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Relatos Ardientes

La pelirroja que dominó a dos hombres en el gym

Ilustración del relato erótico: La pelirroja que dominó a dos hombres en el gym

Renata bajó de la bicicleta estática con las piernas temblando, agotada y a la vez extrañamente satisfecha después de otra sesión brutal de spinning. Cruzó la sala secándose el sudor de la cara y del cuello con la toalla. A media hora del cierre apenas quedaba nadie. La música electrónica seguía vibrando desde los altavoces con una insistencia que rebotaba contra las paredes y las colchonetas vacías.

Al fondo distinguió a dos tipos que se machacaban con las mancuernas mientras charlaban entre ellos. Los conocía de vista. Eran de los habituales, de los que pasaban horas frente al espejo admirando la hinchazón de sus propios músculos. Pese a coincidir tantas tardes, nunca había cruzado con ellos más de dos palabras. Le daban repelús.

El rubio —teñido, evidentemente— era el más atractivo de los dos, pero tenía algo viscoso en la mirada, algo de víbora agazapada. Su amigo era más bajo y compacto, con espalda de toro y cuello inexistente. Dos animales, pensó Renata cada vez que los veía rondar.

Antes de entrar al vestuario sintió sus ojos clavándose en su cuerpo, apenas cubierto por un culote y un top deportivo que el sudor había convertido en una segunda piel. No le molestaban las miradas masculinas; a sus veintinueve años estaba más que acostumbrada. Le molestaba esa forma concreta de mirar, hambrienta y despectiva a la vez, como si ya hubieran decidido algo sobre ella.

Sacudió la cabeza y apartó la idea. Se sentía demasiado bien como para dejar que dos desconocidos le amargaran el final del día.

El vestuario estaba tan vacío como el resto del gimnasio. Se desprendió de la ropa húmeda y de las zapatillas y, desnuda, caminó hacia las duchas con el neceser y la toalla en la mano. Abrió el grifo y dejó que el chorro ardiente le arrastrara de la piel la sensación pegajosa y el cansancio acumulado en los músculos.

Se enjabonó despacio. El masaje sobre los brazos y los hombros tensos se transformó, casi sin darse cuenta, en algo más sensual. Sus dedos recorrieron el vientre plano, las caderas, la curva firme de las nalgas. Una vibración cálida despertó entre sus piernas. Cerró los ojos y se permitió, durante un par de minutos, perderse en sí misma bajo el agua hirviente, hasta que un escalofrío de placer le recorrió la espalda y la dejó floja y satisfecha.

Cerró el grifo invadida por un bienestar dulce. Cruzó la zona de duchas secándose, sin más sonido que el goteo de algún caño y el eco ahogado de la música. Al volver al vestuario se detuvo ante el espejo de cuerpo entero atornillado a la pared.

Algunas gotas le bajaban por la piel blanquísima, salpicada de pecas como pequeñas constelaciones. Admiró su cuerpo atlético, la cintura estrecha, las piernas largas y definidas por años de entrenamiento. Sonrió al recordar que en el colegio la llamaban «el palo de escoba», una chica desgarbada y huesuda con gafas y una mata de pelo rojo imposible. Que me vean ahora, pensó. Sus amigas la habían rebautizado «la Pelirroja», con cariño y un punto de envidia.

La sonrisa se le congeló cuando, en el reflejo, descubrió una presencia a su espalda.

Quieto y en silencio, uno de los dos tipos la observaba con un brillo enfermizo en las pupilas. Era el rubio, la víbora. Tenía la mano metida dentro del pantalón corto y se acariciaba sin pudor. Renata se giró de golpe y le gritó, esforzándose por que la voz no delatara el miedo que le subía por la garganta.

—¡¿Pero qué haces tú aquí?!

No le dieron tiempo a más. El otro, el del cuello de toro, apareció por un lateral y se abalanzó sobre ella. La sujetó por el torso con un brazo de hierro que le inmovilizó los movimientos, mientras con la otra mano le tapaba la boca. Sintió el bulto duro del hombre apretado contra sus nalgas. Forcejeó, pero cuanto más se resistía, más se cerraba aquella presa. Era evidente que el muy cerdo disfrutaba.

—Vaya, vaya —dijo la víbora, acercándose con una sonrisa que era un insulto en sí misma—. La pelirroja tiene carácter, ¿eh?

Se sacó el miembro del pantalón y se lo mostró como si fuera un trofeo, esperando, quizá, que ella lo admirara.

—Te paseas medio desnuda por aquí todos los días, luciéndolo todo, sabiendo el efecto que provocas. ¿Y ahora te haces la estrecha?

—Te vamos a enseñar lo que es un hombre de verdad, calientapollas —añadió el del cuello de toro, apretando aún más.

La víbora la agarró de las caderas y le restregó la verga contra el pubis, buscando a ciegas la entrada. Por detrás, el otro le metía el miembro entre las nalgas.

—No te hagas la santa —jadeó la víbora—. Lo estás deseando. Quieres que te demos lo tuyo, ¿verdad, guarra?

—Si te resistes va a ser peor. Mejor que lo aceptes y disfrutes —le susurró el otro al oído.

Los dos rieron, excitados precisamente por su forcejeo. Y entonces, de pronto, Renata dejó de resistirse. Relajó el cuerpo, separó los muslos sin que la forzaran, como si hubiera decidido rendirse. Ellos se sorprendieron un instante, pero lo celebraron al momento.

—¿Ves? —dijo la víbora, relajando la guardia—. No era tan difícil. Sabía que lo querías. Prepárate, que te vamos a usar por todos lados.

—Sí —murmuró ella, ronca—. Hacedlo. Hacedlo de una vez.

Se miraron con complicidad, confiados, convencidos de que tenían una presa dócil. El del cuello de toro aflojó la presión sobre su cuerpo, ansioso por colocarse. Era el único error que Renata necesitaba.

Flexionó las piernas y, con toda la fuerza acumulada en años de sentadillas y spinning, levantó la rodilla derecha y la incrustó entre las piernas de la víbora. El hombre se quedó sin aire, literalmente paralizado. El estallido de dolor lo recorrió desde la entrepierna hasta la nuca como una descarga eléctrica. Una lágrima le brotó del ojo y le rodó por la mejilla antes de que pudiera articular palabra.

—¡¿Pero qué cojones?! —acertó a decir el del cuello de toro, atónito.

Renata aprovechó su estupefacción. Balanceó el cuerpo buscando el ángulo, alzó la pierna hacia atrás y le clavó el talón en plena entrepierna. Un sonido ahogado salió de la garganta del hombre. Las piernas le fallaron y se desplomó muy despacio, casi a cámara lenta, hasta quedar tumbado en el suelo, las dos manos entre los muslos y los ojos en blanco.

***

Se volvió hacia la víbora, que empezaba a recuperarse y, sobreponiéndose al dolor, avanzaba de nuevo hacia ella. La erección había desaparecido por completo.

—¡Maldita zorra! ¡Te voy a reventar!

No le dio tiempo a cumplir la amenaza. Con una rapidez que ni ella se esperaba, Renata tomó impulso con la pierna izquierda y lanzó la derecha hacia delante, como quien chuta un penalti, golpeándole de lleno la entrepierna. Sus piernas, forjadas en mil sesiones, tenían la potencia de un martillo neumático. La víbora soltó un gemido largo, ronco, desgarrado, como el de un animal herido. El rostro se le contrajo en una mueca de dolor absoluto y cayó de rodillas ante ella, como si se postrara ante una deidad.

Y entonces algo cambió dentro de Renata.

El miedo y la adrenalina que la habían hecho temblar se evaporaron de golpe, sustituidos por una calma extraña y absoluta. Se vio a sí misma de pie, desnuda y serena, dominando a aquellos dos hombrecillos humillados y arrodillados. Se sintió poderosa como nunca. Una corriente cálida le subió desde el vientre y, para su propia sorpresa, comprobó que estaba mojada, encendida, ardiendo de un deseo que no reconocía.

Llevó la mano entre las piernas casi sin pensarlo. Era como si una fuerza que venía de muy adentro, de sus deseos más oscuros, le guiara los dedos. Se acarició despacio, sin dejar de mirar al hombre arrodillado, y un placer eléctrico le recorrió la columna.

La víbora la observaba con los ojos desorbitados, una mano todavía protegiéndose la entrepierna machacada y la otra, contra todo pronóstico, masturbándose de nuevo. Verla a ella tocarse lo enloquecía.

—Cerdo —dijo Renata, sin dejar de acariciarse—. Eres un cerdo.

Se agachó y, con la mano libre, le agarró el paquete.

—¿Esto te gusta? —preguntó, apretando con una crueldad calculada que le arrancó al hombre un gesto descompuesto.

El dolor ajeno avivaba el suyo propio como gasolina sobre el fuego. Le fascinaba sentir entre los dedos esa carne frágil, comprimirla, percibir lo indefenso que estaba aquel tipo que minutos antes se creía amo de la situación. Se frotaba el clítoris con un frenesí que nunca había alcanzado a solas ni con ningún amante.

—Abre la boca —le ordenó, sorprendida de su propia voz—. Quiero que me veas correrme, cerdo.

La víbora obedeció. Levantó el rostro, sumiso, mientras Renata avanzaba las caderas. El orgasmo la golpeó en oleadas largas y profundas, más intenso que ninguno en su vida, y mientras se estremecía siguió apretando con saña el paquete del hombre, fundiendo en un mismo nudo su placer y la humillación de él. La víbora, contra toda lógica, eyaculó al mismo tiempo, entre un gemido en el que ya no se distinguía el placer del dolor.

—Repugnante —escupió ella, jadeando, fascinada y asqueada a partes iguales.

Le soltó por fin y, implacable, mientras el hombre apuraba los últimos espasmos, balanceó el cuerpo y le incrustó el empeine una última vez. El dolor fue tan brutal que la víbora se desplomó de costado, medio inconsciente, hecho un ovillo en el suelo.

Un gemido a su espalda le recordó al otro. El del cuello de toro seguía tumbado, mirándola y masturbándose, con los ojos vidriosos de quien acaba de presenciar algo que lo supera. No paraba de murmurar «dios, dios, dios» mientras se corría sobre su propio vientre.

—Tú eres igual de cerdo que tu amigo —le dijo Renata.

Y sin darle tregua le lanzó una patada entre las piernas, y otra, y otra más, hasta dejarlo encogido sobre las baldosas, babeando y agarrándose con las dos manos.

Con una tranquilidad pasmosa, se vistió, guardó sus cosas en la mochila y salió del vestuario sin mirar atrás. En la recepción se despidió con una sonrisa de la chica que cerraba el local.

***

Durante los días siguientes ninguno de los dos volvió a aparecer por el gimnasio. Renata imaginó que estarían en casa agotando las reservas de hielo, y se le escapaba la risa cada vez que lo pensaba. Sobre todo se relamía imaginando la humillación: dos machotes derrotados por la mujer que pretendían convertir en víctima. No le contó nada a nadie.

El ambiente del gimnasio mejoró sin ellos rondando. Ella y las demás mujeres podían entrenar tranquilas, sin vigilar la espalda. Y sin embargo…

No conseguía sacarse de la cabeza lo que había sentido aquella noche. Cada vez que lo recordaba, un deseo violento se apoderaba de ella. Se masturbaba más que nunca, y siempre con la misma escena en la mente: la sensación de poder, los dos hombres de rodillas, la fragilidad de aquella carne entre sus dedos. Aplastar, dominar, castigar. Nada le resultaba más estimulante.

Volver a vivirlo se transformó en obsesión. Necesitaba esa descarga, ese vértigo, para alcanzar de nuevo un orgasmo como aquel. Pero ¿dónde encontrar a un hombre dispuesto a entregarse así? Empezó a husmear en internet, en foros y páginas de filias que jamás había imaginado visitar. ¿Se atrevería a contactar con un desconocido que compartiera su deseo?

Entonces llegó el mensaje. No supo cómo había conseguido la víbora su número, y lo curioso fue que aquello la inquietó mucho menos de lo que debería. Abrió el chat y leyó el texto, breve y rendido:

«Perdóname. ¿Puedo volver al gimnasio? Me gustaría repetir lo que hicimos».

Renata sonrió a la pantalla, despacio, sintiendo de nuevo aquel calor familiar entre las piernas. Por primera vez supo, con absoluta claridad, exactamente lo que quería. Y supo que esta vez sería ella quien pusiera las reglas.

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Comentarios (3)

Charly_Bsas

tremendo relato!!! el personaje de ella tiene una presencia increible desde el primer parrafo, uno ya sabe que algo va a pasar y aun asi te sorprende

VickyNocturna_

necesito la continuacion ya!!! me quede con ganas de mas

RobertoC_lect

Muy bien escrito. El ritmo esta perfecto, no se hace largo en ningun momento. Seguí así!

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