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Relatos Ardientes

La sesión BDSM con mi psicóloga y mi pareja

Tardé varios días en contarle a Mara lo que estaba pasando con mi nueva psicóloga. No fue por miedo a los celos. Entre nosotras siempre hubo espacio para explorar, incluso para cruzar límites que otras parejas ni se plantean. El problema era otro: yo sabía que había metido la pata al callármelo, y también sabía que, en nuestra dinámica, ocultar algo así merecía castigo.

Además, mi silencio tocaba justo una herida reciente. Después de una mala experiencia con otra mujer dominante, la seguridad de Mara había quedado resentida, aunque le costara admitirlo. Por fuera seguía siendo desafiante, mandona, seca cuando quería, pero yo la conocía demasiado bien; bastaba una mirada para notar cuándo dudaba de sí misma.

Se lo confesé una noche, después de comérmela despacio hasta dejarla temblando. Estábamos abrazadas, sudadas, con esa blandura tranquila que le queda al cuerpo cuando ya ha gozado y baja las defensas. Aproveché ese momento porque soy cobarde, y porque si se lo soltaba antes me arriesgaba a que me callara con una bofetada o con un sermón.

—Tengo que contarte algo —le dije, besándole el hombro.

Mara alzó una ceja. —Cuando pones esa voz, siempre es una cagada.

Le conté que mi psicóloga, a la que llamaré Vera, no se había limitado a escucharme hablar de inseguridades, deseo y dependencia. También la puse al tanto de nuestra relación, de nuestras prácticas, de la forma en que Mara me dominaba en casa y de lo mucho que mi vida giraba alrededor de ella. Le enseñé incluso una foto. Cuando terminé, Mara se quedó callada, muy quieta, con la mandíbula apretada.

Para romper la tensión, le mordí el cuello, le hice cosquillas en la cintura y empecé a besarle la cara como una idiota. Tardó en reaccionar, pero al final soltó una risa nasal, esa risa suya que siempre suena como si me perdonara a regañadientes.

—Eres una guarra increíble —dijo, y me agarró de la muñeca para inmovilizarme boca abajo sobre la cama.

Me dio varios azotes con la mano, primero jugando, luego más fuertes. Después cogió una sandalia del suelo y me golpeó el culo con ella tres veces secas, contundentes, hasta arrancarme un gemido. No me moví. Notaba su enfado debajo del juego, y acepté el castigo porque era mío.

Cuando me soltó, nos sentamos frente a frente. Yo seguía con el culo ardiendo. Ella, pensativa.

—¿Estás enfadada de verdad? —pregunté.

—No por lo que hiciste con ella. No me jode eso. Me jode pensar que quizá buscas fuera lo que yo no te doy —respondió, y esa sinceridad suya me desarmó más que cualquier orden.

Le cogí la cara entre las manos y la besé. —Yo no estoy contigo porque seas perfecta mandando. Estoy contigo porque te quiero. Si mañana dejáramos el BDSM, seguiría queriéndote. Y si un día tú quisieras cederme el control, también me quedaría.

Mara bufó, como si esa última idea le resultara absurda, pero no apartó la mirada. —No digas tonterías. Aquí mando yo.

—Claro que sí —le dije, sonriendo.

Me dio un empujón suave en el pecho. Luego suspiró. —Esa mujer no quiere una sesión terapéutica. Quiere vernos juntas. Quiere probar si puede someternos a las dos, y eso es precisamente lo que no voy a permitir.

Su tono era firme, chulesco, casi teatral. Yo la conocía. Sabía que, cuanto más fanfarrona se ponía, más nerviosa estaba por dentro. Aun así, accedimos a ir. Vera insistía desde hacía semanas en una sesión conjunta porque, según ella, la influencia de mi pareja en mi deseo era central y debía observarla de cerca. Yo quería creer que, al menos en parte, hablaba en serio.

Mara no.

—En su casa, a última hora de la noche, y contigo ya medio enganchada a sus jueguitos. Eso no huele a terapia, huele a dominación —dijo mientras nos arreglábamos para salir—. Pero mejor. Así le dejo claro quién eres y quién no puede tocar lo que es mío.

Yo no respondí. Solo me puse el abrigo y la seguí.

***

Vera vivía en un edificio antiguo y silencioso, en una zona elegante de la ciudad. Nos abrió ella misma. Alta, serena, impecable, con una camisa oscura ajustada y el pelo recogido. Ni siquiera intentó aparentar sorpresa al vernos juntas. Sonrió como quien ve llegar algo que había previsto desde el principio.

—Pasen —dijo—. Las estaba esperando.

El salón tenía una luz cálida y baja. Había dos sillas pequeñas frente a un sillón más alto donde ella terminó sentándose. El detalle me hizo tragar saliva. Mara también lo notó, porque se quedó de pie mientras yo, por costumbre y nervios, tomaba asiento enseguida.

—Antes de que diga nada —empezó Mara—, quiero dejar claro que no me parece profesional la manera en que ha llevado esto.

Vera la miró con tranquilidad. —¿Profesional?

—Sí. Aprovecharse de una mujer insegura, empujarla hacia una dinámica sexual, insistir en vernos juntas…

Vera se puso de pie con una lentitud calculada. Caminó hasta quedar delante de Mara. La diferencia de altura ya imponía; de cerca, aún más. Mara intentó sostenerle la mirada, pero yo vi el instante exacto en que vaciló.

—Hablas como si tuvieras autoridad —murmuró Vera, apoyándole dos dedos en la barbilla—. Y sin embargo estás temblando.

—No estoy temblando.

—Claro que sí.

La cogió de los hombros con suavidad, la giró apenas y la sentó en la silla pequeña. Mara obedeció. Ese gesto bastó para que se me secara la boca. Mi pareja, la que minutos antes venía dispuesta a plantarle cara, ya estaba callada, con las piernas juntas y las manos tensas sobre los muslos.

Vera nos miró a las dos como si estuviera estudiando una reacción química. —Las dos son adultas. Las dos toman decisiones. Y las dos irradian lo mismo: necesidad de que alguien les quite el peso de fingir control.

Ninguna respondió. Yo sentía el pulso en la garganta.

—Tú —dijo, señalando a Mara— juegas a ser dominante porque te excita, pero no tienes la estructura para sostenerlo cuando alguien te enfrenta. Y tú —me miró a mí— no viniste aquí por ansiedad. Viniste porque querías permiso para caer.

Noté un calor sucio entre las piernas. Me odié por ello.

Vera sonrió al verlo en mi cara. —Quédense sentadas. Voy a traer algo.

En cuanto se fue al dormitorio, me incliné hacia Mara. —Vámonos ahora.

Ella dudó. Asintió. Las dos nos levantamos al mismo tiempo, pero Vera reapareció en el marco de la puerta con un maletín en una mano y dos juegos de arneses de cuero en la otra.

—¿Quién les dio permiso para levantarse?

Nos sentamos de golpe. Fue automático, humillante, perfecto.

Abrió el maletín sobre la mesa baja. Dentro había esposas, cuerdas, mordazas, plugs, dildos, correas y dos arneses más pequeños. Todo perfectamente ordenado. Todo demasiado preparado para ser improvisado.

—Desnúdense —ordenó—. Ahora.

Mara abrió la boca, quizá para protestar, pero Vera la silenció con una mirada. Mi pareja fue la primera en quitarse la blusa. Yo la imité enseguida. En pocos segundos, las dos estábamos desnudas bajo esa luz cálida que ya no parecía acogedora sino clínica, como si nuestros cuerpos fueran material de estudio.

Vera nos lanzó los arneses de cuero. Eran tiras que rodeaban el torso y pasaban entre las piernas, dejando las tetas expuestas y apenas cubriendo el coño. Terminaban en un collar con anilla metálica. Nos los pusimos con las manos torpes, sintiendo la vergüenza y la excitación mezclarse hasta resultar indistinguibles.

Ella se acercó primero a mí. Ajustó una hebilla sobre mi costado, tiró de una correa y sonrió al verme jadear. Luego me sujetó la barbilla.

—Te gusta obedecer rápido, ¿verdad?

No respondí. Me escupió en la boca. No fue un salivazo brusco, sino un hilo espeso, deliberado, que cayó de sus labios a los míos. Cerré la boca y tragué.

—Buena chica.

Mara soltó aire por la nariz, incómoda. —Esto no era…

Vera le cortó la frase tirando de la correa unida a su collar. La hizo dar un paso tambaleante hasta pegarla a su cuerpo. Después le escupió en la mejilla y lo lamió despacio, antes de besarla con una autoridad obscena. Mara resistió un segundo. Luego le abrió la boca y se dejó besar como una sumisa hambrienta.

Sentí el golpe de esa imagen en el coño. Mi ama, mi mujer, entregándose así delante de mí.

—Arrodíllate —me dijo Vera.

Caí de rodillas al instante.

—Bájale la ropa.

Le quité a Mara el pantalón y la ropa interior. Tenía el culo tenso, bonito, apenas crispado por la humillación. Vera le separó las nalgas con dos dedos y luego me señaló.

—Lámele el culo. A fondo. Quiero esa lengua trabajando bien.

Mara dejó escapar un gemido ahogado cuando apoyé la boca entre sus nalgas. Empecé despacio, abriendo con la lengua, humedeciendo el anillo apretado, chupándole el culo con ruido, sin delicadeza. La sentí estremecerse. Conocía su cuerpo de memoria; sabía cuándo un gemido era vergüenza y cuándo era placer puro. Ese ya era placer.

—Más —dijo Vera—. No la acaricies. Cómetela.

Obedecí. Le metí la lengua con fuerza, babeándole el agujero, respirando su olor, notando cómo se aflojaba por momentos. Mara apoyó las manos en los muslos, tensa. Vera se sentó frente a nosotras, separó las piernas y empezó a tocarse por encima del pantalón mientras miraba.

—Así. Eso es. Mira cómo le tiembla el culo —dijo—. Tu dominatrix disfruta como una perra cuando se lo hacen bien.

Luego la llamó con un tirón de correa. Mara se acercó y Vera le metió un dedo en el culo, despacio primero, hasta el nudillo, luego más hondo. Mi pareja jadeó y echó la cabeza hacia atrás. Vera sacó un plug negro, mediano pero grueso, lo llenó de lubricante y se lo empujó sin ceremonia.

Mara soltó un quejido ronco, mitad dolor, mitad morbo. Yo me mojé más al oírlo.

—Quiero verlas besarse.

Nos empujó una contra la otra. Mara aún tenía el plug dentro, respirando entrecortado, y yo la besé con desesperación, con la lengua metida hasta el fondo, sabiendo a saliva ajena y a sometimiento. Ella me respondió igual. Nuestros besos siempre habían sido íntimos; aquel ya era otra cosa. Era exhibición, obediencia, necesidad.

—Joder —murmuró Vera—. Las dos están más cachondas de lo que admiten.

Nos llevó al suelo. A Mara la tumbó boca arriba. A mí me colocó a horcajadas sobre su cara, orientada hacia ella, de modo que mi coño quedó a la altura de la boca de mi pareja y mi cara frente al sexo de Vera, que acababa de desabrocharse el pantalón.

—Tú —me dijo—, cómelo todo. Y tú —le habló a Mara desde arriba—, no dejes de usar la lengua en su coño. Si el plug se mueve, te castigo.

No hizo falta repetirlo. Metí la cara entre las piernas de Vera y la lamí de abajo arriba, encontrándola mojada, caliente, abierta para mí. Tenía un coño ancho, carnoso, de esos que invitan a hundir la boca entera. Le separé los labios con los dedos y fui directo al clítoris. Ella soltó un gemido seco. Al mismo tiempo, la lengua de Mara me encontró. Me abrió con paciencia primero, luego con hambre, subiendo desde la entrada hasta el clítoris con pasadas largas y firmes.

El efecto fue inmediato. Yo gemía contra el coño de Vera y ella gemía por mi boca; debajo, Mara me comía con una dedicación feroz, como si lamerme fuera la única forma de soportar todo lo demás. La mezcla de placer y humillación me estaba volviendo loca.

—Eso, puta, no pares —susurró Vera, agarrándome del pelo y apretándome la cara contra su sexo—. Chúpame el clítoris. Más fuerte.

Obedecí. Le hice círculos rápidos con la lengua, luego la penetré con dos dedos mientras seguía mamándole el clítoris. Su coño se apretó alrededor de mis dedos. Jadeó. Yo pensé que estaba a punto de correrse, y una parte de mí lo deseó porque tal vez eso terminaría la sesión. Pero Vera se apartó justo a tiempo.

—Todavía no.

Me empujó hacia atrás y se levantó. Llevaba las mejillas encendidas y el coño brillante. Se puso un arnés con un dildo grande, grueso, de punta redondeada, y después me obligó a levantarme. Del maletín sacó otro arnés más pequeño y me lo ajustó a la cadera. Colgaba de él una polla de goma corta pero firme.

Me quedé mirándola, sorprendida.

—No te distraigas —dijo, dándome un tirón del collar.

Nos llevó al dormitorio. Era amplio, con una cama grande y sábanas oscuras. Hizo arrodillarse a Mara junto al colchón y le esposó las manos a la espalda. Luego nos ordenó acercarnos.

—Chúpenlas.

Mara levantó la vista un instante, roja de vergüenza, y después obedeció. Nos chupó primero a Vera y luego a mí, pasándonos la lengua por los dildos, envolviéndolos con la boca como si fueran reales. Ver a mi ama de rodillas, esposada, mamando una polla de goma y otra más pequeña delante de una mujer que la despreciaba, me llenó el vientre de una excitación tan brutal que tuve que apretar los muslos.

—Te pone verla así, ¿no? —me preguntó Vera.

—Sí —admití con la voz rota.

—Normal. Está preciosa cuando se rinde.

La tumbó boca abajo sobre la cama. Le colocó una almohada bajo la cadera para levantarle más el culo. Le quitó el plug de un tirón lento; Mara gimió, el agujero se cerró y volvió a abrirse ligeramente, enrojecido y húmedo. Vera me miró.

—Fóllale el culo.

Me quedé inmóvil un segundo. Miré a Mara. Ella giró la cara cuanto pudo y movió los labios. —Hazlo.

Me acerqué temblando. Alineé el dildo pequeño con su ano y empujé despacio. Mara se tensó bajo mí, resoplando contra las sábanas. Entró poco a poco, cediendo con resistencia. Puse una mano en su espalda y otra en su cadera para sostenerla y seguí metiéndoselo hasta dejarlo dentro.

—Muévete —ordenó Vera.

Empecé con embestidas cortas, inseguras, viendo cómo el culo de Mara tragaba y soltaba la polla de goma. Cada vez que salía, el agujero quedaba dilatado un instante antes de cerrarse. Ella gemía bajo, apretando las piernas, recibiéndome. Sentí una bofetada fuerte en el culo.

—No la acaricies como si fueras tierna. Fóllatela.

Eso hizo algo dentro de mí. Sujeté mejor las caderas de Mara y empecé a darle más fuerte, entrando y saliendo con ritmo. El sonido húmedo del dildo en su culo llenó la habitación. Mara jadeaba, y de vez en cuando soltaba un «ah» más alto cuando una embestida llegaba al ángulo exacto. El arnés me rozaba el pubis y me excitaba. Acabé follándola de verdad, no como un juego, sino con una firmeza que no sabía que tenía.

Vera observó unos minutos hasta apartarme.

—Ahora sí está lista.

Se colocó detrás de ella. El dildo de su arnés era mucho más grueso. Lo untó de lubricante, le abrió las nalgas y empujó la punta contra el culo ya trabajado de Mara. Mi pareja gritó al sentir la presión. Vera no se detuvo.

—Respira y ábrete —le dijo con una calma brutal—. Si tu cuerpo pudo dejarla entrar a ella, también puede conmigo.

Fue metiéndoselo lentamente, centímetro a centímetro, dominando con una mano la cintura de Mara y con la otra el cabello de su nuca. El culo de mi pareja se fue rindiendo alrededor de esa polla enorme. Cuando al fin la tuvo casi entera dentro, se quedó quieta unos segundos para dejarla sentir la invasión.

Mara lloriqueó. Yo me acerqué a su cara, le aparté el pelo pegado a la frente y la besé en la mejilla.

—Estoy aquí —le susurré.

Entonces Vera empezó a follársela. Primero con empujes medidos. Luego más largos. Más duros. El sonido de las embestidas se volvió espeso, crudo, obsceno. Cada golpe hacía temblar los muslos de Mara y sacudía la cama. Ella gemía y maldecía y apretaba las esposas, partida entre el dolor y un placer que ya no podía disimular.

—Mírala —dijo Vera—. Mírala disfrutando mientras se la reviento por el culo.

La miré. Tenía la boca abierta, babosa, los ojos húmedos, el culo rojo y totalmente entregado. Y sí, estaba disfrutando. Cada vez que Vera se retiraba casi del todo y volvía a clavarse hasta el fondo, el cuerpo de Mara respondía con un espasmo de placer que me atravesaba a mí también.

Me metí dos dedos en el coño para no enloquecer. Estaba empapada.

—No te toques sin permiso —dijo Vera sin dejar de embestir.

Quité la mano de inmediato.

—Ven aquí. Bésala y dile lo que es.

Me incliné sobre Mara, besándole la boca entre jadeos. —Eres una puta preciosa —le murmuré—. Mi puta preciosa.

Ella gimió contra mis labios y apretó el culo justo cuando Vera la atravesaba de nuevo, arrancándole un grito. La follada se volvió más rápida, más animal. Vera le daba sin piedad, usándola, insultándola, llamándola falsa dominante, muñeca rota, sumisa de manual. Cada palabra parecía hundirla más en su sitio real. Y yo, en lugar de sentir celos o rabia, me excitaba viéndola caer.

Cuando Vera terminó con ella, salió de su culo de una última embestida seca. Mara quedó temblando, jadeando, con las piernas abiertas y el ano palpitando alrededor del vacío. Vera se quitó el arnés y me señaló con dos dedos.

—A la cama. Y cómeme.

Me tumbó boca abajo unos segundos solo para palmearme el culo varias veces, dejándomelo caliente, y luego me giró. Me abrió las piernas y se sentó sobre mi cara con una seguridad insultante. Su coño me cubrió la boca por completo. No esperó ternura. Quería hambre.

La lamí con desesperación, succionándole el clítoris, metiendo la lengua hasta el fondo, tragando todo lo que me daba. Ella me agarró del pelo y empezó a frotarse contra mi cara a su ritmo, usándome. Yo respiraba como podía por la nariz, con el sabor de su humedad llenándome entera. No tardó en correrse.

Su orgasmo fue brutal. Me apretó entre sus muslos y me obligó a seguir. Su coño latía sobre mi boca, soltando oleadas espesas que me cayeron en la lengua, en la garganta, en la barbilla. Tragué todo lo que pude. Aun así, parte se me escapó por las comisuras. Ella no me soltó hasta estar completamente vacía.

—Eso es. Traga, puta.

Cuando por fin levantó la cadera, yo jadeaba, mareada, con la cara empapada. Vera escupió varias veces sobre mi mejilla y mi boca abierta. Después, de pie junto a la cama, se apartó la ropa y me meó en la cara sin cambiar la expresión.

El calor de la orina me cayó por la frente, la nariz, los labios. Cerré los ojos. Escuché a Mara gemir mi nombre, no sé si por horror o por deseo. Yo me quedé quieta y dejé que terminara.

—Buena chica.

Luego señaló a Mara, que seguía esposada y agotada. —Despierta del todo y límpiala.

Le tiró la llave de las esposas sobre el colchón, pero no se la quitó ella; quería verla obedecer primero. Mara se arrastró hasta mí, aún con las manos detrás, y empezó a lamerme la cara. Me limpió la orina y la saliva con la lengua, despacio, con una ternura obscena que me hizo llorar de puro exceso. La besé cuando pude alcanzarla, mezclando nuestros sabores sin pensar.

Vera nos observó unos segundos, sonriendo con desprecio y curiosidad. Después sacó el móvil y nos grabó así, arrodilladas una frente a la otra, usadas y abrazadas.

—Qué dulces se ven cuando las rompen un poco —dijo.

Se levantó. —Pueden vestirse. La sesión ha terminado.

Nos dejó solas mientras iba al baño. Escuchamos el agua de la ducha. Mara se quitó por fin las esposas y en seguida me ayudó a levantarme. Nos abrazamos largo rato, desnudas, oliendo a sexo, saliva, sudor y orina. Luego empezamos a vestirnos mutuamente, con manos cuidadosas, casi reverentes. Le acomodé el pelo. Ella me besó la frente.

Vi mi bolso sobre una silla y saqué dinero por puro reflejo.

—Ni se te ocurra pagarle —dijo Mara, recuperando un poco de su mala leche habitual.

En lugar de los billetes, cogió del suelo el arnés pequeño y el dildo con el que yo le había follado el culo. También tomó el plug. Me miró y sonrió, aún pálida, aún dolorida.

—Esto sí me lo llevo.

Desde el baño, Vera alzó la voz: —Si quieren ducharse juntas, háganlo rápido. Si cenan conmigo, quizá sigamos luego.

Nos miramos al mismo tiempo. Y salimos de allí casi corriendo.

***

En la calle, el aire fresco me golpeó la cara sucia. Caminamos deprisa hasta el portal más cercano y allí Mara me empujó contra la pared para besarme con hambre. Metió la lengua hasta el fondo, agarrándome de la nuca, como si necesitara borrar con su boca lo que acababa de pasar. Yo me pegué a ella, notando todavía el ardor en mis labios y el sabor de Vera mezclado con el suyo.

—Creo que deberíamos dejar de caer en manos de señoras así por una temporada —dijo, jadeando.

Me reí, nerviosa. —Me parece sensato.

—Me va a doler el culo mañana.

—Ya te dolía hoy y aun así no dejabas de gemir.

Mara me clavó una mirada ofendida que duró medio segundo. Luego sonrió. —No te emociones.

Le toqué el muslo y bajé la mano hasta rozarle el culo por encima de la ropa. Se estremeció. —No entendí por qué te llevaste los juguetes.

—Porque una cosa es no volver a verla y otra desperdiciar ideas útiles.

Me quedé callada un instante. —Antes dijiste que aquí mandabas tú.

—Y es verdad.

—Pero también dijiste que quizá no pasaba nada si una de cada tantas veces me dejabas tener el control.

Su expresión cambió. Ya no estaba fanfarroneando. —Lo dije en serio. Verte follándome… me movió cosas.

El calor me volvió de golpe al vientre.

—A mí también —admití—. No porque dejara de verte como mi ama. Justo al revés. Porque incluso así, seguías siendo tú. Y porque me gusta todo lo que eres, no solo cómo mandas.

Mara me acarició la mandíbula con el pulgar. —No te acostumbres. No voy a volverme dócil de pronto.

—No quiero que seas dócil. Solo quiero seguir descubriéndote.

Me besó otra vez, esta vez más despacio. Luego me puso el plug robado en la mano, dentro del bolso, y se inclinó a mi oído.

—Cuando lleguemos a casa, me vas a bañar. Después me vas a abrir bien el culo con esos dedos tuyos. Y luego, si me sigue poniendo tan cachonda como ahora, quizá te deje usar eso conmigo otra vez.

Sentí un latigazo de deseo tan fuerte que tuve que apretar las piernas.

—¿Eso es una orden?

—Es una promesa. Y no sonrías así, pervertida. Después me tocará decidir si también te castigo por haber disfrutado tanto viéndome sometida.

—Lo disfruté muchísimo —dije, solo para provocarla.

Mara me agarró del cuello del abrigo y me besó con violencia controlada. —Entonces tendrás que compensarme. Esta noche me comes el coño hasta que me corra en tu cara, y si quiero darte el culo otra vez, me lo das todo. ¿Entendido?

—Sí.

—¿Sí qué?

—Sí, ama.

Sonrió, satisfecha al escuchar esa palabra volver a su sitio entre nosotras, aunque ya no significara exactamente lo mismo que unas horas antes. Caminamos hacia casa de la mano, despeinadas, sucias, doloridas y calientes, sabiendo que aquella sesión no nos había roto. Solo había arrancado una capa más, dejando al descubierto algo nuevo y peligrosamente excitante.

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Comentarios(4)

Maxi_Cba

Impresionante el giro que da la historia desde el principio. Uno de los mejores relatos que lei en mucho tiempo

NataliaRdz

Por favor una segunda parte!!! me quede con ganas de saber como termino todo. Tremendo

Berni_Cordoba

Me recordo a algo que me paso hace unos años, nada tan extremo pero esa dinamica de poder que describis se siente muy real. Buen relato

RominaB_75

Dios mio... no me lo esperaba para nada. Increible

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