El segundo día de adiestramiento con nuestra Ama
El primer día de adiestramiento nos había dejado vacíos, y aun así dormimos apenas unas horas. Carla y yo pasamos la noche a los pies de la cama de Renata, nuestra Ama, pendientes de cada gesto suyo y de Damián, su pareja. Cada vez que alguno de los dos terminaba, nos ordenaba limpiar los restos con la lengua: a ella entre las piernas, a él la polla todavía tibia. Era parte del contrato que habíamos firmado semanas atrás, y ninguno de los dos pensaba romperlo.
Habíamos llegado hasta ahí poco a poco, sin darnos cuenta. Primero fue una fantasía que Carla me confesó una madrugada, en voz baja, como quien suelta un secreto que da vergüenza. Después fueron los mensajes, las primeras pruebas, la palabra de seguridad que acordamos los tres y que nunca habíamos llegado a usar. Y ahora estábamos allí, en el suelo de un dormitorio que no era el nuestro, esperando un sábado que sabíamos que iba a ser peor que el viernes.
Lo esperábamos con una mezcla de miedo y deseo que ya no sabíamos separar. Esa era la parte que nadie entendería desde fuera: que cuanto más nos rebajaban, más nos costaba imaginar volver a la vida de antes, la de la oficina, la de las cenas con amigos, la de fingir que éramos una pareja como cualquier otra.
Renata se despertó al amanecer. Sin decir buenos días, nos señaló el baño con un dedo.
—Adentro de la bañera. Los dos. Ya.
Era una bañera grande, de hidromasaje, en la que cabíamos sentados uno frente al otro. El esmalte estaba frío bajo las nalgas y nos hizo temblar a los dos. Renata se quitó la tanga con una lentitud calculada, sabiendo que la mirábamos, y la dejó caer al suelo con dos dedos como si fuera un trapo sucio.
Se paró en el borde, una pierna a cada lado, y empezó a mearse encima de nosotros. El chorro tibio nos recorrió el pecho, los hombros, la cara. Yo cerré los ojos y abrí la boca por instinto. Carla, a mi lado, hizo lo mismo, con esa obediencia callada que había aprendido más rápido que yo.
—Esto es solo el principio —dijo, mirándonos desde arriba—. Hoy vais a recibir la lluvia de Damián y la de mi hermana también. Vais a aprender para qué sirve un retrete.
Todavía empapados, la puerta se abrió. Era Noa, la hermana menor de Renata, en albornoz, con el pelo recogido y una sonrisa que ya conocíamos demasiado bien.
—Vaya, no sabía que tenías un servicio nuevo —dijo, divertida—. Habrá que estrenarlo.
Se quitó la ropa interior sin prisa y se plantó frente a mí.
—Abre la boca. Y no derrames ni una gota, o te enseño lo que es el dolor de verdad.
Empezó a mearse en mi boca. Yo tragué todo lo que pude, pero el caudal era demasiado y una parte se me escapó por la comisura, resbalándome por el cuello.
—Eres un inútil completo —escupió Noa—. Ni siquiera sirves de retrete en condiciones.
Me abofeteó con fuerza. Tuve que agarrarme al pasamanos de la bañera para no caerme de rodillas. No te quejes. Lo firmaste. Lo querías.
En ese momento apareció Damián en la puerta, desnudo, con la polla ya dura, recién levantado. Renata lo miró con una ceja arqueada.
—Siempre te despiertas igual.
—No tengo ganas de complicarme tan temprano —respondió él, rascándose la nuca.
—Entonces fóllate a la zorra. Ábrela bien para nosotras.
Noa agarró a Carla por las muñecas y se las ató por la espalda con el cinturón de su albornoz, dejándola sin defensa. Damián se colocó detrás de ella, la inclinó sobre el borde de la bañera y la penetró por detrás de una sola embestida.
—Mira cómo disfruta tu mujer —me dijo Renata, sentándose en el borde para no perder detalle—. Es una auténtica zorra. Le gusta que la tomen casi tanto como a ti.
Carla gritaba y se le saltaban las lágrimas a la vez. El dolor y el placer se le mezclaban en la cara de una forma que yo conocía bien, porque era la misma con la que me miraba a mí cuando me tocaba el turno. Damián la embistió sin tregua hasta que se vació dentro de ella con un gruñido ronco.
—Límpiale la polla —me ordenó Renata—. Tu mujercita se la ha dejado hecha un desastre.
Obedecí. Recorrí con la lengua cada centímetro de Damián mientras él me miraba desde arriba, indiferente, como quien deja que un perro le lama la mano.
***
—Duchaos y poneos presentables —dijo Renata cuando terminó—. Nosotros vamos a desayunar.
Tardamos en quitarnos de la piel todo lo de esa mañana. Cuando bajamos, ya limpios, nos esperaban en el garaje. Nos hicieron subir desnudos a la parte trasera de un todoterreno, Carla y yo apretados en el asiento, con Noa al lado vigilando que no intentáramos taparnos.
Salimos de la ciudad. El coche fue dejando atrás las avenidas, después las casas, después los últimos semáforos, hasta que solo quedó carretera y pinos. El asfalto pasó a tierra, y la tierra a un camino de baches que nos zarandeaba contra el cristal. Cada vez que nos cruzábamos con otro vehículo, Carla y yo nos encogíamos por instinto, aunque las lunas tintadas nos protegían de las miradas. Noa se reía de nuestro reflejo asustado.
Reconocí el camino demasiado tarde: nos llevaban a un pinar apartado, uno de esos lugares discretos donde la gente se reúne al anochecer para mirar y dejarse ver. Lo había leído en algún foro, meses atrás, sin imaginar que algún día sería yo el que estuviera del otro lado, atado y expuesto.
—¿Sabéis qué es el dogging? —preguntó Noa con una sonrisa—. Lo vais a averiguar.
Nos bajaron con las manos atadas y un collar de cuero al cuello, como a dos perros. Renata sostenía la correa de Carla; Noa, la mía. Empezamos a caminar entre los árboles, descalzos sobre la hojarasca húmeda, expuestos a cualquiera que pasara.
No tardamos en cruzarnos con dos hombres apoyados contra un tronco, masturbándose despacio. Al vernos, se quedaron quietos, como sin creerse la suerte.
—¿Os apetece que os la chupe? —les ofreció Renata, empujando a Carla hacia ellos—. Es de buena boca.
Carla se arrodilló sobre las agujas de pino y se los metió en la boca por turnos, sin que nadie tuviera que decírselo dos veces. Los dos hombres se miraban entre ellos, incrédulos.
—¿Y follarla? —insistió Renata—. ¿No os apetece?
Se les iluminó la cara. La apoyaron contra el árbol, uno detrás del otro. Uno de ellos sacó un preservativo del bolsillo, pero Renata lo detuvo con la mano.
—Guarda eso. Las zorras no merecen condón.
Y así lo hicieron los dos, primero uno, después el otro, hasta vaciarse dentro de ella en mitad del bosque, mientras Renata y Noa observaban de pie, fumando, como si vieran pasar el tiempo.
***
Seguimos caminando. En un claro, más adelante, una pareja follaba rodeada de cuatro hombres mayores que se acariciaban mirando el espectáculo. Noa me dio un tirón de la correa y me llevó hasta ellos.
—¿No preferís que os la chupe este perro? —les preguntó, señalándome.
Me obligó a arrodillarme. Fui pasando de uno a otro, con las manos todavía atadas a la espalda, mientras los cuatro me sujetaban la cabeza por turnos. Cuando llevaba un buen rato, Renata le hizo un gesto a Damián.
—Enséñales a estos cómo se trata a un sumiso.
Damián se acercó por detrás, me apoyó contra el mismo árbol y entró sin compasión. Apreté los dientes y aguanté, porque era lo único que podía hacer. Al cabo de un rato lo sentí estallar dentro de mí con una descarga que me dejó temblando, agarrado a la corteza para no caer.
—¿Qué te parece el marido de tu mujer? —le dijo Renata a Carla, que miraba desde el suelo—. Solo sirve para que lo usen.
Después invitó a los cuatro hombres del claro a hacer lo mismo, con la misma orden de siempre: nada de condones. Recibí una tras otra sus embestidas, cada una con su descarga, hasta perder la cuenta. Cuando terminaron, apenas me sostenía en pie. Renata me levantó la barbilla con dos dedos y me miró a los ojos, casi con ternura.
—Buen perro —dijo. Y eso, no sé por qué, fue lo que más me gustó de todo el día.
***
Volvimos a casa al mediodía, tal como habíamos ido: desnudos, en silencio, apretados en la parte trasera del todoterreno. El sol de la tarde entraba a rayas entre los árboles y nos calentaba la piel todavía erizada. Carla apoyó la cabeza en mi hombro y yo apoyé la mía sobre la suya. Tenía la marca del collar grabada en el cuello, y supongo que yo también. Ninguno de los dos dijo nada, pero los dos sabíamos que volveríamos el sábado siguiente, y el otro, y todos los que hicieran falta.
Esa noche, ya en nuestra cama, Carla me buscó en la oscuridad y me abrazó por la espalda. No hicimos nada. Solo nos quedamos así, escuchándonos respirar, sabiendo que al día siguiente seríamos otra vez la pareja correcta que todos creían conocer.
Porque lo habíamos firmado. Y porque, en el fondo, ya no sabíamos vivir de otra manera.
Seguiré contando nuestra experiencia en próximas entregas.