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Relatos Ardientes

La travesti que esperaba bajo la lluvia

Las dos de la madrugada. La lluvia caía con fuerza sobre Valencia mientras esperaba en el rincón más oscuro del parque de Cabecera, vestida como la zorra que soy. Las medias de rejilla se me pegaban a las piernas empapadas, la minifalda de cuero apenas me cubría el culo y el top de látex negro se adhería a mi pecho depilado. Los tacones de aguja se hundían en el barro mientras temblaba bajo un paraguas roto que ya no servía de nada.

Sabía que vendrían. El mensaje en el grupo de Telegram había sido claro: «La zorra estará en el cruce de caminos a las dos. Traed lo que queráis usar con ella.»

El primero en aparecer fue Lorenzo, rondaba los sesenta, con la barriga sobresaliendo de una camisa empapada. Sin decir palabra, me arrancó el paraguas de las manos y lo tiró lejos.

—Las putas no necesitan que la lluvia las moleste —gruñó, agarrándome del pelo teñido de rubio.

Me obligó a arrodillarme en el charco de barro que se formaba bajo mis rodillas. El agua fría me caló al instante.

—Abre la boca —ordenó.

Su sexo olía a sudor de todo el día. Me lo metió hasta el fondo y me hizo arquear la espalda mientras la lluvia me golpeaba la cara. Sentía el rímel corriéndome por las mejillas mientras me follaba la garganta sin piedad, sujetándome la nuca para que no pudiera apartarme.

Entonces llegaron los demás. Bruno, Rubén, Tomás y Andrés. Todos pasaban de los cincuenta, todos con esa mirada de depredador que me hacía temblar más que el frío. Bruno traía una bolsa de deporte que dejó caer pesadamente sobre la tierra mojada.

—Vaya zorra más patética —se burló Andrés mientras me veía atragantarme—. Mira cómo se le corre el maquillaje. Parece un payaso usado.

Rubén no esperó turno. Se colocó detrás de mí y me levantó la minifalda de un tirón.

—Joder, lleva tanga de encaje rosa —dijo riéndose—. Pero qué guarra.

Me lo arrancó de cuajo, el elástico cortándome la piel de la cadera. Sin preparación, sin saliva siquiera, me la clavó de una sola embestida. El dolor fue brutal. Grité con la boca llena, pero eso solo hizo que Lorenzo me la metiera más adentro.

—¡Callaos de una vez! —susurró Bruno mirando alrededor—. Que por aquí pasa el vigilante a veces.

Tomás abrió la bolsa y sacó cuerdas, una fusta, unas pinzas y un collar de perro con su cadena.

—Vamos a llevarla al claro, junto al río —dijo—. Ahí no nos molesta nadie.

***

Me arrastraron por el barro a cuatro patas, con el collar puesto y la cadena en manos de Bruno, que tiraba fuerte cada vez que me quedaba atrás. Los tacones se me salían, las medias se rasgaban contra las piedras y la lluvia no dejaba de azotarme la espalda desnuda. Cada metro era una humillación nueva, y yo la quería toda.

El claro estaba rodeado de árboles espesos que casi tapaban el cielo. Me ataron a uno de ellos, con los brazos por encima de la cabeza y las cuerdas tan apretadas que me cortaban la circulación. La ropa empapada se me pegaba al cuerpo, transparentándolo todo. Andrés sacó unas tijeras y empezó a cortar, trozo a trozo, hasta dejarme solo con las medias rotas y los tacones embarrados.

—Mira qué poca cosa tiene —se rió Rubén, apretándome con fuerza entre las piernas—. No me extraña que sea una puta. Con esto no se folla a nadie.

La fusta silbó en el aire antes de golpearme. El primer latigazo me hizo gritar. El segundo, gemir. Al décimo ya lloraba como una cría, con el rímel completamente corrido, mezclándose con la lluvia y las lágrimas en surcos negros.

—Le gusta —observó Lorenzo, descargando otro golpe—. Mira cómo se le pone dura.

Era verdad. A pesar del dolor, o quizás por él, estaba empalmada. Goteaba sin control mientras me azotaban sin tregua. Las marcas rojas me cruzaban el culo y los muslos, ardiendo con cada gota de lluvia que caía sobre ellas. No quiero que paren, pensé, y esa idea me dio más vergüenza que toda la escena.

Bruno me soltó de las cuerdas solo para tumbarme en el suelo embarrado.

—Hora del plato principal, zorrita.

***

Se colocaron en círculo a mi alrededor. Cinco hombres maduros, todos empalmados, todos apuntándome. Empezaron a tocarse mientras yo seguía tirada en el barro, el maquillaje corrido, el culo marcado por la fusta, las medias hechas jirones.

—Suplica —ordenó Tomás—. Suplica por nuestra leche.

—Por favor… —empecé con la voz temblorosa—. Por favor, amos… necesito vuestra leche… soy vuestra puta… usadme…

Rubén fue el primero. Me llegó a la cara, mezclándose al instante con la lluvia, pero dejándome hilos espesos en el pelo. Andrés le siguió, sobre el pecho, su calor contrastando con el agua fría. Lorenzo me apuntó a la boca abierta y me la llenó mientras yo tragaba desesperada. Bruno terminó en mi pelo y luego se limpió frotándose contra mi mejilla. Tomás fue el último y el más abundante, cubriéndome la cara con chorros que parecían no acabar.

Pero no habían terminado. Andrés me puso de nuevo a cuatro patas.

—Ahora viene lo mejor.

Sacó de la bolsa un consolador enorme, negro, con las venas marcadas. Tenía que medir más de veinte centímetros y era grueso como mi muñeca.

—A ver si la zorra puede con esto.

Sin más lubricante que la lluvia y los restos de antes, empezó a metérmelo. El dolor era insoportable. Gritaba e intentaba escapar, pero Rubén y Bruno me sujetaban contra el suelo.

—¡Que te calles, joder! —Lorenzo me metió sus calzoncillos sudados en la boca a modo de mordaza.

El sabor a sudor me daba arcadas mientras el consolador me abría por completo, centímetro a centímetro.

—Está llorando la muy puta —se burló Tomás—. Pero mira cómo se le mueve. Le encanta.

Cuando estuvo entero dentro, empezaron a turnarse para usarlo conmigo, sacándolo casi del todo y volviéndomelo a clavar de golpe. Yo gemía a través de la mordaza, las lágrimas mezclándose con la lluvia, el maquillaje convertido en una máscara arruinada.

—Creo que necesita más —dijo Bruno con una sonrisa cruel.

Me sacó el consolador y, sin avisar, fue subiendo la apuesta con la mano hasta que el grito que solté se ahogó en la tela sudada. Los demás se reían y me insultaban mientras yo perdía la noción de dónde terminaba el dolor y empezaba el placer.

—Puta asquerosa.

—Guarra de mierda.

—Esto es lo que querías, ¿verdad?

—Naciste para esto.

***

Después de lo que parecieron horas, me dejaron tirada en el barro. Pero a Rubén se le ocurrió una última idea.

—Meadle encima a la zorra. Que se vaya a casa oliendo a lo que es.

Uno a uno, me mearon. El líquido caliente se mezclaba con la lluvia fría, empapando lo poco que quedaba de mi ropa, mi pelo, mi cara. Me obligaron a abrir la boca mientras se turnaban, y yo tragué porque era exactamente lo que había ido a buscar.

Cuando terminaron, estaba irreconocible. Una puta destrozada, cubierta de barro y de todo lo demás, con el culo marcado, las medias hechas trizas y el maquillaje convertido en manchas negras por toda la cara.

—Tienes cinco minutos para largarte antes de que volvamos a empezar —me amenazó Lorenzo.

Me levanté como pude, con las piernas temblándome y el cuerpo ardiendo, y eché a andar. Había perdido los tacones. Las medias rotas se me pegaban a las piernas embarradas. No tenía nada con que cubrirme y la lluvia seguía cayendo, lavando parte de la humillación pero nunca la suficiente.

Tuve que caminar así hasta la salida del parque, rezando por no cruzarme con nadie. Cada paso era una agonía, el cuerpo entero protestando, las marcas de la fusta ardiendo bajo el agua. Cuando por fin llegué a la calle, esperé a que no pasara nadie para correr hasta el portal más cercano.

Me escondí junto a un cajero automático y me vi reflejada en el cristal. No me reconocía. El pelo rubio teñido era ahora una maraña pegajosa. El rímel había dejado surcos negros por toda la cara. Los labios hinchados. Marcas de manos en el cuello, en los muslos, en las nalgas.

Pedí un taxi con los dedos temblorosos, inventando una excusa sobre una despedida de soltera que se había ido de las manos. El conductor me miró con evidente asco, pero no dijo nada. Dejé el asiento empapado de una mezcla que prefiero no identificar.

***

Cuando llegué a casa, me metí directamente en la ducha con el agua casi hirviendo. Pero mientras me lavaba, mientras veía el agua marrón circular por el desagüe y sentía el escozor del jabón en las heridas, me empalmé otra vez.

Porque la verdad es que lo necesitaba. Necesitaba que me usaran así, ser reducida a nada más que agujeros para el placer de otros. Y mientras me tocaba en la ducha, reviviéndolo todo, ya estaba pensando en cuándo volver al parque.

Porque eso es lo que soy. Una puta. La putita de cualquier grupo de maduros que quiera usarme. Y la próxima vez espero que sean más. Que me usen más duro. Que me dejen aún más destrozada.

El móvil vibró. Un mensaje en el grupo: «La semana que viene, mismo sitio. Y trae lencería nueva, que la de hoy te la destrozamos.»

Sonreí a pesar del dolor. Ya estaba contando los días.

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Comentarios(7)

Mati_88

Que relato!!! increible, de los mejores que lei en mucho tiempo.

PabloR93

Se hizo cortisimo, por favor una segunda parte. Quede con ganas de mas.

Clau_lectora

Me engancho desde el primer parrafo. La forma en que esta narrado te mete adentro, muy bueno realmente.

JuanCba21

genail el relato, me gusto mucho!

Dario_79

Me resulto muy interesante la forma en que esta contado. Se siente autentico, y eso es lo que mas me gusta de este tipo de relatos. Buen trabajo.

MarcoNight

La lluvia de fondo le da un dramatismo barbaro jaja, en serio muy bueno

SolePcias

Eso que describis al principio, esa entrega total... es autobiografico? Pregunto con curiosidad, sin mala intencion

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