Saltar al contenido
Relatos Ardientes

La desconocida del mirador lo citó en su coche

Hacía un par de meses que Andrés había subido un relato a una página de literatura erótica. Lo escribió en una noche de insomnio, sin pensarlo demasiado, y lo tituló «El mirón paciente». Hablaba de cómo le gustaba observar, de cómo el simple hecho de mirar a una mujer sin tocarla podía volverlo loco. No esperaba nada del texto; era más bien un desahogo. Hasta que llegó el mensaje privado.

—He leído tu historia varias veces. Vivo en Valencia, igual que tú. ¿Te apetecería mirar de verdad? Mariela.

Andrés lo leyó dos veces. Después tres. Tenía el corazón disparado y los dedos torpes cuando contestó.

—Mirar es lo que mejor se me da. Lo difícil es encontrar a alguien dispuesta. Gracias por escribirme.

Ella tardó dos días en responder. Dos días en los que él revisó la bandeja de entrada cada hora, como un adolescente.

—Tengo cuarenta y dos años, soy más bien curvilínea y tengo los pechos grandes. Me excita pensar que un hombre los mira y los desea sin poder tocarlos. ¿Te interesa ser ese hombre?

Andrés dijo que sí antes de pensarlo. Ella propuso el aparcamiento del mirador de Cullera, en la segunda planta, a las siete de la tarde. «Yo llevaré un Renault Clio gris. Tú espera dentro de tu coche», escribió. «Nada de bajarse, nada de presentaciones. Si llego y veo que no estás solo, me marcho.»

***

El aparcamiento del mirador era uno de esos lugares que existen solo a medias. Una explanada asfaltada, una baranda metálica y, más allá, el acantilado y el mar. La gente subía hasta allí en verano para sacar fotos, pero en marzo y a media tarde no había casi nadie. Andrés aparcó en la fila de arriba, junto al muro, con la nariz del coche apuntando al horizonte. Apagó el motor. Se secó las manos en el pantalón.

Eran las siete y dos minutos cuando vio entrar el Clio gris. Subió la rampa despacio, recorrió la primera planta, dio media vuelta y empezó a subir hacia la suya. No vendrá. Va a verme la cara y se va a marchar, pensó. Pero el coche siguió avanzando, hueco a hueco, hasta colocarse justo a su izquierda. La conductora era una mujer rubia, con melena hasta los hombros y una sonrisa que no se molestaba en disimular.

Bajó la ventanilla del lado del copiloto.

—¿Andrés?

—Sí.

—Pásate atrás. Yo voy también.

Él no discutió. Salió de su asiento, abrió la puerta trasera del coche y se deslizó hasta el lado de la izquierda. Los cristales tintados convertían el interior en una especie de cápsula con luz tenue. Ella tardó unos segundos en bajarse del Clio. Cuando lo hizo, él vio que llevaba una falda de tubo negra que le terminaba muy por encima de la rodilla, una camisa de lino blanco y unas sandalias planas. Caminó los dos metros que separaban los dos coches con la naturalidad de quien sabe exactamente lo que va a hacer, abrió la puerta trasera del suyo y se sentó a su lado.

Cerró la puerta con cuidado, sin ruido.

—Quiero que entiendas una cosa antes de empezar —dijo ella, mirándolo a los ojos—. Tú no me tocas. Yo no te toco. Si quieres tocarme, te lo digo yo. Si yo quiero tocarte, te lo digo yo. ¿Te vale así?

—Me vale así.

—Bien.

Cruzó las piernas hacia él. La falda se le subió un poco. Andrés se obligó a mirarle la cara, aunque tenía clarísimo qué quería mirar.

***

Mariela empezó por los botones de la camisa. No los desabrochó todos a la vez. Empezó por el de arriba, despacio, mirándole la boca mientras lo hacía. Después el segundo. Después el tercero. La camisa se abrió en una uve cada vez más profunda y entonces él lo confirmó: ella no llevaba sujetador. La curva interior de los dos pechos asomaba bajo el lino, sin ninguna tela que los sujetara.

—Te gustan, ¿no? —preguntó, sin tocárselos todavía.

—Son lo mejor que he visto en mucho tiempo.

Ella se rio bajito. Le brillaban los ojos.

—Pues mira.

Desabrochó dos botones más. La camisa cayó hacia los lados, sostenida apenas por los hombros. Los pechos quedaron a la vista en tres cuartos, pesados, con los pezones ya endurecidos. Eran grandes, como había dicho en el mensaje, pero más firmes de lo que Andrés esperaba. Tenía una peca pequeña en el lado izquierdo, justo encima de la areola. Él se fijó en ese detalle de un modo absurdo, como si fuera importante recordarlo luego.

Su polla llevaba ya un buen rato pidiendo salir. Bajó la cremallera del pantalón y se la sacó. Ella miró sin disimulo.

—Ahora masturbátela —dijo—. Quiero verlo.

Andrés se la rodeó con la mano y empezó a moverla muy despacio. Ella seguía sentada hacia él, con la camisa abierta y la espalda apoyada en la puerta. Se metió la mano dentro de la propia camisa, se acarició el pezón izquierdo con la yema del pulgar y, solo cuando se lo había tocado del todo, se descubrió también el pecho derecho. Los dos quedaron al aire, redondos, con la marca tenue del lino blanco todavía dibujada en la piel.

—Más rápido —dijo.

Él lo hizo más rápido.

—Y deja de mirarme la cara. Mírame las tetas. Es lo que quiero.

Él obedeció. Era lo único que se podía hacer.

***

Pasaron otros minutos así, en silencio, con el sonido de la respiración de Andrés llenando el coche. Después ella se desabrochó el botón de la falda y bajó la cremallera lateral. Levantó las caderas lo justo, deslizó la falda hacia arriba hasta dejarla enrollada en la cintura, y se quedó sentada sobre la tela del asiento con unas braguitas blancas, sencillas, de algodón. Ese detalle —que llevara una ropa interior tan corriente, casi doméstica— excitó a Andrés más que cualquier encaje habría podido excitarlo. Se la imaginó eligiéndolas esa mañana frente al espejo, decidiendo no esmerarse, porque sabía perfectamente que la prenda iba a estar quitada antes de las ocho.

Mariela metió la mano derecha por encima del algodón. Empezó a frotarse muy lento, con dos dedos, en círculos. La mano izquierda subió a la cara, se la pasó por el cuello, por la clavícula, hasta volver a los pechos. Se pellizcó el pezón derecho con dos dedos y soltó un suspiro corto, casi un quejido.

—Más fuerte —le dijo a él, no a ella—. Más fuerte la mano.

Él apretó el puño. Ella se llevó las dos manos a las caderas, enganchó las braguitas con los pulgares y se las bajó hasta los tobillos. Las dejó caer al suelo del coche. Después abrió las piernas, una contra la puerta, la otra apoyada en el asiento, y volvió a meterse la mano. El dedo corazón entró del todo. El índice y el anular se quedaron fuera, jugando.

—Mira bien —dijo, sin apartar la vista de la mano de él—. Mira lo que te estás perdiendo.

Andrés lo miró bien. Lo miró durante mucho rato. Lo miró hasta que el cuello le empezó a doler de la postura. No habría sabido decir cuánto tiempo estuvieron así, los dos masturbándose a treinta centímetros el uno del otro, sin que sus pieles llegaran a rozarse en ningún momento. Lo único que se tocaba eran las miradas.

Se corrió primero él. Tenía una toallita de papel preparada en el bolsillo —llevaba toda la tarde planeándolo, como un crío— y se la puso a tiempo. El gemido que se le escapó fue más alto de lo que quería. Ella sonrió, despacio, con cara de victoria.

—Ahora vas a ayudarme tú —dijo.

—Pensé que no se podía tocar.

—Te estoy pidiendo. Acércate. Solo la boca. Solo a los pezones.

Andrés se inclinó hacia ella. Mariela tenía la camisa todavía abierta, los dos pechos al aire, y la respiración ya entrecortada. Él le cogió un pezón con los labios, primero el derecho, y lo lamió con la punta de la lengua. Después lo succionó un poco más fuerte. Ella seguía moviéndose la mano abajo, cada vez más deprisa.

—El otro —dijo.

Él pasó al izquierdo. El de la peca. Lo mordió con cuidado.

—Más.

Lo mordió un poco más fuerte. Ella arqueó la espalda contra la puerta y empezó a temblar de una forma que no se podía fingir. Soltó un grito corto, después otro, después algo parecido a una palabrota susurrada, y la mano se le quedó quieta. Echó la cabeza hacia atrás y se rio en voz baja, todavía con la boca entreabierta.

—Joder —dijo.

—Joder —repitió él.

***

Se quedó un par de minutos así, recogiendo aire, con los ojos cerrados. Andrés no se atrevía a romper el silencio. Fuera del coche empezaba a oscurecer; la luz del aparcamiento se había encendido, y por los cristales tintados entraba un naranja apagado que le ponía a Mariela la piel del color del azafrán.

Después se incorporó. Se subió las braguitas con la misma calma con la que se las había bajado, se bajó la falda, se abrochó la camisa de abajo hacia arriba, dejándose un botón sin abrochar al final. Se pasó los dedos por el pelo. Cogió el bolso del suelo.

—¿Te apetece tomar algo? —preguntó él, sin pensarlo demasiado—. Hay un bar abajo, en la cala.

Ella negó con la cabeza.

—Estoy casada, Andrés. A esta hora ya tendría que estar en casa.

—¿Casada?

—Casada. —Sonrió—. Mi marido ahora mismo está viendo el partido y cree que yo he ido a pilates. Pilates es los miércoles, pero él nunca se acuerda de qué día es nada.

Andrés no supo qué contestar a eso. Ella se inclinó —por primera vez en toda la tarde se inclinó hacia él— y le dio un beso en la comisura de los labios, ni del todo en la boca ni del todo fuera. Olía a perfume cítrico y a sudor reciente.

—Si te apetece repetir —dijo—, escríbeme. No prometo nada, pero quizá.

—Te escribiré.

—Lo sé.

Abrió la puerta, salió, cerró sin golpear, y caminó los dos metros de vuelta a su Clio con la misma serenidad con la que había llegado. Andrés la vio maniobrar marcha atrás, encender los faros y bajar la rampa del aparcamiento. El coche se perdió en la curva.

Él se quedó otro buen rato sentado en su asiento trasero, con la polla todavía fuera y la toallita arrugada en la mano, mirando el mar como un imbécil. Lo difícil es encontrar a alguien dispuesta, había escrito en el primer mensaje. Resultaba que sí existía. Resultaba que se llamaba Mariela. Y resultaba que pensaba escribirle al día siguiente, en cuanto el marido se despertara y se fuera al trabajo.

Valora este relato

Comentarios (4)

Danix91

increible!!! qué situación, me quedé pegado hasta el final

NightReader_x

Por favor seguila, quedé con demasiadas ganas de saber qué paso despues. De lo mejor que leí en mucho tiempo.

Mariano_BsAs

Me hizo acordar a algo parecido que viví hace años, aunque mucho menos cinematográfico jajaja. Gracias por compartirlo!

Tony46

¿Esto es real o ficción? Se siente muy auténtico, eso es lo que lo hace tan bueno

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.