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Relatos Ardientes

Nos miraban desde la parcela de enfrente

—¿Y en qué momento se supone que hay que quitarse la ropa? —pregunté, sintiéndome ridícula. Tenía los nervios enredados en el estómago y no podía estarme quieta.

—No lo sé. Imagino que cuando nos instalemos —dijo Rubén sin levantar la vista de la carretera.

—Léeme las normas otra vez —pedí, tamborileando con las uñas sobre la guantera—. Por favor.

—Eres una pesada... —contestó, con la comisura del labio apenas alzada—. «Siempre que el clima lo permita, deberá circularse desnudo por todas las zonas del recinto. Quedan estrictamente prohibidos los bañadores y la ropa interior.»

Tragué saliva, asimilándolo. Ya no había marcha atrás. El viaje estaba pagado, las maletas iban en el maletero y en menos de una hora llegaríamos a nuestro destino: un camping naturista en mitad de la nada, donde al parecer los bungalós no tenían ni antena de televisión.

Yo, que hasta el verano anterior jamás había hecho topless. Yo, que solo un par de veces me había atrevido a un desnudo completo en una playa naturista. Y, por otro lado, mi marido. Él adoraba el nudismo, esa sensación de libertad, y, para qué engañarnos, le ponía muchísimo que lo miraran.

El ying y el yang.

***

Llegamos a nuestra parcela con el sol todavía en lo más alto. El calor de aquella tarde de agosto era asfixiante, de los que pegan la camiseta a la espalda.

—Mira el lado bueno —dijo Rubén bajándose del coche—. Equipaje ligero para dos semanas en el paraíso.

Me dio un beso rápido antes de quitarse la camiseta. Después agarró la cinturilla del pantalón y se lo bajó sin dejar de mirarme a los ojos. Sabía perfectamente que estaba bien dotado, pero aun así le encantaba que se lo recordara.

Miré de reojo a la pareja sentada en la terraza de enfrente, buscando su reacción. La mujer lo escaneaba de arriba abajo sin el menor disimulo.

Rubén la ignoró, aunque yo sabía que por dentro disfrutaba de cada segundo. Tiró del bajo de mi camiseta hacia arriba. Debajo llevaba mi bikini negro, ese de tiras cruzadas que me realzaba el pecho. Daba pena tener que quitármelo; era tan bonito.

Lo desabrochó con dedos ágiles y dejó que mis pechos cayeran libres. Los tengo generosos, de esos que te llenan la mano entera. Se inclinó y me habló al oído.

—No me cansaré nunca de mirártelos, da igual el tiempo que pase. Y ahora quítate lo que queda, porque como tenga que hacerlo yo, te follo aquí mismo.

Abrí los ojos como platos. Joder, me ponía cachonda cuando hablaba así. Pero estaba segurísima de que el sexo en sitios públicos estaba más que prohibido.

***

Me quité el resto de la ropa y entré a guardarla. Dejé los neceseres en el baño, colgué las toallas y caí en que había que meter las bebidas en la nevera o no se enfriarían. Salí a pedirle ayuda a Rubén y me lo encontré charlando con los vecinos, que se habían acercado a saludar.

Ella debía de rondar los cincuenta y muchos, aunque se conservaba estupendamente, y parecía relamerse con mi marido. Él no pude evitar mirarle el paquete. No era nada del otro mundo, pero tampoco estaba mal.

—Cariño —me llamó Rubén—, estos son Sergio y Carla.

—Hola —saludé, sintiéndome más desnuda que nunca—. Soy Marina.

—Bonito nombre —contestó Sergio, y sus ojos fueron directos a mi pecho, sin disimulo—. Y bonita mujer.

—Vamos a dejar que se instalen —dijo Carla tomando a su marido del brazo—. Si necesitáis cualquier cosa —juraría que su tono cambió en esa palabra—, ya sabéis dónde estamos.

Asentí con una sonrisa de cartón. Recogí las bolsas y entré en el bungaló.

—«Cualquier cosa» —repetí, imitando su entonación.

—¿Has visto cómo te miraba Sergio las tetas? —dijo Rubén entrando detrás de mí—. Qué morbazo.

—¿Te pone que me miren? —pregunté mientras llenaba la pequeña nevera.

—Sí —admitió, plantándose delante de mí—. Es normal que miren ese pecho que tienes. Que miren lo que quieran. Comérmelo, me lo como yo.

Se inclinó y atrapó uno de mis pezones con la boca. Mi cuerpo reaccionó al instante. Su mano izquierda subió a sostenerme el pecho y lo amasó mientras su lengua hacía estragos.

—Ella te estaba devorando con la mirada —le susurré, presa de la excitación que me provocaba que jugara así conmigo.

—¿Mmm, sí? ¿Y eso te gusta o te disgusta?

Su lengua empezó a trazar círculos, y me recordó exactamente a cómo la movía entre mis piernas. Era un maestro del sexo oral. Bueno, de cualquier cosa que tuviera que ver con el sexo. En ese sentido teníamos suerte: los dos éramos de sangre caliente.

—No lo sé —contesté, conteniendo un gemido.

—A mí me encanta que deseen lo mío. Ver sus caras. Y a ti... —dijo dándome la vuelta. Adoraba que me tomara por detrás, que sus manos me sostuvieran el pecho mientras su boca me recorría el cuello. Se me erizaba la piel con su aliento cálido en la oreja—. Ellos pueden desearte cuanto quieran. Pero solo yo te tengo.

Entró en mí de una sola embestida. No necesitó comprobar si estaba mojada; sabía que mi cuerpo respondía sin apenas estímulo.

—Cari, la puerta está abierta —le recordé. Sus caderas no se detuvieron.

—Que vean el espectáculo. Así, que se te muevan las tetas al ritmo.

—Joder —logré decir entre jadeos. Me agarré a una silla junto a la encimera para sostenerme mientras me embestía fuerte.

—Seguro que esta noche, cuando follen, piensan en nosotros —murmuró. Me dio una palmada en el trasero que sonó por toda la cocina. Seguí su mirada hacia la puerta abierta.

—¡No me jodas! ¿Nos están mirando? —pregunté alarmada e intenté separarme, pero me sujetó del pelo.

—Sigue. Hay que dejarles claro quién manda aquí.

Una mano me agarró la cadera y empezó a follarme sin tregua. Sentía sus muslos chocando contra los míos. Por dentro me apretaba contra él sin poder evitarlo.

Gemí. No pude callármelo.

—Eso es. Demuéstrales lo descarada que eres.

Me giró la cabeza hasta dejar mi cara mirando hacia la puerta. Los dos nos observaban desde su terraza, y habría jurado que Sergio tenía la mano entre las piernas. Sentía vergüenza, pero el placer que me daba Rubén era tan intenso que no conseguía pensar en nada más. No sabía qué estaba bien y qué estaba mal. Ya no me importaba.

Me corrí por segunda vez.

—Me voy a correr —anunció él con la voz rota.

Lo sentí terminar dentro de mí, una descarga tan larga que me resbaló por los muslos.

—No te muevas —dijo, y fue a buscar papel.

***

Intenté respirar hondo y calmar el galope de mi corazón. Me estiré y vi cómo los vecinos se comían la boca con desesperación. ¿Los habíamos puesto así de cachondos nosotros?

Vaya manera de causar una primera impresión.

—Vamos a tomarnos una cerveza fuera —propuso Rubén.

Yo lo que quería era encerrarme y no salir en dos semanas, pero lo seguí, todavía colorada por lo que acababa de pasar.

—¿Tú crees que los hemos calentado? Me ha dado un morbo brutal que nos miraran —dijo dándole un trago a su lata.

—Morbo un poco. Vergüenza, muchísima. No paran de mirar. Creo que ella se está tocando. ¿Tú qué ves?

Rubén miró sin el menor disimulo y soltó una risa.

Unos pasos crujieron en la grava. Otra pareja pasó frente a nuestra parcela, nos saludó con la mano y se fue derecha a la terraza de los vecinos. Desde allí no se oía lo que decían, pero noté perfectamente cómo nos señalaban de reojo.

Maravilloso. A este paso, todo el camping se enteraría de nuestra bienvenida. Carla le dijo algo a la recién llegada, una rubia de pelo liso y piernas larguísimas, y la mujer miró en nuestra dirección.

—Creo que esa quiere verte la polla —le solté por lo bajini, dándole otro sorbo a la cerveza.

Rubén volvió a reír, pero esta vez no dijo nada.

—Creo que quiero follarte en cada rincón de este sitio —murmuró al rato.

—Rubén —protesté entre risas.

—¿Vamos y nos presentamos?

—¿Qué? —pregunté con un hilo de voz—. Lo que tú quieres es que te miren bien.

—Que nos miren bien. A lo mejor alguna de ellas también te comería a ti.

—No digas esas cosas —solté, y noté que las mejillas se me encendían otra vez. No supe por qué la idea no me desagradaba del todo. Imaginar que mi cuerpo pudiera calentar a otra mujer me excitaba de una forma que no me esperaba.

—Venga. Demos una vuelta.

Se levantó cuan alto era y me ofreció la mano. Sabía que su plan incluía pasar de nuevo por delante de aquella pareja, así que lo seguí entrelazando nuestros dedos.

***

Dimos un paseo por las instalaciones y nos cruzamos con gente de todo tipo. Al pasar frente a la sauna, oímos unos jadeos. Rubén se frenó en seco y me miró con los ojos muy abiertos. Nos quedamos quietos, en silencio. El sonido venía de dentro. Escucharlo, lejos de escandalizarme, me encendió.

Vi que la entrepierna de Rubén también reaccionaba.

Me sujetó del brazo y se inclinó un poco hacia delante para ver el interior por la rendija. Se le abrió la boca.

—Hay una mujer con dos tíos.

—No te creo —dije, y me asomé yo también.

Sentada en el banco de madera había una chica, con un hombre a cada lado. Sostenía a ambos con las manos, una en cada lado, y los acariciaba con una calma que me dejó sin aire.

¿Adónde habíamos venido? Sabíamos que era un recinto solo para adultos, pero jamás imaginé que la cosa llegara tan lejos.

—¿No te pone verlo? —susurró Rubén.

—Un poco. Pero qué fuerte.

—¿Y qué te parece más fuerte?

—Todo —contesté. Él me tomó la mano y se la llevó a la entrepierna; la tenía durísima.

—Joder, cómo estás.

—Ayúdame un poquito, ¿no?

—No pienso entrar ahí —le dije, cortante.

—Pues aquí, mientras los escuchamos.

—No —dije, aunque mi mano seguía sujetándolo y él ya empezaba a moverse contra ella.

—Rubén —jadeé.

—Mira, ven.

Me llevó a un punto frente a la sauna, detrás de un matorral bastante alto.

—Aquí puedes agacharte sin que te vea nadie —dijo. Estaba loco. El calor, los nervios, la adrenalina... todo a la vez—. Solo un poco, mientras los escuchamos. Solo un poquito.

No podía creer que aquello estuviera pasando. Miré a un lado y a otro y me arrodillé. Sabía que era una locura, pero me ponía muchísimo: mirar sin ser vistos, hacer algo prohibido sin que nadie lo sospechara.

Lo tomé con la boca. La punta ya estaba húmeda.

—Eso es. Despacio.

Tenía los ojos clavados en lo que ocurría dentro. ¿La desearía a ella más que a mí? Sacudí el pensamiento y me dije que era como ver una película en directo. Solo sexo, nada más. Lamí con más ganas.

Al cabo de un rato, la pareja del banco terminó, y la mujer salió de la sauna con el pelo revuelto y una sonrisa de satisfacción que no se molestó en esconder.

—¿Puedo correrme en tu cara? No, mejor en las tetas. Oh, sí. Joder, qué bien lo haces. Sigue, sigue.

La mujer debió de oírlo gemir, porque giró la cabeza hacia nosotros. Rubén me sacó la polla de la boca un instante, encantado de que ella viera lo grande que la tenía, antes de volver a metérmela.

Ella se rio por lo bajo, nos guiñó un ojo y se marchó hacia las duchas.

Rubén terminó sobre mi pecho. Después pasó un dedo por la piel y me lo llevó a los labios.

—Creo que se nos ha ido del todo la cabeza, Rubén.

—No pienses, cariño. Déjate llevar. Estos días son para experimentar, para disfrutar. Nada más. Por favor, no le des vueltas.

Asentí, pero sentí cómo el miedo a lo desconocido se me instalaba en el estómago. ¿Experimentar? ¿Se refería a hacer algo con otra gente? Nunca lo habíamos hecho ni lo habíamos planteado. Y noté al pánico y a la excitación batirse en duelo dentro de mí.

¿Cuál de los dos ganaría?

¿Qué nos guardaban aquellas vacaciones?

De momento, dos orgasmos y una intensidad que no había sentido en años.

¿Hasta dónde seríamos capaces de llegar?

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Comentarios(6)

ElOjoCurioso

que buenoooo!! lo leí de un tirón sin darme cuenta, eso ya dice todo.

Marisol_67

Me encanto como describe las sensaciones desde adentro, no desde afuera. Rara vez un relato de voyerismo te pone en el lugar de la observada. Muy bien escrito!

LunaRoja

dios mio, entendi demasiado a la protagonista jaja. Esa mezcla de incomodidad y ganas de que sigan mirando es muy real

Gustavo_MDP

Por favor continua!! me dejo con muchas ganas de saber como sigue la historia

Carina_SP

me recordó a unas vacaciones en la costa, vecinos de cabaña y todo... tremendo recuerdo jaja

roman_cba

muy bueno, quede sin palabras

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