Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Cuatro desconocidas me sometieron en el pasaje del terror

Cuando me ofrecieron unos billetes por trabajar un fin de semana en el pasaje del terror del barrio, no lo dudé. Llevaba años haciendo teatro amateur y la idea de asustar gente a oscuras me parecía un juego más que un trabajo. Para esa edición me pidieron caracterizarme como el Hombre de Hojalata: traje plateado, guantes metálicos rígidos hasta el codo y unas manoplas tan tiesas que apenas podía doblar los dedos. Me asignaron la sala grande del final, la única con algo de espacio.

Lo que nadie me explicó del traje hasta que ya lo tenía puesto era lo absurdamente indefenso que te deja. Los guantes plateados terminaban en unas manoplas rígidas, articuladas para no doblarse, pensadas para que mis manos parecieran de chatarra. Quedaban espectaculares bajo los focos. Pero no podía rascarme la nariz, ni sujetar un vaso, ni cerrar el puño. Cualquier gesto fino era imposible.

La noche transcurría con la rutina de siempre. Grupos de todas las edades, gritos por aquí, risas nerviosas por allá, el humo de la máquina de niebla pegándose a la garganta. Yo aparecía de golpe entre dos focos rojos, levantaba las manoplas y la gente saltaba. Funcionaba. Llevaba más de una hora repitiendo el mismo número y empezaba a aburrirme, contando los minutos para el descanso.

Hasta que entraron ellas.

Cuatro mujeres de unos veintiocho años, amigas que salían claramente de alguna fiesta. Venían disfrazadas a juego, con maquillaje cuidado y esa energía envalentonada de quien ya lleva un par de copas encima. Valeria, Carla, Lucía y Paula, aunque sus nombres los aprendí después, demasiado tarde para mi orgullo.

—¡Me han tocado el culo! —gritó una de ellas, Valeria, mientras las otras tres se reían de su reacción exagerada.

Me acerqué para ver qué pasaba. Venía de una sala muy iluminada y mis ojos no se habían terminado de acostumbrar a la penumbra de la mía, así que avancé medio a ciegas. Fue entonces cuando sentí un agarre firme por detrás, directo entre las piernas.

—Así que aprovechas la oscuridad y los disfraces para ir tocando culos, cerdo —me susurró Valeria al oído, apretando.

El traje no ayudaba. La parte baja era una malla de licra fina que dejaba pasar cada matiz de su mano, y ella supo encontrar exactamente lo que buscaba.

—Yo… yo no he sido… por favor —acerté a decir, doblándome—. Solo venía a ayudar. Suéltame, te lo ruego.

—Aquí no hay nadie más. No mientas y pide perdón.

—Te juro que estaba al otro lado de la sala.

—Está bien —dijo, y aflojó la presión.

Me soltó y pude respirar. Me incliné un poco hacia delante, con las manoplas tiesas colgando inútiles a los lados, intentando recomponerme. Fue mi error.

El sonido seco de su bota llegó antes que el dolor. La patada me alcanzó de lleno y me dobló en dos, y esta vez caí al suelo sin remedio.

—¡Valeria! —reían y gritaban sus amigas—. ¡Lo has dejado sin nada, bestia!

—Así aprende a no aprovecharse —contestó ella, ya menos enfadada, sonriente por el resultado.

En el suelo solo pude quedarme en posición fetal, mareado, incapaz siquiera de llevarme las manos a la entrepierna. Las manoplas metálicas no se doblaban, los guantes no me dejaban cerrar los dedos. Estaba completamente expuesto ante cuatro desconocidas que ni siquiera habían querido escucharme.

—Valeria, espera —dijo una, la que luego sería Lucía—. Este chico lleva un disfraz de Hombre de Hojalata. Es imposible que te tocara el culo: no puede ni cubrirse ahora mismo.

—Es verdad —admitió Carla, agachándose para mirarme—. Pobre, está debatiéndose entre el dolor y el ridículo.

—Es verdad… —repitió Valeria, y su gesto de satisfacción se transformó de golpe en algo parecido a la culpa.

Pero su carácter explosivo no le había dado tiempo a razonar. Lo entendí más tarde: era de esas personas que golpean primero y piensan después, una coraza para que nadie se aprovechara de ella. Esa noche el malentendido lo pagué yo.

—Chicas, levantémoslo y revisemos cómo están esos testículos con la linterna del móvil —propuso Paula con una seguridad sospechosa—. Yo trabajo en urgencias, sé lo que hago.

—Estoy bien —dije desde el suelo, sin convencer a nadie.

—Venga, grandullón.

Entre las cuatro me incorporaron sin que yo pudiera oponerme, porque seguía sin poder usar las manos. Y volvieron a sorprenderme: mientras Lucía y Carla me sujetaban de los brazos, Valeria me bajó la malla y la ropa interior de un tirón hasta los tobillos, dejándome completamente al descubierto. Paula alumbró con el móvil.

—Vamos a ver —dijo, profesional y burlona a la vez.

Con dos dedos, Valeria pellizcó el pellejo de mi pene, encogido y ridículo por el frío, el miedo y el dolor, y lo levantó para que no estorbara la inspección.

—Lo he visto más grande en un llavero —comentó Paula, y las cuatro estallaron en carcajadas.

Valeria empezó a palpar mis testículos con una concentración que no esperaba, buscando algún bulto, recorriendo la bolsa con cuidado. Lo hacía despacio, atenta, casi clínica. Y ahí, entre la vergüenza y el dolor, sentí cómo el cuerpo empezaba a traicionarme.

Fue una sensación extraña, casi insoportable. Cuatro mujeres desconocidas inclinadas sobre mí, la luz fría del móvil recortando cada detalle, las risas a media voz, el frío de la sala en la piel desnuda y, en medio de todo eso, mis propias terminaciones nerviosas respondiendo a su tacto como si tuvieran voluntad propia. Cuanto más quería que aquello terminara, más imposible me resultaba esconderlo.

—Estoy bien, de verdad —insistí, notando el calor subirme a la cara—. Ponedme los pantalones y me siento por ahí a recuperarme, por favor.

Nadie me hizo caso. El pellizco de dos dedos de Valeria se convirtió en la palma entera sosteniendo mi pene contra el vientre mientras seguía examinando el resto. Cuando por fin lo soltó, ya no había nada ridículo que inspeccionar: estaba completamente erecto, duro, evidente bajo la luz del teléfono. Las cuatro se quedaron mirando.

—Madre mía, chicas. Hacedme una foto de recuerdo —pidió Paula, sin dejar de grabar.

—Mira el Hombre de Hojalata —se reía Valeria—. Que no puede usar las manos para nada, le tocas dos veces y mira cómo se pone.

—Eso sí que da miedo —dijo Carla, y las cuatro volvieron a reírse.

Intenté huir, pero mi situación era de un absurdo total: sin poder usar las manos, empalmado, con la malla por los tobillos y sin forma de subírmela. Cada movimiento solo me hacía más patético a sus ojos.

Así, viéndome indefenso, se pusieron a hacerme fotos con gestos de victoria, sonrisas, una sosteniéndome con un dedo, otra señalando. Valeria posaba con la mano abierta bajo mis testículos, como quien exhibe un trofeo.

—Tengo una idea —anunció.

Con una habilidad inquietante se quitó las dos gomas del pelo. Pasó la primera por debajo, rodeó la base, y con un par de movimientos rápidos ajustó las dos hasta que la presión dejó mis testículos levantados, tensos, en una postura cómica y a la vez incómoda.

—Ahí está —dijo, satisfecha—. Mira cómo han quedado. No quiero que te lleves un mal recuerdo de mí por este malentendido.

Y empezó a masturbarme con dos dedos, a un ritmo rápido y preciso, mientras Paula lo grababa todo.

—Eres una bestia —se reía Paula—. Por cierto, el culo te lo toqué yo, Valeria.

—Serás… —contestó ella, sin parar la mano.

—Sabía que se iba a poner como una moto, pero no que íbamos a divertirnos tanto.

Valeria pasó de los dos dedos a la mano entera, marcando un ritmo que me estaba volviendo loco. Yo apretaba los dientes, con las manoplas metálicas colgando, sin poder taparme, sin poder pararla, suspendido entre la humillación y un placer que crecía contra mi voluntad.

—¿Y si lo dejamos así? —soltó de pronto, divertida—. No puede huir ni subirse los pantalones. Mira qué cuadro.

—No puedes dejarme así —supliqué entre jadeos—. Súbeme la ropa, te lo ruego.

—Córrete antes —respondió, tranquila—. No voy a ir más rápido. Si no te corres, no te subo nada.

Esas palabras me remataron. Sentí el orgasmo acercarse, inevitable, y me abandoné a él. Pero justo cuando estaba a punto, cuando ya no había vuelta atrás, Valeria paró en seco. La mano quieta, la sonrisa cruel.

—No va a ser tan fácil —dijo, acariciándose por encima del disfraz para provocarme—. Quiero que te corras sin que te toque. Un orgasmo arruinado, para ti.

—Cuidado, viene otro grupo —avisó Lucía.

Para mi espanto, en el peor momento posible, al borde del clímax y sin nadie que me tocara, se acercaba otra gente por el pasillo. Las cuatro se escondieron entre las sombras de la sala. Eran tres mujeres más, también disfrazadas: una vampiresa, una gata negra y una diablesa de cuernos rojos, todas adultas, todas riéndose de su propio recorrido.

La que iba de vampiresa avanzó sin verme y tropezó de lleno conmigo.

—¿Pero qué…? —alumbró con el móvil justo en el instante en que mi cuerpo, tensado hasta el límite, se rindió. El orgasmo llegó solo, sin contacto, y la sorprendió de lleno.

—¡Cerdo asqueroso! —gritó, y descargó una patada con sus botas negras. Pero las gomas habían desplazado todo de su sitio, y el golpe falló por poco.

—Fíjate —dijo la de la gata, agachándose—. Tiene las pelotas atrapadas con dos gomas.

Y las palmeó una y otra vez, rápido, produciéndome un dolor que no sé describir.

—No, por favor —lloriqueé, incapaz de explicar nada tan absurdo, intentando escabullirme hacia la oscuridad.

—¿Adónde crees que vas? —la diablesa me agarró firme y tiró de mí hacia la salida, guiándome como a un perro hasta la puerta del fondo, donde estaba la coordinadora del evento con su carpeta y su linterna.

—Marcos, pero ¿qué demonios…? —la mujer se quedó petrificada al verme aparecer así, con el disfraz plateado por los tobillos y siete desconocidas riéndose a mi espalda.

Intenté explicarle mi lamentable experiencia mientras me subía la ropa con dedos que apenas obedecían dentro de los guantes. No encontré las palabras. Algunas noches todavía no las encuentro, y no sé si lo que recuerdo es la vergüenza o las ganas de que vuelva a pasar.

Ver todos los relatos de BDSM

Valora este relato

Comentarios(7)

SrtaOscura

Tremendo!!! De los mejores que lei en la categoria. La tension del principio te atrapa enseguida

MikeBA_lector

Por favor que haya segunda parte, quede con ganas de mas. Muy bien narrado

FernandoNK

jajaja el giro que da la historia no me lo esperaba para nada. Excelente

Mauri_PBA

Me recordo a algo que me paso en un parque tematico, nada tan extremo claro, pero esa sensacion de perder el control por sorpresa es muy intensa. Gran relato, segui asi

ValeMdq_88

de los mejores de la categoria que encontre en el sitio, sin duda!!

CrisRosario

Como se te ocurrio la idea de ambientarlo en el pasaje del terror? Muy original. Mas historias asi porfavor!!

LeoCba_lec

Cuatro contra uno... claramente el protagonista no tenia chances jaja. Muy entretenido y bien escrito

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.