La noche en que mi marido invitó a un extraño a mirarme
Sabía que él ya estaba sentado junto al ventanal, esperándonos. Lo único que mi marido y yo queríamos era convertirme en su obsesión por una sola noche.
Sabía que él ya estaba sentado junto al ventanal, esperándonos. Lo único que mi marido y yo queríamos era convertirme en su obsesión por una sola noche.
El plan era que ella follara con Valeria y yo lo vería desde casa. Lo que empezó como nuestra fantasía terminó de una forma que ninguno esperaba.
Llevaba una semana al límite. Esa noche de sábado me puse el vestido más corto que tenía, entré sola a la discoteca y dejé que el deseo me llevara hasta el final.
Cuando revisé las grabaciones de las cámaras que ella no sabía que existían, vi a mi esposa con él. En nuestra cama. Y en lugar de enfurecerme, sentí algo oscuro que no esperaba.
Cuando apagaron las luces sacó un calcetín y lo presionó contra mi cara. No era ninguna broma: sabía exactamente quién era yo.
Cuando levanté el pulgar en la carretera, lo único que quería era llegar a casa. Cuando noté sus ojos en el retrovisor, cambié de idea por completo.
Era el partido de siempre, las cañas de siempre, los vestuarios de siempre. Hasta que Patricia dejó caer la toalla y todo cambió para los cuatro.
Entré a buscar el teléfono y lo encontré allí, en silencio, mirándome de esa forma que sabía exactamente lo que significaba.
Llevaba medias de red y una faldita negra. Me quedé a dos metros haciéndome el desconocido mientras él la devoraba con los ojos desde el suelo.
Marcos la controlaba desde su mesa, un dedo sobre la app y los ojos fijos en ella. Cada vez que pulsaba el botón, Clara tenía que morderse el labio para no gemir.
Colgada de la barra con los brazos en alto y las piernas separadas, desnuda bajo la única luz de la habitación. Aún me miraba con desprecio. Por ahora.
Daniela me había dicho que lo que la excitaba era darle esas experiencias a quien nunca lo esperaría. Esa noche en el desierto, un camionero fue el elegido.
Ella estaba sola al borde del agua cuando llegó él. Ricardo los observó desde arriba sin poder apartar la mirada. Lo que pasó no era para nadie más.
Llevaba años imaginando ese momento. Cuando por fin llegó, sentado en ese sillón mientras Camila y Diego se miraban a los ojos, no podía ni respirar.
Llegamos a la reunión preparadas para escuchar reproches. Nadie nos había advertido que aquella tarde nosotras seríamos quienes daríamos las lecciones.
Valentina apareció con el vestido rojo y sonrió al ver las mesas de blackjack. Esa noche era la apuesta más alta del casino privado de su marido.
Lo habían planeado durante semanas. La sala oscura, las cuerdas, y Vera esperándolas con esa sonrisa que no prometía nada bueno ni nada fácil.
Apoyé el celular sobre la cómoda con la videollamada activa. Mi amante miraba en silencio mientras un desconocido me besaba el cuello. No quería perderse nada.
Rodrigo llegó con whisky y buenas intenciones. Valeria estaba en leggins y sin brasier. Antes de que terminara el primer tiempo, ya nadie pensaba en el fútbol.
Me senté encima de él y empecé a contarle mi fantasía más sucia. Con cada detalle que añadía, lo veía deshacerse un poco más.