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Relatos Ardientes

El primer castigo que su nuevo amo la dejó elegir

—Me has llevado la contraria tres veces hoy —dijo Adrián sin levantar la voz—. Y has tardado demasiado en terminar tu comida.

Lucía mantuvo la mirada en el suelo, las rodillas firmes contra la madera fría del estudio.

—Perdón, Amo. Aun ablandándola, me cuesta tragarla.

—Lo tendré en cuenta. Pero primero hay que corregir las tres faltas.

Él rodeó despacio el espacio vacío, las manos cruzadas a la espalda. Era un hombre metódico, de gestos contenidos, y eso a ella le resultaba más inquietante que cualquier grito. Su anterior dueño, Marcos, había sido pura furia. Adrián era cálculo, y el cálculo no se cansaba.

—Voy a hacer algo que tu amo anterior nunca hizo —continuó—. Vas a elegir. Tres castigos. Tú decides dos de ellos; el tercero lo decidiré yo según cómo te portes en los primeros. Uno de los que elijas será de golpes. El otro, no.

Lucía levantó apenas la vista.

—¿Y si elijo algo demasiado suave, Amo?

—Entonces lo multiplico por lo que me parezca. —Una pausa—. Por eso te conviene ser sincera contigo misma. Si eliges algo más duro de lo que yo tenía pensado, te aplicaré lo tuyo. Si eliges algo blando, sabrás que tú misma alargaste la noche.

Eso era lo cruel. No el dolor: la decisión.

—¿Puedo preguntar algo? —dijo ella.

—Una vez.

—¿El equipo de aquí tiene cepillo de cerdas duras? ¿Y una máquina de las que se mueven solas?

Adrián la observó un instante, como si recalculara algo.

—Tengo las dos cosas. La máquina sí. El cepillo también.

—Entonces el primer castigo, si os parece bien, serán cien golpes con el cepillo en las nalgas.

—Anotado. ¿Y el otro?

—Veinte minutos atada a la máquina, a la velocidad que vos elijáis.

—Aceptado —respondió él, y por primera vez algo parecido a una sonrisa le cruzó la cara—. Y ese segundo decidirá el tercero. Te iba a poner cincuenta varazos en las plantas de los pies. Pero ya que has pedido cien con el cepillo, el tercero también serán cien.

Lucía cerró los ojos un segundo. Había calculado mal. Lo sabía.

—Donde caigan esos cien lo decides tú sin saberlo —añadió Adrián—. Antes de la máquina beberás tres vasos grandes de agua. Pondré un recipiente bajo tu cuerpo. Según cómo aguantes durante esos veinte minutos, según lo que el cuerpo te traicione, así sabré dónde van los cien últimos. Si aguantas seco, irán a los pies. Si no, irán subiendo.

—Sí, Amo —murmuró ella, y bebió lo que le tendió, vaso tras vaso, hasta sentir el estómago pesado y tirante.

***

El estudio estaba ordenado con una pulcritud casi clínica. Cada cosa en su sitio, cada correa enrollada, cada hebilla brillando. A Lucía la frialdad de aquel orden le decía más sobre Adrián que cualquier palabra: este hombre no improvisaba.

—Empezamos por la máquina —dijo él—. Es lo que más hay que preparar. Túmbate boca arriba sobre la mesa.

Ella obedeció. Sintió el frío del tablero contra la espalda mientras él ajustaba la pieza al brazo articulado, comprobaba el recorrido, medía con un rotulador, reía por dentro de su propia minuciosidad.

—No queremos sorpresas —comentó, irónico, asegurando cada tornillo—. Todo controlado.

—Sí, Amo —respondió Lucía, y pensó que el control era precisamente lo que la había traído hasta allí. En la subasta no se elige al comprador. Se elige seguir respirando, seguir sirviendo, y confiar en que la mano que te toca sepa hasta dónde llegar.

La hizo ponerse a cuatro patas frente al aparato. Le ciñó dos correas acolchadas a los muslos, las enganchó a la estructura con mosquetones y tensó hasta que ella ya no pudo apartarse ni un centímetro. Colocó el recipiente entre sus piernas.

—No podrás alejarte. Esa es la idea.

Programó veinte minutos. Velocidad cinco. Activó el movimiento y salió del estudio sin mirar atrás, cerrando la puerta con suavidad, como quien deja una habitación en silencio.

Lucía empezó a gritar al cuarto minuto. El movimiento era seco, insistente, mecánico, una presión que no se limitaba a rozarla sino que le arrancaba cada reacción del cuerpo. El aparato empujaba y retiraba sin cansancio, una y otra vez, y el sudor le fue naciendo bajo el pelo, en la nuca, entre los pechos, en la base del vientre. La madera bajo las manos se le volvió una tabla de salvación. Respiraba a tirones, con la boca abierta, y el aire le salía en gemidos que no lograba contener. El coño le latía con una mezcla de ardor y necesidad, como si el castigo estuviera buscando algo más profundo que el dolor: la humedad involuntaria, la rendición del cuerpo que ya no obedecía a la cabeza.

A los diez minutos sintió que el cuerpo empezaba a ceder, que la presión del agua que había bebido se volvía insoportable, que cada segundo se estiraba como una hora. Apretó los dientes. No iba a darle el gusto. Con Marcos había aprendido la única defensa de la que disponía: no mostrar nada. El dolor visible solo alimentaba al que lo causaba. El dolor callado, en cambio, lo desconcertaba.

Pero la máquina no reconocía orgullo ni vergüenza. La estaba frotando con una precisión brutal, obligándola a abrir más las piernas, a arquear la espalda, a tensar el abdomen mientras el vientre se le llenaba de una urgencia caliente y humillante. La humedad le resbaló por la cara interna de los muslos; no sabía si era sudor, excitación o una traición del cuerpo. Solo sabía que el roce la estaba volviendo loca, que cada embestida mecánica le sacaba de la garganta un sonido nuevo, más roto, más bajo, más animal. Mordió el antebrazo para no gritar el nombre de Adrián.

Lloraba, pero procuraba que las lágrimas no le salieran de los ojos. Contaba respiraciones. Se decía que cada minuto que pasaba era un minuto menos. Resistir. Solo eso. Resistir.

Cuando la máquina se detuvo, el silencio le zumbó en los oídos. Adrián entró, comprobó el recipiente sin tocarla todavía, anotó algo mentalmente.

—Bien —dijo—. Has aguantado más de lo que esperaba. Pero no lo suficiente para salvarte del todo. —La liberó de las correas con la misma calma con la que la había atado—. Date la vuelta. Boca abajo. Llega lo que tú misma pediste.

***

Lucía rodó sobre la mesa y se quedó tumbada, la frente apoyada en los brazos, las nalgas expuestas a la luz dura del foco. Oyó a Adrián situarse a un lado, el chasquido del cepillo al cerrarse en su mano, el roce de la ropa cuando alzó el brazo.

—Como en un castigo de los de antes —dijo—. Cuenta cada uno y dame las gracias. Si pierdes la cuenta, volvemos al uno.

El primer golpe le arrancó un jadeo que ahogó a tiempo.

—Uno. Gracias por corregirme, Amo.

El segundo. El tercero. Adrián trabajaba metódico, alternando el ritmo para que ella no pudiera anticiparlo, dejando caer a veces dos seguidos y otras esperando hasta que la espalda de Lucía se relajaba antes de volver a golpear. La madera del cepillo mordía la carne con una crueldad limpia, y cada impacto hacía rebotar sus nalgas, ya tensas, ya calientes, ya rojas de sangre bajo la piel. Llegó a cincuenta en una nalga, cambió de lado, repartió los otros cincuenta en la otra. Para cuando terminó, ella tenía la voz ronca de tanto agradecer y la piel ardiendo como si la hubieran dejado al sol. Sentía el sexo empapado, sensible, casi dolorido por puro contraste con el castigo, y cada vez que el bastón imaginario del dolor bajaba sobre su culo, un temblor le recorría el vientre y se le clavaba en los muslos.

—Bien contado —concedió él—. No has perdido el número ni una vez. Eso te lo reconozco.

Lucía no respondió. No podía. Solo respiraba, larga y temblorosamente, agarrada al borde de la mesa.

—Voy a cenar —anunció Adrián, dejando el cepillo en su sitio—. Tú no te muevas. Cuando vuelva, terminamos lo que falta.

Y la dejó allí, expuesta, ardiendo, contando los minutos como antes había contado los golpes.

***

Cuando volvió, traía las mangas remangadas y un bastón fino de bambú en la mano, de esos que se usan para apoyarse al caminar.

—El recipiente marcó casi tres litros —le informó—. Por poco. Eso significa que los últimos cien no van ni a los pies ni al vientre. —Se acercó hasta quedar junto a ella—. Van a tus pechos. Siéntate sobre la mesa y pon las manos en la nuca.

Lucía obedeció. Tenía los pechos grandes y pesados, y sabía que esa parte de su cuerpo era de las más sensibles. Marcos jamás se había atrevido a tanto. Sintió un frío en el estómago que no tenía nada que ver con el agua.

Adrián la observó con atención clínica, como si estuviera midiendo una pieza de precisión. Le apartó el pelo de los hombros, dejó al descubierto los pezones ya endurecidos por el aire, y trazó con la punta del bastón una línea suave primero, un roce apenas perceptible que le hizo contener el aliento.

—Cincuenta desde arriba, cincuenta desde abajo —dijo, midiendo la posición—. Empieza a contar desde el uno otra vez.

El bastón silbó y cayó. El cuerpo entero de Lucía se sacudió hacia atrás. El golpe no fue solo en la carne; le recorrió el pecho como una descarga, cerrándole la garganta. Los pechos le temblaron de forma indecente, redondos y pesados, y al siguiente impacto el gemido se le escapó sin que pudiera frenarlo. Adrián no la dejó refugiarse en una postura cómoda: cada vez cambiaba el ángulo, bajando un poco más, subiendo un poco más, haciendo que el dolor se repartiera entre los senos, el costado y el centro exacto donde la piel se volvía más fina. Los pezones le ardían como si los hubieran pellizcado con fuego, y ella, a pesar de todo, seguía contando.

—Uno. Gracias, Amo, por corregirme.

Adrián se tomó su tiempo. Golpeaba, esperaba, observaba la cara de ella buscando una grieta. Pero Lucía no le daba ninguna. Ni una mueca, ni un sollozo de más. Solo el número, la fórmula, la respiración entrecortada. Y eso, lejos de calmarlo, lo encendía. Quería ver algo. Quería que ella cediera, que reconociera con el cuerpo lo que se negaba a reconocer con la voz. El bastón dejó marcas que fueron apareciendo una a una sobre la piel clara de los pechos, líneas rojas que se iban inflando con cada contacto. Lucía notó cómo el dolor le mojaba la entrepierna todavía más, un reflejo sucio y vergonzoso que la hizo apretar los muslos. Le temblaban los brazos por tener las manos en la nuca, pero no bajó ni un centímetro.

—No sé si eres muy fuerte o muy terca —murmuró él entre golpe y golpe.

—Las dos cosas, Amo —respondió ella, y por un instante creyó ver en su cara algo parecido al respeto.

Llegaron a cincuenta. Él cambió de ángulo, se situó más abajo, y los últimos cincuenta cayeron en una progresión lenta y deliberada, haciendo que el pecho se le moviera con cada impacto, que la respiración se le partiera, que el cuerpo entero entrara en un ritmo de dolor y obediencia. Los pezones ya no eran solo sensibles: eran pequeñas islas incendiadas, y cada roce del aire la hacía estremecer. Para entonces Lucía temblaba de pies a cabeza, pero seguía contando, seguía dando las gracias, seguía sin romperse del modo en que él esperaba.

—Cien —dijo al fin—. Gracias, Amo, por corregirme.

Adrián bajó el bastón. Se quedó mirándola un largo rato, el pecho de él subiendo y bajando casi al ritmo del de ella.

***

—Manos a la espalda —ordenó, recuperando la voz serena de antes.

Lucía cruzó las muñecas tras la cintura. Él le colocó unas pinzas de cuero acolchadas, ajustadas con cuidado, comprobando con un dedo que la presión fuera firme pero no permanente. Después le soltó apenas el pelo, como si quisiera que el gesto final fuera también un aviso.

—Esto se queda un rato —explicó—. No es para hacerte daño nuevo. Es para que no olvides la noche en cuanto salgas por esa puerta.

—No la voy a olvidar, Amo —dijo ella, y era verdad.

Adrián la rodeó una última vez, evaluándola entera, como un artesano que repasa su trabajo terminado.

—Tu amo anterior te tenía mal acostumbrada —dijo—. Castigaba con rabia. Eso es fácil. Lo difícil es castigar con propósito, hacerte elegir, obligarte a mirar de frente lo que eres. —Se inclinó hasta quedar a la altura de sus ojos—. Y lo que eres, Lucía, es alguien que no se rompe. Lo cual significa que tendré que aprender a llevarte más lejos. Despacio. Con método.

Ella sostuvo su mirada. Le dolía todo el cuerpo, pero por dentro sentía algo extrañamente parecido a la calma: la certeza de haber resistido, de haber encontrado, por una vez, un dueño que entendía la diferencia entre castigar y destruir.

—No te muevas hasta que yo vuelva a soltarte —dijo Adrián, y apagó el foco principal, dejando solo la luz tenue del rincón—. Te has portado mejor de lo que merecían tres faltas. La próxima vez, intenta no llevarme la contraria. No por miedo. Porque ya sabes que aquí cada decisión tuya tiene consecuencias.

—Sí, Amo —respondió Lucía en la penumbra.

Y mientras él se alejaba, comprendió que lo que más la marcaba de aquella primera noche no eran los golpes, ni la máquina, ni el ardor que aún le recorría la piel. Era haber elegido. Haber tenido en sus manos, por un instante, la forma exacta de su propio castigo. Esa era la verdadera correa, la que no se ve, la que un amo paciente sabe tensar sin tocar siquiera.

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Comentarios(7)

daybear

excelente!!! sigan subiendo cosas asi

Rodrigo_NQ

Brutal el relato, me dejo pensando bastante. Eso no pasa seguido con lo que leo por aca.

CarolinaRZ

Lo que mas me impacto es el dilema del titulo. Que ella misma tenga que elegir... le da una vuelta muy interesante a todo.

GabiSureno

Se hizo corto jaja, queria seguir leyendo. Buen trabajo!

LecturaNocturna_V

Muy bien trabajada la dinamica entre los personajes. Se nota que no es solo morbo, hay algo mas profundo detras. Gracias por compartir este tipo de relatos.

Beto_noches

Me recordo a algo que vivi hace tiempo, aunque nada tan elaborado como esto jaja. Muy bueno!

Marcos_lector82

Curiosidad: esto es ficcion pura o tiene algo de real? Se siente muy autentico el tono.

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