El precio que pagué la mañana de mi boda
La imagen que me devolvió el espejo era deslumbrante. Mis amigas me colmaban de piropos, deslizaban los dedos por el tejido bordado, por la pedrería diminuta que brillaba con la luz de la mañana. Sí, había costado una fortuna, pero valía la pena. Solo lo llevaría ese día, unas pocas horas, y aun así valía la pena. Era el día más feliz de mi vida. Me casaba con el hombre con el que había soñado desde siempre, y después de cuatro años de penurias por fin tenía un puesto estable, bien pagado, para toda la vida.
Y sin embargo mi cara no expresaba la felicidad que todas esperaban.
—Cosa de los nervios —repetía Nuria, una y otra vez, como si quisiera convencerse a sí misma.
—Pero faltan cuatro horas, mujer. ¿No tienes miedo de que pase algo? —preguntó Raquel.
—No, tranquilas —respondí, y me sorprendió lo firme que sonó mi voz.
—Venga, no os preocupéis —cortó Nuria—. Id a arreglaros vosotras, que se os hace tarde. Yo me quedo cuidándola. Vigilando que no se manche nada, jeje.
Una ristra de besos, un «nos vemos luego» repetido cinco veces, y mis amigas fueron saliendo. Solo Raquel se detuvo en la puerta, con una pregunta que sonaba a reproche.
—Tu madre ya debería estar aquí, haberte visto tan guapa. ¿Dónde se ha metido?
—No lo sé. No me coge el móvil. Pero no creo que tarde.
***
Cuando la puerta se cerró, seguí mirando el espejo. O tal vez no miraba nada. Mi mirada se había perdido en algún punto del cristal hasta que Nuria me sacó del trance.
—¿Vamos?
La miré. ¿Mi amiga? Hacía tres meses ni siquiera la conocía, y ahora a veces la sentía como una aliada y a veces como mi verdugo. En cualquier caso, era la persona con la que más tiempo pasaba.
Mi mirada suplicante debería haber ido acompañada de una súplica de verdad, pero callé. Era inútil. Tampoco Nuria tenía la opción de pararlo todo, de pasar página. Las dos estábamos atrapadas en la misma maquinaria.
Agaché la cabeza mientras ella se acercaba a abrir la puerta de mi suite, mi «nido de amor». En esa misma habitación se suponía que íbamos a consumar el matrimonio esa noche. No sería la primera vez con él, claro, pero sí la primera con la bendición de la iglesia, con esa etiqueta de «para toda la vida» que el cura pronunciaría en unas horas.
Miré la cama un instante y suspiré. Nuria ya estaba en el umbral. No me metía prisa, pero las dos sabíamos que demorarlo no servía de nada.
***
La puerta de la habitación 131 se cerró detrás de nosotras. Levanté el faldón del vestido para que no rozara la moqueta, aunque todavía le faltaba la cola, los casi dos metros de tul que me colocarían en cuanto bajara del coche nupcial.
—Quítate el vestido. Y el tocado.
Quien me ordenó desvestirme era el hombre que ocupaba el sillón frente a mí, con su vaso de whisky con hielo y una mirada impasible. Damián. Siempre el mismo gesto de quien sabe que va a salirse con la suya.
Nuria me ayudó con la cremallera.
—El corsé no. Ni las medias. La braga sí, mejor —dijo él—. Será más cómodo.
—Por favor. Hoy no… —musité.
Mi voz lastimera, lejos de ablandarlo, le arrancó una sonrisa.
—Hoy es el día perfecto, chiquilla. El mejor que podíamos elegir.
—Pero esta tarde…
—Tenemos tiempo de sobra, niña. Salvo que te hagas la remolona. Ven, arrodíllate.
—Las medias… —protesté.
—Está la moqueta. Y de todos modos, si se estropean no se verán con ese vestido. Igual que el corsé. Vamos, de rodillas. Sácamela.
Me arrodillé frente al sillón con el corsé apretándome el pecho y las medias tirantes en los muslos. Le desabroché el cinturón, le bajé la cremallera y saqué su polla ya medio dura. Gruesa, con las venas marcadas, el glande brillando en la punta con una gota de líquido preseminal que me untó los labios en cuanto acerqué la boca. Olía a él, a whisky y a colonia cara. Me dio arcadas antes siquiera de metérmela.
En cuanto mis labios rozaron su glande, una lágrima recorrió mi mejilla y abrió un surco en el maquillaje.
—Preciosa. No te apures por el rímel, Nuria te lo arregla cuando acabemos. El peluquero del hotel también está avisado. —Se giró hacia ella—. Hazle una foto en cuanto la tenga dentro. Está magnífica.
Empecé una felación apresurada, ayudándome con la mano, chupando la punta y bajando hasta la mitad del tronco, notando cómo se hinchaba y endurecía dentro de mi boca. La saliva empezó a caerme por la barbilla y a gotear sobre el corsé blanco. Damián me detuvo posando la palma en mi frente.
—Sin prisas, chica. Déjame disfrutarlo. Tenemos mucho tiempo. Sácamela entera y lámela desde los huevos hasta la punta. Así, muy despacio. Y mírame mientras lo haces.
Obedecí. Saqué la lengua y recorrí toda su verga por la parte de abajo, notando cada vena, cada latido. Le lamí los cojones uno a uno, me los metí en la boca mientras con la mano le meneaba el glande empapado en mi saliva. Él suspiraba, satisfecho, y de vez en cuando me apartaba el pelo para verme mejor la cara.
—Eso es. Ahora escupe encima y métetela hasta el fondo. Quiero oírte atragantarte con ella.
Junté un buen buche de saliva y lo dejé caer sobre el glande. Con la mano lo esparcí por toda la longitud y me la metí de golpe hasta que la punta chocó contra el fondo de mi garganta. La arcada fue inmediata, se me saltaron las lágrimas de nuevo, y él soltó una carcajada corta mientras me sujetaba la cabeza para que no la sacara.
—Pero mi madre… —insistí en cuanto pude respirar, con la voz rota y un hilo de baba colgando del labio.
—Tu madre está ocupada con Adrián. La verás cuando llegues a la iglesia, en la puerta.
—¿Adrián? No…
—¿Por qué? Me cae bien ese chico. Es obediente y servicial. En cuanto tu padre caiga borracho, se la llevará del banquete.
—¿Mi padre? Por favor… —El estómago se me cerró.
—Tu padre y tu marido. ¿Crees que voy a dejar que te folle esta noche? Hoy eres mía. Mañana despertarás a su lado y, si la resaca se lo permite, podrás follártelo. A pelo, además. Así él también entra en la ruleta.
—¿Qué ruleta?
—Tus anticonceptivos no son reales, llevas meses tomando vitaminas. A partir de hoy follarás sin condón conmigo y con quien yo decida, hasta que te quedes embarazada. Los hijos son la alegría del hogar, ¿no? Solo espero que el crío no salga moreno, ja.
—Me estás destrozando la vida…
—Te la destrozaste tú solita, nena. Tenlo siempre presente. Que te arrepientas me da igual. Pero te haré una promesa, mi regalo de bodas: en cuanto confirmes el embarazo, te dejaré libre. Con una condición, que le pongas mi nombre. Claro que, si sale niña, tendrás que seguir intentándolo.
—Eres un hijo de puta. —Mi cara de rabia no alteró ni un músculo de su sonrisa.
—Y orgulloso que estoy. —Bebió un trago—. Sigue, despacio, para saborearla mejor. Y las manos a la espalda. ¿O prefieres que te las ate?
***
Junté las muñecas detrás de la cintura y me la volví a meter en la boca sin usar las manos. Ahora era él quien marcaba el ritmo, tomándome de la nuca, del pelo, forzándome más adentro con un «tú puedes, no te pares». Cada embestida contra mi garganta me arrancaba una arcada, y con cada arcada la saliva me chorreaba por la barbilla, por el escote del corsé, entre los pechos apretados. Él me follaba la boca con ganas, sin miramientos, sujetándome la cabeza con las dos manos mientras yo trataba de respirar por la nariz. El clic de la cámara de Nuria sonó una, dos, tres veces.
—Venga, Nuria —dijo de pronto sin sacármela—. En la bolsa hay un arnés. A ver si abriéndole el culo abre más la boca.
El intento de queja desde mi posición arrodillada fue imposible: la mano en mi nuca me impedía liberar la boca. Noté cómo el faldón se levantaba y algo tanteaba mi entrada, no la trasera, sino el coño. Un dedo de Nuria se hundió entre mis labios, buscando lubricación propia para el arnés.
—¿Qué haces? —preguntó él.
—Lubricarla —respondió Nuria.
—¿Para qué? No. A pelo.
—Venga, Damián, no seas bestia.
—Está bien… —cedió a medias—. A ese culo aún le queda trajín esta noche. Pero la primera embestida, hasta el fondo.
Sentí la punta fría del consolador contra mi ojete apenas humedecido con un poco de saliva que Nuria escupió sobre él. Apreté los dientes en torno a la polla de Damián por instinto, y él me tiró del pelo para que no lo mordiera. La penetración anal fue brutal: Nuria empujó de una embestida y me abrió entera, sin pausa, hasta hundirme el arnés hasta la base. Grité con la boca llena, se me nubló la vista, se me escapó un chorrito de pis que empapó las medias.
Los gritos de «¡rómpela!» empujaron a Nuria a ser más dura, aferrándose a mis caderas mientras me atravesaba a un ritmo frenético, sacándomelo casi entero y volviendo a clavarlo hasta el tope. El arnés hacía un ruido húmedo cada vez que chocaba contra mis nalgas, y yo me balanceaba adelante contra la polla de Damián con cada envión. Damián sujetaba mi cabeza y me follaba la garganta al mismo ritmo, hasta que sentí que el glande se le hinchaba más y el sabor a preseminal me inundó la lengua.
—Vamos, levántala —ordenó, tirándome del pelo.
Nuria salió de mi culo de un tirón que me hizo aullar y me ayudó a incorporarme para encajarme sobre él, a horcajadas en el sillón, de espaldas. Me sujetó la polla en vertical y me hizo bajar lentamente sobre ella. El glande empujó contra mi coño todavía seco por los nervios, se abrió paso arrancándome un quejido largo, y me clavé sobre él hasta sentar el culo en sus muslos. Me ardía todo, el ano latiéndome, el coño estirado, pero apenas duró. Damián me agarró por las caderas y empezó a subirme y bajarme como si fuera un juguete, mientras Nuria me sujetaba los pechos por encima del corsé para que rebotaran ante la cámara.
—Muévete tú, puta. Cabálgamela.
Empecé a subir y bajar, apoyando las manos en sus rodillas, con las medias resbalando, notando cómo su verga se hundía en mi coño hasta el fondo, golpeándome el cérvix. Damián me pellizcó los pezones a través del corsé y me mordió el hombro. Al tercer envión me clavó las uñas en las caderas y me mantuvo quieta sobre sus piernas mientras terminaba dentro de mí, con embestidas cortas y profundas, gruñendo en mi oreja. Sentí cada latido de su polla vaciándose, chorro tras chorro, el semen caliente rellenándome por dentro y empezando a escurrirse ya alrededor del tronco.
—Uff, estupendo. Ponle el arnés para que no se salga nada.
Nuria me levantó y en el mismo movimiento me encajó el arnés en el coño, tapándome como un corcho. Sentí el semen atrapado dentro, caliente, chapoteando cada vez que me movía.
Obediente, sumisa, tomé el arnés que Nuria acababa de desabrochar del culo y del que aún colgaban restos.
—Pero límpialo antes. Chúpalo, para que no pilles una infección. —Hizo una pausa—. ¿Sabes, Elena? Creo que tienes mucho potencial como puta. Cuando deje el Club, a lo mejor te lo sorteo entre los clientes. ¿Te gustaría ser la madame de un local así?
Me metí el consolador en la boca y lo chupé entero, tragándome mi propio sabor, sintiendo arcadas otra vez. Nuria hizo otra foto.
Estaba sentada en el suelo, intentando acomodar el arnés que rellenaba mi coño chorreante, cuando llamaron a la puerta.
***
—Vale, putita. Sácate el arnés y arrodíllate mirando la puerta. Y abre un poquito la boca.
Me saqué el tapón y un chorro espeso de semen mezclado con mis flujos se derramó sobre la moqueta entre mis muslos. Nuria chasqueó la lengua, molesta por la mancha, pero no dijo nada. Me coloqué de rodillas frente a la puerta, con las manos apoyadas en los muslos, el corsé desabrochado, un pecho fuera, el pintalabios corrido y la boca entreabierta como me habían pedido.
Cuando Nuria abrió, entraron cinco personas: cuatro hombres y una mujer, todos jóvenes salvo uno que rondaría los cincuenta.
—Estos son los camareros que te van a servir en el banquete. Es de justicia que les des una propina por adelantado, ¿no crees? No han querido venir todos, y de la cocina solo Marcos. Pero basta de presentaciones. Ve bajándoles los pantalones, que tienen que prepararse.
Empecé por el mayor, Marcos, el de cocina. Le desabroché el pantalón y le saqué una polla corta y muy gorda, que ya se estaba poniendo dura. Me la metí en la boca y él suspiró largo, agarrándome del pelo casi con ternura, hasta que empezó a empujar más adentro. Antes de que llegara al borde me apartó, me giró la cara y se corrió sobre mis mejillas, entre los ojos, con un gemido ronco. El primer churretón caliente me cegó un instante.
El siguiente, uno de los jóvenes, ni me dejó chupársela; me tumbó de espaldas en la moqueta, me abrió las piernas y se metió del tirón en el coño todavía embadurnado del semen de Damián. Follaba rápido, casi torpe, mordiéndome el cuello, hasta que sacó y me pintó las tetas y el corsé.
La más amable fue la chica. Me agradeció el sexo oral con un «gracias, guapa» cuando le hundí la lengua entre los labios y le chupé el clítoris con verdadera hambre; quiso probar el arnés, pero lo hizo con delicadeza, colocándose ella misma encima y moviéndose despacio, buscando mi placer más que el suyo. Me lamió los pezones, me acarició el pelo, y casi me arrancó un orgasmo que me dio más vergüenza que placer, mientras yo trataba de contener los espasmos y ella sonreía.
El más salvaje, uno de los jóvenes, me tomó del pelo, me escupió en la boca abierta y me mordió los pezones hasta que aullé. Se metió la polla en mi boca y me la follaba a fondo, sujetándome con las dos manos, atragantándome sin parar. Damián lo detuvo cuando quiso abofetearme y, como todos, terminó sin sacarla, corriéndose sobre mi lengua y obligándome a tragar. El sabor me dio arcadas, y él se rio.
Eso envalentonó a los otros dos, que antes de irse me hicieron arrodillarme de nuevo, uno delante y otro detrás. El de detrás me metió la polla en el coño ya lleno de restos, empujó dos, tres, cuatro veces, y se corrió dentro mientras el de delante me llenaba la boca al mismo tiempo. Sentí los dos chorros a la vez, uno subiendo por la garganta, otro escurriéndome entre las piernas.
—No temas —intentó tranquilizarme Damián—. En el banquete se portarán como si no te conocieran de nada. Por su propio bien. Lo mismo que les he regalado esto, puedo dejarlos sin trabajo y sin dientes como te hagan la mínima insinuación.
Contemplé mi imagen patética en el espejo alargado de la habitación. Qué diferente de la que había visto hacía menos de una hora. Miraba con rabia los churretones de la cara, los grumos que amarilleaban sobre el corsé entreabierto, los hilos de semen que me caían desde el coño por el interior del muslo hasta perderse en la media.
—¿Y ahora? ¿Me puedo ir ya? —pregunté.
—¡Qué prisas! Ahora viene lo bueno. Nuria, la venda. Vienen unos conocidos tuyos. Tú no sabrás quiénes son, ellos sí. Y les regalaré unas fotos de recuerdo. También para que no te pongas borde con nadie, para que ninguno pueda sacarlas a la luz.
Me desmoroné. La rabia se transformó en angustia, en miedo. ¿A quién habría elegido ese malnacido? ¿Amigos, familia, compañeros de trabajo?
***
Nuria me ató a los barrotes de la cama, boca arriba, con las piernas abiertas y las medias hechas jirones. Me colocó el antifaz y notó que temblaba. Me acarició la mejilla un instante, con un gesto que casi parecía humano, y se apartó.
Fueron pasando uno a uno, en absoluto silencio, alterado solo por los jadeos y el clic del disparador de la cámara. ¿Cuántos? ¿Seis, siete? El primero fue directo al coño, sin decir palabra, y se corrió dentro en tres embestidas. El segundo me la metió en la boca y me la vació entera en la garganta antes de que pudiera reaccionar. El tercero fue lento, me pellizcó los pezones, me pasó la polla entre las tetas y las juntó apretándomelas hasta que se corrió sobre mi cuello.
Solo dos entraron juntos, y alternaron: uno en la boca, otro en el coño, y en algún momento intercambiaron sin previo aviso, metiéndome en la boca la misma polla que acababa de estar en mi coño. Perdí la cuenta y hasta la conciencia de dónde tenía las manos atadas. Casi todos me las sujetaron, a la espalda o a los barrotes de la cama. Hubo azotes en las nalgas, en los muslos, uno con la mano abierta en cada teta, pero solo uno con el cinturón, tan duro que hizo protestar a Nuria: «¡No dejes marcas, joder!». Alguien intentó metérmela por el culo y Damián lo paró: «Ahí no, hoy no, ya está bastante abierta». Todos, sin excepción, se corrieron dentro o encima de mí. Terminé empapada, con el pelo apelmazado, el pecho, la barriga, los muslos, las medias, todo pegajoso.
Al quitarme el antifaz miré alrededor, desorientada. Tenía semen goteándome de la boca, de las tetas, resbalando por la cara interna de los muslos hasta la moqueta.
—¿Buscas el vestido? Está en tu habitación, para que te arregles cuando acabes. Ahora toca ir a peinarte.
Me miré en el espejo, aterrada. Nuria me ayudaba a colocar el corsé, pero los churretones cubrían todo mi cuerpo, incluso las medias.
—¡No puedo ir así!
—¿Cómo que no? No hay casi nadie en los pasillos. Y la peluquería ya ha cerrado al público. Ah, claro, falta algo.
De la maldita bolsa de la que habían salido el arnés y las pinzas, Damián sacó una fina correa blanca con una anilla en el centro. Nuria me la ciñó al cuello y él enganchó una cadenita plateada.
—Así está mucho mejor. Nuria te guiará. Supongo que ya imaginas cómo vas a pagarle al peluquero.
***
Al menos, triste consuelo, los tacones no sonaban sobre la moqueta del pasillo. Pero hasta el ascensor había un trecho que pasaba justo frente a mi habitación. ¿Y si había alguien dentro? ¿Mi madre?
—Vaya, vaya, qué juegos —oí.
Desvié la mirada hacia la pared. Los había visto al salir del ascensor, pero ni siquiera había distinguido si eran hombres o mujeres.
—¿A que está interesante? —les dijo Nuria, sonriendo.
—Ya te digo. ¿Podemos apuntarnos?
—¿Tenéis quinientos euros cada uno?
—Uy, demasiado caro. Y parece que ya está bastante usada, jeje.
—Ella los vale, os lo aseguro —zanjó Nuria, entrando al ascensor.
***
—Así que iba en serio —fue lo primero que dijo el peluquero al abrirnos. Nada más entrar cerró la puerta y bajó la persiana del corredor. Esquivé su mirada mientras me tomaba de la barbilla para contemplar mi rostro—. Como se me está poniendo el cuerpo, no voy a poder ni trabajar.
Nuria hizo el ademán de empujarme hacia abajo para que me arrodillara.
—No, no, mejor que se apoye en el sillón. Saca el culo hacia atrás, chica.
En cuanto puse las manos en el respaldo, las suyas empezaron a inspeccionarme: las caderas, el cuello, los pechos, las piernas. Me metió dos dedos en el coño, chapotearon en la mezcla de semen ajeno, y los sacó relucientes. Se los llevó a la boca sin dejar de mirarme por el espejo.
—¿Puedo elegir?
—Lo que quieras, pero tienes que terminar en el coño —respondió Nuria.
—¿Está…?
—No preguntes.
Se bajó el pantalón. Tenía una polla larga y curvada. Me escupió entre las nalgas, me abrió con los pulgares y probó primero en el ojete, hundiéndome medio glande. Me arrancó un quejido y se retiró.
—Nuria dice que en el coño. Obediente que es uno.
Se colocó detrás y me la metió de una embestida en el coño empapado. No necesitó preliminares, todo estaba ya resbaladizo. Me follaba echándome el peso encima, con una mano en la cadera y la otra apretándome la nuca contra el respaldo, mientras yo veía en el espejo su cara concentrada y la mía, corrida el maquillaje, la boca abierta. Duró lo que duró: unos minutos de embestidas largas, cada vez más rápidas, hasta que gruñó y me clavó los dedos, corriéndose dentro de mí a chorros, empujando hasta el fondo. Se quedó unos segundos así, respirando encima de mi espalda, antes de sacarla despacio.
—Precioso. Ahora sí, siéntate que te arreglo.
***
De cuello para abajo parecía que nada había cambiado desde que me miré en mi habitación. El peluquero hizo un trabajo excelente, reprodujo el peinado de la foto que le habían enviado horas antes. Nuria se esmeró con el maquillaje. Al menos volvería a la suite cubierta con la amplia bata de la peluquería y no medio desnuda.
—No vayas a llorar ahora que se te corre el rímel —me advirtió.
Faltaba media hora para subir al coche cuando mis amigas entraron en tropel.
—¡Perfecta! Menos mal que has sabido aguantar. Tiene que haber sido incomodísimo estar tantas horas con el vestido.
Lo incómodo no era el vestido, sino lo de debajo. El corsé, las medias y la braga conservaban los restos. Sentía cómo el semen del peluquero, mezclado con el de todos los demás, me seguía escurriendo lento entre los muslos, absorbido por la tela de la braga que ya estaba empapada. Aunque Damián me había jurado que mi marido no se enteraría, la idea de empezar a desnudarme delante de él esa noche me daba pánico. Y el collar. Un capricho de Nuria. La anilla seguía en mi cuello; la gargantilla bordada lo cubría por completo, pero un descuido…
***
Mi padre me ayudó a bajar del coche y, tomándome del brazo, me condujo hacia el altar mientras los dos niños sostenían la cola. En la puerta estaba mi madre, con un semblante imposible de descifrar, emocionado o roto. A su lado, Adrián, uno de los fotógrafos del reportaje.
La ceremonia fue impecable. Disimulé sonriendo la incomodidad de la ropa interior manchada y el beso a mi flamante esposo con esa boca.
***
Como había prometido Damián, los camareros me ignoraron toda la tarde. Ni una mirada de más, todo muy profesional. Tras el primer baile, mi padre me pidió otro. Parecía achispado. Al volver a la mesa empezó a comportarse raro, cansado. Un camarero lo acompañó al servicio. Ya no volvió.
Entonces caí en la cuenta de que yo no había probado el vino que les servían a él y a mi marido. Aun así, este aguantó casi toda la velada, bostezando, hasta bailó con las madrinas y con mi suegra, que también desaparecería luego a buscar a su marido.
Los mayores se retiraron a las once. Poco después lo hicimos los novios, entre aplausos y comentarios picantes: «¿Ya toca consumar?».
Pero no. Nuria, yo y uno de los camareros ayudamos a llevar a mi recién estrenado marido a la cama y lo dejamos en calzoncillos, dormido. El chico se despidió con cortesía y se marchó.
***
A los golpes en la puerta abrió Nuria, y la imagen me partió en dos. Mi madre, mi santa madre, vestida como una prostituta: minifalda de cuero, medias de rejilla, un top de escote imposible con una cadenilla colgando entre los pechos. En el cuello, un grueso collar con las letras «PILAR», por si algún conocido dudaba. El maquillaje exagerado, el rojo desbordando los labios.
Su tristeza contrastaba con la sonrisa socarrona de Adrián, a su lado, con la mano metida sin disimulo dentro de su escote, pellizcándole un pezón que asomaba fuera del top.
—Vamos —dijo él.
Ante mi gesto de llevarme las manos a la cremallera, me cortó.
—No, no te lo quites. Si se estropea con lo que saques esta noche, podrás comprarte otro. Vais a ser las putas más solicitadas del Club. A las cinco os traemos de vuelta, o lo que quede de vosotras. A tu mamá ya se la han pedido dos del sado más duro. Y se va a portar como una campeona, ¿verdad, puta?
De un tirón de pelo encaró a mi madre y le estampó un beso profundo, metiéndole la lengua hasta el fondo, mientras con la otra mano le sacaba una teta entera del top y se la amasaba delante de mí. Ella no opuso resistencia. Abrió más la boca, entregada, y le devolvió el beso con la desgana obediente de quien ya no tiene nada que perder.
—Sí, amo, lo que usted mande —murmuró ella cuando la soltó, sin que pudiera distinguir si había miedo o resignación en su voz.
—Pues vamos, que Margot me espera. Y tú te apuntas, ¿no, Nuria?
—Qué remedio —sonó resignada.
—Hace tiempo que quiero ver cómo te lías con mi chica mientras os reviento a las dos. Como Damián no estará, esta noche soy vuestro amo. ¿Queda claro? El Uber nos espera en el aparcamiento.
—¿Has pedido un Uber?
—Claro. ¿No querrás que conduzca yo? Será divertido ver la cara del conductor: tú de copiloto con las tetas al aire mientras yo manoseo a estas dos detrás. Espero que no tengamos un accidente, ja.