Lo que mi marido quería que yo viera en la piscina
Lo cuentan los dos, cada uno a su manera.
Me empezaba a gustar el juego que Raúl había inventado. Me excitaba y, sobre todo, me divertía. La primera tarde, cuando salí de la ducha, me sentí incómoda: mi marido charlaba con Sebastián en el dormitorio como si no se diera cuenta de que yo tenía que vestirme y de que él no se iba. No me quedó otra que ponerme la ropa de espaldas, intentando no enseñar de más, convenciéndome de que nuestro huésped tampoco me miraba.
La sonrisa de Raúl y el bulto evidente en su pantalón me demostraron que no había sido así. Y me confirmaron algo más: todo había sido una maniobra suya para que me mostrara.
Fue ahí cuando decidí entrar al juego de verdad, pero a mi manera. Si quería que lo pusiera en evidencia, lo haría, aunque iba a dejarlo con las ganas de ser él quien lo viera todo. La primera travesura llegó en el coche, camino del pueblo: me quité la ropa interior sin que se diera cuenta y, a partir de ahí, me dediqué a enseñarle a Sebastián cada rincón que pudiera, sobre todo lo que ningún hombre debería ver de la mujer de un amigo.
Creo que lo conseguí. No me quitó los ojos de encima en toda la cena. El golpe maestro fue separar las piernas justo cuando Raúl se levantó a la barra; lo disfruté tanto que tardé en notar que había tenido algún espectador de más en las mesas vecinas. No me dio vergüenza. Empezaba a gustarme aquello, y pensaba seguir calentando a nuestro invitado hasta conseguir lo que mi marido decía querer y lo que yo, sin admitirlo, ya deseaba.
Esa noche volví a la habitación medio desnuda, moviendo las caderas de forma provocativa antes de meterme en la cama. Ahí comprobé que Sebastián también empezaba a soltarse. Todavía no sabía cómo terminaría, pero tenía claro que pensaba seguir exhibiéndome hasta averiguarlo. Y lo haría a espaldas de Raúl, para castigarlo un poco por su insistencia.
***
Me dormí tarde, con la imagen de aquellas caderas alejándose por el pasillo grabada en la cabeza. Cuando desperté seguía ahí, casi intacta. Estaba claro que Carla me invitaba a hacer algo más que mirar, y yo tenía toda la intención de complacerla, aunque no sabía cómo manejar el asunto de Raúl: si decírselo o darle gusto sin que se enterara.
Me puse un pantalón corto, me lavé la cara en el baño pequeño y salí antes de que el sol terminara de asomar. La puerta del dormitorio de ellos estaba abierta, normal en una casa que ocupaban solos el resto del año. No me asomé. Fui directo a la cocina a buscar lo necesario para preparar café, pero no encontré nada salvo las tazas, y no me atrevía a revolver los armarios tan temprano.
Volví a mi cuarto a esperar que alguien se levantara. No tardó. Quizá mi torpeza había alertado a uno de los dos. Oí ruidos en el baño, el agua corriendo, después el silencio. Una sombra cruzó frente a mi puerta y poco después llegaron los sonidos de siempre: puertas, tazas, agua cayendo en lo que esperaba fuera la cafetera. Agarré una camiseta, pero no me la puse. En otros veranos que había pasado allí con Raúl, cuando estábamos solos, andábamos sin nada de ropa por toda la casa.
No era Raúl. Era Carla, casi desnuda, apenas una camiseta fina cubriéndole el torso y nada debajo. Llenaba un recipiente con agua. La luz del amanecer dejaba la escena en penumbra, pero las dos curvas de su cuerpo brillaban con lo poco que entraba por la puerta. Me quedé clavado en el umbral, confundido otra vez por verla así. Tenía la virtud de desarmarme: se movía con total naturalidad, ajena a todo, dedicada a sus cosas.
Debió oír mi respiración, o el frenazo que pegué al pisar la cocina, porque se giró de golpe y me encontró completamente desnudo, con la camiseta en la mano y, seguro, la boca abierta. Su cara se iluminó con una sonrisa.
—Hola, Sebastián. Qué alegría verte tan natural.
Reaccioné enseguida, me coloqué la camiseta a toda prisa y, ya cubierto, recuperé algo de compostura. Ella, en cambio, siguió tan tranquila, dándome la espalda mientras el aroma del café invadía la casa. Cuando volví, vestido del todo, la mesa estaba lista y Carla había desaparecido. Se oían ventanas abriéndose y roce de ropa en su cuarto, así que la esperé para desayunar.
Apareció con una braguita de bikini y la misma camiseta de tirantes. Al terminar, Raúl y yo salimos a caminar por el monte mientras ella ordenaba un poco. Mientras subíamos, él me preguntó si había adelantado algo, si Carla se había soltado más conmigo, si se había desinhibido. No quise contarle nada. No me parecía correcto hablar de esas intimidades, menos de ella. Le dije que todo era normal y amistoso, que no pensaba hacer nada en contra de mis principios, pero que, si pasaba algo, se lo diría cuando creyera que podía agradarle. Si era eso lo que de verdad buscaba.
Cuando entramos al recinto de la piscina, Carla tomaba el sol boca abajo, con la misma braguita, y no se movió al sentirnos llegar. Raúl repitió la jugada del día anterior: se echó crema en las manos, me pasó el frasco y, entre los dos, le repartimos el protector por la espalda. Tuve otra vez el placer de recorrer esa piel suave, de amasar las curvas firmes de su cuerpo, de deslizar los dedos un instante por el borde de la tela, en un atrevimiento de pocos segundos.
Lo repetimos cuando ella se dio la vuelta para broncearse de frente. Raúl, siempre atento, le quitó el frasco y me lo pasó para que me ocupara de la mitad de arriba, de modo que mis manos cubrieran y acariciaran lo que ningún amigo debería. Carla terminó por enfadarse de verdad: decía que la estábamos dejando empapada y que así no iba a broncearse. Tuvimos que dejarlo.
Nos alejamos un poco y nos metimos al agua, soltándonos el bañador para nadar desnudos como otras veces. Me gustaba estar así, aunque delante de ella resultara violento; dentro del agua, sin embargo, la timidez desaparecía. Lo bueno vino después, cuando Raúl avisó que bajaba al pueblo a comprar pan y fruta. En cuanto el coche empezó a descender la cuesta, Carla se incorporó, se bajó la braguita frente a mí hasta quedar tan desnuda como yo y se metió al agua a mi lado, salpicándome, riéndose, mucho menos seria que con su marido presente.
Estaba clarísimo: no quería hacer nada con Raúl cerca. Le seguí la corriente, y cuando se puso demasiado juguetona me pegué a ella y la acorralé contra la pared de la piscina.
—Ríndete o te ahogo ahora mismo —le advertí.
—No serás capaz —me retó.
—Lo seré, a no ser que pagues el rescate.
Me sostuvo la mirada mientras acercaba mi cara a la suya, hasta que nuestros labios se rozaron en un beso breve. No lo rechazó. Yo no quise alargarlo, para no abusar de la primera vez y echarlo todo a perder. Fue ella quien volvió a buscarme: me abrazó con fuerza, pegó su boca a la mía y la mantuvo así hasta dejarme casi sin aire. En esa postura apenas podía mover los brazos, así que bajé las manos desde sus hombros hasta la cintura, y un poco más allá, hasta apretarla contra mí.
Sentí su pecho aplastarse contra el mío, y ella notó, sin duda, lo duro que estaba yo a pesar del frío del agua, porque deslizó la mano entre los dos cuerpos hasta rozarme apenas, con las yemas, sin llegar a tomarme del todo. Separó la boca para mirarme, con una sonrisa pícara.
—¿Esto es en mi honor? —preguntó.
—Me temo que sí.
—Vaya. No me había dado cuenta de que te causaba esta impresión. Tendré que ser más prudente.
—Por mí, no lo seas. Está bien así.
—Conque atrevido, además —se rió, y salió del agua.
Me dejó plantado, completamente excitado y con las ideas mucho más claras sobre lo que podía pasar entre nosotros. Curiosamente, se volvió a colocar la braguita y se tumbó al sol, justo cuando a lo lejos sonaba el motor del coche subiendo la cuesta. Solo me dio tiempo de salir y echarme boca abajo en mi toalla antes de que Raúl apareciera cargado de bolsas.
—¿Os habéis portado bien en mi ausencia? —soltó, ya con el bañador puesto.
Parecía un comentario inocente, pero a mí me incomodó. Me hice el dormido y no contesté. Carla se limitó a gruñir esa aprobación perezosa que usaba cuando no quería hablar.
Esa noche volvimos al pueblo a tomar algo después de cenar. Era sábado y preferimos comer en casa antes que pelear por una mesa. Me decepcionó que no se pusiera el vestido abierto de la víspera, sino una falda discreta por encima de la rodilla y una blusa blanca de manga corta. La sorpresa llegó cuando se sentó frente a mí, con la mesa entre ella y Raúl. Sin remedio, la falda fue subiendo cada vez que se inclinaba hacia adelante para alcanzar la copa, hasta que los muslos morenos quedaron casi del todo al aire, como si llevara un pantalón corto.
Y entonces no me extrañó que, al separar apenas las piernas, lo dejara todo a mi vista. Otra vez había decidido salir sin ropa interior, ofreciéndome el espectáculo, sonriendo feliz ante mis ojos. Lo realmente morboso no era que yo pudiera mirar —eso lo había hecho ya a un palmo en la piscina—, sino que lo hiciera allí, en público, sin importarle los curiosos de las mesas cercanas que también miraban sin perder detalle.
Estuvimos charlando y sería incapaz de decir de qué. Mi mente estaba puesta en los juegos de sombra bajo esa falda escasa, en la piel suave y cálida de los muslos, en la naturalidad con que enseñaba su intimidad a quien quisiera verla. Recuperé el habla cuando salimos de la plaza, mientras los desconocidos se volvían con la pena de que el espectáculo hubiera terminado tan pronto. Carla caminaba del brazo de los dos, coqueta y feliz, la falda otra vez en su sitio, ocultando ese cuerpo que yo ya no podía sacarme de la cabeza.
Charlamos un rato más en la terraza y nos retiramos temprano, cada uno a su cuarto. Ellos seguían conversando; yo me fui al otro extremo de la casa, a mi cama y a mis sueños. No podía dormir. La imaginaba subida a una mesa de la plaza, dejando que un desconocido le pidiera con un gesto que se girara despacio, sin tocarla, solo mirándola, mientras el resto contenía la respiración. En esa ensoñación estaba, con la mano bajo la sábana, cuando unos dedos me rozaron la cara.
Abrí los ojos despacio. Allí estaba ella, igual que en mi sueño, con una sonrisa traviesa, ya sin maquillaje, fresca y oliendo a colonia limpia. Se quitó la ropa interior, la dejó caer a un lado y se sentó en el borde de mi cama.
—Pobrecito. Qué mala noche te espera con esa cosa tan dura ahí abajo. ¿No te duele? —susurró.
A esas alturas tenía clarísimo que Carla quería guerra y que no le importaba que su marido durmiera en la otra habitación. Llevaba provocándome desde la primera noche; nadie baja al pueblo sin ropa interior por costumbre. Todo ese espectáculo había sido en mi honor. Aun así, decidí ir despacio, no fuera a resbalar ahora que todo parecía tan fácil.
Subí una mano hasta su pecho y lo acaricié con suavidad, sintiendo cómo respondía al contacto. Ella no opuso resistencia, como si apenas lo notara. Pasé el brazo por su espalda y la atraje hacia mí para besarla en el cuello, en el hombro, mientras su mano encontraba el borde de la sábana y luchaba un instante por retirarla. Después bajó por mi pecho en pequeños círculos, dudando al llegar al vientre, hasta rozarme por fin, despacio, con una curiosidad que me volvía loco.
La apreté contra mí y busqué su boca. Ella correspondió en el acto, su pasión creciendo por momentos. Se fue tumbando sobre mi cuerpo, la cara a un palmo de la mía, los ojos entreabiertos, y me besó otra vez, primero suave y después casi con furia. Cuando me guió a su interior, los dos estábamos tan deseosos que no hizo falta nada más. Cerró los muslos, atrapándome, y empezó un vaivén lento que no se detuvo.
Su rostro se perló de sudor. Mordía los labios para callar los jadeos, atenta al silencio de la casa, hasta que un estremecimiento la recorrió entera y se dejó caer sobre mi pecho, rendida, el pelo cubriéndome la cara, el cuerpo cálido y relajado sobre el mío. No me atreví a moverme ni quise buscar mi propio final. El primer paso ya estaba dado, y algo me decía que habría otra ocasión.
Un ruido lejano la sobresaltó. Se despegó de golpe, recogió la ropa del suelo y, con un beso brevísimo, me dejó solo, perplejo y feliz a la vez. Oí después el agua de la ducha y la imaginé limpiándose, lavando el rastro de aquella noche. Luego unas voces bajas, un susurro, el silencio. Mañana sabría qué había pasado por su cabeza para inventar una noche tan extraña y tan excitante. Por ahora me bastaba con saber que el juego de Raúl se le había escapado de las manos, y que el premio había sido todo mío.





