Me ofreció a su mujer y yo no supe decir que no
Compré un puñado de fichas para los coches de choque. No tardé en reconocer al de mantenimiento: Tino, que años atrás había trabajado en una de las naves donde yo tenía las oficinas de proyectos. Familia de feriantes de toda la vida, se había puesto por su cuenta y había comprado la atracción.
—Buenas, don Bruno. ¿Esos son sus hijos? —preguntó.
—Los gemelos, sí. Y no me hables de usted, que me haces viejo.
—¡Qué va, si pareces un chaval!
Un chaval de cincuenta años y medio calvo, pensé. Pero soy de casi metro noventa y sigo fuerte, y eso compensa lo que me falta de pelo.
Entonces la vi a ella, plantada en la taquilla. Morena, melena larga, embarazada, con unos aros enormes y los brazos tatuados. Pantalones de chándal ajustados, una camiseta que apenas le contenía el pecho. Le pregunté a Tino si era su mujer.
—Esa es Saray. Ya tenemos dos y viene el tercero.
La llamó. Vino a paso largo, con una seguridad que yo no veía en una mujer desde hacía tiempo. Labios carnosos, ojos negros enormes. Me miró de arriba abajo como si me estuviera tasando, y me tendió la mejilla para dos besos.
—Enhorabuena —dije, y noté que su mirada se quedaba sobre la mía más de la cuenta.
Mi mujer me telefoneó para que volviera. Me despedí. Al alejarme con los niños no pude evitar girarme una última vez, y ella, como si lo hubiera estado esperando, se volvió en la tarima para sostenerme la mirada. Una mirada de desafío. Una auténtica provocadora.
***
Volví dos días después con cualquier excusa. Mentira podrida: había vuelto por ella. Llevaba pantalón corto, los muslos firmes, las uñas pintadas de rojo. Invité a la familia a tomar algo y, mientras los críos destrozaban la terraza, Tino se inclinó hacia mí.
—He visto cómo la miras.
—¿A qué te refieres?
—No somos niños. Sé lo que vale mi mujer aunque esté preñada, y sé que a ti te van las hembras. Puedes tirártela. Mañana no abrimos.
Aquel deje de chulería me encendió. Despertó al animal que llevo dentro.
—¿Quieres que me la folle delante de ti? —dije, y me agarré la bragueta sin disimulo—. Pues entonces vas a mirar.
***
A la mañana siguiente llevé a los gemelos al dentista con Marta. Al volver, le dije que tenía un proyecto urgente en las oficinas.
—Bruno, prometiste que este lunes... es verano.
—Es importante. No tardo.
La atracción estaba parada. Tino me hizo una seña y me llevó a su caravana, al fondo del aparcamiento, entre olor a fritanga y música cutre. Saray estaba dentro, en un saloncito minúsculo donde yo casi tocaba el techo, hojeando una revista vieja con un camisón premamá transparente.
—Siéntate, Bruno. ¿Una cerveza? —dijo con retranca—. Ya pareces un poco mayor.
La muy lista no llevaba nada debajo.
—¿Tú crees? —le contesté, echándome hacia delante para marcar paquete.
Aceptó el reto y abrió las piernas.
Tino se colocó detrás de ella y le bajó los tirantes. El pecho se le derramó, los pezones oscuros y goteando leche. Me levanté, le tomé los senos y los probé: la leche tenía un sabor dulce con un punto agrio que se me quedó en la boca.
—Eso lo harías mejor con tu madre —se burló.
La miré fijo y le subí el camisón hasta dejarla desnuda. Aun embarazada era espectacular. La besé con ganas, nuestras lenguas se buscaron, y ella me abrió la bragueta y se metió lo que pudo en la boca mientras Tino, sentado enfrente, se la sacaba y empezaba a tocarse.
—Vas bien servido, cabrón —dijo ella tomando aire antes de volver a tragarme.
La senté en el borde, le abrí las piernas sujetándola por los tobillos —era la única postura posible con esa barriga— y entré de una sola embestida. Empecé despacio, de reconocimiento, y fui ganando velocidad mientras ella respiraba fuerte por la nariz.
—Mira cómo te follo a la mujer —le dije a Tino—. Tú dale, que para eso has venido.
—¡No pares! —jadeó él.
Ella se vino con la mirada perdida, empapándome entero. Salí, me incorporé y exploté sobre aquella barriga tensa, un chorro largo que le subió hasta los pechos. Me agaché a chupar la última gota mezclada con lo mío, solo por verle la cara.
—Tu mujer se ha portado como una zorra —dije, por echar gasolina.
—¿Como la tuya? —respondió ella sin pestañear.
***
Pasaron unos meses. La empresa me mandó a supervisar unas líneas nuevas en una fábrica de Robledo. Desde la autovía vi las luces de una feria en Valmena, el pueblo de al lado, y reconocí el cartel de los coches de choque de Tino. No me gustan esos sitios, gente de paso, pero la cabra tira al monte.
Lo encontré recogiendo la pista. Me contó que su mujer y los críos estaban en su pueblo; solo le quedaban los cuñados. Le pedí, con un gesto, dónde conseguir algo de fumar. Me pidió el móvil, hizo unas llamadas y media hora después yo tenía un par de porros liados comprados a un gordo asqueroso detrás de las caravanas.
Volví a la feria al caer la noche. Junto a las atracciones había aparcada una hilera de motos custom.
—Son de Los Cuervos —me dijo Tino—. Moteros.
Cerca andaba su cuñada, Tamara: la misma estética que Saray, chándal ajustado, camiseta marcando pecho, pero más baja y delgada, y no pasaría de los veintipocos. Su hermano, con coleta, era todavía más joven. Dos moteros con un cuervo bordado en la espalda hablaban con ellos. Uno llevaba el bicho tatuado en el cuello y el nombre Zarko escrito en el antebrazo, en letras góticas.
Tino me presentó y se fue a cerrar. Las cervezas y los porros corrieron. Zarko, el del cuello tatuado, y su compañero Lobo, bajito y rechoncho, hablaban sin disimulo de lo que pensaban hacer esa noche con los dos hermanos.
—A mí me van los culos —dijo Lobo mirando al chaval.
—Yo a ella —dijo Zarko—. Pero si te quedas y no hay boca libre, te toca esperar.
***
Cerca de medianoche el recinto estaba muerto. Vi a los cuatro alejarse hacia el muro bajo que cerraba el aparcamiento, donde aún llegaba algo de luz de las farolas. El corazón se me aceleró. Esperé un poco y fui detrás.
La escena era brutal. Los dos hermanos, apoyados en la pared con los pantalones por los tobillos, recibían a los moteros como perros. Zarko, alto, follaba a Tamara casi en horizontal, con un ritmo seco de latigazo. Lobo embestía al chaval de abajo arriba. Las dos folladas iban sincronizadas, con oficio, y a ella se le escapaban ronroneos que no parecían de trámite.
Me dejé ver. No pararon; les gustaba que los miraran. Me saqué la polla en el lateral y empecé a tocármela. Zarko me clavó la mirada sin dejar de bombear.
—Si quieres boca... vas a tener que esperar —masculló entre embestidas.
Tamara estaba en otra dimensión, los pechos bamboleándose, la baba cayéndole. El motero la recolocó con un gesto y me ofreció su boca. Me la empalé hasta el fondo; cada empujón de Zarko me la metía más adentro. Acabaron casi a la vez: ellos descargaron sobre la espalda y la cara de los hermanos, yo en la boca de Tamara. Después subieron pantalones, Zarko levantó la mano con la uve de victoria y oí rugir las motos al arrancar. Me subí al todoterreno y me largué quemando rueda.
***
Era mi última noche en el hotel. Al entrar vi tres motos custom en la puerta y, en el bar, a Zarko y a Lobo, que me levantaron la mano. Con ellos había una mujer de pelo entrecano.
—Siéntate. Te presento a Magda, una veterana. No va con nosotros; es del antiguo club de Las Viudas.
Ojos marrones, boca grande, cara angulosa, sin barriga. En el cuello, donde Zarko llevaba un cuervo, ella tenía tatuada una araña. Pasaría de los cuarenta. Brindamos. El bar cerraba en media hora —«más que un hotel, esto es un geriátrico», soltó ella—, así que se me ocurrió ofrecer una salida.
—Siempre llevo una botella de whisky del bueno y... —hice el gesto de fumar.
—Habitación 302 —dijo ella, y se fue a la ducha.
—No la desaproveches —me dijo Zarko cuando se hubo ido—. Es de las mejores. Y sabe sacarte hasta la última gota.
***
Subí con la botella y dos vasos, nervioso como un crío. Magda abrió la puerta y me quedé sin aire. Minifalda vaquera, camiseta negra sin sujetador con los pezones marcados, un leopardo tatuado en un muslo y una moto en el otro, aros, labios rojo sangre. En el pecho, en letras blancas, un FÓLLAME que no dejaba lugar a dudas.
Sacamos dos sillas a la pequeña terraza. Ella se sentó, se subió aún más la falda y abrió las piernas: tampoco llevaba nada debajo. Fumamos y bebimos mientras yo intentaba ordenar las ideas con la polla dura como un hierro.
—Te quitas el anillo para ir de comercial —dijo, señalando la marca pálida de mi dedo.
—Cada uno...
—No te disculpes, hombre. Me han dicho que tienes buena artillería —añadió, mirándome la bragueta.
—Compruébalo tú misma —dije soltándome el cinturón—. Pero antes quiero ver bien la mercancía que voy a usar.
—¡Qué duro eres! —rió, y se levantó a quitarse la ropa.
Dos pechos colgones pero apetecibles, un pájaro con las alas abiertas tatuado sobre ellos, un corazón en una nalga y un tigre en la otra. La besé con ganas; su lengua sabía a whisky y a tabaco. Le amasé el culo, le chupé los pezones, le metí los dedos: estaba empapada.
—Vamos a la cama —dijo tirando de mí—. Túmbate cruzado, con las piernas fuera.
Me empujó de través sobre el colchón, me desnudó y empezó por los dedos de los pies, subió por los muslos a lengua, me succionó hasta arrancarme un bramido y se metió mi polla entera en la boca. Después me levantó las piernas.
—Agárratelas y sube el culo.
Lo que vino después no me lo había hecho nadie: una lengua recorriéndome de abajo arriba, círculos lentos, una succión que me hacía rugir de gusto mientras me masturbaba a la vez.
—¡Así! ¡Quiero follarte! —jadeé.
La tumbé yo entonces, le comí el coño y el culo —dos buenos agujeros— y se puso boca arriba con las caderas en alto, una postura audaz que delataba que a su edad seguía siendo de las atrevidas. Entré y empecé un mete-saca corto pero intenso, viendo la polla entrar y salir.
—¡Me vengo! —gritó, tirándose hacia mí.
—¿Dónde la quieres?
—Riégame.
Salí y exploté sobre su pecho, un chorro largo que le llegó hasta la barbilla. Luego me agaché, lamí lo mío y la besé con la boca llena, solo por chulería.
—Eres un vicioso. Buen rabo. ¿Qué edad tienes?
—Cuarenta y nueve —mentí.
Mientras ella se duchaba, me vibró el móvil: cinco llamadas perdidas de Marta. Salí desnudo a la terraza a devolverla.
—Hola, cariño... Sí, estaba en una reunión... No, no estoy comiendo, acabo de beber agua... Iba a ducharme, estoy rendido... En un par de días estoy ahí. Yo también os quiero.
Una vecina mayor me observaba desde su terraza, fumando, con cara de asco. Me agarré la polla y le di un par de meneos antes de entrar.
Caímos dormidos. Me desperté a las tres con la polla otra vez dura; la maría nos había tumbado cuatro horas. Empezamos de nuevo, en un sesenta y nueve, hasta que la volteé.
—¡Quiero tu culo!
—Lo tendrás. Pero deja que me engrase, que la tienes grande.
Se untó, me embadurnó de gel frío y se puso a cuatro patas, abriéndose ella misma. Entré a saltos, con dificultad al principio, hasta que cedió y pude bombear. Sudaba a mares. Llegaron los primeros espasmos y solté todo al fondo con un bramido de animal.
Quedé tendido, las piernas temblándome. Encendí un cigarro.
—¿Y si te vas? —dijo ella.
—Ni que molestara.
—Ya has vaciado los cojones como buen semental. Y apestas a tigre. Cierra al salir.
***
Por la mañana la vi salir con sus vaqueros, su chupa y el casco pintado con una telaraña.
—¿Ya te vas?
—Tengo que ver a mis viejos, que están delicados. Veo que te preocupa mucho —dijo, seca—. Anda, dedícate a tus hijos y a hacerle regalos a tu mujer, que ya tienes una edad.
***
Días después, ya terminado el proyecto, me llegó un mensaje de Tino con faltas hasta en su propio nombre: sus cuñados estaban de fiesta con los moteros y necesitaba que les acercara la mercancía. Me pasaba por dar el móvil a un imbécil. No quise problemas —y, para qué engañarme, la idea de pasar un rato no me desagradaba—, así que fui.
El sitio quedaba a unos kilómetros de la general. Una docena de motos fuera, la música atronando. Me recibió Zarko.
—El señor en persona. Pasa y disfruta del espectáculo, que lo vas a flipar.
Dentro flipé de todos los colores. Había dos corros de gente desnuda. En uno, Magda, la veterana, abierta de piernas con la cara y el pecho cubiertos de semen, recibiendo descarga tras descarga; «se está superando», oí decir. En el otro, Tamara era follada por turnos, una polla en la boca y otra por detrás, la cara pálida e inexpresiva. Al lado, su hermano recibía lo suyo de un peludo con arnés mientras dos esperaban turno. El aire apestaba a sexo y había una papelera desbordando preservativos: «hoy se folla con precaución», me advirtió Zarko.
Me uní cuando él anunció el final.
—Señores, los que no hayáis vaciado los cojones, es la hora.
Me desabroché y fui hacia Tamara, arrodillada en el centro del círculo con la piel brillante de tantas descargas. Me la meneé y exploté sobre su frente. Después, por chulería, le di un par de golpes en la cara con la polla, me bebí una cerveza y encendí un cigarro mientras los demás daban las últimas. Cuando terminaron, los tres apenas podían tenerse en pie.
***
Dos semanas después, ya en casa, supimos que el menor de mis hijos fumaba en el instituto. A Marta y a mí nos cayó como un mazazo.
—Yo no os he educado en esos valores —les solté en el salón, acalorado—. Estudiar, tener un futuro. Eso es lo que importa.
Salí a la terraza y encendí un cigarro para tranquilizarme.
—Igual se les pasa, Bruno —dijo Marta—. Son jóvenes. Pero hay que inculcarles los valores.
—Exacto. Los valores.
—Por cierto... la asistenta ha encontrado esto en el cuarto del mayor.
Me tendió la mano. Era el envoltorio vacío de un preservativo, del mismo rojo que los que yo había ido dejando tirados por media provincia. Lo miré un buen rato, sin saber muy bien qué cara poner.