientras con el pulgar me apretaba el clítoris en círculos chiquitos, calculados.
Se me escapó un gemido alto. Demasiado alto. La pareja mayor giró apenas la cabeza, pero no terminó de mirar. Mateo no se asustó: me tapó la boca con la mano libre y siguió moviendo los dedos adentro, más fuerte, más rápido, como si la posibilidad de que nos pescaran lo hubiera enloquecido a él también.
Sacó los dedos un momento y me los pasó por los labios. Yo los chupé, lentos, mirándolo. Después volvió a meterlos. Le agarré la muñeca con las dos manos y empecé a guiarlo, marcándole el ritmo que necesitaba. Él entendió enseguida y aumentó la presión sobre el clítoris hasta que sentí que me iba a romper algo por dentro.
El orgasmo me agarró desprevenida. Me apreté contra el asiento, le mordí la mano que me tapaba la boca y aguanté el grito como pude. Me palpitaba todo. La pollera se me había subido sola, la camisa estaba completamente abierta, tenía el pelo medio deshecho y un dedo de él todavía adentro. Me sentí más puta y más dueña de mí que en toda mi vida.
Pasaron varios minutos antes de que pudiera hablar. Mateo me besaba el cuello con calma, esperando a que volviera al asiento. Me bajé la pollera, me cerré la camisa de a poco, me acomodé el conjunto debajo. Él se guardó el jean. Nos miramos en la penumbra y nos reímos por lo bajo, como dos pibes que se acababan de salir con la suya.
El resto de la película la vimos abrazados. O fingimos verla. Cada tanto me apretaba un pezón por encima de la camisa o me besaba el hombro. Yo le tiraba apenas del pelo cuando me daban ganas. Si la chica de la campera de jean se dio cuenta de algo, nunca giró del todo. El señor del saco se fue diez minutos antes de que terminara.
Cuando se encendieron las luces, los dos estábamos prolijos como si nada. Salimos de la mano. En el palier del cine había un afiche de la película que acabábamos de no ver, y yo me reí con ganas por primera vez en toda la noche. Él me dio la mano hasta la parada del colectivo, me acompañó hasta la puerta de mi casa y me dejó un beso casi tierno en la frente antes de irse.
Lo que pasó con Mateo después es otra historia, una que tal vez les cuente otro día. Pero esa noche en la última fila del cine, con la pollera arriba, el conjunto de encaje a la vista y un desconocido haciéndome terminar mientras tres personas miraban una película argentina sin saber lo que pasaba a sus espaldas, sigue siendo una de las cosas más calientes que hice en mi vida. Y, sinceramente, no creo que vaya a ser la última.