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Relatos Ardientes

El cazador del templo que terminó sobre el altar

A medida que el sol se ocultaba, la sombra del templo se alargaba más y más sobre el camino. Falta poco para el sacrificio, pensó Drevan mientras agitaba las riendas de su carro, que ascendía con esfuerzo por el sendero escarpado. El santuario se alzaba ante él, excavado en la montaña, recortado contra el cielo gris de aquella región baldía. Inexpugnable.

El emblema de la media luna plateada brillaba en la capa del cazador, que regresaba justo a tiempo con la ofrenda exigida por las sacerdotisas. En la parte trasera del carro, el muchacho apenas se movía. Había intentado huir cuando los ancianos de su aldea lo eligieron como tributo de aquella luna, pero Drevan era rápido. Y más listo, pensó con satisfacción. No había sido de los que más se resistían; algunos de esos chicos sabían pelear, pero ninguno era rival para él.

Muchos habrían encontrado repugnante aquel oficio. Drevan lo asumía como un simple medio para un fin, y desde luego que merecía la pena. Había nacido en una de las aldeas más miserables de Nemorath, gris y pedregosa, sin saber nunca quién fue su padre. Vagabundeó de pueblo en pueblo ganándose la vida como podía, gastando lo poco que sacaba en vino agrio y mujeres tristes —putas viejas de tetas caídas que le dejaban follarlas por unas monedas en cuartuchos que apestaban a sudor y semen ajeno—, hasta que al final de su juventud decidió entrar como acólito de menor rango en el gran templo de Nemora la Grande. Era eso o seguir muriéndose de hambre en los caminos. Allí tenía cama y sustento; a cambio le exigían obediencia y devoción absolutas.

Cada luna llena asistía, junto al resto de iniciados, a la gran ofrenda. Y allí podía ver a las sacerdotisas. Jóvenes, pálidas, hermosas, envueltas en sedas finísimas que apenas ocultaban sus tetas firmes y el triángulo oscuro de sus coños. Lo último en lo que pensaba Drevan durante aquellos ritos macabros era en la diosa. Nunca conseguía dominar el calor que le subía por el vientre y le hinchaba la polla contra la áspera túnica de acólito cuando aparecía Velmira, la suma sacerdotisa. Aquella mujer de mirada terrible le helaba la sangre a cualquiera, y sin embargo él la deseaba con una obstinación que rozaba la locura. Se la había pajeado mil veces a solas en su celda, mordiéndose el labio para no gritar su nombre, imaginándose el sabor de sus pezones, el peso de sus tetas en la boca, el modo en que le apretaría la verga aquel coño de sacerdotisa que ningún hombre común había conocido jamás.

***

Durante años cavó en los túneles que se extendían bajo el templo como un laberinto interminable, hasta que su oportunidad llegó. El viejo cazador que había ejercido el cargo durante décadas fue elevado a Alto Acólito, el rango más alto al que un hombre podía aspirar, solo por debajo de las sacerdotisas. Drevan ocupó su puesto sin remordimiento alguno.

Conocía bien el precio del fracaso. Su antecesor inmediato, un tal Doran, había cometido el peor error posible: presentarse la víspera de un sacrificio con las manos vacías, después de que la ofrenda lograra escapar casi a las puertas del recinto. La ley que dictaban las sacerdotisas era implacable. La noche señalada, la ofrenda fue el propio Doran. Así pasó a engrosar la triste legión de eunucos que servían a las sacerdotisas, el escalafón más bajo de la jerarquía: fantasmas sin voluntad, sometidos por completo mediante vapores y bebedizos, reflejos penosos de los hombres que habrían podido llegar a ser. Pero la diosa exige sacrificios.

Las puertas del recinto amurallado se abrieron y el carro accedió al patio principal. Aquella mole de roca albergaba casi una ciudad entera. Los acólitos de menor nivel afanaban en sus tareas; los intermedios ejercían de administradores; y los Altos Acólitos, casi todos de avanzada edad, observaban desde los ventanales como reyes perfumados. Eran los únicos que yacían con las sacerdotisas y engendraban a la siguiente generación de elegidas. Algún día seré como ellos, se repetía Drevan. Algún día montaré a esas zorras sagradas hasta reventarles el coño y les llenaré la barriga de acólitas nuevas.

Un grupo de eunucos se acercó al carro para descargar al muchacho. Al frente iba Calén, el siervo personal de la suma sacerdotisa. Pálido, delgado, de facciones finas y casi femeninas, mirada triste y resignada. Drevan recordaba perfectamente la noche en que lo había llevado hasta allí, apenas un año atrás. Detrás venía Doran, su antecesor, y al verlo el cazador tragó saliva como siempre: aquel rostro conservaba una rabia fría que era un recordatorio permanente de cómo podía acabar él si alguna vez fallaba.

No sentía culpa. Todos tuvisteis la ocasión de salvar vuestra hombría, muchachos, y la perdisteis, pensaba encogiéndose de hombros. Se convertiría en Alto Acólito aunque tuviera que cazar a cientos de aquellos chicos dulces. Y entonces, por fin, podría yacer con Velmira, abrirle las piernas y follársela hasta que aquella mirada de hielo se derritiera en gemidos.

***

Una luz tenue proyectaba sombras danzantes sobre las paredes de la gran cámara abovedada. Velmira sentía un respeto reverencial por aquel lugar que le servía de aposento, por donde habían pasado todas las sumas sacerdotisas que la precedieron durante mil generaciones.

Dejó caer el finísimo vestido ceremonial y permitió que el fiel Calén lo recogiera con servilismo. Bajó despacio los peldaños del amplio estanque rectangular del centro de la sala, situado justo bajo la abertura circular de la bóveda, por donde se colaba la luz de la luna. Aquellas aguas alargaban la vida de las sacerdotisas y las mantenían jóvenes. Velmira no sabía con certeza qué edad tenía —siempre había vivido en el templo—, pero no aparentaba mucho más de treinta. Desde niña había quedado claro que su conexión con la divina madre era especial.

El rito de aquella noche había transcurrido a la perfección. Un mes más, la diosa había recibido lo que exigía: la virilidad de un joven hermoso, ardiendo en el fuego sagrado a los pies de su efigie. Nemora pide fertilidad para devolverla aumentada; hace crecer los campos a la vez que siega la flor de los muchachos. Las ciudades-estado de más allá de la región, ricas y orgullosas, le temían y jamás osaban declararle la guerra.

Velmira realizaba el rito con gusto. Privar a aquellos jóvenes de su orgullo era un precio ínfimo a cambio de sostener el ciclo del mundo. Le ofendía verlos suplicar y patalear, ciegos al honor que se les concedía. Pero ya aprenderían; al final todos aprendían. Una vez sometidos, las sacerdotisas los moldeaban con sus artes hasta convertirlos en criaturas dóciles y sin voluntad.

Desde el agua miró a Calén, de pie con su vestido, esperando. En su caso la doma había sido particularmente fácil; su sumisión era total. Vestía solo una pequeña prenda blanca y una gruesa cadena de oro al cuello con el emblema personal de la suma sacerdotisa, para que ni él ni nadie olvidara nunca que era de su propiedad. A Velmira le complacía hacerlo desnudarse en su presencia mientras se bañaba, comprobar que su mirada vacía no cambiaba un ápice al verla nadar, y reclamar de él placer con la lengua cuando se le antojaba.

—Ven —murmuró desde el borde del estanque.

Calén dejó caer la prenda blanca al suelo de piedra. Su cuerpo desnudo era casi lampiño, pálido como la leche, y entre sus piernas colgaba apenas una pequeña arruga de piel: el patético apéndice que las sacerdotisas le habían dejado tras extirparle todo lo demás. Descendió los peldaños en silencio hasta hincarse de rodillas junto al borde. Velmira flotó hasta él, se aferró al mármol y separó los muslos, exhibiéndole su coño pálido y depilado justo al filo del agua.

—Trabaja —ordenó.

El eunuco bajó la cabeza sin un asomo de emoción en la mirada y hundió la boca entre las piernas de su ama. Su lengua, adiestrada durante meses hasta la perfección, trazó un círculo lento sobre el clítoris hinchado de la sacerdotisa, y después empezó a lamer con un ritmo constante, entrenado, obediente. Velmira dejó escapar un suspiro y le hundió los dedos en el pelo rubio, obligándolo a apretar más la boca contra su coño. La lengua de Calén se coló entre sus labios mojados, chupando y sorbiendo con paciencia infinita, sin cansarse, sin quejarse, sin desear nada más que servir. Aquella era la única función que le quedaba en el mundo, y la ejercía como los grandes maestros ejercen su arte.

Velmira arqueó la espalda contra el borde. Sus pezones se endurecieron sobre la superficie del agua. La lengua del eunuco no cedía; entraba y salía, la punta ágil abriéndose paso hasta el fondo húmedo de su coño, y luego volvía a subir para lamer con dulzura el clítoris y arrancarle un temblor. La suma sacerdotisa gimió despacio, entre dientes, y le tiró del pelo con más fuerza. Calén aumentó el ritmo. Chupaba, lamía, hundía la nariz en el vello sedoso, tragaba el flujo cada vez más abundante que le brotaba a su ama. Velmira notó cómo el placer le subía por el vientre, se le acumulaba en las caderas y le hacía apretar los muslos alrededor de la cabeza del siervo. Cerró los ojos, contuvo el aliento un instante y se corrió en la boca del eunuco con un largo estremecimiento, apretándole la cara contra su coño hasta que casi lo ahogó.

Cuando por fin lo apartó, la boca y la barbilla de Calén brillaban empapadas. Él le pasó la lengua a los labios con una última reverencia sumisa, sin cambiar la expresión, y se retiró unos pasos, dejando que la sacerdotisa flotara de nuevo hacia el centro del estanque. Sin duda había hecho un buen trabajo: la castración no era solo del cuerpo, sino de la mente.

Flotando bajo la abertura de la bóveda, contempló la luna y sonrió. Hacía pocas noches, la voluntad de la diosa le había sido revelada. El sacrificio del mes siguiente sería excepcional, algo visto solo cada varias generaciones: la Luna de Sangre Dorada. Salió del estanque goteando, dejó que Calén la vistiera y, con un susurro, ordenó que hicieran pasar al cazador, que aguardaba en la antecámara.

***

Drevan entró con su habitual descaro. Velmira percibió cómo el deseo se encendía en él al verla con el vestido húmedo pegado al cuerpo, marcándole las tetas y los pezones erguidos, y se divirtió notando en los ojos de Calén una tímida llama de odio: solo en presencia del hombre que lo había conducido a su destino afloraba algo parecido a un sentimiento en aquel eunuco.

La sacerdotisa tomó asiento en su trono y dejó caer las palabras como cuchillos.

—Luna de Sangre Dorada —dijo.

Un escalofrío recorrió al cazador. Todos en Nemorath conocían las historias. Una vez cada varias generaciones, la diosa no se contentaba con los tributos mensuales: exigía algo mayor. Los atributos que habían de arder en su altar debían pertenecer a un joven de sangre real.

—¿Y se me elevará de rango si traigo a semejante presa? —preguntó él, recuperando el aplomo.

—Te limitarás a obedecer —respondió ella con frialdad—. Si fracasas y vuelves con las manos vacías, ya sabes cuál será el precio. Serán tus propios atributos los que ardan.

Drevan se llevó instintivamente la mano a la entrepierna, apretándose la verga por debajo de la túnica como para asegurarse de que aún estaba allí. Velmira le indicó dónde encontrar a la presa: Veronte, la mayor y más poderosa de las ciudades del otro lado de la región. Su heredero era el príncipe Kaelen, un joven vigoroso que solía cabalgar y cazar solo cada mañana por el bosque que rodeaba la ciudad. Aquel sería el momento.

***

El cazador puso rumbo a Veronte haciéndose pasar por buhonero, acampó en un claro junto a un pequeño lago y dedicó varios días a espiar al príncipe. Kaelen repetía siempre el mismo recorrido. Era una presa excepcional: más alto que él, mucho más fuerte, en una forma admirable. Por primera vez en su oficio, Drevan dudó. Si el príncipe lo vencía, más le valía morir allí mismo que terminar en las mazmorras de Veronte. Y si escapaba, presentarse en el templo sin él tampoco era una opción.

Una mañana, Kaelen llegó mucho más temprano de lo habitual. No iba solo a beber: se disponía a darse un baño. Comenzó a desvestirse y el cazador observó, agazapado entre los arbustos, un cuerpo que parecía tallado en mármol. Cuando cayó al suelo la última prenda, Drevan tragó saliva: entre los muslos del joven colgaba una verga gruesa y larga, incluso en reposo, coronada por un par de huevos pesados como los de un semental. Sintió una envidia sorda y masculina, esa que empuja a un hombre rústico a despreciar lo que no tiene. Decidió que aquel sería el momento, mientras la presa estuviera desnuda y desprevenida.

Tomó la soga y salió de su escondite. Kaelen oyó los pasos y se volvió justo a tiempo de estrellarle un puño en la cara. Drevan retrocedió aturdido, pero conocía suficientes trucos sucios de las tabernas de su juventud. Sabía que ante un hombre mucho más alto, la baja estatura es una ventaja: tienes al alcance su punto más débil. Estiró la mano y agarró con fuerza el bulto que colgaba entre las piernas del joven, y apretó. El rostro de Kaelen se contrajo en un dolor que lo dobló por la mitad. Cuanto más apretaba el cazador, hundiéndole los dedos en los huevos y retorciéndoselos, menos fuerza era capaz de hacer su rival. En otras circunstancias habría reventado aquello sin contemplaciones —ya lo había hecho de niño, en una pelea de taberna—, pero ahora debía tener cuidado: cualquier daño a los preciados atributos del príncipe lo pagaría con los suyos. Cuando el coloso cayó de rodillas, jadeando y rojo de cara, Drevan lo soltó y lo ató de pies y manos.

***

Kaelen despertó con el traqueteo del carro y un dolor insoportable en la entrepierna. Tardó poco en comprender. Entre los bultos, hecha un ovillo, vio una capa oscura con un emblema plateado en forma de luna, y tuvo que reprimir un grito de horror. Había oído hablar toda su vida de aquel culto funesto que capturaba muchachos para saciar la sed de su diosa. Y sabía que, una vez cada varias generaciones, elegían también a un príncipe.

El joven era orgulloso, pero no estúpido. Estudió al cazador y comprendió que aquel hombre rudo y vulgar no actuaba por fe, sino por ambición.

—Espera —dijo cuando el otro se acercó a amordazarlo—. Hoy podrías tener todo lo que deseas. Llévame a Veronte y te recompensaré. Llevamos generaciones soñando con arrasar ese templo, pero su fama de inexpugnable nos ha frenado. Tú trabajaste en los túneles; conoces cada acceso. Dibuja un mapa para mi padre y te nombraremos general.

Drevan detuvo el carro. La codicia le iluminó los ojos.

—¿Y cómo sé que no me colgarás en cuanto lleguemos?

—Eso dependerá de lo valiosa que sea tu información —respondió Kaelen con astucia.

El cazador pareció pensarlo largamente.

—Solo quiero una cosa —dijo al fin—. A Velmira. La suma sacerdotisa.

El príncipe sonrió.

—Será tuya. Mi padre y los otros reyes querrán juzgarla, pero yo defenderé tu derecho. Podrás hacer de ella lo que quieras. Follártela por todos los agujeros hasta que se te canse la polla, si eso te complace.

La lascivia llenó la mirada de Drevan. Sacó su cuchillo despacio y cortó las ataduras del príncipe. Luego volvió a tomar las riendas, pero cambió el rumbo, de regreso por donde habían venido.

—No pasa un solo día sin que piense en ella —murmuró—. Sueño con arrancarle ese vestido, con hundírsela hasta el fondo, con oírla suplicar mientras me la corro dentro. Pero ni en mis mejores sueños la había imaginado solo para mí.

Kaelen se cubrió con la capa negra, satisfecho. Ha mordido el anzuelo como el necio que es, pensó. Cuando le pidió parar en el claro del lago para recoger sus ropas, el cazador accedió. El príncipe se agachó a vestirse y entonces notó un empujón en la espalda.

***

Cayó al suelo y, en un instante, casi una decena de muchachos pálidos y enjutos lo rodearon. Eran flacos, ninguno habría sido rival para él solo, pero le superaban en número. A lo lejos, otros tantos derribaban a Drevan del carro. Uno de ellos, de rasgos afeminados y mirada vacía, le acercó un frasco a la nariz al cazador y lo hizo perder el conocimiento.

Calén había cumplido el encargo de su señora a la perfección. Hacía tiempo que Velmira desconfiaba de aquel individuo, y por eso lo había enviado al mando de los siervos más leales, a seguirlo como sombras. Las sospechas estaban fundadas. Ahora la diosa tendría doble cosecha: nada menos que un príncipe de sangre y, junto a él, un traidor. La Luna de Sangre Dorada sería inolvidable.

Para Calén no existía más que el servicio abnegado a su señora. Era todo cuanto le quedaba desde que dejó de ser hombre. Velmira lo había fabricado con su cuchillo aquella noche de luna llena; lo que fuera antes ya no importaba, había ardido en el altar. Ahora era una extensión de la voluntad de su ama. Y, sin embargo, en raras ocasiones aún recordaba lo que era sentir algo: una de ellas era el odio impotente que le hervía cada vez que tenía cerca al cazador.

Bajó la vista hacia la entrepierna del príncipe inconsciente, todavía desnudo. Aquella verga gruesa y pesada, con sus huevos generosos, hecha para el placer y la procreación, nada tenía que ver con el patético apéndice que a él le habían dejado. Sintió rabia. Alargó la mano y rozó la pesada bolsa de carne, primero con las yemas, luego agarrándola entera. Le hubiera gustado retorcerla hasta reventarla. La sopesó despacio, apretándole los huevos hasta que el príncipe, aun desmayado, dejó escapar un gemido de dolor. Luego subió los dedos por la verga fláccida y la envolvió con toda la mano, sintiendo su grosor, su peso, todo aquello que él ya nunca volvería a tener. Cerró el puño con crueldad silenciosa. Pero no haría falta: muy pronto aquel coloso de mármol sería exactamente igual que él. El rostro inexpresivo del eunuco se torció en una sonrisa apenas perceptible.

***

La luna llena se alzaba poderosa cuando los dos cautivos fueron preparados en sus celdas. Hicieron falta casi diez eunucos para someter al príncipe mientras lo lavaban y ungían con el mismo aceite perfumado de los siervos castrados. Manos frías le recorrieron cada centímetro del cuerpo, le levantaron los huevos, le enjabonaron la verga con una parsimonia burlona, se demoraron entre las nalgas como si ya lo estuvieran preparando para lo que sería después de aquella noche: una cosa, no un hombre. Drevan, en cambio, no se resistió.

El gran salón estaba listo. Cientos de eunucos y adeptos se apiñaban bajo la inmensa bóveda. En la tribuna de honor, los Altos Acólitos con sus solemnes ropajes. En el centro, sobre una tarima, el altar de Nemora: la fría imagen de la diosa iluminada por el fuego que ardía a sus pies, y frente a ella una mesa circular de piedra con grilletes. Alrededor, todas las sacerdotisas, etéreas y jóvenes. Y en medio, Velmira.

Anclaron al príncipe sobre la mesa con los miembros formando una equis. Kaelen aullaba y tiraba de las cadenas con una fuerza colosal, pero fue inútil. Velmira avanzó despacio hasta colocarse entre sus piernas, recibió el cuchillo de manos de una hermana y le preguntó, según la tradición, si deseaba un último momento de placer. El desdichado ni siquiera parecía oírla; sollozaba, ya sin desesperación, con pura resignación. La operación fue rápida y precisa —abrir, extraer, cortar—; la suma sacerdotisa la había aprendido desde niña y siempre la asombró su sencillez. Todos contemplaron extasiados el fulgor de las llamas cuando la virilidad del príncipe fue arrojada al fuego. Generaciones de soberanos orgullosos, cortadas de un solo tajo.

Mientras arrastraban al recién castrado hacia sus nuevas estancias, las miradas se volvieron hacia la segunda ofrenda. Drevan subió los peldaños con una calma insolente, e incluso sonrió al ver el desconcierto en los rostros de las sacerdotisas: una erección desafiante, gruesa y venosa, se alzaba entre sus piernas, apuntando descarada hacia la bóveda. Calén tiraba de la cuerda que le habían ceñido a los genitales, marcándolo como traidor, con un gesto de odio ante aquella exhibición improcedente.

El cazador se tendió sobre la mesa y extendió las manos para los grilletes. Velmira formuló la misma pregunta de siempre. Y, quizá por primera vez en generaciones, la respuesta fue afirmativa.

***

La sala entera contuvo el aliento. Velmira nunca había visto algo igual. Dudó un instante, severa, antes de despojarse del vestido ceremonial y dejar que cayera al suelo de piedra. Su cuerpo blanco brillaba a la luz del fuego: tetas altas y redondas coronadas por dos pezones oscuros, el vientre plano, las caderas anchas, y entre los muslos aquel triángulo sedoso que ocultaba el coño más deseado y prohibido de toda Nemorath. La sala entera vio a su suma sacerdotisa desnuda por primera vez en la vida.

Subió los peldaños de piedra en silencio, rodeó la mesa y se detuvo un instante a los pies del cazador. La polla de Drevan palpitaba erecta, apuntándola como una lanza. Velmira alargó la mano y la envolvió con dedos fríos, apretándola como si sopesara una ofrenda antes de arrojarla al fuego. Él dejó escapar un gruñido ronco entre los dientes apretados. La sacerdotisa deslizó el puño de la base a la punta despacio, saboreando la impotencia del cautivo, luego se inclinó y le pasó la lengua por el glande de una sola lamida larga, húmeda, deliberada. Drevan tiró de los grilletes con un rugido. Ella sonrió apenas y volvió a lamer, esta vez recorriendo toda la longitud, desde los huevos hinchados hasta la punta que ya rezumaba una gota espesa. Se metió el glande en la boca y lo chupó con la calma de quien saborea un fruto sagrado, hundiéndolo hasta el fondo de la garganta y sacándolo despacio, empapado de saliva.

Un murmullo recorrió la sala. Ninguna sacerdotisa recordaba haber visto a Velmira arrodillarse ante un hombre. Pero aquello no era veneración: era el ritual último, el homenaje burlón que la diosa concedía a la última erección de un condenado. Cuando la verga estuvo empapada, hinchada y morada, Velmira se irguió, subió a la mesa y se colocó a horcajadas sobre el cautivo.

Se agarró la polla con la mano, se la frotó contra los labios del coño abriéndolos despacio, dejando que el glande resbalara arriba y abajo sobre su clítoris. Drevan gemía y se agitaba en las cadenas, desesperado por hundirse dentro de ella. Velmira le sostuvo la mirada, implacable, y por fin bajó las caderas y lo recibió dentro de ella con un movimiento lento y deliberado, sin apartar nunca aquellos ojos terribles de los de él. El coño de la sacerdotisa, cálido y estrechísimo, se tragó la polla del cazador hasta la raíz. Drevan lanzó un grito ronco. Llevaba años pajeándose imaginando aquel momento, y la realidad era mil veces más brutal.

Velmira empezó a moverse. Al principio despacio, subiendo y bajando con una cadencia ritual, dejando que la verga se le hundiera entera y luego saliera casi por completo antes de tragársela de nuevo. Sus tetas se bamboleaban con cada embestida, los pezones duros como piedras. Drevan estaba eufórico. Durante años había soñado con yacer con la suma sacerdotisa, imaginándose primero como un respetable Alto Acólito y después incluso como un general victorioso que la tomaría por botín. Las cosas habían acabado de un modo muy distinto, atado a una mesa de sacrificios, pero allí estaba ella, montándolo con un ritmo implacable, su boca contrayéndose con cada embestida, apretando el coño alrededor de la polla como una mano invisible que no lo dejaba escapar.

—Sacerdotisa —jadeó él entre dientes—, más rápido, hija de puta, más rápido...

Velmira le respondió con una sonrisa cruel y aceleró el ritmo. Bajaba las caderas con violencia, martilleándose contra su pelvis, y el sonido húmedo de su coño tragándose la verga resonaba en la bóveda entera junto a los jadeos del cautivo. Le clavó las uñas en el pecho velludo hasta hacerle sangre. Le pellizcó los pezones y se los retorció mientras cabalgaba. Se inclinó hacia adelante para acercarle una teta a la boca; Drevan la mordió con desesperación, chupándola con toda la rabia y todo el deseo acumulados en años de celda. Ella dejó escapar el primer gemido genuino de la noche, gutural, y le tiró del pelo hasta arrancárselo a puñados.

Se irguió de nuevo y siguió montándolo. Ahora su coño empapado brillaba a la luz del fuego, y cada vez que subía se veía la verga del cazador reluciente de jugos, gorda y roja, antes de desaparecer otra vez dentro de ella. Velmira se llevó una mano al clítoris y empezó a frotárselo con dos dedos, marcándose ella misma el ritmo. Su cuerpo entero se estremecía. Le clavaba los ojos en los de él y se deleitaba en su frialdad, en el modo en que la sacerdotisa controlaba cada movimiento mientras el calor subía y el sudor le perlaba la piel a ambos. Calén, a un lado, parecía más impotente que nunca, contemplando cómo la mujer a la que servía con la lengua se abría hasta el fondo para el hombre al que él más odiaba en el mundo, y eso lo hizo gozar todavía más.

—Córrete dentro de mí, cazador —siseó Velmira, inclinándose sobre él con las tetas rozándole el pecho—. Vacíate. Que la diosa reciba tu semilla antes de recibir tu carne.

Drevan aulló. Tiró de las cadenas hasta que los grilletes le abrieron la piel de las muñecas. La sacerdotisa cabalgaba ahora con furia, subiendo y bajando con toda la fuerza de sus caderas, machacándole la polla contra el fondo húmedo de su vientre. Él sintió cómo los huevos se le contraían, cómo el placer le subía en oleadas desde la ingle hasta la garganta, y estalló. Se corrió dentro de ella a chorros violentos, arqueando la espalda, rugiendo como un animal. Velmira siguió moviéndose sobre él, ordeñándole hasta la última gota, exprimiéndole la polla con contracciones lentas del coño. Drevan la sintió temblar sobre él, y por un instante glorioso comprendió que la suma sacerdotisa también se estaba corriendo, apretándose a sí misma el clítoris mientras el semen de un traidor la llenaba por dentro. Los gemidos ahogados de Velmira, secos y guturales, fueron el trofeo más precioso de la noche.

Cuando por fin se quedó quieta, siguió unos segundos más ensartada en él, el coño palpitando alrededor de la verga aún hinchada, el semen del cazador rebosando y resbalando por los muslos de la sacerdotisa. Luego, sin prisa, se incorporó. La polla salió de ella con un ruido húmedo y una gruesa cantidad de flujo blanco cayó sobre el vientre de Drevan. Velmira lo miró desde arriba, majestuosa, sudorosa, coronada por la luna que entraba por la abertura de la bóveda, y le sostuvo la mirada con una frialdad renovada. El rito privado había terminado. Ahora empezaba el otro.

Sabía lo que vendría después. No tenía idea de qué oscuras artes verterían sobre él las sacerdotisas para someter su voluntad para siempre, pero sabía que lo lograrían y que nada podía evitarlo. No le importaba. Dejó que el placer lo arrasara entero, una última vez, bajo la mirada impasible de la diosa de piedra. Incluso entonces, mientras la sentía bajarse de la mesa con el coño aún goteando su semen, mientras oía el rumor de las hermanas afilando el cuchillo consagrado y sabía que era la última vez que sería un hombre, Drevan pensó que seguiría pensando en Velmira cada día de la sumisión que le esperaba. Se esforzaría por ser el mejor de sus siervos. El más dócil de todos. Aquel al que ella eligiera, cuando le apeteciera, para arrodillarse junto al estanque y lamerle el coño con la misma boca que aún guardaba el recuerdo imborrable del sabor de su polla.

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Comentarios(7)

Vero_Mendoza

Tremendo giro!! no me lo esperaba para nada, quede sin palabras

DiegoRiver

por favor que haya segunda parte, quede con ganas de saber mas sobre la sacerdotisa

LaraM91

Me encanto la ambientacion, se siente como estar ahi. Muy bien narrado, de verdad

Nocturno_BA

Jajaja el titulo ya lo dice todo pero igual te sorprende. Clasico

SantiLector7

Me recordo a esos cuentos de misterio que leia de chico, pero en version muy adulta jaja. Genail

MauroMed

El cazador cazado. Me encanto ese concepto, muy bien ejecutado

tinta_y_morbo

excelente!!! sigue escribiendo asi, se hizo muy corto

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