La travesti que Carlos no esperaba llevarse a casa
Carlos me miraba desde la otra mesa con esa sonrisa de hombre que cree saber lo que quiere. No tenía idea de lo que estaba por descubrir.
Carlos me miraba desde la otra mesa con esa sonrisa de hombre que cree saber lo que quiere. No tenía idea de lo que estaba por descubrir.
Llevaba semanas hablando con Rodrigo antes de atreverme. Cuando por fin entré a su taller y cerró la puerta con llave, supe que no había vuelta atrás.
Había esperado meses para ese sábado. Tacos altos, lencería de encaje, la quinta para mí sola. Nadie debía verme. Entonces llegó Roberto desde la quinta de enfrente.
Puse el café en la mesa, empezamos a hablar, y lo último que recuerdo es que el sueño me venció. Cuando desperté, estaba atado de pies y manos.
El calor de julio aplastaba la autopista. Cuando Diego bajó del camión y caminó hacia mí, entendí que la avería iba a ser el mejor accidente de mi vida.
Faltaban horas para la ceremonia y allí estaba yo, sentado en el mármol caliente del hammam, sintiendo cómo la mirada de mi futuro suegro pesaba más que el vapor.
Un año atrás él me llamaba ratita frente a sus colegas. Hoy se arrodilla en tacones rojos para besarme las botas y me dice Señora con la voz quebrada.
Me susurró el número de su habitación al oído y se marchó. Me quedé con el café a medio terminar y el pulso latiéndome en la garganta.