El castigo que mi prima me hizo presenciar
Mateo había pasado todos los veranos de su vida adulta en la casa de la costa que su tía Liliana tenía a media hora del pueblo. Era una familia sin demasiados pudores, de las que se movían por la casa con naturalidad y se reían de cualquier vergüenza ajena, y a sus veintisiete años él ya se había acostumbrado a ese clima de confianza tan particular. Lo que nunca terminaba de acostumbrarse era a Bruno.
Bruno tenía veintinueve años y era amigo de la casa desde siempre. Alto, ancho de hombros, con esa seguridad insoportable del que jamás ha dudado de sí mismo, se paseaba como si todo le perteneciera. Le encantaba alardear, dejar caer comentarios sobre su cuerpo, sobre lo que le sobraba a él y le faltaba a los demás. Y los demás, casi siempre, era Mateo.
—A ver si este año entrenas un poco, primito —le soltó esa misma mañana, dándole una palmada demasiado fuerte en la espalda—. Que las mujeres se aburren de lo de siempre. Yo te enseño, si querés, cómo se coge de verdad. Total, con la verga que tenés no vas a llegar muy lejos solo.
Siempre lo mismo. Siempre yo de blanco fácil.
Su madre, Renata, y su tía Liliana, dos mujeres de poco más de cuarenta años que conservaban una presencia capaz de incomodar a cualquiera, soltaron una risa cómplice desde la galería. Su prima Noa, en cambio, no se rió. Lo miró desde la hamaca con una expresión que Mateo no supo descifrar y que llevaba ya varios días arrastrando.
—No le hagas caso —le dijo ella en voz baja cuando Bruno se alejó hacia la piscina—. A los que se creen tan grandes siempre les llega su momento.
Había algo en su tono, una frialdad nueva, que hizo que Mateo se quedara mirándola más de la cuenta. Noa tenía veintiocho años, el pelo claro recogido en un rodete flojo y los ojos enrojecidos, como si hubiera llorado y no quisiera que se notara.
***
Esa tarde Mateo salió a caminar solo por el sendero que bordeaba los acantilados. Necesitaba despejarse, alejarse del bochorno y de Bruno, y volvió cuando el sol ya empezaba a bajar. Encontró a Noa sentada en el escalón de la entrada, esperándolo.
—Te estaba buscando —dijo, y se puso de pie de golpe.
Tenía de nuevo los ojos brillantes. Mateo le preguntó qué pasaba y ella tardó en contestar. Cuando lo hizo, lo soltó todo de corrido: que Bruno la había engatusado durante días, que le había prometido cosas que no pensaba cumplir, que se la había cogido dos veces prometiéndole el mundo y después la había tratado como una puta cualquiera, que ni siquiera le contestaba los mensajes.
—Se me metió entre las piernas como si me hiciera un favor —murmuró ella, con la mandíbula apretada—. Y cuando terminó de correrse dentro se levantó, se puso el pantalón y me dijo que no le armara escándalo.
A Mateo se le encendió la cara. Por primera vez en su vida sintió ganas de enfrentarse a aquel tipo, de gritarle todo lo que se había callado durante años. Dio un paso hacia la puerta, pero Noa lo detuvo con el brazo. Y entonces sonrió. Fue una sonrisa lenta, tranquila, que no encajaba con las lágrimas de hacía un momento.
—Ese cerdo ya está recibiendo lo suyo —murmuró, guiñándole un ojo—. Ven. Quiero que lo veas.
***
Entraron en la casa sin hacer ruido. Noa lo guió por el pasillo hasta una de las habitaciones del fondo, la del ala que casi nunca se usaba. No abrieron del todo: se quedaron en el umbral, en la penumbra, observando lo que ocurría dentro.
Mateo abrió los ojos de par en par. Bruno estaba en el centro de la habitación, desnudo, atado a una silla robusta con los brazos hacia atrás y las piernas separadas por una barra. Toda esa arrogancia de la mañana había desaparecido. Sudaba, tenía el pecho agitado y las mejillas húmedas, y de su muñeca colgaba todavía un trozo de cuerda que había intentado en vano aflojar. Entre las piernas abiertas, la polla que tanto presumía colgaba floja y encogida, brillante de saliva y humillación.
Frente a él, su tía Liliana sostenía una fusta con una calma que daba más miedo que cualquier grito. La hizo silbar una vez en el aire, sin tocarlo, y Bruno se encogió como un niño.
—¿Pides perdón? —preguntó ella, acercándose despacio—. Te aprovechaste de mi sobrina. La usaste y después la tiraste como si fuera basura. ¿Creías que no nos íbamos a enterar?
—Lo siento... lo siento, de verdad —tartamudeó él.
—Tarde —dijo Liliana, y le rozó el muslo con la fusta, apenas una caricia que lo hizo temblar.
Bajó la punta de cuero por el interior del muslo hasta rozarle los huevos. Bruno gimió, apretando los dientes, mientras Liliana le levantaba la polla con la fusta como si fuera un objeto ajeno, algo sucio que revisaba con asco.
—Con esta cosita ridícula te creíste dueño del mundo —murmuró, dándole un golpecito seco en la punta que le arrancó un aullido—. Mírala. Ni siquiera se para. Con tanto que alardeas, y cuando una mujer de verdad te mira estás blando como un trapo.
Renata apareció entonces desde un costado, y Mateo tuvo que contener una exclamación. Su madre llevaba un arnés ceñido a las caderas y, sujeto a él, un consolador grueso, negro, obscenamente largo, que se mecía con cada paso. Caminó hasta Bruno con una autoridad serena, casi aburrida, como quien tiene todo el tiempo del mundo.
—Abre la boca —ordenó.
Bruno apretó los labios. Liliana le dio un golpe seco con la fusta en el pezón y el grito le abrió la boca por reflejo. Renata aprovechó el momento y le metió la verga de goma hasta la garganta de una sola estocada. Bruno se atragantó, los ojos llenos de lágrimas, la nariz apretada contra el pubis de ella.
—Así me gusta —dijo Renata mientras él se ahogaba, sosteniéndolo por el pelo—. Tanto presumir de bocazas, y mírate, chupándome la polla como una nena. Vas a aprender a respetar a las mujeres de esta casa aunque sea lo último que hagas este verano.
Empezó a follarle la boca sin piedad, entrando y saliendo con embestidas largas que le hacían chorrear saliva por la barbilla. Cada vez que Bruno intentaba apartar la cara, Liliana le clavaba la fusta en un muslo y él tenía que volver a abrir. Renata lo obligó a chupar la punta, a lamer los costados, a besarle los huevos falsos con la lengua afuera.
—Mírame mientras me la mamas —le exigió—. Mírame a los ojos, cerdo. Que sepas quién te está enseñando modales.
Bruno obedeció, llorando en silencio, los ojos rojos clavados en los de ella mientras la polla negra le entraba y le salía de la boca. Un hilo de baba le colgaba hasta el pecho.
***
Noa apretó el hombro de Mateo desde atrás. Él se dio cuenta de que tenía la respiración entrecortada, y no de horror precisamente. Había una excitación oscura en presenciar aquello, en ver a Bruno —el invencible Bruno— convertido en un despojo suplicante con una verga en la boca.
—Siempre te humilló por todo, ¿no es cierto? —le susurró Noa al oído—. Por cómo eres, por cómo no eres. Ahora tú vas a disfrutar de su sufrimiento.
Las manos de ella se deslizaron por su abdomen y le desabrocharon el pantalón con una destreza que lo dejó sin aire. Le bajó el calzoncillo hasta la mitad del muslo y lo agarró de la polla con la mano entera, apretando la base. Lo encontró duro, más duro de lo que recordaba haber estado nunca, tan tenso que la piel le brillaba.
—Mira lo que se te pone, primito —le susurró, pasándole el pulgar por la punta, extendiendo la gota transparente que ya asomaba—. Estás chorreando de verlo así. Yo también.
Se apretó contra su espalda y él sintió el calor húmedo del sexo de ella a través de la tela fina del short. Noa había subido una pierna, se había restregado con descaro, y él sentía el olor de su prima mezclado con el sudor de la tarde.
—Perdón por reírme de ti todos estos años, primo —dijo, y lo besó en el cuello sin dejar de mover la mano de arriba abajo por toda la longitud, apretando y girando la muñeca al llegar al glande—. Te lo compenso ahora. Con la mano primero. Después con la boca. Después vas a coger a tu prima hasta que se te caiga.
Dentro, Liliana había vuelto a tomar el control. Le hizo una seña a su hermana, que sacó la verga negra de la boca de Bruno con un ruido húmedo que resonó en la habitación. Un hilo largo de saliva colgó de sus labios hinchados. Pasó detrás de él, le ató una cuerda fina alrededor del cuello y tiró de ella lo justo para obligarlo a mantener la espalda recta.
—¿Te gusta sentirte así de pequeño? —le dijo al oído, con una dulzura envenenada, mientras la otra mano bajaba y le agarraba la polla flácida—. Ni se te para, mirá. Toda la mañana presumiendo, y ahora nada. Dime, hermana, ¿cómo lo ves?
—Lo veo aprendiendo —respondió Renata, retirando el arnés y dejándolo sobre la cama—. Lástima que algunos solo entiendan por las malas. Ponelo en cuatro.
Liliana soltó las cuerdas del respaldo, lo obligó a levantarse tirando de la que le rodeaba el cuello y lo empujó boca abajo sobre la cama, con el culo levantado y las manos todavía atadas a la espalda. Bruno intentó revolverse.
—Quieto —le siseó Liliana, dándole un fustazo en la nalga que le dejó una marca roja al instante—. Vas a aprender lo que se siente cuando otro decide por vos.
Renata volvió a colocarse el arnés. Se untó el consolador con aceite despacio, sin apuro, mirando a Bruno mientras lo hacía, disfrutando cada segundo de terror en su cara. Se acercó por detrás, le separó las nalgas con las manos y apoyó la punta contra su culo. Bruno gimió, sacudió la cabeza, empezó a suplicar.
—No, por favor, no, no ahí, te lo pido...
—Callate —dijo Renata sin cambiar el tono, y empujó.
Entró de una, sin preparación, y el grito que soltó Bruno fue algo que Mateo no había oído nunca salir de un hombre. Un aullido agudo, animal, que se cortó cuando Liliana le metió un pañuelo enrollado en la boca a modo de mordaza.
—Ahora sí —murmuró Renata, agarrándolo de las caderas—. Ahora vas a saber lo que sentía Noa cuando le metías la verga sin preguntar.
Empezó a follarlo con embestidas largas y firmes, las caderas golpeándole el culo con un ruido seco y rítmico. Cada vez que se hundía hasta el fondo Bruno chillaba contra la mordaza, la cara roja y bañada en lágrimas y saliva. Liliana lo agarraba del pelo, tirándole la cabeza hacia atrás para obligarlo a mirarse en el espejo del armario.
—Mirate —le escupió al oído—. Mirate bien. Este sos vos. Un culo abierto y suplicando. Esto es lo que sos, siempre lo fuiste, solo hacía falta que alguien te lo mostrara.
Renata lo cogía cada vez más fuerte, más rápido, el sudor cayéndole entre los pechos. La cama crujía con cada estocada. Cuando Bruno intentó cerrar las piernas, Liliana le clavó las uñas en los muslos y se las volvió a abrir.
—Que no se te cierre nada, guacho. Ahora lo tomás todo.
***
Mateo sintió que las piernas le flaqueaban. La mano de Noa se había vuelto firme, precisa, y cada vez que Bruno gemía contra la mordaza dentro de la habitación ella apretaba un poco más el ritmo, como si dirigiera las dos escenas a la vez. Con la otra mano le acariciaba el cuello, le mordía el lóbulo de la oreja, le hablaba en voz tan baja que solo él la oía.
—Mirá cómo lo están rompiendo —le susurró contra la oreja, la lengua húmeda rodeándole el lóbulo—. Mirá al gran macho de la casa llorando con un consolador en el culo. Y vos te venís conmigo de solo verlo, ¿no? Se te está por escapar, lo siento en la punta.
Noa se agachó de repente. Se puso de rodillas detrás de la puerta, en la penumbra, y se metió la polla de Mateo en la boca sin dejar de mirarlo hacia arriba. Bajó despacio, envolviéndolo con los labios calientes, la lengua apretada contra la parte de abajo, hasta que la punta le tocó el fondo de la garganta. Él se agarró al marco con las dos manos para no caerse.
—No hagas ruido —le susurró ella al sacarla un instante, con los labios brillantes—. Si nos descubren se acaba la función. Callate y aguantá.
Volvió a metérsela, más profunda esta vez, y empezó a chupársela con un ritmo lento, cruel, que lo iba llevando al límite sin permitirle llegar. Cada vez que sentía que Mateo iba a estallar, aflojaba, le pasaba la lengua por los huevos, le besaba la base y esperaba unos segundos con la mano cerrada alrededor del tronco para retrasarlo. Después volvía a tragarlo entero.
Dentro, Renata seguía cogiéndoselo. La escena era brutal: la mujer de cuarenta años, seria, concentrada, embistiendo el culo de aquel gigante roto como si estuviera clavando una estaca. Liliana le había soltado el pelo y ahora le mordía la nuca, le apretaba los pezones entre los dedos hasta ponerlos morados, le hablaba al oído todo el tiempo, palabras que Mateo no entendía pero que a Bruno lo hacían sacudir la cabeza y llorar más fuerte.
Noa lo notó al borde. Sacó la polla de su boca, se levantó despacio, se bajó el short y las bragas hasta las rodillas y se apoyó contra la pared del pasillo, arqueando la espalda. Se abrió con dos dedos frente a él, mostrándole el coño mojado, brillante, hinchado.
—Ahora acá —le ordenó en un susurro—. Adentro. Rápido. Que no te oigan.
Mateo se puso detrás de ella y se hundió de una. Estaba tan caliente y tan resbaladiza que entró hasta el fondo sin resistencia. Noa le tapó la boca con la mano por encima del hombro para ahogar el gemido que se le escapó. Empezó a moverse contra él, apretándolo con las paredes, meneando el culo despacio para que él no llegara enseguida.
—Callado, callado, callado —le repetía con los labios pegados a los suyos, mientras él la cogía de pie contra la pared, con las caderas chocando lo más suave que podía contra el culo de ella—. Mirá para adentro. Mirálo a él mientras me cogés a mí. Así aprendés.
Mateo obedeció. Miraba a Bruno atado, roto, con la boca amordazada y el culo levantado, y al mismo tiempo sentía el coño ardiente de su prima ordeñándole la verga. La tensión de tener que callar mientras todo su cuerpo gritaba lo llevó al borde más rápido de lo que habría querido.
—Adentro —le susurró Noa cuando lo sintió inflarse—. Corréte adentro, no me importa. Llenámelo. Ahora.
Él se corrió con un gruñido ahogado contra su nuca, agarrado a sus caderas, empujando hasta el fondo mientras se vaciaba en chorros que la hacían temblar. Noa se mordió el dorso de la mano para no gritar, apretándolo con el coño en pequeños espasmos que lo ordeñaron entero. Sintió la corrida caliente subírsele por dentro y quedarse ahí.
Cuando terminó, se quedó pegado a ella, respirando en su hombro, sin fuerzas. Noa no se separó enseguida. Esperó a sentir cómo iba ablandándose dentro de ella, y solo entonces se apartó despacio, dejándolo salir. Un hilo blanco le bajó por el interior del muslo. Se pasó dos dedos, se los llevó a la boca y los chupó mirándolo a los ojos.
—Buen chico —dijo, y lo besó en la boca con una ternura que contrastaba con todo lo demás—. Ese sí que fue un polvo, primito. Guardame más para después.
—¿Por qué yo? —preguntó él, todavía sin aliento, subiéndose el pantalón con manos torpes.
—Porque tú nunca te creíste mejor que nadie —contestó ella, acomodándose las bragas empapadas—. Y eso, en esta casa, vale más de lo que crees.
***
Dentro, Liliana consultó la hora en su muñeca.
—Se hace tarde —anunció—. Mateo dijo que volvía al anochecer. Vamos terminando.
Renata asintió, dio dos embestidas más, largas y profundas, y se retiró despacio. El consolador salió brillante, y Bruno se desplomó sobre la cama, gimiendo contra la mordaza, el culo enrojecido y abierto, temblando entero. Le quitaron el pañuelo de la boca y él tosió, escupió, empezó a llorar sin ruido.
Soltaron parte de las cuerdas y lo pusieron de pie, sosteniéndolo cada una de un brazo porque las piernas apenas lo aguantaban. Le quitaron la cuerda del cuello y le dejaron caer encima una bata para cubrirlo.
—Escúchame bien —le dijo Liliana, tomándolo del mentón para que la mirara—. Esto no ha pasado. Te caíste por las escaleras, ¿entendido? Y si vuelves a poner una mano encima de mi sobrina, o de cualquiera, la próxima vez no habrá fusta ni consolador. Habrá silencio. Y nadie te buscará.
Bruno asintió temblando, incapaz de articular palabra.
Noa tiró de la manga de Mateo.
—Vamos, antes de que salgan —susurró—. Tú acabas de llegar de tu paseo, ¿recuerdas?
***
Bajaron las escaleras a toda prisa y salieron de nuevo al jardín. Mateo apenas tuvo tiempo de recomponerse antes de que las dos mujeres aparecieran en la galería con la calma de quien ha pasado la tarde leyendo. Su madre le preguntó cómo había estado la caminata y él respondió algo que ni él mismo escuchó.
Esa noche, Bruno bajó a cenar encorvado, con el rostro pálido y una historia poco convincente sobre un resbalón en la escalera. Nadie lo contradijo. Renata incluso le sirvió un poco más de vino, sonriendo, y le deseó una pronta recuperación con una voz tan amable que a Mateo se le erizó la piel.
Durante los días siguientes, la jerarquía de la casa quedó establecida sin que se dijera una sola palabra al respecto. Bruno ya no alardeaba. Ya no daba palmadas en la espalda ni soltaba comentarios. Caminaba con cuidado, hablaba poco y bajaba la mirada cada vez que Liliana o Renata entraban en una habitación. El gigante se había vuelto invisible.
—¿Crees que aprendió? —le preguntó Mateo a Noa una tarde, tumbados los dos a la sombra del porche.
—Los como él nunca aprenden del todo —respondió ella, jugando con los dedos sobre el pecho de su primo—. Pero saben fingir, y por ahora con eso basta.
Lo miró entonces con esa misma sonrisa lenta de la habitación, la que prometía cosas que la cordura aconsejaba no aceptar. Deslizó la mano por debajo del elástico del short de él y le agarró la polla directamente, sin rodeos, apretándosela suave mientras hablaba.
—Además —añadió, acercándose hasta rozarle los labios—, tú y yo todavía tenemos mucho que celebrar. Y esta vez quiero tiempo. Quiero cogerte bien, encima, abajo, en la boca, en el culo. Sin puertas de por medio. Sin apuro. Toda la noche hasta dejarte seco.
Mateo entendió que aquel verano había cambiado algo para siempre, y que no pensaba moverse de esa casa por nada del mundo.





