La vecina que supo que la espiaba cada mañana
Las 7:15 de la mañana y la alarma del teléfono vibra contra la mesa de noche. La apago antes del segundo pitido y cruzo el departamento descalzo, sin encender ninguna luz. Me pego a la puerta, contengo la respiración y acerco el ojo a la mirilla. Es mi ritual. Llevo meses haciéndolo y todavía me late el corazón como la primera vez.
Del otro lado del pasillo se escucha la cerradura del 403. La puerta se abre, se cierra con suavidad, y enseguida los tacones de Marina empiezan a repicar escalera abajo.
Esa era la señal. En cuanto bajaba un piso, yo abría con cuidado, haciendo el menor ruido posible, y me asomaba desde arriba para verla descender. Trabajaba en una zona de oficinas y salía siempre impecable: vestidos ajustados que le marcaban las piernas, alguna blusa con el escote justo. Cuando el escote era holgado, yo me quedaba ahí, inmóvil, robándole un instante que ella nunca me había dado.
Algunas mañanas tenía que esperar uno o dos minutos. Otras llegaba justo a tiempo. Y por las tardes intentaba afinar el oído a los pasos de la escalera, aunque era más difícil: regresaba con zapatos cómodos, a horas distintas, a veces dejada por su novio en la puerta del edificio. Pero cuando coincidíamos en el descanso y ella tenía que subir un piso más, yo me quedaba mirando hacia arriba, admirando sus piernas, imaginando lo que escondían esos vestidos pequeños.
Esa era mi rutina. Hasta una tarde de jueves.
***
La vi llegar con la cara descompuesta, cargando dos bolsas del súper que parecían pesarle el doble por el ánimo. Le solté un «buenas tardes» que apenas me salió, y ella respondió entre dientes, sin mirarme, y siguió subiendo. Yo, fiel a mi costumbre, la seguí peldaño a peldaño con la vista.
Entonces una de las bolsas cedió. El plástico se rasgó y los productos rodaron escalera abajo, una lata rebotando hasta mis pies.
Por un segundo me quedé congelado. Se va a dar cuenta de que le estaba mirando el trasero. Pero reaccioné y subí a ayudarla. Recogimos todo entre los dos, y cuando solo quedaba la última lata, nos agachamos al mismo tiempo, ella un escalón por encima de mí. Al levantar la vista, su escote me quedó a la altura de la cara, tan cerca que el borde del sujetador se le había movido y asomaba el filo de un pezón.
Marina me dedicó una sonrisa cansada, apenas una mueca entre la frustración del día, y subió. Yo me quedé clavado en el escalón, con la respiración entrecortada. Hacía meses que la espiaba y por fin había existido para ella. Por fin la había tenido a un palmo.
***
A la mañana siguiente, 7:15, ojo en la mirilla. Las 7:20. Las 7:30. Las 7:45 y nada. Ningún tacón, ninguna puerta. ¿Le habrá pasado algo? ¿Será por la cara de ayer? A las 8:15 me despegué de la puerta, inquieto.
Cerca de las diez alguien tocó. Olvidé la mirilla y abrí de golpe. Era ella, de pie en el umbral, con unos leggings rosas y el pelo recogido.
—Solo venía a agradecerte otra vez lo de anoche —dijo—. Con las bolsas. Ayer estaba imposible y ni gracias te di.
—No, no fue nada —balbuceé—. En serio.
—¿Todo bien? —me atreví a preguntar—. ¿Hay que ir a partirle la cara a alguien? Tú dime.
Soltó una risa breve, la primera del día seguramente.
—Problemas con el trabajo. Mi jefa es insoportable. Tuve una discusión horrible y terminé renunciando. —Se le quebró la voz al final y una lágrima le tembló en el borde del ojo.
—Todos tenemos días así, vecina. Y jefes que no merecen ni el saludo. —Le apoyé la mano en el hombro. Primer contacto real. Apenas un roce, pero lo registré como una victoria.
Charlamos unos minutos más y se despidió. Yo, incapaz de evitarlo, la seguí con la mirada por el pasillo, perdido en el vaivén de esos leggings rosas que parecían diseñados para arruinarme la cordura.
***
Las semanas siguientes mi rutina continuó igual: espiarla al salir, buscar el cruce casual al regreso. Ahora, al menos, ya sabía que yo existía.
Una noche regresé de una reunión pasada la una de la madrugada, con varias copas encima. Frente al edificio había un coche con las intermitentes puestas, y dentro estaba Marina despidiéndose de su novio con un beso largo, de esos que no terminan de cortarse. Una mezcla de morbo, deseo y una rabia tonta me subió por el pecho, alimentada por el alcohol.
Hice tiempo. Caminé despacio de la puerta del edificio hasta el arranque de la escalera, estirando los segundos, hasta que escuché el zaguán cerrarse y sus tacones repicar detrás de mí. Me volteé fingiendo sorpresa.
—Vaya, vecina, qué milagro encontrarte por aquí —dije, mucho más suelto de lo habitual. Me incliné a saludarla con un beso en la mejilla y, para mi sorpresa, ella lo recibió sin apartarse.
—Aquí, llegando —murmuró, y noté su aliento etílico, parecido al mío.
—Qué guapa vienes. ¿También de fiesta? —Le cedí el paso para que subiera primero y poder seguir, escalón a escalón, la línea de ese vestido negro ajustado.
—De vez en cuando hace falta soltarse —dijo, y siguió hablando, pero el vaivén de sus caderas delante de mí me desconectó por completo. No escuché una palabra más.
—¿Te gusta lo que ves? —preguntó de pronto, sin voltearse.
—¿Eh? ¿Perdón? —Recién entonces noté que estábamos en el descanso del segundo piso.
—¿Que si te gusta lo que ves? —repitió, ahora sí girándose hacia mí, con una ceja levantada.
El alcohol me salvó de quedarme mudo, pero no me dio valor para decir la verdad.
—¿No quieres pasar a tomar algo a mi casa? —solté, lo único que se me ocurrió para escapar de la pregunta.
Estaba seguro de que diría que no. Dijo que sí.
***
Subimos hasta mi departamento. La invité a sentarse y, cuando ofrecí un café, ella me miró como si hubiera dicho una tontería y preguntó si tenía algo más fuerte. Por fortuna quedaba media botella de tequila. Saqué dos vasos pequeños, busqué algo de picar en la cocina —un poco de queso y jamón— y volví a la sala.
Marina estaba en el sillón, con las piernas cruzadas y una expresión divertida que yo no le conocía. Serví, brindamos.
—¿Siempre traes aquí a tus novias? —preguntó con sorna.
—A veces vienen amigas —respondí, y por primera vez le seguí el juego sin tartamudear.
—¿Y ahora sí me vas a responder o vas a seguir dando vueltas?
—¿Sobre qué?
—Lo diré de otra forma. ¿Te parezco bonita?
—Muy bonita —contesté, y me empiné el tequila de un trago.
—¿Y mis piernas? ¿No las ves gordas? —Las juntó y las estiró, observándome.
—Tienes unas piernas preciosas —dije, mientras notaba mi propio cuerpo empezar a reaccionar.
Se levantó del sillón, me dio la espalda y deslizó las manos por sus caderas.
—¿Y este trasero? ¿Te parece atractivo?
—Mucho —admití con la garganta seca.
—Por eso me mirabas tan fijo mientras subía la escalera, ¿verdad? —Se volteó, paso a paso, hasta quedar a un palmo—. Solo esta noche, o también cada mañana, cuando sales de tu departamento justo cuando yo bajo. Y cada tarde, que ahí estás.
Sentí un balde de agua fría. Me había descubierto. Y por su sonrisa, hacía mucho que lo sabía.
—¿Crees que no me doy cuenta? —insistió, divertida con mi vergüenza—. Cuento tus pasos detrás de los míos.
Parada así, su escote me quedaba justo enfrente. Imposible no mirar, imposible no perderme. Y, para mi humillación, mi cuerpo respondió sin permiso.
—¿Te gustan? —preguntó, bajando la voz.
—Son preciosos —dije.
—¿Cómo sabes, si no los has visto?
Me tomó de las manos y las llevó hasta sus pechos. Mis pulgares se colaron por el borde del escote y rozaron sus pezones, que ya estaban duros. Ella cerró los ojos y se dejó hacer, con la respiración cada vez más pesada. Me incliné y pasé la lengua por la línea entre sus senos; un escalofrío la recorrió entera.
—Hoy me dejaron caliente y a medias —murmuró, deslizando una mano hasta sentir lo que yo ya no podía esconder—. Creo que tú vas a ser el que se lleve el premio.
***
Me puse de pie, aflojé el cinturón y dejé caer el pantalón. Ella clavó la mirada, sin inmutarse, y acortó la distancia. Su mano me liberó con una caricia lenta, las yemas recorriéndome de arriba abajo hasta arrancarme un suspiro que pareció sorprenderla.
Le acaricié la mejilla y la besé, suave al principio, un beso de tanteo que ella abrió enseguida con la lengua. Sin dejar de besarla, bajé el cierre de su vestido y solté el broche del sujetador. La tela cayó entre los dos y por fin la vi: dos pechos firmes, coronados de pezones que pedían atención.
Bajé por su cuello, sus hombros, su pecho. Ella mordía su labio inferior con los ojos cerrados, el cuerpo arqueado hacia mí. Seguí descendiendo, recorriendo cada centímetro de su piel con los labios, hasta que el vestido terminó de resbalar y quedó tendida en el sillón.
—Eres una mujer increíble —le dije, perdido entre sus piernas—. No entiendo cómo alguien te deja caliente y a medias.
—Aprovéchalo, que no es de todos los días —jadeó.
La recorrí con la lengua despacio, atento a cada reacción, mientras ella enredaba los dedos en mi pelo y me apretaba contra sí. Sus gemidos subían de tono, cada vez menos contenidos, hasta que su cuerpo se tensó por completo y se dejó ir con un grito que seguramente cruzó las paredes del edificio.
—No aguanto más —dijo entre suspiros—. Te necesito ya.
***
La llevé entre besos hasta la recámara. Caí de espaldas sobre la cama y ella se montó encima, guiándome con su propia mano, descendiendo despacio, decidida a disfrutar cada instante. Yo la sostenía de las caderas, intentando alargar el momento, sin saber si volvería a tenerla así.
Cuando tomó el control, marcó un ritmo que me dejó sin aire. Echaba la cabeza hacia atrás, buscaba mi boca, volvía a erguirse. Nos besábamos como enamorados y nos movíamos como amantes. En un descuido le solté una palmada en la nalga; el sonido la electrizó y aceleró todavía más.
La hice girar y me coloqué detrás, sin perder el contacto, con esa vista que tantas mañanas había imaginado desde la escalera. Ella enterró la cara en la almohada, gimiendo, pidiéndome que no me detuviera. No me detuve. Apreté los dientes hasta que ya no pude más, y nos derrumbamos juntos, temblando, en un último estremecimiento que nos dejó sin fuerzas.
***
Después se dejó caer en la cama, la espalda brillante de sudor. Me recosté a su lado y le acaricié la cara. Me abrazó, me dio un beso en el pecho y nos quedamos así, enredados, hablando bajito de nada en particular. Poco a poco la sentí relajarse hasta dormirse.
Yo la contemplé un rato más, todavía sin creerlo del todo. Pasaban de las cinco de la mañana. Por primera vez en meses, no necesité la mirilla para verla.





