Compartí a mi mujer con el extraño del hotel
La frase que siempre habíamos susurrado en la cama la dijo en voz baja frente a un hombre real. Y esta vez yo no pensaba dejar que se quedara en fantasía.
La frase que siempre habíamos susurrado en la cama la dijo en voz baja frente a un hombre real. Y esta vez yo no pensaba dejar que se quedara en fantasía.
«Si te quedas, te quedas para jugar», dijo él mirando a mi amiga. Yo solo quería tenerlo para mí, pero una parte oscura quería ver hasta dónde llegaba ella.
Crecimos juntos, estudiamos juntos y nos guardamos el mismo secreto durante años. La noche del entierro de sus padres, por fin lo dijimos todo en voz alta.
Me metí en el tercer probador, dejé la cortina justo como me gusta dejarla, y al levantar la vista la pillé mirando hacia dentro. Una de las mías, pensé.
Llevaba la bandeja temblando, la falda subiéndosele por los muslos, mientras ellas brindaban y reían. Esa noche no era un invitado: era el juguete de la fiesta.
Cuando abrió la puerta y lo vio ahí parado, supo que nadie lo había mirado nunca como ella estaba a punto de mirarlo. Y él pensaba demostrarle que todos se equivocaban.
El mensaje de aquella mañana no dejaba lugar a dudas: esa tarde yo no iba a ser un hombre, iba a ser su juguete. Y ella pensaba cobrarse cada promesa al pie de la letra.
Aquella tarde, mientras Sofía se probaba lencería frente al espejo, mi marido y yo descubrimos que llevábamos meses sin mirarnos así.
Acomodé el celular escondido detrás de un libro y abrí la cámara. Sebastián no sospechó que dos pares de ojos más miraban cómo me quitaba la ropa frente a él.
Aproveché la rendija de la cortina para espiarla, pero ella me descubrió en el espejo y, en lugar de cubrirse, empezó a desvestirse otra vez para mí.
Cuando metí la mano bajo su falda, sentí algo pegajoso entre sus muslos. No era flujo. Ella bajó la mirada y supe que el jefe se le había adelantado esa tarde.
Las luces estaban listas, la cámara encendida y mis cinco amigas me miraban en silencio, esperando ver hasta dónde me animaba a llegar yo sola.
La primera vez fue un accidente. Después, cada noche que él recibía visita yo movía el sillón a la ventana y dejaba que la mano bajara sola.
En el pasillo del aceite ella se inclinó dos segundos de más. El tipo del fondo soltó la lista de compras. Nadie sospechó del juego que llevábamos años perfeccionando.
Cuando la enfermera le bajó el pantalón y el doctor le pidió que se quitara el sujetador, yo estaba sentado a tres metros, sin saber cómo esconder lo que pasaba bajo mi pijama.
Bajé al pasillo sin hacer ruido. Los susurros venían de la cocina y no eran de quien yo esperaba. Lo que vi después no lo conté nunca.
Pensé que era un ladrón. Pero el hombre desnudo contra el portón, a las tres de la madrugada, era mi propio hermano. Y alguien más me miraba desde el segundo piso.
Llevábamos casi un año hablando por WhatsApp sin habernos visto nunca. Esa tarde, en la habitación del hotel, se sentó frente a mí y empezó a quitarse la ropa.
Eran las dos de la mañana, abrí la ventana buscando aire y la vi tendida en el sofá del salón de enfrente, sin la menor idea de que alguien la miraba.
Cuando levanté la vista del vibrador, lo vi en la ventana de enfrente: cabeza rapada, torso desnudo y la mano moviéndose al mismo ritmo que la mía.