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Relatos Ardientes

Nos observó desde la cama de al lado toda la noche

La cala estaba vacía aquella tarde, escondida al final de un sendero de cabras que casi nadie en la isla se molestaba en bajar. Lorena fue la primera en quitarse la ropa, sin avisar, como si llevara todo el día esperando ese permiso. Bruna la siguió entre risas, y a mí no me quedó otra que entrar al agua igual que ellas, sin nada encima y con el corazón un poco acelerado.

Era la primera vez que nos veíamos así los tres. Lo que empezó como caras de sorpresa, miradas de reojo y bromas para tapar la vergüenza se convirtió en pocos minutos en algo distinto. Confianza, sí, pero también una corriente de morbo que nadie nombraba en voz alta.

Pasamos un par de horas entre chapuzones y silencios largos bajo el sol. Cuando el calor empezó a aflojar, nos vestimos y volvimos al coche. A mitad de camino paramos en un bar de carretera que nos habían recomendado, una terraza con sillas de plástico y vistas al mar, para hidratarnos con unas cervezas frías y decidir qué hacer esa noche.

—Qué bien sienta un día de hacer nada —dijo Lorena, estirándose en la silla.

—La verdad que sí, pero yo estoy reventado —admití—. La playa me deja sin pilas.

—Pues yo tengo ganas de fiesta —saltó Bruna—. Podríamos cenar y luego tomarnos unos cócteles por el puerto.

—Vosotras haced lo que queráis —contesté—. Yo os espero en el apartamento, mucho más a gusto.

***

De vuelta, tras darle vueltas a todos los planes, la decisión final fue sencilla: cenar los tres juntos en una taberna cercana y después ellas salir y yo retirarme. Y así fluyó la noche, como tenía que fluir. Pescado fresco, una botella de vino blanco que iba haciendo su efecto poco a poco y dos mujeres que esa noche estaban especialmente guapas.

Al terminar, me despedí de Lorena con un beso largo, de esos que no son del todo apropiados para una mesa de restaurante. Ella me siguió el juego y, mientras me besaba, deslizó la mano por encima del vaquero y apretó sin ningún disimulo.

—Oye, eso no vale —protestó Bruna en tono de broma, y me dio un pico rápido, casi infantil.

—Ahí lo llevas —se rió Lorena—. Tú te lo pierdes por irte a dormir.

Quizá sí me lo estaba perdiendo.

Pero el cansancio podía más. Llegué al apartamento, me metí en la ducha y dejé que el agua tibia me quitara la sal y la modorra. Después me tumbé en el sofá, encendí la tele sin mirarla de verdad y me puse a enredar con el móvil, contestando mensajes a medias. Por las historias que subía Bruna iba viendo que seguían por ahí, copa en mano, riéndose con desconocidos en una barra iluminada de azul.

En algún momento me rendí, me fui a la cama y caí en un sueño pesado. No sé cuánto tiempo pasó hasta que unos ruidos torpes me sacaron de él. Por reflejo me levanté a comprobar qué pasaba, y eran ellas dos, intentando no hacer ruido y consiguiendo justo lo contrario: tropezones, risas ahogadas, una silla arrastrada.

—Joder, qué susto —solté, medio enfadado, apoyado en el marco de la puerta—. ¿Más escándalo no podíais hacer?

—Perdón, cariño —dijo Lorena, mirándome de arriba abajo con una sonrisa que no pedía perdón de verdad—. No queríamos despertarte. Y gracias por la bienvenida, por cierto.

—Perdón, perdón —añadió Bruna, juntando las manos—. Con lo que te hemos echado de menos… No te enfades con nosotras.

—Venga, anda. Porque os quiero, que si no… —dejé la amenaza a medias—. Me vuelvo a la cama.

***

Apenas me había tumbado otra vez cuando Lorena entró en la habitación. La oí cerrar la puerta despacio, oí el roce de la tela al caer al suelo.

—¿Seguro que prefieres dormir sin mí? —me susurró al oído.

Me cogió la mano y la guió, sin prisa, entre sus piernas. Estaba mojada, lista, como si la noche entera hubiera sido un preludio largo. El sueño desapareció de golpe.

Empecé a acariciarla mientras ella me mordía el cuello, y noté cómo mi cuerpo respondía con una urgencia que no recordaba desde hacía tiempo. Mis dedos se movían en ella sin ningún esfuerzo, y su respiración se iba volviendo más corta, más entrecortada. Se tumbó del todo, abrió las piernas y tiró de mi pelo hacia abajo.

Bajé. Mi lengua le dio exactamente lo que buscaba, despacio primero, luego con más insistencia. Sus gemidos eran imposibles de contener y, francamente, ninguno de los dos hizo el menor esfuerzo por contenerlos. El silencio de la madrugada se llenó de su voz. En un momento, su cuerpo se tensó entero y terminó sobre mi cara con una sacudida que me dejó claro que el placer estaba siendo de verdad.

Sin mediar palabra, me empujó hacia arriba y se llevó mi polla a la boca. No quería terminar todavía, estaba demasiado excitado para que aquello acabara tan pronto. La aparté con suavidad, la puse a cuatro patas y empecé a embestirla como si llevara meses sin tocarla. Era consciente del escándalo que estábamos montando contra el cabecero. Me daba igual, y a Lorena, por cómo arqueaba la espalda, también.

Fue en una de esas pausas, mientras recuperábamos el aliento, cuando lo oímos. Las paredes de aquel apartamento eran de papel, y desde el cuarto de al lado, el de nuestra invitada, llegaban unos gemidos inconfundibles.

—Cariño —murmuré—. Bruna no ha venido acompañada, ¿no?

—Que yo sepa, no —contestó Lorena, conteniendo la risa—. Y si lo ha hecho, muy bien lo ha escondido. Espera, ahora vuelvo.

***

La vi salir, desnuda y descarada, y cruzar el pasillo. No cerró del todo la puerta. Desde la cama, en penumbra, alcancé a ver cómo abría la habitación de Bruna y se quedaba un segundo en el umbral.

—Joder —oí decir a Lorena, sin una pizca de vergüenza—. Te pediría perdón por interrumpir, pero pensábamos que estabas con alguien. Hasta a mí me has puesto cachonda con esos gemidos.

—Es que vaya recibimiento le estás dando tú a él —respondió Bruna, con la voz ronca—. Me habéis puesto a mil y llevo así todo el día. No podía aguantarme más.

Hubo un silencio breve, cargado. Y luego, la frase que lo cambió todo.

—Si quieres terminar, te dejo que nos mires —dijo Lorena, como si fuera lo más natural del mundo—. No creo que a este le importe.

Al oírlo, un cosquilleo me recorrió la espalda entera. Un morbo distinto a todo lo que había sentido hasta entonces. No era la idea de un trío lo que me aceleraba el pulso, sino algo más concreto y más raro: la idea de que alguien me observara, de ser mirado mientras estaba con mi pareja.

La puerta volvió a abrirse. Lorena entró tirando de Bruna de la mano y, con un escueto «tenemos público», la dejó apoyada contra la cómoda, frente a la cama. Después se arrodilló de nuevo entre mis piernas y se llevó mi polla a la boca sin dejar de mirarme.

Yo no podía apartar los ojos de nuestra espectadora. Bruna se había quedado de pie, a un par de metros, con la espalda contra la pared y una mano viajando despacio por su propio cuerpo. No tocaba, no se acercaba. Solo miraba. Y esa distancia, ese límite que ninguno de los tres pensaba cruzar, era exactamente lo que volvía la escena insoportablemente excitante.

Por un lado quería pedirle que se uniera. Por otro, sentía una corriente nueva, eléctrica, en saber que cada movimiento mío estaba siendo observado, juzgado, deseado desde la sombra. Quise que no se aburriera. Hicimos durante un buen rato todo lo que se nos pasaba por la cabeza, sin guion, cambiando de postura solo para que ella tuviera mejor ángulo.

Cuando Lorena se subió encima de mí y empezó a moverse despacio, giró la cabeza hacia Bruna y le sostuvo la mirada. Las dos amigas se miraban con una complicidad que yo solo podía intuir, un código viejo entre ellas en el que yo era, por una vez, el objeto y no el sujeto. Esa idea me llevó al borde.

Bruna fue la primera en rendirse. Apoyada contra la pared, con la respiración rota y los ojos en blanco, llegó al orgasmo en silencio primero y con un gemido largo después, sin dejar de mirarnos ni un instante. Verla terminar solo por mirar fue más de lo que pude soportar. Lorena lo notó, se inclinó sobre mí y me terminó con la mano y la boca hasta que exploté con una intensidad que me dejó vacío.

Los tres nos quedamos quietos unos segundos, recuperando el aire, mirándonos con esa rara sensación de haber cruzado juntos una frontera y de que no pasaba absolutamente nada. Lorena fue quien rompió el silencio dando una palmada en el colchón.

—Venga —dijo—. Que hay sitio de sobra.

Y le hicimos un hueco a nuestra mirona favorita, no para repetir, sino simplemente para dormir, los tres apretados en una cama de matrimonio demasiado pequeña, con las primeras luces colándose por la persiana.

Así fueron pasando los días que nos quedaban de isla, entre tardes de cala desierta y noches en las que el morbo de mirar y ser mirado se fue volviendo costumbre. Nunca hablábamos de ello a la luz del sol; era un pacto silencioso que solo existía cuando se apagaban las luces. Y aunque no sabía qué quedaría de todo aquello cuando volviéramos a la rutina, esa madrugada entendí algo de mí que no esperaba: que a veces el deseo más grande no está en lo que tocas, sino en los ojos que te observan desde el otro lado del cuarto.

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Comentarios(6)

NicoMpolis

me encanto!! que situacion tan tensa, jajaja

Sandra_lecto

Lo lei de una sola vez sin parar. Muy buen relato, espero que haya continuacion!!

SantiCba88

me recordo a unas vacaciones en la costa, paredes finitas y el vecino de al lado... bueno, digamos que fue una noche que no olvidé jaja. Muy bueno el relato

Marcos_Rk

tremendo final, no me lo esperaba para nada. bien escrito

nervioso_lector

y la terminaron invitando?? eso me quedo dando vueltas jajaja, necesito saber como termino eso

lectornocturna22

Lo que mas me gusto fue la tension que se arma antes de que pase algo. Eso de saber que te escuchan y hacerse el desentendido... muy bien logrado, se siente completamente real. Seguí escribiendo asi!

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