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Relatos Ardientes

El día que entregué todo para ser su esclavo

Había terminado quince años de un matrimonio tibio y previsible, y de pronto me encontré libre, sin ataduras y con más dinero del que podría gastar en varias vidas. No tenía familia que rindiera cuentas ni nadie que me esperara en casa. Lo único que me quemaba por dentro era una curiosidad vieja, guardada bajo llave durante demasiado tiempo.

Me pasaba las noches frente a la pantalla, leyendo foros, mirando imágenes, devorando historias de hombres que habían renunciado a su voluntad por completo. La idea de dejar de ser una persona y convertirme en una cosa, en un objeto al servicio de otra, me obsesionaba hasta quitarme el sueño.

Al principio recurrí a profesionales. Durante casi un año fui de cita en cita, de local en local, buscando a alguien que aceptara lo que yo pedía. Casi ninguna quería. Las pocas que lo intentaban cobraban el doble y se notaba que contaban los minutos. Era una transacción, nada más, y a mí no me bastaba con una transacción.

Probé otra cosa. Publiqué anuncios en los portales especializados ofreciéndome como sirviente a tiempo completo, sin condiciones. Puse fotos, detalles, todo lo que se me ocurrió. Durante semanas no respondió nadie.

Quizá esto no es para mí, pensé más de una vez. Quizá lo único que merezco es alquilar el deseo por horas.

Y entonces llegó el correo.

***

Era una mujer, aunque no decía su nombre. No se identificaba, no mostraba ninguna foto, no contaba nada de ella. Solo preguntaba. Mensaje tras mensaje, quería saber exactamente qué buscaba yo, si estaba seguro, si entendía lo que significaba lo que pedía.

—¿Y si un día te cansas? —escribió en uno de los correos—. ¿Y si quieres recuperar tu vida?

—No habrá ese día —contesté—. Quiero entregarme entero y para siempre. Quiero dejar de decidir.

Ella insistía. Quería límites claros, condiciones definitivas. Decía que, si daba el paso, lo haría sin medias tintas y sin marcha atrás. Cada correo suyo me dejaba temblando frente al teclado, con la polla dura pegada al pantalón solo de imaginarla al otro lado de la pantalla. Hubiera firmado cualquier cosa con tal de que aceptara.

Al cabo de varias semanas acordamos vernos en una cafetería del centro. Llegué una hora antes, incapaz de quedarme quieto. Cuando ella entró y se sentó sin dudar frente a mí, reconocí su cara al instante. Era una de las profesionales a las que había acudido meses atrás, una de las que más me había gustado.

—Te reconocí por las fotos del anuncio el primer día —dijo, con una sonrisa que no tenía nada de tímida—. Tú no tenías ni idea de con quién hablabas.

No me molestó. Al contrario. De todas las mujeres que había conocido, ella era la que más me atraía, y el hecho de que ya nos conociéramos hacía que la conversación fluyera sin tensión.

—Estoy dispuesto a lo que sea —le dije, bajando la voz—. Si me eliges, dejo de ser una persona. Te firmo un contrato. Mi casa, mis cuentas, mis coches, mis acciones, todo tuyo. A cambio, me quedo contigo.

La propuesta era demasiado tentadora para rechazarla. Nos dimos cuarenta y ocho horas para arreglar el papeleo. Cuando volví a verla, ya no era yo el dueño de nada.

***

Se llamaba Mara, aunque sus amigas la llamaban de otra forma que nunca llegué a usar. Decidió que, de momento, yo me mudaría a su apartamento, aunque dejó claro que pronto nos instalaríamos en mi antigua casa: un chalet de lujo en una urbanización cerrada que ahora figuraba a su nombre.

El primer día, en cuanto crucé la puerta, me ordenó desnudarme y sentarme en el suelo. Tenía un discurso preparado, pero antes de soltarlo se acercó despacio, se remangó la falda hasta la cintura y me enseñó que debajo no llevaba nada. Su coño, depilado y ya brillante, quedó a un palmo de mi cara.

—Antes de escucharme, vas a probar lo que a partir de hoy va a ser lo único que te alimente —dijo, y me agarró del pelo con una mano firme.

Me pegó la boca a su sexo sin darme tiempo a nada. Yo saqué la lengua y empecé a lamer como un animal, buscando su clítoris entre los pliegues, chupándolo con hambre. Ella no me guiaba con dulzura: me restregaba el coño por toda la cara, me montaba la nariz, me follaba la boca con las caderas. Cuando encontré el punto exacto y lo apreté con los labios, la sentí temblar y apretarme la cabeza contra ella con las dos manos.

—Más adentro, con la lengua entera —jadeó—. Cómete lo que es tuyo.

Le metí la lengua tan hondo como pude, notando el sabor caliente y salado, mientras ella se corría contra mi boca en oleadas cortas y ruidosas. Cuando terminó, no me apartó. Me obligó a seguir lamiéndola, a limpiarla con la lengua hasta el último rastro. Luego, con la misma mano con la que me sujetaba el pelo, me empujó al suelo boca arriba, se puso en cuclillas encima de mi cara y me dejó caer un chorro tibio de meado en la boca abierta. Tragué lo que pude; el resto me resbaló por el cuello.

—Esto es lo que eres desde ahora —dijo, todavía a horcajadas sobre mí, con el coño mojado goteándome en la barbilla—. A partir de ahora eres lo que pediste ser. No vuelves a vestirte. No vuelves a hablar. Dejas de tener nombre.

Yo escuchaba con el corazón golpeándome el pecho y la polla dura clavada contra mi propio vientre.

—He quitado el inodoro de la casa —siguió—. En su lugar hay un desagüe en el suelo con una tapa motorizada. Esa tapa solo se abre cuando yo quiero, y al principio será una vez por semana, los viernes de madrugada. El resto del tiempo permanecerá cerrada.

Tardé un segundo en entender lo que eso significaba.

—Tú insististe mucho en lo que querías —añadió, disfrutando cada palabra—. Pues lo tendrás de sobra. No tiene gracia que algo dure un instante. Vas a vivir con ello.

Me explicó las reglas como quien recita una norma de la casa. Mientras viviéramos los dos solos, la tapa se abriría poco. Pero ella tenía invitados a menudo, y ahora que el dinero no era problema, tendría muchos más. Cada persona que se instalara en la casa cambiaría el cálculo: a más gente, menos margen para mí.

—Y los viernes —remató— son sagrados. Quiero presumir de ti los fines de semana. Quiero que mis amistades vengan y te conozcan.

No pensaba dejar su profesión. Le gustaba demasiado. Pero sería más selectiva. Y cuando nos mudáramos al chalet, dijo, lo convertiría en una casa de lujo donde podrían vivir y trabajar varias chicas más.

—Una cosa más —dijo antes de dejarme solo, agachándose para agarrarme la verga y apretármela hasta que gemí—. Esto ha despertado en mí algo que no sabía que tenía. Me excita pensar en todo lo que voy a hacer contigo. Y esta polla —añadió, dándole un tirón seco— no se vuelve a correr sin mi permiso. Nunca más.

***

El primer viernes por la noche vinieron seis mujeres. Mara me tenía arrodillado en medio del salón, con las manos atadas a la espalda y un collar de perro cerrado al cuello. Ellas bebían, se reían, me miraban de arriba abajo como quien evalúa un mueble nuevo. Una rubia alta se me acercó, me apretó las tetillas con las uñas hasta que me arqueé, y luego se sentó en el sofá, se abrió de piernas y me señaló con un dedo.

—Ven aquí a hacer tu trabajo.

Me arrastré de rodillas hasta quedar entre sus muslos y le comí el coño durante lo que me parecieron horas. Ella hablaba con las otras mientras yo la lamía, comentaba mi técnica como si no estuviera, se reía cuando me clavaba los tacones en la espalda para corregirme. Cuando se corrió, lo hizo apretándome la cabeza con los muslos hasta casi ahogarme.

Después vinieron las demás, una por una. Coños distintos, sabores distintos, formas distintas de agarrarme la cara y usarla. Una morena me hizo lamerle el culo mientras se masturbaba con dos dedos, gimiendo que llevaba semanas fantaseando con estrenar al mascota de Mara. Otra prefirió meterme los pies en la boca antes que dejar que le tocara el sexo, y me hizo chuparle los dedos uno a uno mientras me abofeteaba con la mano libre.

Mara las observaba todo el rato, sentada en un sillón, con una copa de vino en la mano y una sonrisa que no se le borraba. Cuando la última terminó, se levantó, cruzó el salón y me agarró la polla, que llevaba horas dura, morada, goteando sin descanso.

—Mirad qué mono —dijo—. Se cree que va a correrse.

Las otras se rieron. Mara sacó una anilla metálica del bolsillo, me la deslizó por la verga hasta la raíz y la cerró con un chasquido seco. La polla se me hinchó todavía más contra el metal, imposible ya de ablandarse.

—Nada de correrse esta noche —dijo, dándome una palmada en la cara con la mano abierta—. Ni esta ni ninguna. Guárdatelo todo dentro. Que se te pudra ahí.

***

Dos meses después ya vivíamos en el chalet. Con nosotros se instalaron otras seis mujeres, todas dedicadas al mismo oficio que Mara, todas llegadas de un país del este, todas de una belleza que cortaba la respiración. Durante las semanas del apartamento, Mara no había dejado que nadie se quedara a dormir, pero las visitas y las fiestas habían sido constantes. Cada fin de semana, dos celebraciones con veinte personas. Entre semana, cuatro o cinco curiosos que querían conocer su nueva adquisición.

En el chalet, con siete mujeres en la casa, la rutina se endureció. Mara mandó tapar todos los desagües salvo uno, en un aseo diminuto del sótano, con su tapa motorizada. Si un cliente necesitaba algo, solo me tenía a mí.

Las noches que había clientes en la casa, las chicas me hacían turnarme entre las habitaciones. A veces era el juguete que enseñaban al principio, tumbado en la moqueta con la boca abierta como un cenicero; a veces me usaban al final, cuando el cliente ya había terminado y necesitaba un sitio donde escupir o mear antes de irse. Una noche, un tipo enorme me pidió que le lamiera la polla mientras se follaba a una de las rusas por detrás, y yo me quedé de rodillas al pie de la cama chupándole los cojones y el culo mientras oía a la chica gemir a un palmo de mi oreja. Cuando se corrió, se salió de ella, me agarró de las orejas y me vació la boca de semen espeso y caliente que tuve que tragar entero. La rusa se reó y aplaudió.

Cada mañana Mara pasaba a inspeccionarme. Me revisaba la boca, me olía el aliento, me tiraba de la anilla que seguía apretándome la verga y comprobaba que el escroto empezaba a colgar. La polla dura llevaba tanto tiempo sin descargar que ya solo era un pedazo de carne hinchada, permanentemente violeta, que rezumaba un hilo constante sin llegar nunca a correrse del todo.

—Perfecto —murmuraba ella—. Así te quiero.

Y entonces apareció ella.

***

Daniela, prima de Mara, llegó a la casa con una sonrisa que no presagiaba nada bueno. Era tan hermosa como las demás, pero había algo distinto en su mirada, una frialdad afilada. Mara delegó en ella todo lo relacionado con mi castigo, y a Daniela le brillaron los ojos cuando lo supo.

—No tengo por qué darte explicaciones —me dijo el primer día, agachándose hasta quedar a mi altura—. Ni siquiera sé por qué hablo contigo. Pero lo hago porque quiero que, a partir de este momento, sufras pensando en lo que viene.

Me quedé inmóvil, con la piel erizada.

—Si creías que iba a tratarte con suavidad, olvídalo —continuó—. Voy a hacer que cada día te arrepientas de haberte ofrecido. Y va a ser para siempre.

Aquella misma noche me llevó al sótano, me ató boca arriba en una camilla y se desnudó despacio delante de mí. Tenía un cuerpo perfecto, tetas duras, coño depilado, un piercing en el ombligo que brillaba bajo la luz del techo. Se subió a la camilla, se colocó de rodillas encima de mi cara y me plantó el culo sobre la boca.

—Lame —ordenó, sin mirarme—. Y ni se te ocurra respirar por la nariz.

Me pasé no sé cuánto tiempo con la lengua metida en su culo mientras ella jugaba con mi polla apresada en la anilla, apretándomela, dándole capirotazos, riéndose cada vez que yo me arqueaba de dolor. Cuando se cansó, se giró, me abrió la boca a la fuerza con dos dedos y me meó dentro con la calma de quien vacía una jarra. Tragué hasta la última gota. No había otra opción.

—Bien —dijo, bajándose de la camilla—. Vas aprendiendo.

Me detalló sus planes con una calma que daba más miedo que cualquier grito. Hablaba de transformación, de hacer de mí algo definitivo, de borrar todo lo que me quedara de persona. Mara le había dado permiso para hacer conmigo lo que quisiera, con una sola condición: que no me matara.

—Eso es lo aburrido —murmuró Daniela—. La muerte es un final. Yo no quiero un final.

***

Pasó algo más de un año, y mi vida cambió hasta volverse irreconocible.

Lo primero fue la depilación. Sesiones de láser por todo el cuerpo hasta dejar la piel completamente lisa, sin un solo vello, como la porcelana de un objeto. Daniela decía que un retrete no necesita vello, igual que no necesita voz. Por eso, poco después, hizo que perdiera el habla para siempre: nunca más una queja, nunca más una palabra.

—No quiero escuchar lamentos —dijo—. Solo silencio.

Después llegaron los castigos sobre mis genitales, que ella misma había prometido convertir en el centro de mi tormento. Aros de acero cada vez más pesados en el escroto, sumando peso semana tras semana, estirando la carne sin descanso. Decía que le encantaban los escrotos largos y deformados, y que no pararía aunque alcanzáramos su objetivo. Era un proyecto sin fin, como todo lo demás.

El tiempo se volvió elástico, sin días ni noches. Cada vez que rompía alguna norma —y la única norma importante era no tocarme nunca— Daniela respondía con un castigo nuevo, más severo que el anterior. Hasta que un día, harta de mis recaídas, decidió quitarme cualquier posibilidad de desobedecer.

—Voy a simplificarte la existencia —dijo, casi con ternura—. Un retrete no necesita manos. No necesita moverse. Te voy a dejar reducido a lo único que importa.

***

Mientras tanto, el negocio de Mara crecía sin freno. Reformó el chalet, añadió una planta entera, habitaciones para veinte chicas. La casa funcionaba a pleno rendimiento, y mi rincón del sótano quedó reducido a su mínima función.

Ahora vivo en un cuarto pequeño, de un metro de ancho por dos de largo, con una rejilla de ventilación y un tubo fluorescente siempre encendido. No tengo forma de saber cuándo es de día ni cuánto duermo. Estoy sujeto al suelo por correas que impiden cualquier movimiento. Sobre mi cabeza, un depósito que nunca se vacía. Daniela colocó un mecanismo separado de mi cuerpo para que el peso siga tirando de mí poco a poco, sin descanso.

Para que el tormento no se detenga ni siquiera ahora que no puedo moverme, hace unos días Daniela metió en el cuarto unas cuantas gallinas. Les echa el alimento sobre mí, de modo que sus picotazos y sus pasos mantienen viva la sensación que ella tanto disfruta. Casi siempre hay una sobre mí, escarbando. Las gallinas y yo hemos perdido juntas la noción del tiempo.

No sé cuánto durará esto. No sé si tiene un final. Y, sin embargo, cuando me detengo a pensarlo —cuando recuerdo que fui yo quien lo pidió, quien firmó, quien suplicó por ello— siento todavía aquella misma excitación que me trajo hasta aquí. La misma que me condenó. La única que me queda.

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Comentarios(8)

Dante_22

increible relato!!! me dejo sin palabras

LaRebelde_33

Se nota que fue escrito con mucho cuidado, la tension se siente desde el primer parrafo. Excelente!!

PabloSub_MX

Espero que haya una segunda parte, quede con ganas de saber mas sobre esa dinamica. Saludos desde Mexico

NocheEnVela

tremendo!!! que final tan intenso

Sergio_BA

muy bueno, me lo lei de un tiron sin parar. sigan subiendo relatos asi

GaboLect77

Me recordo a algo que lei hace tiempo pero esto esta mucho mejor narrado, fluye muy bien de principio a fin

ViajeroSolo

Buenisimo!!! ojalá suban mas de esta categoria

ElCriollo_77

el giro del correo no me lo esperaba para nada, tremendo detalle ese

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