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Relatos Ardientes

Lo que vi en el refugio de montaña

Dirijo un refugio de montaña al que la gente sube buscando aire limpio, silencio y una noche distinta lejos del ruido. Yo vendo la caminata, la vista del bosque viejo, las habitaciones cálidas y la sensación de perderse un fin de semana. Lo que no vendo, lo que nadie imagina, es mi costumbre de mirar.

Hace años instalé cámaras ocultas en las habitaciones. Están bien escondidas, apuntando a la cama, al pequeño estar y a cada rincón donde suele pasar lo interesante cuando se apaga la cortesía del día. La mayoría de las parejas me decepciona: ronquidos, discusiones tontas, un polvo rápido y oscuro, poco más. Pero de vez en cuando aparece alguien que justifica toda mi perversión.

Aquella vez lo supe desde el sendero de subida.

Eran dos adultos que no encajaban con el resto. Ella, una rubia de pelo corto, espalda recta, cuerpo firme y una manera de caminar que imponía sin levantar la voz. Él, más joven que ella a simple vista, ancho de hombros, atlético, guapo de esa forma limpia que llama la atención sin esfuerzo, pero con una sumisión en los ojos que se veía incluso cuando fingía tranquilidad.

No hablaban mucho con nadie. Se mantenían apartados, observando árboles, rocas, el valle, como si hubieran ido a otra cosa y la excursión solo fuera el decorado. En una de las paradas él intercambió unas frases con dos mujeres del grupo. Ella lo vio. No hizo una escena, pero se acercó, le dijo algo muy cerca de la cara y él bajó la vista al instante.

Yo iba unos metros por delante, pero alcancé a oír dos palabras nítidas.

—Ni una más.

Aquello me despertó de inmediato. No era una simple novia celosa. Había orden, control y costumbre en ese tono. Él no respondió con fastidio ni con orgullo herido; respondió como quien ya conoce las reglas y sabe que ha fallado.

En la comida se apartaron del resto. Comieron solos, en silencio, mirándose de vez en cuando con una intensidad rara, como si debajo de la calma estuviera cociéndose algo más sucio. Más tarde, cuando faltaba poco para llegar al refugio, me acerqué con la excusa de preguntarles qué tal la ruta.

—Nos está encantando —dijo ella, con una educación impecable—. El lugar es precioso. ¿Verdad, Bruno?

—Sí, claro. Increíble —contestó él.

Mientras hablábamos, Bruno se rezagó apenas un paso para decirle algo a otra pareja. Ella giró la cabeza. Solo eso. Ni un grito ni un gesto brusco. Pero la cara de él cambió al momento; se quedó pálido, murmuró una disculpa y volvió a su lado como un niño sorprendido robando.

Yo me aparté antes de estorbar más. Ya no tenía dudas: esa noche esa habitación iba a ser la primera que encendiera.

El refugio estaba lleno, pero para mí el resto de los huéspedes eran paisaje. Les enseñé dónde dejar las mochilas, recordé la hora del desayuno y me despedí diciendo que me retiraba temprano. En cuanto cerré la puerta de mi cuarto, apagué la luz, abrí el portátil y busqué la señal de la habitación de ellos.

La imagen apareció enseguida.

Estaban junto a la cama, todavía vestidos con la ropa de la caminata. Ella ni siquiera había soltado del todo el cabello húmedo del sudor. Él estaba frente a ella, rígido, como si supiera lo que venía. El primer bofetón le cruzó la cara con una violencia seca que casi me hizo pestañear.

El sonido tardó un segundo en entrar. Cuando entró, llegó con el segundo golpe.

—¿Cuántas veces te lo tengo que repetir? —escupió ella—. ¿Cuántas, imbécil?

—Solo estaba siendo amable, yo no...

El tercer bofetón lo calló de golpe.

—No te pregunté. Cállate.

Bruno tragó saliva. Tenía la mejilla encendida y los ojos húmedos, no de llanto todavía, sino de esa humillación inmediata que viene con el golpe recibido sin defenderse. Aun así, no dio un paso atrás. Ella lo miró de arriba abajo con un desprecio helado que me tensó la polla detrás del pantalón.

—De rodillas.

Él obedeció en el acto. Se arrodilló despacio, con los hombros anchos vencidos por una docilidad obscena. Le tomó una mano y se la besó con torpeza.

—Perdóname.

—Estoy cansada de tus perdones —dijo ella—. Ve al baño. Me ayudas con el agua y luego vas a aprender a comportarte.

No había cámara en el baño, pero el micrófono recogió voces apagadas, agua corriendo y alguna orden suelta. Yo no apartaba los ojos de la pantalla, imaginando la escena. A ratos se oía a Bruno disculparse; a ratos, a ella mandarlo callar. Aquella mezcla de autoridad y calma me estaba volviendo loco.

Cuando regresaron, ambos llevaban bata y el pelo húmedo. Venían limpios, como si el baño no hubiera sido para relajarse sino para prepararlo todo. Ella se sentó en el borde de la cama, cruzó una pierna sobre la otra y lo miró con una serenidad que daba más miedo que los bofetones.

—Quítate la bata.

Bruno vaciló un segundo. Después la abrió y la dejó caer. Estaba desnudo, completamente desnudo, y era tan buen ejemplar como había imaginado: pecho trabajado, abdomen duro, muslos fuertes y una polla gruesa que ya empezaba a moverse entre las piernas, mitad por nervios, mitad por excitación. Verlo así, temblando, sometido y medio empalmado, fue más excitante de lo que esperaba.

—Ven aquí —dijo ella.

Levantó un pie y se quitó una zapatilla de goma azul. Se la tendió sin miramientos.

—Dámela... y colócate como me gusta.

Bruno tragó saliva, tomó la zapatilla y se tumbó atravesado sobre sus muslos, culo arriba, manos al suelo, en una postura tan conocida entre ellos que no necesitó más instrucciones. Desde la cámara se veía perfecto: las nalgas blancas, tensas, expuestas, ofreciéndose al castigo.

El primer zapatillazo sonó seco y brutal. La marca apareció al instante, una franja roja limpia sobre la carne clara. Bruno abrió la boca, pero solo dejó escapar un gemido ahogado.

—Cuenta.

—Uno.

El segundo golpe cayó en la otra nalga, más fuerte.

—Dos.

No perdió tiempo en calentarlo despacio. Lo azotó con ritmo duro, brazo alto, muñeca firme, descargando la suela una y otra vez sobre el centro del culo, luego más abajo, luego en los muslos. Yo tuve que bajar un poco el volumen porque los estallidos eran escandalosos. Él se retorcía, apretaba los dientes, clavaba los dedos en la alfombra y contaba entre jadeos.

—Seis... siete... ocho... perdón...

—No te pedí disculpas. Te pedí que contaras.

Le dio otro más, tan fuerte que Bruno soltó un grito abierto.

—Nueve.

Yo tenía la polla completamente dura. Me la apreté por encima del pantalón sin apartar la vista. La escena no tenía nada de improvisado: se notaba que aquella mujer sabía exactamente cuánto dolor dar, cuándo humillarlo y cómo mantenerlo al límite. Y se notaba también que él lo deseaba, aunque le doliera de verdad. Eso era lo que más calentaba: no había teatro barato; había poder real, castigo real y una excitación sucia latiendo debajo.

Cuando el culo ya le ardía rojo de lado a lado, ella cambió el ángulo y empezó a golpearle la parte alta de los muslos. Bruno pataleó.

—Quieto —ordenó ella.

—No puedo, joder...

Le cayó un golpe extra, cruzado, directo en la nalga derecha.

—Sí puedes. Y vas a aguantarlo porque te lo ganaste.

Bruno empezó a llorar de verdad. Las lágrimas le caían por la cara mientras seguía contando. No eran sollozos fingidos; era llanto de dolor, de vergüenza, de excitación mezclada con impotencia. Ella no se ablandó. Redobló el castigo y siguió marcándole culo, muslos y la parte baja de la espalda con una severidad que me dejó pegado a la silla.

Finalmente él se escurrió de su regazo y cayó de rodillas al suelo, temblando. Yo pensé que se había terminado, pero ella se puso en pie y le descargó otra serie de zapatillazos mientras él intentaba cubrirse sin atreverse a hacerlo del todo.

—Mírate —le dijo—. Grande, fuerte, y te vuelves idiota en cuanto ves a alguien sonreírte.

—Lo siento... lo siento mucho...

—Claro que lo sientes. Ahora bésame los pies.

Bruno obedeció sin discusión. Se abrazó a sus tobillos y empezó a besar las zapatillas, primero una, luego la otra, con la cara húmeda y el culo ardiendo. La imagen era indecente de pura entrega. Ella lo dejó unos segundos así, respirando hondo, como si también estuviera saliendo poco a poco del papel de castigadora.

Después dejó caer la zapatilla en el suelo y le pasó los dedos por el pelo.

—Ya. Levántate.

Él se puso en pie con dificultad. Tenía el trasero encendido, marcado por líneas rojas, y aun así lo primero que hizo fue abrazarla. Ella lo recibió de inmediato, rodeándole la espalda, pegándolo contra su pecho desnudo bajo la bata abierta. Entonces ocurrió algo que me excitó tanto como el castigo: la ternura.

—Ya pasó —murmuró ella—. Respira. Buen chico. Ya pasó.

Bruno lloró contra su cuello. Ella le besó la frente, la boca, las mejillas mojadas. Le acarició el culo castigado con una suavidad que contrastaba de forma obscena con la paliza de un minuto antes. Él gimió por el escozor y por el alivio.

—Me arde mucho.

—Lo sé. Por eso ahora te voy a hacer sentir bien.

Se desató la bata y la dejó resbalar. Estaba desnuda, madura, firme, con unas tetas llenas y un cuerpo trabajado que imponía incluso quieto. No era una belleza dulce; era una mujer que sabía lo que quería y cómo tomarlo. Lo llevó hasta la cama y lo acostó boca arriba con cuidado.

—Abre las piernas.

Bruno obedeció. La polla le latía dura, gruesa, brillante en la punta. Ella la miró con una media sonrisa.

—Mira cómo se te pone después de que te castigo. Eres un cerdo.

—Sí —susurró él, avergonzado y excitado a la vez.

Ella se arrodilló entre sus piernas y le pasó la palma por el pecho, el abdomen, los muslos. No tocó la polla de inmediato; la rozó apenas con el dorso de los dedos y lo hizo jadear. Luego le abrió más las piernas y se inclinó a lamerle una nalga enrojecida, justo sobre una de las marcas. Bruno soltó un gemido ronco.

—¿Así duele menos?

—Sí... joder, sí.

La lengua siguió bajando entre sus muslos, lenta, provocadora. Le besó el pubis, la base de la polla, los huevos. Después lo tomó en la boca de golpe, hasta la mitad, y empezó a chupársela con esa precisión obscena que solo tiene quien disfruta controlando. Bruno se retorció sobre las sábanas.

—No te corras.

Ella lo chupó más profundo, una mano en la base, la otra apretándole la cadera para inmovilizarlo. Se lo sacaba apenas para lamer el glande, mirarlo y volver a tragárselo. El hombre estaba fuera de sí, medio lloroso todavía, pero con la polla tan tiesa que parecía dolerle. Yo me desabroché el pantalón y empecé a masturbarme sin dejar de mirar.

—Por favor... necesito tocarte —jadeó él.

—Todavía no.

Lo soltó con un chasquido húmedo y subió por su cuerpo a besarlo. Le mordió el cuello, le chupó los pezones, le restregó las tetas por el pecho mientras una mano bajaba a masturbarle la polla con un ritmo firme y exacto. Bruno respiraba a tirones. Se notaba que estaba al borde.

Ella se incorporó, separó los muslos y se colocó encima de él. Desde la cámara se veía cómo se humedecía los dedos con su propio coño y luego guiaba la punta de la polla hasta su entrada. Bajó despacio al principio, saboreando la cara de Bruno cuando lo fue tragando centímetro a centímetro.

—Mírame.

Él la miró. Ella terminó de ensartarse hasta el fondo y ambos soltaron un gemido al mismo tiempo. Se quedó un segundo quieta, con la polla enterrada entera dentro de su coño, respirando hondo, dominando el momento como había dominado todo lo anterior.

Después empezó a moverse.

Primero lento, marcando cada subida y cada bajada, dejando que él sintiera el peso de su cuerpo y el calor con que lo apretaba. Luego más rápido. Las tetas le botaban, el coño lo exprimía en cada descenso y Bruno ya no sabía dónde poner las manos. Ella se las agarró y se las plantó en el culo.

—Apriétame ahí.

Él obedeció, clavándole los dedos mientras ella cabalgaba con más fuerza. El sonido cambió: ya no eran bofetadas ni órdenes, sino el golpe húmedo de la piel, el rechinar de la cama y los gemidos abiertos de una mujer que no tenía ninguna vergüenza de su placer.

—Así, joder... así —gruñó ella—. Aguanta. No te corras todavía.

Bruno levantó la pelvis para embestir desde abajo, pero el dolor del culo le cortó el gesto y gimió. Ella sonrió con crueldad cariñosa.

—¿Ves? Te dejé blandito para que te quedaras quieto y me dejaras usarte.

Esa frase me recorrió entero. Ella siguió follándolo encima, cambiando el ritmo, a veces moliéndolo despacio con círculos de cadera, a veces dejándose caer duro hasta arrancarle gruñidos. Cuando estaba suficientemente excitada, se inclinó sobre él y le metió dos dedos en la boca.

—Chúpalos.

Bruno los chupó. Ella los sacó mojados y bajó la mano entre sus cuerpos. Durante unos segundos se frotó el clítoris mientras seguía montándolo con violencia. Entonces su cara cambió. Abrió la boca, echó la cabeza atrás y empezó a correrse encima de él con espasmos visibles, apretándolo dentro de su coño una y otra vez.

—No pares... no pares... joder, qué bien...

Bruno la sujetó por las caderas y aguantó como pudo mientras ella temblaba sobre su polla. Cuando el orgasmo aflojó, ella se dejó caer sobre su pecho, sudada y jadeante, besándolo con hambre. La cama quedó en silencio unos segundos, salvo por las respiraciones agitadas.

Yo seguía pajeándome, ya cerca, pero no podía correrme todavía. No mientras aquello siguiera.

Ella bajó de la cama y se puso de pie entre sus piernas.

—Ahora me toca a mí de verdad. Ven.

Bruno se incorporó con cuidado y se arrodilló al borde del colchón. Ella le abrió las piernas con una mano y le empujó la cabeza hacia su coño con la otra. No hizo falta repetirlo. Él hundió la cara entre sus muslos de inmediato, como si llevara toda la noche esperando ese permiso.

La lamió primero despacio, de abajo arriba, limpiando el brillo que había quedado tras follarlo. Ella soltó un gemido bajo y le agarró el pelo. Bruno fue entrando en ritmo: lengua dura en el clítoris, besos abiertos, chupadas precisas, la boca manchándose de ella. La manera en que la comía no era tímida ni ceremonial; era hambre obediente y experta.

—Así... no aflojes... —murmuró ella.

Él le abrió los labios del coño con los dedos y metió la lengua más hondo. Luego alternó la lengua con dos dedos dentro, curvándolos hacia arriba, mientras seguía chupándole el clítoris con una dedicación obscena. La reacción de ella fue inmediata: los muslos se le tensaron, la respiración se le quebró y empezó a follarse su propia mano contra la cara de Bruno.

—Joder, sí... así, así... no me mires, cómeme.

Bruno obedeció todavía más. Le comió el coño con ruido, con saliva, con ganas, metiéndole la lengua todo lo que podía y sacándola para lamerle el clítoris aplanado y duro. Ella ya no daba órdenes completas, solo jadeos, tacos y sílabas cortadas. El cuerpo entero se le puso tenso.

—Me voy a correr... no pares... no pares...

Se corrió de pie, temblando, sujetándole la cabeza entre los muslos. Bruno siguió lamiéndola durante el orgasmo y después, limpiándola con paciencia, sin levantar la vista hasta que ella lo soltó. Cuando por fin se separó, tenía la boca brillante y la cara de quien sabe que ha cumplido.

Ella le tiró del mentón hacia arriba y lo besó, haciéndole probar su propio sabor. Luego miró abajo, a la polla todavía dura.

—No has terminado.

Lo empujó de espaldas sobre la cama y se giró, dándole el culo. Se colocó a cuatro patas encima de él con naturalidad, como quien pasa a la siguiente parte de una rutina muy practicada. Desde la cámara la vista era brutal: la espalda arqueada, el culo firme, el coño abierto y húmedo a la espera, la polla de él temblando por entrar otra vez.

Ella misma la guio.

—Métela despacio. Mi coño sigue sensible.

Bruno se la fue metiendo con cuidado, centímetro a centímetro, hasta llenarla otra vez. Ella empujó hacia atrás cuando la tuvo dentro y soltó un gemido grave. Entonces empezó el verdadero descontrol. Él la embestía desde abajo con movimientos cortos al principio, sin apoyarse del todo para no rozar el culo castigado, pero la postura lo volvía loco. Ella apretaba y retrocedía contra él, buscando cada golpe.

—Más fuerte —ordenó.

Él obedeció. El sonido de los choques húmedos se volvió constante, brutal. Ella se agarró al cabecero y dejó que la follara con ganas, el cuerpo sacudiéndose a cada embestida. De vez en cuando volvía la cabeza para mirarlo por encima del hombro, con esos ojos fríos ahora convertidos en pura lujuria.

—Eso es. Fóllame así. Que se te quite la tontería a pollazos.

Bruno soltó un gruñido y aceleró. Se notaba que estaba a nada de correrse. Le agarró la cintura con las dos manos y empezó a enterrársela más hondo, perdiendo por fin algo de esa obediencia medida. Ella lo dejó hacer unos segundos y luego bajó una mano entre las piernas para tocarse mientras seguía recibiéndolo.

—No te corras hasta que yo te diga.

Yo ya no aguantaba mucho más. Me masturbaba con la vista clavada en cómo él la rompía por detrás y cómo ella mandaba incluso en ese momento. Los gemidos de ambos llenaban mi cuarto. Él jadeaba su nombre. Ella lo insultaba, lo alentaba, lo guiaba.

—Ahora sí. Córrete dentro.

Bruno soltó un gemido casi animal y se vació en ese mismo instante, clavado dentro de ella, temblando entero. Siguió empujando un par de veces más, por pura inercia, mientras se corría. Ella se quedó quieta, apretándolo, exprimiéndole hasta la última sacudida. Yo me corrí al ver eso, derramándome en mi mano con la respiración cortada.

Después todo aflojó. Ella salió de encima de él, se tumbó a su lado y le pasó una mano por el pecho. Bruno estaba agotado, con la polla ya blanda, el culo marcado y la cara de paz estúpida que deja una buena follada después de una humillación intensa.

—¿Mejor? —preguntó ella.

—Sí.

—¿Aprendiste?

Él sonrió apenas, rendido.

—Sí.

Ella lo besó en la frente y apagó la luz. La pantalla quedó casi negra, con formas apenas visibles abrazándose bajo las mantas. Yo cerré el portátil todavía acelerado, satisfecho con lo que acababa de sumar a mi archivo privado: castigo, sexo duro, obediencia y una conexión enfermizamente íntima.

Creí que la noche ya me había dado todo.

***

A la mañana siguiente serví café, tostadas y jugo en el comedor del refugio como cualquier anfitrión correcto. El grupo iba bajando poco a poco, con caras de sueño y ropa de senderismo otra vez. Cuando aparecieron ellos, nada en su aspecto delataba lo que yo había visto. Ella impecable, tranquila. Él respetuoso, pendiente de cada gesto suyo.

Se sentaron algo apartados. Yo fingía ordenar una bandeja cuando escuché la frase que me dejó helado.

—¿Me traes otro zumo, cariño? —dijo ella sin levantar la voz.

Él asintió de inmediato.

—Sí, mamá.

Me quedé quieto con la jarra en la mano, notando un golpe seco en el estómago. Levanté la vista. Ella lo miró de reojo con una calma absoluta, como si nada tuviera de extraño. Él le llevó el vaso, se lo dejó al lado y volvió a sentarse con esa misma sumisión mansa de la noche anterior.

No crucé una sola palabra más con ellos durante la bajada. Ni falta que hacía. Ya tenía grabada cada orden, cada gemido y cada sacudida de aquella habitación. Y también tenía claro por qué, entre todas las perversiones que he visto en mi refugio, esa sigue siendo la noche a la que vuelvo una y otra vez cuando quiero excitarme de verdad.

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Comentarios(4)

VigilanteK

Buenisimo!!! me quede con ganas de mas, espero que haya segunda parte

SombraLenta

Hay algo en esa tension de observar sin ser visto que te atrapa desde el primer parrafo. Muy bien logrado el ambiente, se siente el frio de la montaña y todo. Felicitaciones, de verdad

Mika_lectora

Me recordo a una vez que estuve en un refugio en Bariloche, estos lugares tienen algo especial jaja. Muy bueno el relato!

FelipeNocturno

increible, de los mejores que lei en mucho tiempo

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