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Relatos Ardientes

El juego que inventé para que me miraran de noche

Hola de nuevo, soy Soledad, y vuelvo para contarles cómo recuperé la confianza para retomar mis paseos nocturnos y, de paso, cómo los llevé mucho más lejos de lo que jamás imaginé. Si llegaron hasta acá, ya saben de qué va la cosa, así que pónganse cómodos.

Habían pasado casi tres semanas desde aquella tarde en el centro comercial, la del cartel y los tres muchachos que me dejaron temblando. Desde entonces no había podido escaparme a nada que no fuera estrictamente necesario: el supermercado, el gimnasio, poco más. Era temporada de vacaciones en la oficina y, con medio equipo afuera, me tocaba cubrir el doble de tareas. Llegaba a casa vaciada por dentro, sin un gramo de energía para mis placeres.

Mi fuego interno se estaba apagando. No veía cuándo iba a poder ponerme la peluca y el antifaz otra vez, y eso me tenía de un humor de perros, como gata encerrada que araña los muebles.

Y entonces llegó ese viernes.

Estábamos todos atrapados en la rutina de quedarnos hasta tarde cuando avisaron que un problema con un proveedor nos dejaba sin poder seguir. Nos mandaron a casa un par de horas antes de lo habitual. Me recliné en la silla y solté el aire como si me lo hubieran robado durante semanas.

Al levantarme por un vaso de agua pasé frente al placar donde guardo mi caja de «juguetes», la que no había tocado en días. Me quedé clavada mirándola. Tengo la noche libre y el barrio medio vacío por las vacaciones. El solo pensarlo encendió un calor que me subió desde abajo del vientre hasta la cara. Me puse colorada yo sola, parada en mitad de la cocina.

Esta vez quería algo memorable. Le di vueltas durante horas y llegué a dos certezas: quería volver a mostrarme desnuda, como en mis primeros paseos, pero también quería manos ajenas sobre mi cuerpo, gente deseándome. Recordé las dos veces que me había puesto cerca de la reja del fondo del terreno, por donde siempre pasa gente de noche. Ahí tenía la mitad del plan resuelto.

Me faltaba la manera de atraerlos sin armar escándalo, para no despertar a los pocos vecinos que sí estarían. Y me acordé del cartel del centro comercial. Eso era. Entregaría las reglas por escrito, igual que entonces, para mantenerme en el anonimato. Se me iluminó la cabeza y hasta le puse nombre al juego: «Atiná a la cola».

***

La idea era simple. Yo me pondría en cuatro contra la reja, mostrando el culo a la calle. Quien quisiera participar tendría un minuto para «atinarme la cola»: le pasaba mi plug con forma de colita y el lubricante, y debía intentar metérmelo. Si lo lograba, le regalaba dos minutos para disfrutar de mi cuerpo, con reglas claras escritas en el cuaderno.

—Estar en silencio.

—Ser lo más discreto posible.

—Si es hombre, prohibido meterme el pene o acabarme encima.

—Avisarme si alguien se acerca por la calle.

—Nada de fotos ni videos: el teléfono me lo entregan antes.

Lo único que me faltaba pensar era la vía de escape. Con los chicos del centro comercial los había frenado con una amenaza vacía, pero esa vez no me serviría. Así que decidí jugar con el escenario a mi favor: la reja nos separaría, y con un solo movimiento podía perderme entre las casas y los recovecos del terreno, que ya me sabía de memoria de tantos paseos. Elegí la una de la madrugada, porque a esa hora todavía circula gente volviendo de algún bar.

Me reí sola al darme cuenta de algo: antes elegía horarios desiertos para que nadie me viera, y ahora buscaba justo lo contrario. Estaba cambiada. Más libre, más valiente, aunque me quedaba el recelo de que algún vecino me reconociera. Por eso le agregué emoción: usaría un abrigo grande que me tapara entera y que solo me quitaría si la persona aceptaba jugar.

Y para que nadie desviara la atención hacia mi concha, me preparé un pantalón negro ajustado al que le hice un agujero justo sobre mi hoyito. Calcular el tamaño fue más difícil de lo que pensé, porque la tela al estirarse agranda todo. Lo hice con la mente fría y, cuando me lo probé, había quedado perfecto: la abertura apuntaba hacia arriba, lejos de donde no quería.

Con todo listo, y como venía reventada de la semana, puse una alarma para medianoche y dormí un rato.

***

Cuando sonó la alarma, me preparé despacio. Primero la peluca: me recogí el pelo y la acomodé bien firme, por si alguno de mis «ganadores» se ponía rudo y me tironeaba como aquel chico del centro comercial. Después el pantalón ajustado, que acomodé poniéndome en cuatro frente al espejo hasta que el agujero quedó sobre mi hoyito. Por último el antifaz.

Me miré por encima del hombro y no parecía yo. Eso me encantó.

Escribí las reglas en un cuaderno y agregué un detalle al final: para aceptar, debían darme tres palmaditas en el culo. Eran casi la una. Metí mis accesorios en la cartera y salí. No había una sola luz prendida en las casas de mis vecinos. Avancé hasta la reja mirando a los lados, buscando dónde ubicarme.

Entonces escuché una bicicleta acercándose. Era un hombre mayor, con overol. Casi sin control, saqué la mano por la reja y le hice señas al pasar. Siguió de largo, como si no me hubiera visto, pero unos metros más allá se detuvo y miró hacia atrás, dudando de lo que sus ojos le habían mostrado. Le insistí. Tomó la bici y se fue acercando, despacio, hasta quedar frente a mí.

—¿Me hizo señas, señorita? ¿Necesita algo? —preguntó.

Le entregué el cuaderno y me llevé un dedo a los labios. Mientras leía, yo me desabroché el abrigo, le di la espalda y, mirándolo por encima del hombro, me lo levanté por atrás. Se quedó con la boca abierta. Volvió al cuaderno, leyó hasta el final, y entonces sentí los tres golpecitos. Aceptaba.

Apoyó la bicicleta contra el muro y me devolvió el cuaderno junto a su teléfono. Me temblaron las piernas de saber que estaba pasando de verdad. Me puse en cuatro, acerqué el culo a la reja todo lo que pude y le mostré el cronómetro. Lo encendí y volví la vista al frente, hacia las casas dormidas.

Sentí el frío del lubricante, después una mano recorriéndome, palpando mi hoyito con cuidado. Estaba empapada solo de vivir la situación. Y de pronto su voz.

—Señorita, eh, señorita.

Me giré con algo de fastidio, pidiendo silencio. Él bajó la voz.

—Disculpe, pero no puedo. Su culo queda muy bajo y la reja tiene unos fierros puntiagudos. Me los clavo en los brazos.

Me quedé de piedra. No había contemplado eso. Me incorporé buscando una solución con la mirada, desesperada, hasta que él señaló a mi derecha.

—Métase en ese pasillo. Si se apoya en la pared sin agacharse, su culo queda a buena altura. Y puede colgar la bolsa de los fierros.

Le hice un gesto de aprobación. Me metí en el pasillo estrecho entre la primera casa y la reja, colgué mi cartera y me apoyé en la pared. Él me tomó de la cintura con las dos manos para acomodarme, volvió a palparme el hoyito y me hizo la seña de que estaba listo. Reinicié el cronómetro.

Empezó apretándome la nalga derecha, y sentí cómo me abría apenas el hoyito. Empujó el plug con demasiada fuerza, sin delicadeza, y se me escapó un quejido. Le señalé el lubricante. Escuché que abría el pote y respiré aliviada. Algo helado se deslizó por mi hoyito, su dedo trazando círculos, un cosquilleo riquísimo. Después sentí que ese dedo entraba, lo metía y lo sacaba sin terminar de retirarlo. No era el plug, era más fino. Me estremecí.

El tiempo se agotó con él todavía concentrado en el movimiento. Tosí despacio y le mostré el cronómetro en cero. Sacó el dedo y un temblor me recorrió entera. Me miró decepcionado y me devolvió mis cosas. Hizo el gesto de despedirse, pero lo tomé de la mano y lo acerqué.

—Por ayudarme a encontrar la altura, te regalo treinta segundos de premio, como si lo hubieras logrado —le susurré.

Me quité el abrigo despacio, dejándole ver los pechos desnudos, y lo apoyé a un costado. Le sonreí, le mostré el cronómetro y arranqué de nuevo. Me sujetó de la cintura con una mano y con la otra me amasó los pechos, fuerte pero atento. Su mano bajó por dentro del pantalón ajustado, que se me deslizó hasta los muslos, y quedé con la concha y el culo al aire. Me giré de lado, levanté el culo y dejé que con un dedo me recorriera el hoyito mientras la otra mano seguía en mis pechos. Me incliné, apoyada en la pared, y entonces su mano pasó a mi concha, de arriba abajo, rozándome el clítoris. Gemí bajito. Metió dos dedos y me cogió el culo y la concha a la vez. Pasaron los treinta segundos y lo dejé seguir un poco más, porque se sentía demasiado bien. A los cincuenta me incorporé y le mostré el teléfono. Reglas son reglas. Me dio las gracias, tomó la bici y se perdió en la noche.

***

Me había encantado, pero me preocupó algo del juego: tal vez la gente no supiera cómo ponerme el plug. Estaba pensando en darles más tiempo cuando escuché risas acercándose, voces de chicos y chicas mezcladas. Me apreté contra el muro. Pasaron unas ocho personas; reconocí a varios, vecinos de los terrenos de al lado que siempre arman fiestas. Volvían a seguir celebrando.

Cuando se alejaron, me acerqué a recuperar mi cartera de los fierros. Levanté la cabeza para mirar la hora y casi se me cae el teléfono: un chico estaba parado a pocos metros, mirándome fijo, inmóvil como una estatua. No lo había escuchado llegar. Le hice una sonrisa nerviosa y un saludo torpe con la mano que tenía el cuaderno. Él se fijó justo en el cuaderno, y se lo acerqué a la reja.

—¿Venís o qué? ¿Qué te pasó? —gritó alguien desde más adelante.

El chico reaccionó, me miró, miró a su grupo. Pensé que había cometido un error: si les avisaba, vendrían todos. Ya estaba por escapar al pasillo cuando lo escuché.

—Sí, un momento.

Avanzó, pero se giró apenas hacia mí y me hizo seña de esperar. Les dijo a los demás que tenía que hacer una llamada y que se adelantaran. Volvió y quedó frente a mí. Le pasé el cuaderno, sin saber si excitarme o reírme de los nervios. Le di la espalda, me levanté el abrigo y esperé. Tres golpecitos. Le pedí el teléfono, pero me susurró.

—Lo dejo acá en la reja. Si aparece mi novia, lo agarro rápido y finjo que estoy hablando.

Me quedé helada. Una de las chicas que habían pasado era su novia, y aun así él aceptaba jugar con una desconocida. Eso me prendió como pocas cosas. Le entregué el plug y el lubricante, le mostré el cronómetro y arranqué.

Me palpó el hoyito, notó el lubricante que quedaba del señor anterior y movió el dedo en círculos. Echó un poco más, me levantó la nalga con fuerza y me metió un dedo, brusco, electrizante. Subió mi temperatura de golpe. Después acercó el plug y empezó a empujar. Me dolió y me tensé; traté de relajarme, pero no era delicado. Retiró el plug y volvió con dos dedos, seguramente para abrirme más.

—¿Mi amor, todavía estás hablando por teléfono? —se escuchó a lo lejos.

Me giré de golpe. El chico soltó el plug y el lubricante hacia adentro de la reja, agarró el teléfono y fingió la llamada, haciéndole señas a la novia de que no terminaba. Recuperé mis cosas a las apuradas y me agaché a esconderme.

—Perdón, me tengo que ir, mi novia me llama —dijo en voz alta, y se fue.

Quedé caliente, frustrada, con el minuto marcando que le faltaban veinte segundos. Empecé a resignarme, a pensar que mi juego no era tan bueno, que no lograba repetir lo del centro comercial.

***

Entonces escuché pasos arrastrados y una especie de lamento. Se me erizó la piel. Una figura oscura se acercaba a la reja. Retrocedí hasta chocar con la pared, y cuando lo vi bien lo reconocí: era Rolando, una especie de hombre sin techo que pululaba por el barrio, casi siempre borracho. Sobrio era amable y atento; todos lo conocíamos. Suspiré aliviada.

Me escuchó y se giró. Me miró de arriba abajo, se apoyó en la reja con una mano y con la otra alcanzó a tocarme por encima del abrigo, justo sobre un pecho. Movía la mano errático, rozándome el pezón desde afuera, y aquello, no sé por qué, me regaló un cosquilleo rico. Puso la otra mano sobre el otro pecho. ¿En serio estoy tan desesperada, tan caliente, como para dejar que me toquen así? Y lo peor era que lo estaba disfrutando.

Con tanto movimiento, el abrigo se me sostenía apenas sobre los hombros. Di un paso adelante y cayó al suelo, dejándome desnuda de la cintura para arriba. Él aprovechó y me sujetó del brazo, acercándome. Su aliento olía fuerte a alcohol y, sin embargo, no me dio asco. Me manoseó entera, el culo, los pechos, apretándome contra la reja. Yo solo gemía. Me había convertido en una mujer sedienta de placer a la que no le importaba la forma. Me empecé a bajar el pantalón sola, agitada.

—¿Rolando, dónde te metiste? ¿Qué estás haciendo? —dijo una voz.

Apareció alguien en la reja y me vio desnuda, manoseada. Me paralicé. Aparté sus manos, me cubrí con el abrigo y bajé la mirada, ardiendo de vergüenza. Me habían descubierto por primera vez, alguien que no había aceptado mis términos.

—Vení acá, te llevo a tu casa, dejá de molestar. Señorita, discúlpelo, tiene problemas con el alcohol. ¿Está bien? ¿Le hizo daño?

Levanté la vista. Era un señor mayor, canoso, de unos cincuenta y tantos. Le dije que no con la cabeza. Tomó a Rolando de los hombros y se lo llevó en silencio. Yo temblaba, segura de que mis aventuras nocturnas se habían terminado. Me pasé la mano por la frente y toqué el antifaz. Entonces recordé que tenía la cara tapada. El miedo se evaporó de golpe: me habían visto desnuda, sí, pero nadie sabía que era yo.

Quedó solo la calentura acumulada del señor de la bici, del chico con novia, de Rolando. El viento me rozaba el cuerpo desnudo y mis pezones estaban durísimos. Antes de subirme el pantalón, pasé los dedos por mi concha empapada y empecé a tocarme, despacio, ahí en plena reja, para que cualquiera que pasara me mirara.

Abrí un poco los ojos y vi a dos chicas cruzando la calle directo hacia mí. Veinteañeras, con vestidos lindos, de salida o de vuelta de algún bar. Dejé de tocarme pero no de mirarlas. Busqué el cuaderno: me sentía tan segura detrás del disfraz que ni siquiera me cubrí.

—¿Amiga, qué hacés? ¿Te pasa algo? —preguntaron.

Les hice seña de silencio y les pasé el cuaderno. Leyeron en silencio. Me giré, levanté el culo y me subí el pantalón para que vieran el agujero.

—Vámonos, esta está loca, no le des bola a la zorra —dijo una.

—No seas así, no le hace daño a nadie. Hasta es más seguro que salir a coger con cualquiera. Solo es peculiar —respondió la otra.

Casi me emociono. Me había entendido sin juzgarme. Entonces la que me defendió dijo:

—Yo quiero probar. Pasame tu teléfono.

—No puedo creerlo. No sé quién está más loca, vos o ella —dijo la amiga.

—Shh, pasame el teléfono y callate, o no voy a poder.

A regañadientes le pasó el teléfono. Recibí los aparatos, les di el plug y el lubricante, me apoyé en la pared y arranqué el cronómetro. Sus manos eran más pequeñas, más delicadas. Me rozó el hoyito con la uña, echó lubricante y empezó a empujar el plug, más despacio que los hombres. Yo gemía bajito, sensibilísima. El plug ganaba terreno de a poco, pero le faltaba fuerza para entrar del todo.

—Tonta, lo hacés mal, te falta fuerza. Dejame a mí —susurró la amiga.

Sentí dos manos en el culo y más presión. El plug entró más y más. Levanté la cara, me mordí los labios y gemí mientras lo sentía entrar entero. Ni en mis fantasías de esa noche imaginé que dos chicas serían las primeras en ganar el juego. El cronómetro marcaba cuarenta y ocho segundos. Me giré, les sonreí y reinicié el reloj, mostrándoles el dos con los dedos: dos minutos de premio.

Pasaron las manos por la reja y me manosearon riquísimo, suaves, pequeñas, recorriéndome los pechos.

—Pensé que estábamos locas —dijo una.

—Shh, callate —rió la otra.

Me bajaron el pantalón hasta las rodillas, me amasaron las nalgas, me abrieron. Una me metió un dedo en la concha, entrando y saliendo. Las dos estaban coloradas. Llevaban un minuto cuando una encontró el vibrador en mi cartera.

—Mirá, esto estaba en la bolsa. Pongámoselo.

Activé la aplicación en el teléfono y se los dejé al alcance. Lo encendieron y me lo acercaron a la concha, funcionando. Junté las piernas y me tapé la boca para no gemir fuerte. Debía estar en nivel tres, porque fue intenso de golpe. Mientras tanto sentí que me rotaban el plug, empujándolo más adentro. El orgasmo se acercaba. Me aferré a la pared con una mano y con la otra ahogué la boca. Llegó, y temblé entera, cayendo de rodillas con espasmos mientras el vibrador seguía. Lo apagaron.

Las miré jadeando; ellas también habían quedado encendidas. Me devolvieron el teléfono, recibieron los suyos y se fueron sin decir nada. Me saqué el vibrador y el plug, los guardé y me quedé un momento de rodillas, abrazada a mi abrigo. Había conseguido un orgasmo enorme y estaba feliz: a pesar de todo, mi juego funcionaba.

Y entonces, todavía recuperando el aire, escuché algo del otro lado de la reja.

***

Acá termina la primera parte de esta anécdota. Gracias por leerme. Les mando un beso y esperen la segunda parte, que se viene mejor.

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Comentarios(5)

MiraNocturna

que relato mas salvaje!!! me quede pegada hasta el final

LuciasX_BA

la adrenalina que transmite esto es increible. Muy bien narrado, felicitaciones

Pablin_cba

jajaja ese detalle de abrir el abrigo y dejar que la noche decida... tremendo. Por favor una segunda parte

FedericoCba

buenisimo!! sigan subiendo relatos asi de buenos

caos2001

me recordo a una noche que yo tambien hize algo parecido y nunca mas lo conte jaja. Muy bueno el relato, se siente autentico

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