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Relatos Ardientes

La noche que dejamos la puerta entreabierta

En otras historias ya conté cómo conocí a Mateo y cómo terminamos enredados en algo que ninguno de los dos sabía nombrar. Esta es distinta. Es corta, pero es la que más vuelvo a recordar, porque fue la noche en que descubrí cuánto me gustaba que me miraran.

Por aquel entonces su novia seguía viviendo en España, y aunque eso debería haberme frenado, no lo hacía. Algunos de sus amigos ya sabían lo nuestro. Lo sabían sin que nadie se los dijera con palabras, por la manera en que nos buscábamos cuando creíamos que nadie miraba. A veces salíamos juntos, los tres o los cuatro, a tomar algo o a alguna fiesta, y yo me sentía parte de un secreto que todos llevaban con una sonrisa.

Esa noche éramos cinco al principio. Mateo, yo, una pareja amiga suya y un tipo al que apenas conocía, Sergio. Habíamos quedado en un bar a un par de calles de su departamento, de esos con luz tenue y música lo bastante alta como para tener que acercarse al oído del otro para hablar. A mí ese tipo de lugares siempre me suelta. El roce de las rodillas debajo de la mesa, la excusa de inclinarse para escuchar, la mano que se queda un segundo de más sobre el muslo.

—¿Otra ronda? —preguntó Mateo, ya con esa mirada que yo conocía demasiado bien.

—Una más y nos vamos —dije, aunque ninguno tenía intención de irse a dormir.

La pareja se despidió a la salida del bar. Tenían que madrugar, dijeron, o quizá simplemente leyeron el ambiente y entendieron que nosotros íbamos a otra cosa. Así que terminamos siendo tres: Mateo, Sergio y yo, caminando por la calle vacía con esa risa floja que deja el alcohol cuando todavía es temprano para arrepentirse de nada.

Pasamos por una tienda y compramos algo más para seguir tomando en el departamento. Sergio insistió en pagar, como hacen los hombres cuando no saben muy bien qué papel les toca en una noche así. Yo lo observé de reojo. Era callado, atento, con una forma de mirarme que no terminaba de ser descarada pero tampoco era inocente.

***

El departamento de Mateo era pequeño y cálido, con una sola lámpara encendida en la sala y una manta tirada sobre el sillón. Pusimos una película que ninguno de los tres iba a ver. Nos sentamos los tres en el mismo sofá, yo en el medio, con Mateo a mi derecha y Sergio al otro extremo, dejando entre nosotros una distancia educada que no iba a durar.

El problema con Mateo y conmigo era que nunca podíamos estar cerca sin tocarnos. Empezó como siempre, con su mano apoyada en mi rodilla, subiendo despacio mientras fingíamos prestar atención a la pantalla. Yo intenté contenerme. De verdad lo intenté, por respeto a Sergio, que estaba ahí al lado bebiendo su cerveza como si no notara nada.

Pero el alcohol y las ganas son mala combinación para la prudencia. En algún momento giré la cara hacia Mateo y nos besamos. Fue un beso lento al principio, de los que prueban hasta dónde se puede llegar, y enseguida dejó de ser lento. Sus dedos se enredaron en mi pelo, mi mano encontró su pierna, y la película se volvió un murmullo de fondo que ya no significaba nada.

No deberíamos, hay alguien más aquí. El pensamiento cruzó por mi cabeza y, en lugar de detenerme, me encendió.

—¿Te molesta si te dejamos solo un rato? —le preguntó Mateo a Sergio, con la voz más ronca de lo que pretendía.

Sergio se levantó con una sonrisa torcida y dijo que ningún problema, que iba por otra cerveza. Lo vi caminar hacia la cocina y por un segundo me pregunté qué estaría pensando, qué se imaginaba mientras nosotros desaparecíamos por el pasillo.

***

Entramos a la recámara y la oscuridad nos tragó. Estábamos tan concentrados el uno en el otro que ninguno de los dos reparó en que la puerta había quedado mal cerrada, una rendija delgada por la que se colaba la luz de la sala.

Empezamos a quitarnos la ropa sin prisa y con prisa al mismo tiempo, esa contradicción que solo existe cuando deseas mucho a alguien. Yo le besaba el cuello, mordía despacio justo debajo de la oreja, donde sabía que se le erizaba la piel. Pegué mi pecho contra el suyo para que sintiera mis pezones duros a través de la última prenda que me quedaba, y él respondió tomándome de las caderas, atrayéndome contra su cuerpo con una firmeza que me dejó sin aire.

Me arrodillé frente a él. Había algo en esa posición que me gustaba más que cualquier otra cosa, la sensación de control que da estar de rodillas cuando en realidad eres tú quien manda. Lo escuché contener la respiración, lo sentí buscar apoyo en mi hombro, y por un momento el mundo se redujo a su voz quebrándose en un gemido bajo que me puso más caliente que cualquier caricia.

Cuando me incorporé y giré la cabeza, lo vi. La puerta se había abierto un poco más y Sergio estaba ahí, en el pasillo, mirando. Mateo estaba de espaldas a la puerta, así que no se había dado cuenta de nada. Solo yo lo sabía. Mi mirada se cruzó con la de Sergio en la penumbra, y en lugar de asustarme, en lugar de cubrirme, le guiñé un ojo. Una invitación silenciosa: quédate, mira.

Besé a Mateo con una urgencia nueva y le dije al oído que se recostara, que quería montarlo. Lo empujé suave hasta la cama y me coloqué encima de él, sosteniendo su mirada mientras me deslizaba sobre su cuerpo hasta sentirlo entero dentro de mí. Dejé caer mi peso despacio, hasta el fondo, y solté un suspiro largo que no fingí para nadie.

Él me tomó de la cintura y empezó a marcar el ritmo desde abajo. Veía mis pechos moverse con cada embestida, y se incorporó un poco para alcanzarlos con la boca, besándolos, mordiendo apenas. Mientras lo hacía, yo volvía a girar la cara hacia la rendija de la puerta, donde Sergio seguía sin perderse un solo movimiento. Saberme observada, sentir esos ojos clavados en mi espalda mientras Mateo me llenaba una y otra vez, fue demasiado. El primer orgasmo me alcanzó así, mirando a un desconocido mirarme, con el cuerpo temblando de una manera que no había temblado en mucho tiempo.

***

Cuando Mateo apartó la boca de mi pecho y abrió los ojos, descubrió a Sergio en el umbral. No se sobresaltó. Al contrario. Algo en su expresión cambió, una chispa de orgullo, de querer demostrar de lo que era capaz ahora que tenía público.

—Ponte en cuatro —me dijo al oído—. De frente a la puerta.

Obedecí sin pensarlo. Me coloqué de manera que Sergio tuviera la vista completa, las caderas en alto, la cara girada para no perder el detalle de su reacción. Mateo me abrió con las manos y entró de una sola embestida que me arrancó un gemido que no controlé. Empezó a moverse con fuerza, profundo, sin tregua, y yo le pedía más entre jadeos, sin importarme que el otro escuchara cada palabra.

Me jaló del pelo y me dio una palmada que resonó en la habitación. Sabía cuánto me gustaba eso, y la presencia de Sergio lo encendía tanto como a mí. Me embestía con una intensidad que yo no le conocía, como si cada golpe fuera una declaración dirigida al hombre que nos miraba desde la sombra. Me hacía gemir como nunca, alto, sin vergüenza, dejando que mi voz llenara el departamento entero.

De reojo alcancé a ver que Sergio ya no fingía. Se había abierto el pantalón y se acariciaba despacio, hipnotizado por el espectáculo que le estábamos regalando. Esa imagen, la de alguien excitándose solo por mirarme, me empujó hacia el borde una vez más. El segundo orgasmo me dejó sin fuerzas en los brazos, la cara hundida en las sábanas, el cuerpo entero vibrando.

***

Mateo estaba cerca, lo notaba en la manera en que su respiración se volvía irregular. Y por lo que veía, Sergio no andaba muy lejos tampoco.

—¿Quieres ver algo en especial? —le preguntó Mateo, casi sin aliento, hablándole por primera vez.

Sergio tardó un segundo en responder, como si no creyera que tenía permiso para pedir.

—Quiero verla cuando acabes. En la cara, o en los pechos. Donde ella quiera.

Me gustó que me dejara elegir. Me arrodillé frente a Mateo, de perfil a la puerta para que Sergio tuviera el mejor ángulo posible, y volví a tomarlo con la boca. Trabajé despacio, mirando hacia el pasillo de vez en cuando, disfrutando del poder de ser el centro de dos miradas a la vez. Cuando sentí que Mateo estaba a punto, lo aparté apenas, y con unas pocas caricias más sentí el calor caer sobre mi piel. Cerré los ojos y sonreí.

Sergio no aguantó más de unos segundos después. Lo escuché soltar un gemido ahogado desde su rincón, y luego el silencio, ese silencio espeso que queda cuando el deseo se apaga de golpe y vuelve la conciencia de lo que acaba de pasar.

Unos minutos más tarde salimos los tres a la sala, ya vestidos, con esa torpeza amable de después. Sergio dijo que tenía que irse, que se le había hecho tarde. Lo acompañamos a la puerta entre risas a medias y miradas que prometían no decir nada.

Lástima, pensé mientras lo veía bajar las escaleras. Íbamos a invitarlo a quedarse. A la próxima, quizá, ya no se conformaría con mirar desde el pasillo.

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Comentarios(5)

AnaLuzReads

qué bueno!! me quedé con ganas de saber qué pasó despues

Mauri_BCN

tremendo final, lo leí dos veces y cada vez engancha mas. Por favor seguí escribiendo

NocturnaR

ese guiño al final me mató jajaja. muy bien jugado

Marilu_84

increible como con tan poco se dice tanto. me encanto

IvanBsas_22

segunda parte por favor!! quede colgado justo cuando se ponia interesante

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