Lo que mi vecino veía desde su balcón
Me llamo Daniela y todavía recuerdo aquel primer verano en la casa nueva como el momento exacto en que entendí algo de mí misma que llevaba años negando. Me había mudado a las afueras de la ciudad por trabajo, lejos de mi familia, y por primera vez tenía un patio para mí sola. Tenía veintiocho años, una rutina estricta de ejercicio y una idea bastante clara de lo que me gustaba, aunque me costara admitirlo en voz alta: me calentaba ser mirada, saber que un desconocido se la agarraba pensando en mí.
La casa era pequeña pero cómoda, con una pileta diminuta en el fondo y un patio rodeado por un cerco bajo. Hacía un calor insoportable desde diciembre, así que aprendí rápido a vivir con poca ropa. No tenía aire acondicionado y el ventilador apenas movía el aire caliente de un lado a otro. La pileta y el sol se volvieron mi único refugio por las tardes.
Mi vecino se llamaba Esteban. Rondaba los cincuenta, estaba casado y tenía hijos ya grandes que casi nunca aparecían por la casa. Al principio nuestra relación se reducía a un saludo de buenos días cuando yo salía a trabajar y él regaba las plantas del frente. Educado, callado, siempre con una camisa de trabajo y unas manos grandes que se notaban acostumbradas al esfuerzo. Cada vez que le veía esas manos yo pensaba, sin querer, en cómo se sentirían apretándome las tetas.
No le di importancia hasta una tarde de enero.
Había vuelto del trabajo agotada, me preparé algo ligero y me llevé el plato a la pileta. Comía un poco, me metía al agua, salía, volvía a comer. Cuando me tumbé a tomar sol con mi bikini más pequeña, levanté la vista por casualidad y lo vi. Esteban estaba en el balcón de su casa, mirando hacia mi patio. No supe cuánto tiempo llevaba ahí.
Aparté la mirada de inmediato, junté mis cosas y me metí adentro con el corazón golpeándome el pecho.
¿Me estaba mirando a mí? ¿Cuánto tiempo llevaba haciéndolo? ¿Se le habría parado la verga viéndome?
Tendría que haber sentido incomodidad. En cambio, esa noche no pude dormir pensando en su mirada. Hacía un año más o menos que había descubierto cuánto me excitaba ser observada, ser deseada por alguien sin que llegara a tocarme. Terminé metiéndome dos dedos en el coño en la oscuridad de mi cuarto, pensando en Esteban parado en su balcón con la polla dura apuntando hacia mi patio. Me corrí mordiendo la almohada, con las piernas abiertas de par en par, imaginando su cara mientras se pajeaba mirándome. Y ahora tenía, justo del otro lado del cerco, a alguien dispuesto a mirar.
Al día siguiente decidí que no iba a esconderme.
***
Volví del trabajo y, en lugar de mi bikini de siempre, elegí una tanga finita de hilo. Me tendí al sol boca arriba sabiendo que la ventana de Esteban daba directamente a mi patio. Me puse los lentes oscuros, esos que dejan ver sin que nadie note hacia dónde miran, y esperé.
No tardó en aparecer. Primero una sombra detrás del vidrio, después su silueta apoyada en el marco. Estaba a unos diez metros, lo suficiente para no ser evidente, lo suficiente para que yo sintiera cada minuto de su atención sobre mi piel.
Con el corazón acelerado, hice algo que nunca me había animado a hacer: me desabroché la parte de arriba y la dejé caer sobre la reposera. El sol me daba de lleno en las tetas y la sensación de estar expuesta, de saber que él no podía apartar los ojos de mis pezones duros, me encendió de una manera que no esperaba. Sentía el coño mojándome la tanga contra la reposera.
Me quedé así media hora, fingiendo leer, fingiendo dormitar, sintiendo su mirada como un roce. Abrí un poco las piernas, justo lo suficiente para que la tela mínima de la tanga se le clavara entre los labios y él pudiera ver el bulto de mi coño marcado por el hilo. Cuando finalmente entré a la casa, apenas cerré la puerta me apoyé contra la pared, me metí la mano en la tanga y me toqué pensando en él. Estaba empapada. Dos dedos adentro, el pulgar sobre el clítoris, la frente contra la pared, mordiéndome el labio para no gritar. Me imaginaba su polla del otro lado del vidrio, gorda, la mano moviéndose rápido, y me vine parada, con los muslos temblando y los dedos chorreando.
Se volvió costumbre. Cada tarde, después de la pileta, mi pequeño ritual al sol. Y cada tarde, su silueta puntual en la ventana. Cada tarde, yo terminaba en el baño con dos dedos adentro, corriéndome pensando en él.
***
Una tarde me quedé dormida boca abajo, con solo la tanga puesta. Me despertó su voz desde el cerco.
—¡Vecina! Disculpe que la moleste.
Me incorporé sobresaltada, tapándome el pecho con el brazo.
—Hola, Esteban. ¿Pasó algo?
—A mi nieto se le cayó la pelota a su patio. ¿Me la podría alcanzar? Y perdone que la haya despertado.
—No, no se preocupe. Ya se la paso.
Me envolví el torso con la toalla, caminé hasta la pelota y se la devolví por encima del cerco. Esteban no apartó la vista de mí ni un segundo. Sus ojos recorrían mi espalda, mis piernas, deteniéndose donde la toalla no llegaba a cubrirme el culo. Yo le noté el bulto en el pantalón de trabajo, un bulto grueso, apretado contra la tela. Se me secó la boca.
—Muchas gracias —dijo, y carraspeó—. De nuevo, disculpe la molestia.
—No es ninguna molestia, vecino. Ya tenía que entrar igual.
Esa noche supe que el juego de las miradas se me estaba quedando corto. Quería más. Quería ver su reacción de cerca, ver cómo se le quebraba esa compostura de hombre tranquilo, quería sacarle esa polla del pantalón y ver de qué tamaño era realmente.
***
El domingo siguiente no trabajaba. Me levanté temprano igual, como siempre, y desde la ventana de mi dormitorio vi a Esteban regando el frente. A los pocos minutos se pasó a mi patio a regar mis plantas; días atrás se había ofrecido a hacerlo, y yo había aceptado encantada.
La ventana de mi habitación daba justo al lugar donde él estaba con la manguera. Sin que me viera, descorrí la cortina y empecé a hacer mi rutina de ejercicio con un top diminuto y un short que se me ajustaba como una segunda piel. Puse música, fingiendo que no escuchaba nada, fingiendo que no sabía que él estaba a un metro del vidrio.
Sentía el chorro de la manguera cada vez más cerca de la ventana. Lo miré de reojo: estaba ahí, inmóvil, regando la misma planta desde hacía cinco minutos. Tenía la mano libre metida adentro del pantalón. Se estaba tocando la polla mirándome.
El calor del ejercicio y el saber que se la agarraba por mí me encendieron por completo. Me saqué el short y seguí moviéndome solo con la tanga, dándole la espalda, ofreciéndole la vista que sabía que estaba esperando. Me agaché hasta el piso con las piernas rectas, en cámara lenta, para que le quedara el culo en la cara. La tanga se me clavaba entre las nalgas y sabía que él estaba viendo hasta el arruguito. Me toqué apenas, un roce sobre la tela, y sentí que la tanga estaba mojada.
Después me quité el top también, aunque de espaldas no podía verme; lo hice por mí, por la sensación de estar casi desnuda mientras alguien me devoraba con la mirada a un palmo del vidrio. Me giré un segundo, lo suficiente para que me viera las tetas de perfil, con los pezones duros apuntando al vidrio.
Unos minutos después golpeó la puerta del patio. Me puse una remera larga que apenas me tapaba y salí a atenderlo.
—Hola, vecina. La manguera no llega hasta el fondo de su patio. ¿Le molesta si la conecto adentro?
—Para nada, Esteban. Ahí se la conecto. Y cuando necesite, pase sin golpear, está en confianza.
Pero no me alcanzaba con que me viera de espaldas. Quería su reacción de frente. Así que, en cuanto entró a buscar la manguera al rato, se me ocurrió algo.
Me saqué la remera, me dejé puesta la tanga más fina que tenía y desconecté la manguera para obligarlo a volver a entrar. Después corrí a la cocina y me serví un vaso de agua, esperando.
Cuando Esteban entró, me encontró ahí, con las tetas al aire. Me hice la sorprendida, dejé el vaso y me tapé con las manos, pero le di tiempo de sobra para mirarme. Los pezones se me escapaban entre los dedos, duros, delatándome.
—Perdón —balbuceó, sin saber dónde poner los ojos—. Se desenchufó la manguera, vine a conectarla de nuevo.
—Ay, me asustó, no lo esperaba —dije, sin demasiada convicción—. Estaba haciendo ejercicio, por eso ando así. Estoy más cómoda. Conéctela tranquilo, yo sigo con lo mío.
Esteban tragó saliva. Vi cómo le costaba hilar una frase. Le miré la entrepierna sin disimular: tenía la polla marcada contra el pantalón, gruesa, apuntando hacia arriba.
—No, ya me voy, tengo que llevar a mi señora a lo de su hermana.
—Bueno. Oiga, ¿conoce a alguien que sepa de electricidad? Tengo un foco que no funciona ni cambiando la lámpara.
—Algo sé yo. ¿Qué necesita?
Le señalé el foco del techo, y mientras hablaba dejé que mis manos resbalaran apenas, mostrándole de nuevo las tetas enteras. Él no apartaba la vista.
—Si quiere se lo reviso. Pero tendría que ser al mediodía, cuando vuelva de dejar a mi esposa.
—Se lo agradezco muchísimo. Lo espero al mediodía, entonces.
Se despidió con un beso en la mejilla y la mano apoyada un instante en mi cintura. Lo guié hasta la puerta moviéndome despacio, sabiendo que iba detrás de mí, hipnotizado, con la polla parada.
***
El mediodía no llegaba nunca. Llevaba días deseando a ese hombre y por fin tenía la excusa perfecta. Me bañé con calma y, cuando escuché su auto estacionar, me envolví en una toalla, sin nada debajo, y me senté en el sillón a esperar.
Golpeó la puerta. Salí a recibirlo con la toalla cubriéndome justo hasta el límite, ni un centímetro más.
—Hola, Esteban. Recién salgo del baño, no llegué a cambiarme.
—No hay problema, hágalo tranquila mientras yo me ocupo de esto.
Fui a mi habitación y me ubiqué en el ángulo exacto desde donde él podía verme. Dejé caer la toalla, quedándome desnuda unos segundos de frente al espejo, para que me viera las tetas, el coño depilado, el culo. Me pasé las manos por los pechos con calma, como si estuviera sola, y me puse una remera holgada y larga, con un escote profundo y nada debajo.
Mientras Esteban trabajaba sobre la escalera, yo paseaba por la cocina inventando tareas. Me agachaba para que el escote se abriera y le quedaran las tetas colgando a la vista, me estiraba para que la remera dejara ver la mitad de mis nalgas desnudas. Él miraba más a mí que al techo, y desde abajo yo le veía otra vez el bulto marcándose contra el pantalón.
Cuando bajó de la escalera me avisó que ya estaba arreglado.
—Muchas gracias, Esteban. ¿Cuánto le debo?
—Nada, vecina. Es un favor entre vecinos.
—Entonces lo invito a tomar algo, por lo menos.
Dejó las herramientas y se sentó a tomar una cerveza conmigo. La charla fluyó tranquila, pero el aire estaba cargado de todo lo que no nos decíamos. Cuando terminó su vaso, me puse de pie.
—Ya que no quiere cobrarme, le voy a hacer un regalo. Como buena vecina.
Me saqué la remera de un tirón y me quedé desnuda delante de él. Esteban se quedó quieto, sin atreverse a moverse, con los ojos clavados en mis tetas y mi coño. Me acerqué despacio, le abrí las piernas y me le paré entre ellas. Le tomé la mano, la llevé hasta una de mis tetas y me incliné para besarlo en la boca.
Sus dedos despertaron de inmediato, amasándome las tetas con esa fuerza de manos grandes que yo llevaba semanas imaginando. Me pellizcó los pezones, me los tironeó, y bajó la boca a chupármelos con hambre. Yo me metí la mano entre las piernas para tocarme delante de él mientras me mamaba las tetas. Después le bajé el cierre del pantalón y le saqué la polla.
Se me hizo agua la boca. La tenía gorda, gruesa, con las venas marcadas, y una gota le brillaba en la punta. Me arrodillé entre sus piernas y me la metí entera en la boca de una sola vez.
—La puta madre, vecina... —jadeó, agarrándome el pelo.
Se la chupé con ganas, escupiéndole encima, pasándole la lengua por los huevos, mirándolo desde abajo para que viera cada gesto. La saqué y me la refregué por la cara, por las tetas, mientras se la seguía masturbando con la mano.
—Mirá cómo me tenés —le dije, agarrándome una teta y frotándole el pezón contra la punta de la verga—. Toda mojada de pensar en esta polla.
—Vamos al sillón —murmuró con la voz ronca.
Me recosté y abrí las piernas de par en par para él. Esteban se acomodó entre ellas y me clavó la cara en el coño con una paciencia que no esperaba de un hombre tan callado. Me lo comió despacio, lamiéndome de arriba abajo, chupándome el clítoris, metiéndome la lengua adentro. Lo hacía bien, demasiado bien. Yo me aferraba al tapizado del sillón mientras él me arrancaba un placer que me hacía arquear la espalda.
—Así, así, no pares —jadeé, apretándole la cabeza contra mi coño—. Chupámelo todo, Esteban, no pares.
Sus dedos se sumaron a su boca. Me metió dos, después tres, moviéndolos adentro mientras la lengua no soltaba mi clítoris. Yo perdí la noción del tiempo, gritando, agarrándome las tetas, apretándome los pezones. Cuando llegué al primer orgasmo se me sacudió todo el cuerpo, y él no paró, siguió chupándome mientras yo me venía en su cara.
Todavía temblando, me incorporé, lo hice recostarse y le devolví el favor con la misma dedicación. Me acomodé entre sus piernas, le agarré la polla con las dos manos y me la volví a meter en la boca. Se la mamé profundo, hasta la garganta, hasta atragantarme. Le lamí los huevos uno por uno, me los metí a la boca, mientras le masturbaba la verga mojada de mi saliva. Sus manos se enredaron en mi pelo, guiándome sin prisa.
—Así, puta, así —me murmuraba—. Cómo la chupás.
—Cogeme ya —le pedí, sacándomela de la boca—. No aguanto más, cogeme.
Me monté encima con las piernas abiertas y me la clavé de un solo golpe. Se me escapó un gemido largo cuando la sentí entrar hasta el fondo. Empecé a moverme sobre él, subiendo y bajando, dándole las tetas en la cara para que me las mamara. Él me agarraba del culo y me empujaba hacia abajo, clavándomela más.
—Date vuelta —pidió en voz baja después de un rato—. Ponete en cuatro.
Me puse en cuatro sobre el sillón, con el culo bien parado hacia él, y él se acomodó detrás. Me la metió despacio, agarrándome de la cintura, y después marcó un ritmo que me hacía gemir sin pudor. Cada embestida me hacía rebotar las tetas y sonaba el chapoteo de mi coño empapado. Mis gritos seguramente se escuchaban hasta la vereda y no me importaba en absoluto.
—Cogeme fuerte, dale, más fuerte —le grité, mirándolo por encima del hombro—. Rompeme el coño.
Me agarró del pelo, me tiró la cabeza hacia atrás y empezó a metérmela hasta el fondo con fuerza, golpeándome el culo con la pelvis. Me clavaba los dedos en las caderas. Yo sentía cada centímetro de esa polla gorda abriéndome, y me vine de nuevo apretándola adentro, mordiéndome el brazo para no gritar demasiado.
Le sentí el pulgar mojado buscándome el ojete. Me lo apoyó, presionó apenas, y yo entendí lo que quería.
—Despacio con eso —le advertí cuando sentí su intención de ir más allá—. Es mi primera vez así.
Esteban entendió. Se sacó la polla del coño, se escupió la mano y me la refregó por el culo, mojándome bien. Después apoyó la punta y empujó de a poco. Yo aguanté la respiración mientras me sentía abrirme centímetro a centímetro. Fue paciente, atento, preparándome con cuidado hasta que el dolor se transformó en una sensación nueva que me hizo gozar de un modo distinto a todo lo anterior. Cuando la tuvo entera adentro empezó a moverse despacio, después más fuerte, y yo me metí la mano entre las piernas para tocarme mientras él me cogía el culo.
—Me voy a correr —jadeó a los pocos minutos.
—Adentro, adentro no, en la cara —le pedí, dándome vuelta y arrodillándome frente a él.
Se sacó la polla del culo y se la masturbó dos veces sobre mi cara. La corrida me cayó a chorros en la boca abierta, en las mejillas, en las tetas. Yo me lamí los labios y le chupé la punta para sacarle hasta la última gota. Cuando terminó, los dos quedamos tirados en el sillón, agitados y sin palabras.
Lo acompañé hasta el patio sin molestarme en vestirme, con el semen todavía en las tetas. Antes de cruzar el cerco, se giró.
—¿Lo repetimos?
—Cuando quiera, vecino.
Nos besamos una vez más. Después me di vuelta y caminé hacia adentro sin apuro, sintiendo su mirada clavada en mi espalda, como aquella primera tarde en la pileta. Solo que esta vez sabía exactamente lo que esa mirada era capaz de provocar.
Lo repetimos varias veces más ese verano. Pero ninguna fue como la primera, cuando todo era todavía un juego de cortinas entreabiertas y miradas que fingían no mirar.





