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Relatos Ardientes

Mi esclava me suplicó descanso esa medianoche

La casa estaba en silencio cuando el reloj del pasillo dio las doce. Siempre me gustó esa hora: el momento en que el mundo se rinde y deja de fingir que importa. Apuré lo que quedaba del vino y dejé la copa sobre el escritorio, junto a la lámpara de bronce con forma de cuervo que Helena odiaba mirar. Decía que el pájaro la observaba. Yo le había contestado, semanas atrás, que el cuervo no era el único.

Subí los escalones sin prisa. No hay prisa cuando lo que esperas arriba no puede irse a ninguna parte.

Abrí la puerta del dormitorio y ahí estaba ella, tal como la había dejado dos horas antes. Tendida sobre la sábana oscura, con las muñecas atadas a los barrotes del pie de la cama por una cinta de seda negra. La luz agonizante de las velas le recorría la piel pálida, y cada vez que respiraba, su pecho subía y bajaba con una agitación que no era solo frío.

—Pensé que no volverías —murmuró sin abrir del todo los ojos.

—Nunca me voy del todo. Lo sabes.

Me acerqué al borde de la cama y me quedé de pie, dejando que mi sombra la cubriera entera. Helena giró la cabeza para buscar la luz, ese gesto suyo de animal que necesita verme las manos antes de saber qué le espera. Tenía el labio inferior marcado, hinchado de habérselo mordido durante mi ausencia.

—Damián… —dijo, y la voz se le quebró en mi nombre—. Por piedad. Déjame descansar esta noche.

Descansar. Como si lo que había entre nosotros admitiera pausas.

Me senté en el filo del colchón y le levanté la barbilla con un solo dedo, obligándola a sostenerme la mirada. Sus ojos brillaban, mitad miedo, mitad algo más oscuro que ella todavía no se animaba a nombrar. Lo conocía bien. Lo había despertado yo, noche tras noche, hasta convertirlo en una costumbre de su cuerpo.

—¿Descansar? —repetí en voz baja—. ¿De verdad es eso lo que tu cuerpo me está pidiendo?

No le di tiempo a contestar. Bajé la mano por la línea de su cuello, despacio, sintiendo cómo se le aceleraba el pulso bajo mis dedos. Seguí por la curva del hombro, por el costado, hasta detenerme en sus pechos. Los pezones ya estaban duros, y al rozarlos con la palma noté el estremecimiento que le recorrió la espalda entera.

—Frío —dijo, casi como una excusa.

—Mentirosa.

Le pellizqué uno apenas, lo justo para arrancarle un gemido que intentó tragarse y no pudo. Helena cerró los ojos y tiró de las cintas, no para soltarse, sino para tener algo a lo que aferrarse. Esa era la trampa de la seda negra: no lastima, no deja marcas, pero recuerda en cada movimiento quién manda y quién obedece.

***

—La primera vez que te até —le dije, mientras mi mano descendía por su vientre— juraste que era solo un juego. ¿Te acuerdas?

Ella asintió sin abrir los ojos.

—Dijiste que lo probabas una vez y nunca más.

—Nunca más —repitió en un hilo de voz, y hasta ella entendió la ironía.

Separé sus muslos con una lentitud calculada. No tenía apuro: el apuro es de los que temen que les quiten algo. Yo no temía nada. Cuando mis dedos llegaron al centro de su cuerpo, la encontré mojada, traicionada por esa misma carne que minutos antes me pedía clemencia.

—Mira lo que dice tu cuerpo —susurré—. Tu boca me suplica descanso y aquí abajo me suplica todo lo contrario.

—No es justo —jadeó.

—No. No lo es. Yo nunca prometí ser justo.

Introduje un dedo, despacio, hasta el fondo. Helena arqueó la espalda y dejó escapar un sollozo que era mitad placer y mitad vergüenza, esa mezcla exacta que yo sabía provocar y que la volvía loca precisamente porque la odiaba. Moví la mano con un ritmo perezoso, deteniéndome cada vez que sentía que se acercaba demasiado, dejándola colgada del borde, obligándola a esperar.

—Por favor —rogó.

—¿Por favor qué?

—Por favor… no pares.

Sonreí en la penumbra. Ahí estaba. Ahí había abandonado la primera súplica para entregarme la segunda, la verdadera.

Llevábamos casi un año con este pacto. Empezó una tarde de lluvia, casi por accidente, cuando ella me confesó entre risas que siempre había querido saber qué se sentía al perder el control del todo. Yo le tomé la palabra esa misma noche. Le até las manos con una corbata barata y le susurré que, a partir de entonces, su placer dejaba de ser una decisión suya. Pensó que era un juego de una noche. No entendió que hay puertas que, una vez abiertas, ya no se cierran.

Lo que más me gustaba no era el cuerpo, aunque su cuerpo fuera magnífico. Era el instante exacto en que dejaba de pelear. Lo reconocía siempre: una exhalación larga, los hombros que se aflojaban, los ojos que por fin se rendían a los míos. En ese segundo Helena dejaba de actuar la mujer fuerte que era de día —la que dirigía reuniones y no le temblaba la voz ante nadie— y se convertía en lo que solo yo conocía. Esa transformación valía más que cualquier orgasmo.

—Estás muy callada —le dije, retirando apenas la mano—. Eso nunca es buena señal contigo.

—Estoy pensando —murmuró— en lo mucho que te odio por tener razón.

—Sigue odiándome. Te queda hermoso.

***

Me incorporé y le solté las muñecas, no por compasión, sino porque la quería entera, móvil, capaz de aferrarse a mí cuando llegara el momento. Helena flexionó los dedos entumecidos y, antes de que terminara de hacerlo, ya estaba sobre ella, separándole las piernas con la rodilla.

—Mírame —le ordené.

Abrió los ojos. Tenía las pupilas dilatadas, la respiración entrecortada, esa expresión de rendición que ningún hombre olvida cuando la ve por primera vez. La luz de las velas temblaba en su rostro y, detrás de ella, en la repisa, la silueta del cuervo de bronce parecía inclinarse a mirar.

Entré en ella de una sola embestida. Helena gimió mi nombre, fuerte, sin contenerse ya, y le tapé la boca un instante con la palma de la mano.

—Despacio —murmuré contra su oído—. La noche es larga.

Empecé a moverme con un ritmo profundo y constante, marcándole cada embestida como quien escribe una sentencia. Sus caderas, las mismas que un rato antes pedían tregua, se elevaban para recibirme, traicioneras, ansiosas. Le clavó las uñas en la espalda, y el dolor breve me hizo embestir más hondo.

—Eres mía —le dije, y no era una pregunta.

—Soy tuya —contestó, y esta vez no había duda en su voz.

—Dilo otra vez.

—Tuya. Toda tuya.

La tomé de las muñecas y se las sujeté sobre la cabeza con una sola mano, repitiendo sin la seda lo que la seda había empezado. Helena se arqueó completa, ofrecida, y yo seguí el ritmo lento hasta que ya no pude, hasta que el control que tanto presumía empezó a resquebrajarse también en mí. Porque esa es la verdad que ningún amo confiesa: el poder no es no desear, es desear con disciplina.

***

—Damián —jadeó—. Voy a…

—Todavía no.

—No puedo más.

—Puedes. Aguanta. Aguanta hasta que yo te lo permita.

La hice esperar un poco más, al borde mismo, temblando bajo mi peso, hasta que su cuerpo entero se tensó como una cuerda a punto de romperse. Solo entonces, contra su boca entreabierta, le di la única orden que esperaba.

—Ahora.

El orgasmo la sacudió de arriba a abajo, violento, prolongado, arrancándole un grito que se deshizo en sollozos contra mi hombro. Sentí cómo se cerraba alrededor de mí, cómo se aferraba con las piernas y con las manos liberadas, y me dejé ir por fin, hundido en ella, mordiéndole el cuello mientras todo se volvía blanco y silencioso.

Nos quedamos así un largo rato, las respiraciones desordenadas buscando el mismo compás. Afuera, el viento golpeaba la ventana, y por un instante me pareció oír, ridículamente, el batir de un ala.

***

Cuando recuperó el aliento, Helena apoyó la mejilla en mi pecho. Le acaricié el pelo húmedo, despacio, con una ternura que solo me permitía después, cuando ya no había nada que demostrar.

—¿Y bien? —pregunté—. ¿Querías descansar?

Soltó una risa ronca, cansada, satisfecha.

—Te odio —dijo, sin odio ninguno.

—No. No me odias.

Se incorporó sobre un codo para mirarme. Tenía las mejillas encendidas y una calma nueva en los ojos, esa paz extraña que solo encuentran quienes se entregan del todo y descubren que entregarse no es perder.

—Prométeme una cosa —dijo.

—No suelo prometer.

—Promételo igual. Que mañana volverás a atarme.

Miré la cinta de seda negra abandonada sobre los barrotes, todavía tibia de sus muñecas. Miré la lámpara de bronce con su cuervo eterno vigilando desde la repisa, ese pájaro que ella juraba que la observaba y que, esa noche, había visto más de lo que cualquiera debería.

Apagué la última vela de un soplido y, en la oscuridad, le respondí al oído las dos palabras que sellaban nuestra costumbre, las mismas con las que había empezado todo y con las que terminaría siempre.

—Nunca más —dije—. Nunca más volverás a dormir sin pedirme permiso.

Y Helena, en lugar de protestar, se acurrucó contra mí y cerró los ojos, ya rendida a la próxima medianoche.

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Comentarios (6)

LunaLect

Increible... me dejo sin palabras. 5 estrellas sin dudarlo

Morenazo77

Por favor una segunda parte!!! Me quede con ganas de mas

Arrage

Que buena pluma tenes, se nota que sabes escribir. Muy bueno el ritmo, no se hace largo en ningun momento

lectora_ansiosa

Me engancho desde la primera oracion. Segui escribiendo!!!

ElVigilante77

Muy bueno, aunque se hizo cortisimo. Esperando mas entradas de este tipo

lectorx_ba

Me recordo a algo que vivi hace tiempo... estas cosas pasan mas seguido de lo que la gente cree jaja. Excelente relato, muy bien escrito

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