Las dos desconocidas que me dominaron en la cala
Damián salía a caminar por la costa casi todas las tardes. Aquel día el cielo estaba cubierto de nubes finas que filtraban el sol, y el calor no apretaba como de costumbre, así que avanzó sin prisa por la orilla, dejando que el agua le mojara los tobillos. Le gustaba ese tramo porque casi nunca había nadie.
Caminó un buen rato hasta llegar a la zona de las rocas, donde el acantilado bajaba en bloques irregulares y se abrían un par de cuevas estrechas. Entonces escuchó algo. Un sonido apagado, ritmos de respiración, una risa contenida. Se acercó por instinto, pisando con cuidado para no resbalar en las piedras húmedas.
Lo que vio lo dejó clavado. Dos chicas, dentro de la sombra de una de las cuevas, estaban enredadas la una en la otra. Una le recorría el cuello a la otra con la boca, las manos perdidas debajo de la tela de un bikini. Damián abrió los ojos como si quisiera memorizar cada detalle.
No puede ser que tenga esta suerte.
Sintió la presión crecer entre las piernas casi de inmediato. No es que tuviera gran cosa de qué presumir —su última novia lo había dejado, entre otras razones, porque él terminaba antes de empezar—, pero la escena lo puso tan duro que no pudo contenerse. Se bajó el bañador a medias y empezó a tocarse, escondido detrás de una roca, con la vista fija en las dos mujeres.
Le bastaron unas pocas sacudidas. El placer le subió por la espalda en una oleada brusca, y cuando intentó dar un paso atrás para escabullirse, el bañador enredado en los tobillos lo traicionó. Tropezó. Cayó de espaldas sobre la arena húmeda con un golpe seco, el cuerpo a la vista, sin posibilidad de disimular nada.
—Vaya, vaya… un mirón —dijo una voz por encima de él.
Cuando levantó la cabeza, las dos ya estaban de pie, mirándolo desde arriba. Una era rubia, de piel dorada y hombros anchos de nadadora. La otra, morena, más menuda, con una melena oscura que le caía hasta media espalda. Tendrían unos veintipocos años, y los dos cuerpos parecían sacados de una de esas cuentas de redes que uno sigue sin atreverse a decir por qué.
—Lucía, ¿qué te parece si le damos una lección a este pervertido? —preguntó la rubia, cruzándose de brazos.
—Me parece perfecto, Brenda —respondió la morena, y la sonrisa que apareció en su cara no tenía nada de inocente—. Una buena lección.
***
Antes de que Damián pudiera articular palabra, sintió el pie descalzo de Lucía apoyarse justo entre sus piernas. La planta era fría por la arena mojada, pero la presión no tenía nada de suave. Ella empujó hacia abajo, despacio, midiendo cada gramo de fuerza, y un dolor sordo le subió por el vientre hasta la garganta.
—¿Te gusta espiar a la gente? —preguntó ella, ladeando la cabeza.
Él intentó responder, pero solo le salió un quejido. Lucía aumentó la presión un segundo y luego la aflojó, como si jugara con un interruptor.
—Eso pensé.
Brenda se arrodilló junto a su cabeza y lo agarró del pelo con una mano firme, obligándolo a girar la cara hacia ella.
—Mira, te voy a explicar cómo funciona esto —dijo, con una calma que daba más miedo que cualquier grito—. Te portaste como un perro, así que ahora te vas a comportar como uno. Vas a usar esa lengua para algo más útil que babear escondido detrás de una roca. ¿Entendido?
Damián tragó saliva. Una parte de él sabía que debía levantarse y correr. La otra parte, la que controlaba la sangre que se le había vuelto a acumular abajo, no quería irse a ningún lado.
Brenda no esperó respuesta. Se incorporó un poco, se hizo a un lado el bikini con dos dedos y le presentó el sexo a la altura de la boca. Estaba húmeda, depilada, todavía caliente de lo que él había estado mirando.
—Lame —ordenó—. Y hazlo bien, o te quedas sin esos dos amiguitos que tanto proteges.
Él obedeció. Abrió la boca y empezó a recorrerla con la lengua, despacio al principio, encontrando el ritmo después. Resultó que aquello se le daba mucho mejor que cualquier otra cosa que tuviera entre las piernas. No le costaba demasiado, tampoco; era simplemente cuestión de prestar atención y no parar.
—Mmm… —Brenda cerró los ojos un instante—. Mira tú, el pervertido sabe hacer algo.
Mientras tanto, Lucía no quitaba el pie de encima. Lo movía apenas, una presión constante que le mantenía a Damián la cabeza despejada de cualquier idea que no fuera el dolor y la obediencia. A ella le brillaban los ojos. Había algo en tener a un hombre así, completamente a su merced y bajo la planta de su pie, que la encendía más que cualquier otra cosa.
—¿Qué tal lo hace? —preguntó Lucía sin dejar de pisar.
—Sorprendentemente bien —contestó Brenda, con la voz un poco más entrecortada—. Para ser un mirón sin remedio… tiene buena lengua.
Pasaron varios minutos. Para Damián fueron una mezcla insoportable de dolor y excitación, el pie aplastándolo abajo mientras la lengua trabajaba arriba. Cuando Brenda finalmente llegó, le clavó las uñas en el cuero cabelludo y soltó un gemido largo que rebotó contra las paredes de la cueva.
Se apartó, agitada, y se acomodó el bikini con una sonrisa satisfecha.
—Bueno —dijo, recuperando el aliento—. Creo que el perro ya cumplió.
Lucía dio un último pisotón, esta vez con verdadera fuerza, y Damián se dobló sobre sí mismo, las manos cubriéndose como pudo, un gemido ahogado escapándole entre los dientes.
—Nos vamos —anunció la morena, limpiándose la arena del pie contra la pantorrilla de él—. Espero no haberte dejado lisiado, mirón.
Las dos se alejaron caminando por la orilla, riéndose de algo que él no alcanzó a oír. Damián se quedó tirado en la arena un buen rato, incapaz de moverse, con un palpitar caliente entre las piernas que no terminaba de decidirse entre el dolor y otra cosa.
***
Estuvo varios días caminando con dificultad. Por más hielo que se aplicara y por más que un amigo médico le asegurara que no había nada roto, había otro problema que ninguna receta arreglaba. No conseguía empalmarse. Veía vídeos, recordaba a sus ex, intentaba todo lo que se le ocurría, y nada. Su cuerpo no respondía.
Pasó así casi una semana entera, convencido de que aquellas dos lo habían estropeado para siempre. Hasta que una noche, tumbado en la cama y a punto de rendirse, su mente volvió sola a la cala. Al pie de Lucía aplastándolo. A la voz de Brenda llamándolo perro. A la humillación entera, revivida fotograma a fotograma.
Y entonces, por primera vez en días, sintió que reaccionaba. Duro, urgente, como hacía tiempo que no lo estaba.
¿Cómo es posible esto?
Le bastaron unas sacudidas para terminar, y el placer fue tan intenso que casi le dio vergüenza. A partir de esa noche entendió algo sobre sí mismo que preferiría no haber descubierto: solo conseguía excitarse pensando en ellas. En el desprecio, en el dolor, en quedar reducido a nada bajo dos mujeres que lo trataban como un juguete. Buscó vídeos de dominación femenina, de chicas pisando, de hombres arrodillados, y se reconoció en cada uno. Lucía y Brenda le ocupaban la cabeza día y noche.
Aguantó casi una semana sin tocarse, alimentando el recuerdo, hasta que ya no pudo más. Volvió a la cala.
***
Caminó hasta las rocas con el corazón acelerado, mitad miedo y mitad esperanza. Pero allí no había nadie. Las cuevas estaban vacías, el mar golpeaba las piedras con indiferencia, y se sintió ridículo por haber ido. Se quedó mirando el horizonte, deseando con una intensidad estúpida que ellas aparecieran.
El golpe le llegó desde atrás, sin aviso.
Un dolor brutal le estalló entre las piernas y lo lanzó de rodillas a la arena, las manos buscando protegerse demasiado tarde. Cuando consiguió girar la cabeza, las vio a las dos, con bikinis diminutos y un chicle en la boca, mirándolo desde arriba como quien encuentra una moneda en la calle.
—Mira quién volvió por más —dijo Lucía, y le apoyó el pie en la entrepierna. Notó enseguida cómo él reaccionaba bajo la tela—. Uh, Brenda… alguien está contento de vernos.
—¿En serio? —La rubia se agachó y le bajó el bañador de un tirón, exponiéndolo—. Hasta duro es minúsculo. ¿Cuánto le calculas? ¿Cinco centímetros?
—Algo así —respondió Lucía, divertida, midiéndolo con los dedos en el aire.
Damián no se resistía. El dolor lo tenía paralizado, pero por debajo de ese dolor había algo más, algo que lo avergonzaba reconocer incluso en aquel momento. Era exactamente lo que llevaba una semana imaginando.
Le subieron el bañador de nuevo. Entonces sintió la mano de Lucía colarse por la cintura, dejar caer algo dentro y retirarse rápido. Tardó un segundo en entender. Después llegó la punzada, viva, agarrándose a su piel, y un grito le rasgó la garganta.
—¡Ja! —Las dos estallaron en carcajadas. Le habían metido un cangrejo pequeño dentro del bañador.
Logró sacarlo de un manotazo, pero las pinzas le dejaron un corte fino, y el agua salada que le empapaba la tela convirtió la herida en fuego puro.
—Uf, eso sí que tuvo que doler —comentó Brenda, llevándose una mano a la cadera, fascinada.
—Lástima que nosotras no podamos sentirlo —dijo Lucía, encogiéndose de hombros—. No tenemos con qué.
Las dos volvieron a reírse. Brenda sacó de su bolso una botellita de alcohol y, sin previo aviso, le vertió un chorro sobre el corte. Damián se sacudió de lado a lado, los ojos llenos de lágrimas, un alarido escapándosele entre los dientes apretados.
—Considéralo primeros auxilios —dijo ella, tapando el frasco con toda calma—. No querrás que se te infecte. Sería una pena tener que cortarte ese pequeño amigo, ¿verdad?
—Bueno, nos vamos —anunció Lucía, ya aburrida—. Esto ha sido más divertido que cualquier cita. Chao, mirón.
Antes de marcharse, le dio una última patada entre las piernas, sin saña pero sin piedad, una firma. Después las dos se alejaron por la orilla, sus risas perdiéndose con el sonido de las olas.
Damián tardó mucho en levantarse. Y cuando por fin pudo, supo que algo dentro de él había cambiado para siempre. Volvería. Las dos lo habían marcado de una forma que ya no tenía vuelta atrás, y aunque le costara admitirlo, una parte de él contaba los días para la próxima vez.