El castigo que esas cuatro mujeres le tenían preparado
A Renzo le gustaba exhibirse, y no le faltaban razones para sentirse orgulloso de lo que tenía entre las piernas. La naturaleza había sido generosa con él, demasiado generosa quizás, y desde joven había convertido esa ventaja en una especie de adicción. No le bastaba con que lo notaran en los vestuarios del gimnasio. Necesitaba la sorpresa ajena, el sobresalto, esa décima de segundo en que el rostro de una desconocida pasaba del desconcierto al espanto.
Había empezado de manera tímida, casi por accidente, dejándose ver más de la cuenta al cambiarse. Pero pronto eso le supo a poco. Comenzó entonces a frecuentar el parque grande de las afueras, ese que bordeaba el lago y se llenaba de corredoras al caer la tarde. Llevaba siempre un abrigo largo y oscuro, y una máscara de tela negra que le cubría la mitad del rostro. Así, decía para sus adentros, nadie podría reconocerlo jamás.
Su presa favorita eran las jóvenes que salían a correr al anochecer, cuando los senderos quedaban casi desiertos y las farolas todavía no terminaban de imponerse a la penumbra. Adoraba el grito, la mirada que se abría enorme, el modo en que algunas se quedaban paralizadas un instante antes de salir corriendo. Esa reacción lo alimentaba más que cualquier otra cosa.
Hora del show, pensaba mientras aguardaba entre los arbustos.
Aquella noche de diciembre hacía un frío cortante. El aire olía a hojas húmedas y a humo de chimenea lejana. Cualquier otro hombre se habría encogido bajo el abrigo, pero a Renzo el frescor de la noche en la entrepierna le producía justamente el efecto contrario. Esa sensación de libertad, de exposición absoluta, lo endurecía como nada.
Vio acercarse a una mujer por el sendero. Corría con paso firme, en pantalón corto pese a la temperatura, y una camiseta ajustada que dejaba poco a la imaginación. Tenía el pelo recogido en una coleta que se balanceaba a cada zancada. Renzo contuvo el aliento y esperó el momento exacto.
Cuando ella estuvo a pocos metros, salió de golpe al sendero y abrió el abrigo de par en par.
—¡Pervertido! —gritó la corredora, llevándose una mano al pecho.
Él sonrió bajo la máscara. Movió las caderas con un gesto obsceno, ese pequeño número que tantas veces había ensayado, satisfecho de la conmoción que provocaba. Misión cumplida. Dio media vuelta para perderse de nuevo entre la maleza antes de que nadie pudiera seguirlo.
Y entonces se le heló la sangre.
Delante de él, cerrándole el paso en semicírculo, había cuatro mujeres. Cuatro uniformes oscuros, cuatro pares de ojos que no expresaban ni miedo ni asco, sino una calma fría y profesional. Antes de que su cerebro pudiera procesar lo que veía, sintió un golpe brutal subirle desde la entrepierna. Bajó la vista: la corredora le había clavado el pie con una precisión quirúrgica. Las rodillas se le doblaron solas y cayó al suelo helado, doblado sobre sí mismo.
—Buen trabajo, Nadia —felicitó una de las uniformadas, la de aspecto más sereno, mientras se acercaba sin prisa.
—No ha tenido mérito —respondió la corredora, estirando los músculos del cuello como si acabara de terminar un entrenamiento—. ¿Han visto, de todos modos, lo buena actriz que soy?
Las demás rieron por lo bajo. Todo había sido una trampa. Llevaban semanas detrás de él, reuniendo denuncias de mujeres asustadas, y por fin lo tenían tirado en el barro como el animal que era. Renzo intentó incorporarse, balbuceó algo que no llegó a ser palabra, y unas manos firmes lo levantaron y le sujetaron las muñecas a la espalda.
***
La comisaría del barrio era un edificio bajo y vacío a esas horas. Diciembre dejaba las calles muertas, y entre las luces de neón colgaban guirnaldas y figuras de cartón con motivos navideños. Solo estaban ellas cinco. Ningún superior, ningún testigo. Renzo entendió, con un escalofrío que nada tenía que ver con el frío, que aquella noche las reglas habituales no iban a aplicarse.
Lo llevaron a una sala del fondo, lo desnudaron sin contemplaciones y le ataron las muñecas por encima de la cabeza a una columna de hierro. Quedó expuesto, él que tanto presumía de exponerse, pero esta vez sin el menor control sobre la situación. La diferencia, comprendió, lo era todo.
—Bien, valiente —dijo la mujer serena, la que parecía estar al mando.
Se acercó con una porra reglamentaria y, con su punta, le rozó apenas el sexo, que la humillación había dejado flácido y encogido. El contacto, suave y burlón, le erizó la piel entera.
—Estas cosas suelen quedar en una multa, ¿sabes? —continuó ella, paseando la porra con una lentitud calculada—. Y un tipo como tú vuelve a las andadas en cuanto sale por la puerta. Así que esta noche vamos a probar otro método. Algo que recuerdes.
—Encima nos haces currar en plena Navidad —se quejó otra, una mujer de gafas y escote pronunciado que se había apoyado en la pared con los brazos cruzados—. Con lo tranquila que estaba la semana.
Renzo abrió la boca para protestar, para apelar a sus derechos, para amenazar con abogados. Pero la voz no le salió. Había algo en la manera en que aquellas cuatro lo miraban —sin odio, casi con diversión— que lo desarmaba por completo.
La más joven del grupo, una rubia de ojos claros y sonrisa traviesa, entró en la sala cargando una caja de cartón. De ella sobresalían lazos rojos, bolas brillantes y guirnaldas plateadas. La dejó sobre una mesa y aplaudió una vez, encantada consigo misma.
—Tengo la mejor idea del mundo —anunció.
Rebuscó entre los adornos y sacó dos pequeñas campanillas doradas, de esas que se cuelgan del árbol, atadas a un cordel rojo. Se arrodilló frente a Renzo con una delicadeza que resultaba más inquietante que cualquier violencia, y le ató el cordel alrededor del escroto, ajustándolo con cuidado. Las campanillas quedaron colgando, y al menor movimiento de él tintineaban con un sonido alegre, casi infantil, grotescamente fuera de lugar.
—¡Campanas de Belén! —cantó la rubia, y le propinó una patada seca en la entrepierna.
El dolor le subió hasta el estómago. Renzo se dobló cuanto las ataduras le permitieron, y las campanillas repicaron con el espasmo, arrancando una carcajada general. Las cuatro reían, una se secaba las lágrimas, otra se sujetaba el costado. El sonido de las risas y el de las campanas se mezclaban en sus oídos hasta confundirse.
—Ay, madre, me has alegrado el turno —dijo la de las gafas, limpiándose los ojos.
—Y a mí —contestó otra, sin poder parar de reír.
***
La humillación se prolongó con una crueldad metódica. Cada vez que Renzo intentaba moverse para aliviar la tensión de los brazos, las campanillas lo delataban con su tintineo y desataban una nueva ronda de burlas. Aprendió a quedarse inmóvil. Aprendió que cualquier gesto suyo se convertía en espectáculo.
Una de las guardias, la más callada hasta entonces, tomó de la caja un bastón de caramelo, de esos rojos y blancos que se reparten en estas fechas. Lo sostuvo en alto para que él lo viera bien, sonrió, y se colocó a su espalda. Renzo comprendió lo que pretendía y apretó los músculos por instinto, tensando todo el cuerpo.
—Tranquilo —murmuró la del mando, plantándose frente a él.
Le rodeó el escroto con la mano y apretó, sin más aviso. El dolor fue tan repentino y tan exacto que Renzo perdió toda resistencia, el cuerpo entero se le aflojó, y aprovechando ese segundo la mujer de su espalda hizo su trabajo. Él sintió la invasión, fría y humillante, y gritó con todas sus fuerzas. Pero las campanillas, agitadas por la sacudida, sonaron más fuerte que su voz y se la tragaron entera ante las nuevas carcajadas de las cuatro.
—Nunca había visto a nadie cantar villancicos con las pelotas —dijo la rubia, doblándose de risa.
Renzo apretó los dientes. El orgullo, lo único que de verdad le importaba, se le hacía pedazos en aquella sala helada. Y lo peor, lo que jamás reconocería ni bajo tortura, era que en algún rincón oscuro de su cuerpo, mezclado con el dolor y la vergüenza, asomaba algo parecido a la excitación. Estar a merced de aquellas mujeres, sin control, sin máscara, completamente expuesto, despertaba en él una sensación que no sabía nombrar y que lo aterraba más que el castigo en sí.
Cuando se hubo recuperado un poco, alzó la vista. Las cuatro lo rodeaban, y un par de ellas le hacían fotografías con el móvil, riéndose de cada encuadre. La que estaba al mando se acercó, le tomó del pelo y le obligó a levantar la cara para mirarla.
—Espero que hayas aprendido la lección —dijo. Bajó la otra mano y le rodeó el sexo, que para vergüenza suya empezaba a endurecerse de nuevo, y comenzó a moverla despacio, en una caricia que era tanto premio como amenaza—. Porque si te volvemos a pillar en ese parque, te juro que esto se queda corto. Las campanitas pasarán a ser permanentes, ¿me entiendes?
Renzo asintió, incapaz de articular palabra. Una mezcla insoportable de placer y dolor le recorría la espalda. Justo cuando sentía que estaba a punto de perder el control, ella retiró la mano de golpe y le arreó un último golpe seco que le borró toda sensación que no fuera ardor.
—Buen chico —concluyó—. Ahora vístete.
Le soltaron las muñecas y le entregaron una ropa vieja que guardaban allí para estos casos. Le quedaba estrecha, marcaba todo, pero a Renzo ya no le importaba que se le notara nada. Solo quería desaparecer. Mientras se vestía con manos temblorosas, le quitaron las campanillas, aunque el cordel le dejó una marca rojiza en la piel.
—Recuerda lo que hemos hablado —dijo la rubia, abriéndole la puerta con una reverencia teatral—. Pórtate bien o te traerán carbón. O campanitas. Tú eliges.
Las cuatro se marcharon en el coche patrulla entre risas, dejándolo solo en la acera, bajo las guirnaldas que parpadeaban indiferentes.
***
Renzo volvió a casa caminando, encogido, con un dolor sordo que le subía desde la entrepierna y otro, más profundo, que no sabía dónde situar. Se tumbó en la cama sin encender las luces. Y, contra toda lógica, descubrió que seguía duro. La breve caricia de aquella mujer, la sensación de haber estado completamente a su merced, lo habían dejado en un estado del que no lograba salir.
Cerró los ojos y se llevó la mano al sexo. Lo acarició despacio, con cuidado, porque cada roce le recordaba el castigo, y sin embargo no podía detenerse. Necesitaba liberar la tensión que las cuatro habían acumulado en su cuerpo y luego abandonado a medias. Estaba ya muy cerca, conteniendo el aliento, cuando desde la calle le llegó un sonido inconfundible.
Unas campanillas. Un grupo de personas pasaba bajo su ventana agitando adornos navideños, cantando villancicos.
El tintineo le atravesó el cerebro como una descarga. De pronto volvió a estar atado a la columna, expuesto, ridiculizado, con el cordel ajustado y las risas resonando. El miedo borró el deseo en un instante. Bajó la vista y vio cómo su erección se desinflaba sin remedio, encogiéndose hasta quedar casi sin vida. Lo intentó de nuevo, una y otra vez, pero fue inútil. Mientras aquellas campanas sonaran en la calle, su cuerpo no le obedecía.
Pasada la Navidad, cuando las calles se despojaron por fin de adornos y villancicos, recuperó algo de normalidad y pudo terminar lo que había empezado aquella noche. Pero el daño ya estaba hecho. Bastaba con que oyera, en cualquier escaparate, en cualquier esquina, el repique alegre de unas campanillas, para que el miedo y la vergüenza regresaran de golpe a su mente y todo su orgullo se encogiera con él.
Nunca más volvió al parque. Y cada diciembre, cuando la ciudad se llenaba de luces y de cascabeles, Renzo bajaba la cabeza y apretaba el paso, recordando a las cuatro mujeres que le habían enseñado, de la peor manera posible, lo que se siente al estar completamente a merced de otro.