El sótano donde el amo perdió todo su poder
El sótano de aquella casa olía a humedad y a cuero. Renata lo conocía mejor que ninguna otra habitación, aunque jamás había elegido conocerlo. Detrás de las gruesas cortinas negras que tapaban cada ventana, el mundo de afuera dejaba de existir, y solo quedaban la voz del hombre y el siseo del látigo cortando el aire.
—¿Quién manda aquí? —preguntaba él, con esa calma untuosa que ella había aprendido a temer.
—Usted, señor —respondía ella, con la mejilla pegada al suelo frío.
El hombre se llamaba Genaro, aunque en las páginas de intercambio de parejas se hacía llamar «el amo». Era corpulento, peludo, con manos enormes que parecían diseñadas para apretar. De día representaba productos médicos por toda la región de Veracruz; de noche bajaba a su sótano y se convertía en otra cosa.
***
Renata había llegado a la casa dos años antes, recomendada por una agencia, buscando un sueldo que le permitiera pagar la carrera de Derecho que cursaba en el turno nocturno. La esposa de Genaro, doña Marisol, vivía en una neblina permanente de tranquilizantes recetados por un psiquiatra complaciente. Dormía profundo, no preguntaba, no veía. Esa ceguera era justo lo que su marido necesitaba.
Al principio el juego pareció casi inofensivo. Una propuesta a media voz, un sobre con dinero extra, una promesa de que «solo era un juego entre adultos». Renata aceptó porque el dinero era bueno y porque, al comienzo, el castigo moderado tenía algo de vértigo que no le disgustaba. Aprendió a reconocer la seña que él le hacía durante la cena: significaba que a medianoche debía bajar.
El sótano guardaba todo lo que él escondía del resto de su vida. Una computadora repleta de fotografías y videos. Un armario con disfraces y lencería negra que él le ordenaba ponerse. Una colección de instrumentos colgados de la pared como trofeos de una afición que nadie debía descubrir.
—Eres mía cuando estás aquí abajo —le decía mientras le ataba las muñecas a la espalda—. Arriba puedes ser quien quieras. Aquí eres lo que yo diga.
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Lo que empezó como un acuerdo fue degenerando con los meses. Genaro perdía el control con facilidad. Los golpes dejaron de quedarse en las zonas que la ropa cubría: aparecieron marcas en los brazos, moretones violáceos en los muslos, una vez incluso un latigazo cruzado en el rostro que Marisol llegó a notar.
—¿Qué te pasó en la cara? —preguntó la patrona, con la voz pastosa de quien apenas está despierta.
—Me golpeé con la puerta de la alacena, señora —mintió Renata, y la mujer dopada se conformó con esa respuesta absurda.
Las compañeras de la universidad también empezaron a ver las marcas. En los baños, una de ellas alcanzó a distinguir las líneas rojas sobre sus muslos. Un muchacho que la pretendía le preguntó, con la voz temblorosa, si alguien le estaba haciendo daño. Renata sonrió y dijo que no, que se había caído. Pero algo dentro de ella empezó a calcular.
Porque Genaro ya no se conformaba. En sus arrebatos de calentura le arrancaba mechones de cabello, dejándole pequeñas calvas que ella tenía que disimular con peinados. Le prohibía sus domingos libres. La encerraba en el sótano con sus libros y su computadora, como si la inteligencia de ella fuera otra cosa de su propiedad.
—No seas ridícula —respondía él cada vez que ella le pedía bajar la intensidad—. Solo es un juego.
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El punto de quiebre llegó un fin de semana de verano. Genaro tenía que viajar y, devorado por unos celos que ni él entendía, decidió encerrarla. Tres días con agua y comida suficiente, las luces apagadas, la puerta con candado. El sótano era a prueba de ruido; los gritos de Renata se estrellaron contra las paredes acolchadas sin que nadie los oyera. Marisol dormía su sueño químico dos pisos más arriba.
Cuando él regresó, esperando encontrar a una mujer rota y agradecida, recibió una bofetada que le giró la cara.
—Me voy —dijo Renata, recogiendo sus cosas con las manos firmes—. Hoy mismo.
Y entonces ocurrió algo que él no había previsto. El amo se deshizo. Se aferró a su brazo, le suplicó que no lo abandonara, le prometió cambiar. El hombre que la había tenido de rodillas durante dos años se arrastró por el suelo como un perro mojado. Así que esto es lo que había detrás de todo, pensó ella mientras lo miraba desde arriba por primera vez. Miedo. Solo miedo.
Renata no se fue ese día. Se quedó. Pero algo había cambiado para siempre, y solo ella lo sabía.
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Lo que Genaro ignoraba era que, desde hacía meses, Renata había tejido una alianza silenciosa. Había una vecina, doña Esther, que vivía tres casas más allá: una mujer devota que también acudía en secreto al sótano cuando él la convocaba. Y, sobre todo, estaba Marisol.
Renata había empezado a hablar con la patrona en las tardes en que el marido viajaba. Primero fueron conversaciones, después confidencias. Le contó, poco a poco, lo que pasaba bajo sus pies cada noche. Marisol, despertando lentamente de su letargo de pastillas, escuchó. Y en lugar de hundirse, ardió.
La sirvienta la ayudó a dejar los tranquilizantes. La acompañó al gimnasio, la vio recuperar la silueta y, con ella, una furia fría y deliciosa. Una tarde, en la recámara matrimonial, la conversación se volvió otra cosa: una caricia que ninguna detuvo, un beso lento, el descubrimiento de un placer que el marido jamás le había concedido a Marisol, demasiado ocupado en tratarla como un trofeo de virtud.
—Él me enseñó a obedecer —le susurró Renata contra el cuello de la mujer—. Yo te voy a enseñar a mandar.
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El plan tardó semanas en madurar, y todo dependía de un viaje. Genaro fue enviado a una convención en Mazatlán, una semana entera de buena vida que él consideraba un premio merecido por ser, según su propia descripción, un padre ejemplar y un esposo intachable. Se llevó a una amante de turno, una mujer a la que apenas iniciaba en sus juegos y que, decía, «no le llegaba ni a los talones» a Renata.
Mientras tanto, en el sótano, se rodó otra película.
Cuando Genaro volvió de Mazatlán, la casa estaba en silencio. Buscó a su esposa por las habitaciones y no la encontró. Al pasar junto al sótano, notó la puerta abierta y, desde abajo, oyó los sonidos que conocía de memoria: el chasquido del cuero contra la piel, los gritos sofocados, las súplicas de clemencia.
Bajó las escaleras de madera escalón a escalón, con el corazón golpeándole la garganta. Y lo que vio lo dejó clavado en el último peldaño.
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En la pantalla, un video se repetía sin pausa. Marisol estaba en el centro de la habitación, sus formas generosas inclinadas hacia adelante, la piel marcada por el látigo. Y de pie, junto a ella, vestida con un corsé de látex negro, medias de red y botas que le subían por encima de la rodilla, estaba Renata. Empuñaba el mismo látigo con el que él la había castigado tantas veces.
—¿Quién es tu ama? —preguntaba Renata en la grabación, con una voz que él nunca le había oído.
—Tú —jadeaba Marisol, entre el llanto y un placer que jamás había conocido—. Tú, mi reina.
Genaro vio a su esposa retorcerse bajo cada azote, suplicando no que pararan, sino que continuaran. Vio a las dos mujeres enredarse después en un beso largo, hambriento, las lenguas trenzadas en esa virtud que él tan bien conocía de Renata y que ahora había contaminado a su intachable Marisol.
Después, en el video, llegaron cinco hombres con antifaces. Y la mujer que durante años se había negado a cualquier cosa que considerara sucia o pecaminosa se entregó a todos ellos entre carcajadas y gemidos, mientras Renata dirigía la escena como una directora de orquesta, repartiendo órdenes y caricias por igual.
Genaro recordó, con una punzada amarga, aquella vez que el obispo lo había llamado a su oficina para reprenderlo. Marisol había acudido llorando a quejarse de que su marido la había forzado a un acto que ella consideraba contra natura. Él había prometido, con la cabeza gacha, no volver a intentarlo jamás. Y había cumplido… con ella. Para todo lo demás existían «las otras».
Ahora su esposa, en la pantalla, hacía con cinco desconocidos y con absoluta alegría todo aquello que le había negado a él con lágrimas de indignación.
***
Al final del video, Renata se volvió hacia la cámara. Sonrió, saludó con la mano y levantó un cartel escrito con marcador grueso:
«Varias copias ya fueron enviadas a tus contactos y a tu trabajo.»
Era mentira. Nunca enviaron nada, sobre todo para proteger a Marisol. Pero Genaro no lo sabía, y durante meses vivió como una rata acorralada, sobresaltándose con cada llamada, con cada mirada de un colega, con cada silencio prolongado en una reunión.
Renata desapareció de la casa esa misma semana. Genaro jamás volvió a saber de ella. Siguió contratando mujeres que, por una cantidad acordada, se dejaban azotar; pero ninguna fue como aquella sirvienta que lo había desarmado pieza por pieza. A pesar de haberla llamado tantas veces «una miserable cualquiera», tuvo que reconocer, con un nudo en la garganta, que se había enamorado de ella como un imbécil.
Doña Marisol también se fue. Dejó las pastillas, dejó la casa, dejó al hombre que la había exhibido como un adorno de rectitud durante media vida. Se fue ligera, despierta, libre.
***
Conocí a doña Marisol mucho después, ya divorciada de Genaro, una mujer de carcajada amplia y mirada pícara. Vino a verme acompañada de Renata, una joven sensual de poco más de treinta años, y entre las dos me contaron toda la historia: los videos, la alianza, la paciencia de meses esperando el momento justo para saborear la venganza.
Me explicaron que Renata y Marisol llevaban tiempo comunicándose a espaldas del marido, que la sirvienta la había convencido de guardar silencio y de prepararse despacio. Primero la había despertado de su sueño químico. Después la había iniciado en el placer entre mujeres, en las tardes vacías de la casa. Y por último, cuando Marisol ya era otra, le había mostrado el sótano no como una cárcel, sino como un escenario que ahora les pertenecía a ellas.
—Él creía que el poder era de quien sostiene el látigo —me dijo Renata, removiendo su café con una sonrisa lenta—. Nunca entendió que el poder es de quien sabe esperar.
Doña Esther, la vecina devota, también estaba esa tarde con nosotras. Fue ella, junto con Marisol, quien decidió no exponer públicamente a Genaro, para no salpicar el nombre de la mujer que por fin había recuperado su vida. El amo se quedó con su miedo, con su esposa ejemplar convertida en recuerdo y con un sótano vacío donde, por mucho que lo intentara, nunca volvió a mandar nadie.