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Relatos Ardientes

Lo que aprendí de rodillas en el taller de Damián

Ilustración del relato erótico: Lo que aprendí de rodillas en el taller de Damián

No tendría por qué haberse quedado tan perturbada. Lo que vio era de lo más normal: un hombre solo, en el galpón del fondo, dándose placer con la mano. Que ella lo descubriera fue un accidente, una casualidad de empujar la puerta en el peor momento. Que se excitara, también era comprensible. Lo que ya no le parecía tan normal era el deseo de quedarse, de arrodillarse, de sentir aquello dentro de ella.

No, eso ya no era normal en absoluto.

Porque Damián no era joven ni la clase de hombre por el que Mariana se habría girado en la calle. Le doblaba la edad. Tenía las manos enormes y manchadas de grasa, la espalda ancha, una calma de animal grande que ocupaba todo el cuarto sin moverse. La habían contratado para arreglar el techo de la casa de campo donde ella pasaba el verano, sola, lejos de todo.

—Perdón —murmuró Mariana desde el umbral—. Pensé que ya te habías ido.

—Ya casi termino —dijo él sin apuro, sin tapar nada, mirándola a los ojos.

Sí, era mayor, era brusco, olía a sudor y a trabajo. Pero había algo en su quietud que la dejaba sin aire. Y tenía un sexo descomunal, todavía a la vista, que ella deseaba con una intensidad que la asustaba.

Dio unos pasos hacia el centro del galpón, las manos cruzadas en la espalda. Quería que él la mirara. Que reparara en su figura, en la curva de su cintura bajo el vestido fino, en que era una mujer y en que lo deseaba. Era la primera vez en su vida que coqueteaba así, sin red, con un hombre que no le devolvía ni una sonrisa.

Damián se limpiaba las manos con un trapo. Sabía perfectamente lo que ella estaba haciendo, y sabía por qué.

Mariana se sentó en el borde de la mesa de trabajo, con las piernas estiradas y los tobillos cruzados. No se atrevía a más.

—Deberías volver a la casa —dijo él, acercándose.

—No quiero volver a la casa.

Él le rozó el pelo con el dorso de la mano. Suave, recién lavado, de mujer que nunca ha tenido que pedir nada dos veces. Después bajó la palma hasta el muslo que ella le ofrecía y lo acarició despacio, midiéndola.

—No soy un buen hombre —dijo.

—Ya lo sé.

Subió la mano de golpe por el interior del muslo, casi hasta la ingle, y Mariana soltó un gemido corto que la avergonzó más que cualquier palabra.

***

—Levántate el vestido —ordenó él, y dio un paso atrás para mirarla entera.

Ardía por complacerlo, pero la orden, dicha así, sin pedir permiso, la dejó clavada. Esto no es lo que vine a buscar, pensó. Y sin embargo no se movió hacia la puerta.

—No hace falta que me trates así.

—Voy a tratarte como yo quiera —respondió él, con una tranquilidad que no admitía discusión—. Y tú vas a decidir si te quedas o te vas. Ahora.

Mariana se quedó. Esa fue toda su respuesta.

Se levantó el vestido a la altura de las caderas, primero despacio, el último tramo de un tirón, mirando al techo para no mirarlo a él.

—¿Contento?

Damián la mantuvo así una eternidad, sin tocarla, dejando que el silencio hiciera el trabajo.

—Descálzate.

No era una orden difícil. Solo llevaba unas sandalias finas. Con un movimiento de los pies las dejó caer al suelo de cemento.

—Mírame.

Sostener la mirada fue lo más complicado de todo. Se moría de vergüenza. Pero lo hizo. Miró a aquel hombre el doble de grande que ella, que la observaba medio desnuda como quien evalúa algo que ya considera suyo.

—Ábrete de piernas.

Obedeció. Separó los pies que aún mantenía juntos, sabiendo muy bien lo que venía después y deseándolo con una mezcla de pánico y necesidad.

—Quítate el vestido del todo.

Se bajó los breteles con dos dedos y dejó que la tela resbalara por su cuerpo hasta el suelo. Se tapó el pecho con las manos por puro reflejo.

—No. Las manos sobre la mesa —dijo él.

No obedeció enseguida. Damián se acercó, le tomó las muñecas sin brusquedad y se las apoyó él mismo sobre la madera, abriéndole también un poco más las piernas.

—Cuando te digo que hagas algo, lo haces —murmuró junto a su oído—. No es un castigo. Es lo que viniste a buscar, aunque todavía no lo digas en voz alta.

Mariana cerró los ojos y asintió. Era exactamente eso, y descubrirlo la humillaba y la encendía a partes iguales.

***

—Arrodíllate y ven —dijo él, sentándose en la única silla del galpón para quitarse las botas.

Esta vez obedeció sin rechistar. Cruzó de rodillas los pocos metros de cemento frío que la separaban de él, sintiéndose pequeña, expuesta, entregada.

—Mis pies —ordenó.

Estaban sucios, sudados de un día entero de trabajo bajo el techo de chapa. Mariana acercó la cara despacio, y cuando su lengua tocó la planta áspera supo que cruzaba una línea de la que no había vuelta. Le besó el empeine, le pasó la lengua entre los dedos, lo limpió con una devoción que no se reconocía. Se sentía profundamente humillada. Y nunca había estado tan excitada.

En un momento, Damián le agarró un puñado de pelo y le levantó la cabeza. No fue suave. Ella no gritó: se tragó el tirón y lo miró desde abajo, con los ojos brillantes.

—Buena chica —dijo él, y esas dos palabras la atravesaron más que cualquier orden.

Se había sacado el sexo. Ni siquiera estaba completamente duro y aun así parecía imposible. Se lo apoyó contra la mejilla, se lo pasó por los labios sin dejar que lo tomara todavía, jugando con su impaciencia.

—¿Lo quieres?

—Sí —susurró ella.

—Pídelo.

Y ella lo pidió. Con palabras que jamás habría imaginado decir, de rodillas en el suelo de un galpón, frente a un hombre que apenas conocía. Lo pidió, y él la dejó hundir la boca hasta que se le saltaron las lágrimas, guiándola con la mano en la nuca, marcando el ritmo, recordándole con cada empuje quién mandaba allí.

Cuando terminó, no la soltó enseguida. La mantuvo quieta, recuperando el aliento contra su vientre, acariciándole el pelo casi con ternura.

—Mañana no tienes nada que hacer en la casa —dijo—. Vienes acá temprano.

No era una pregunta.

***

Mariana volvió a la casa al anochecer. Entró sin encender las luces, subió a su cuarto, se miró al espejo. Tenía el pelo revuelto, una marca roja en la muñeca, los labios hinchados. Se llevó los dedos a la marca y, en vez de borrarla, la apretó un poco, como para confirmarse que había sido real.

No durmió. Pasó la noche repasando cada orden, cada silencio, cada vez que su cuerpo había obedecido antes que su cabeza. Y descubrió, con una claridad incómoda, que no esperaba el día siguiente por miedo, sino por deseo.

Fue tan fácil. Tan rematadamente fácil.

Al amanecer no se vistió del todo. Se puso una camisa larga sobre la piel desnuda y bajó al galpón cuando el rocío todavía estaba en el pasto.

Damián la esperaba. Y no estaba solo: había otros dos hombres con él, mayores también, curtidos, que la miraron entrar con la misma calma de propietario que ella ya conocía.

—Les hablé de ti —dijo Damián, sin levantarse—. Querían verlo con sus propios ojos.

Mariana se detuvo en el umbral. Una parte de ella sabía que todavía podía darse la vuelta. La puerta seguía abierta a su espalda, la mañana seguía siendo suya. Bastaba con un paso atrás.

—¿Y bien? —preguntó él, tendiéndole la mano abierta, sin obligarla—. Nadie va a tocarte si no entras tú sola.

Fue ese detalle, el de la elección, lo que terminó de rendirla. No la arrastraban: la dejaban decidir, y decidir era lo más humillante y lo más liberador de todo.

Se desabrochó el primer botón de la camisa.

Y dio el paso hacia adentro.

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Comentarios (3)

NatyLectora

excelente relato!! quede sin palabras

Rodrigo_noche

Por favor seguí con esto, quede con muchisimas ganas de saber como continua todo entre ellos

MilagrosSalta

No soy muy fan del BDSM pero esto me engancho desde el primer parrafo. Muy bien narrado, se siente autentico

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