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Relatos Ardientes

Me castigaron con una regla antes del vuelo

Cuando Bruno entró al dormitorio con un vaso de agua en el que exprimía un limón, no se sorprendió de encontrarla durmiendo desnuda boca abajo. Las piernas separadas, los brazos abiertos en cruz sobre la sábana manchada de humedades. En el borde de la cama, tirado sin nada de ropa, se desperezaba el otro, al que ella llamaba el Tercero.

Era una madrugada de sábado distinta. Después de que la noche anterior la gozaran hasta dejarla sin fuerzas para sostenerse en pie, les había llegado un mensaje: el aeropuerto se cerraba y el vuelo se postergaba unas horas. Bruno había recorrido la cocina del departamento, aburrido, hasta dar con algo en un cajón de la despensa.

—Mira lo que encontré —le había dicho al Tercero, mostrándole una vieja regla verde de colegio. Una de aquellas de treinta centímetros, gruesa y flexible, con los números ya perdidos por el uso—. ¿Quién guarda una regla así? —se preguntó, sin esperar respuesta.

El Tercero la miró con algo parecido a la nostalgia.

—Es de las primeras, como la mía. Con un agujerito en la esquina que nunca supe para qué diablos se lo hacían.

Y volvió a mirarla a ella: la piel bronceada de la espalda estrecha, los brazos delgados y nervudos, el culo pequeño, duro y respingado, de esos que dan ganas de marcarlos por pura maldad.

—Pero para otros agujeritos sí sabemos para qué sirven —agregó, metiendo el pie entre las piernas de ella, que despertaba y se apoyaba en un codo para enderezarse. Bruno le apoyó el pie encima y se lo impidió.

No terminaba de amanecer y ella se dio cuenta de que iban a seguir usándola. Estaba destruida, adolorida, con la boca seca, como cuando se sobreexigía entrenando boxeo en el gimnasio. Y sabía que así, maltrecha y atontada por el sueño, les resultaba más apetecible. Rata atrapada por el gato. Deshecha de ese modo era la pieza que los depredadores aman.

El Tercero terminó de beber el agua y se sentó a los pies de la cama a jugar con la regla sobre su piel. Ella la sintió bajar por la espalda, el borde recorriéndole la columna, subir y bajar otra vez hasta la cintura pequeña y dura, seguir abajo hasta meterse entre las nalgas y llegar despacio hasta su sexo.

Se aferró a las sábanas con las dos manos. El primer reglazo sonó agudo, lacerante, sobre la nalga redonda. Un hilo rojo se dibujó en la piel tersa y blanca. Hundió la cara en la sábana, se mordió un labio y esperó el segundo, que no se hizo esperar y estalló en la otra nalga.

Bruno la volteó boca arriba tomándola de un brazo. Su cara de muñeca y los ojos pequeños se veían aún más pequeños por el sueño reciente. Era hermosa incluso con los labios despintados, devastada, el pelo revuelto cayéndole sobre la frente. La cabeza le quedó junto al sexo de Bruno, que se había recostado contra el respaldo de la cama, y sin preámbulo se la metió en la boca.

La estaban usando desde la noche anterior. Había dormido impregnada de sexo, pegada a uno de ellos. Y ahora, a medio despertar, se dejaba llevar por esa agitación que le provocaban sus vergas ya duras, ansiosas de ella. Y ese látigo verde que iba a morderle la piel.

La regla le recorría el estómago anticipando el golpe. Le rozaba las caderas, bajaba hasta las rodillas, subía por la cara interna de las piernas redondas. Acariciaba su sexo, suave, y entonces temió lo peor. Pero la regla volvió a subir por el vientre y ella pudo concentrarse en chupar con esmero la verga de Bruno.

—¿Sabes, viejito? El sexo de la mañana es impersonal —escuchó decir a Bruno—. Es para cumplirle al cuerpo, nada más.

Pensó que tenía razón, pero se lo calló. Eran restos de calentura que habían sobrevivido al sueño y que empezaban a cobrarse en su piel, en su boca. El deseo de ser usada, abierta, penetrada una vez más. Una sola más.

Una regla como aquella era la que usaba la monja en el colegio. Cuando formaba en la fila por una falta mínima, la mujer le recorría la pierna con el canto frío y después le descargaba el golpe. «Sin llorar», le advertía. Y si en silencio se le escapaba una lágrima, la sacaba del aula y le marcaba la piel donde nadie la viera. Así aprendió a soportar el castigo, y a veces hasta cargaba con el de su hermana menor para que no la castigaran a ella.

Ahora la ansiedad de esa regla la perturbaba, pero el olor a sexo, el sabor a sexo, la piel caliente de ellos, la dureza de sus cuerpos y sus manos firmes la encendían. Una mezcla de miedo y deseo, de placer y dolor.

Mientras el Tercero, desde los pies de la cama, jugaba con su piel, ella hundía la cara entre las bolas peludas de Bruno, tratando de satisfacerlo. Su cuerpo se extendía delicado y seductor: los senos apenas notorios, la cintura plana y dura, las piernas torneadas que entregaba al otro hombre sobre las sábanas manchadas.

Sus músculos deseosos se encogían sobre la cama y se entregaba al calvario, al afán de ser poseída y castigada si ellos lo querían. De ser sometida, usada para cualquier cosa. El reglazo estalló sobre una pierna, luego sobre la otra, y la hizo gemir, pero ahora más de deseo que de dolor.

Amanecía. Después se irían a tomar el avión. Era el mañanero, como le decían. La usarían y volverían a sus casas, con sus familias, y ella, después de pasar por un centro comercial por zapatos y perfumes, regresaría a su ciudad en un vuelo de la tarde. El domingo vería a su madre y el lunes volvería a ser la gerente seria de una financiera. Pero ahora era de ellos, en medio del olor del semen, de su sabor ácido y dulce que tragaba ansiosa.

El Tercero se arrodilló sobre la cama. Le pasó la regla por la cara interna del muslo, obligándola a abrir más las piernas, y luego por el estómago, arrancándole un quejido a medio camino entre el miedo y el placer más hondo.

A cada reglazo que le propinaba el Tercero en las caderas, en las piernas tersas, en la cintura, ella ponía más esfuerzo en chupar, en lamer, en refregarse la cara contra esa verga roja y caliente que Bruno le ofrecía. La regla la laceraba; el chasquido la hacía saltar. Y entre el arrastre de la punta por sus costados y el latigazo seco en la cadera, jadeaba como perra en celo. De eso se dieron cuenta los dos.

—Una pierna al hombro va a tener que ser, hermano, si no te molesta —dijo el Tercero desde abajo.

—Qué va, yo la sujeto. Y pásame la regla, que ya sé dónde hay que darle a esta putita.

El Tercero, de rodillas entre sus piernas, se las abrió, se las levantó y se las plegó contra el vientre. Apuntó su carne caliente y dura como hueso y la atravesó con increíble facilidad, hasta más allá de donde ella creía posible. Doblada, ensartada e inmóvil bajo los ochenta kilos del hombre, vio cómo le alcanzaba la regla a Bruno, que le apresaba las manos sobre la cabeza y le dejaba los pechos descubiertos.

Adivinó el golpe segundos antes de sentirlo: el chicotazo le quemó el pecho, le partió la piel, le abrió el pezón frágil, que en segundos pasó del blanco a un rojo púrpura que le ardía insoportable. Pero el dolor no disminuía el placer de sentirse abierta, atravesada y llena hasta donde no imaginaba.

El pezón vulnerado agigantaba el placer. Jadeaba. Y cuando el segundo reglazo cayó sobre el otro pecho, más preciso y mordaz, cerró los ojos. En medio de ese ardor de infierno, sudada y sometida, entendió que entre ellos era apenas una cosa, un objeto de placer, un animal indefenso. Y eso le desató un frenesí que nunca antes había imaginado posible.

Atrapada boca arriba, con la cabeza en la entrepierna de Bruno y doblada con los pies sobre los hombros del Tercero, sintió el borde de la regla presionando despacio sus pezones hinchados. Sin que nadie le tocara siquiera el clítoris, ese contacto la empujó a un orgasmo incontrolable que le bajaba desde el estómago. Y así, como un animalito golpeado a placer, liberada de toda vergüenza, dejó que el cuerpo se le llenara de dolor y placer a la vez. Gimió, después chilló, gritó sorda, encogida, los brazos sujetos sobre la cabeza, en un orgasmo hecho de sufrimiento y de gusto que la superaba.

El Tercero, con la verga dentro, se contuvo para sentirla convulsionar por dentro. Ella tenía la boca abierta en un grito mudo, los ojos apretados como si fuera a romper a llorar, la cintura crispada. Y recién cuando empezó a calmarse, antes de que terminara de jadear, el hombre la aplastó sin piedad, la atravesó hasta el fondo y se vació dentro de ella, haciéndola cerrar otra vez los ojos y renacer el orgasmo.

***

Bruno no había dejado de recorrerle con el borde de la regla el estómago y los pezones, con curiosidad y maldad. Cuando el Tercero se retiró y se sentó al borde de la cama, ella estiró las piernas sobre las sábanas. Bruno se las abrió con la regla y recorrió lento la parte interna. Cada contacto la estremecía.

La tenía tendida boca arriba frente a él, que seguía apoyado en el respaldo, y desde ahí notaba lo ansiosa que estaba: las pupilas dilatadas, la nariz enrojecida, los labios decolorados. La saliva le había mojado el pelo y unas gotas de sudor le brillaban en las sienes. De los senos apenas perceptibles solo se alzaban los pezones, antes rosados y ahora granates, gruesos por los golpes.

Le pasó la regla con suaves golpecitos por el vientre hasta llevarla al borde de los labios y la hizo chuparla. La tenía a sus pies, tensa, dura como animal al acecho, resoplando de zozobra. Y con una lentitud enfermante le pasó la regla por el clítoris, refregándoselo, aplastándoselo. Solo eso.

Lo tenía tan hinchado que asomaba la cabeza por entre los labios. Le refregaba la regla encima y ella solo jadeaba, paralizada; únicamente las caderas le reaccionaban al borde que se le metía entre los pliegues y la abría.

Bruno entendió que ella esperaba un reglazo ahí. Que esa angustia, esa espera, la tenía en la frontera del mayor de sus placeres prohibidos. En un momento ella cerró las piernas.

—Si juntas las piernas, me baño y me voy —le advirtió.

Sin titubear las abrió de nuevo y se mordió los labios. Él le daba golpes suaves pero amenazantes sobre el sexo ya mojado.

—Por favor, por favor —balbuceó ella.

—Por favor, ¿qué?

—No me trates así, no… así no. —Lo miraba con su cara dulce de niña buena, las cejas dobladas hacia arriba, los ojos húmedos.

—¿Te gusta sentir un reglazo bien dado?

Se tomó un largo instante antes de susurrar un débil «sí» y afirmar con la cabeza.

—¿Y te gustó sentir la regla en las tetas?

—Me provoca —respondió, asintiendo—. Me gusta que a ti te guste —agregó casi en un susurro.

—Claro. Y ahora quieres un reglazo en tu sexo, ¿no? Eres muy puta. Un reglazo ahí, justo en el botón.

—No, ahí no, por favorcito, no… —Recobró el aire y siguió, suave—. No sé… si tú quieres. —Y casi con un sollozo se escuchó decir—: Sí, sí, eso es lo que ustedes quieren… pero no me atormentes más, que no lo soporto.

—Bien. Te voy a dar ahí abajo, pero cuando yo quiera.

Le sonrió, dejó de hablar y volvió a meterle la regla entre los labios, dejando expuesto en el medio ese clítoris duro e hinchadísimo que le palpitaba. Se lo refregó de arriba abajo, aplastándoselo de pura curiosidad, y ella ya no lo soportó: empezó a terminar en un orgasmo suave, casi delicado. Cerraba los ojos y levantaba las caderas buscando a alguien que no estaba, las pupilas se le iban en blanco y un grito sordo le hinchaba el pecho.

Bruno miró al Tercero, que sonriente no perdía detalle y le decía que sí con la cabeza. Le dio unos toquecitos cortos.

—Bien. Lo que esperabas, putita.

Y le descargó un golpe fuerte, certero, seco, sobre el clítoris. Ella exhaló como si no fuera a respirar nunca más, le metió la cara entre las piernas, le clavó las uñas en los brazos y se le escapó un orgasmo como pocos él había visto en su vida. Algo parecido a un calambre la contrajo; juntó las piernas, se encogió en posición fetal y pasó un largo rato hasta que volvió a girar boca arriba, hipando, recobrando el aire.

Aún resoplaba de pura calentura, y con su carita de gerente reprimida, de mujer elegante, volvió a abrir las piernas, entregándose. Para no hacer menos, él le descargó otro reglazo sobre el sexo y ella tuvo otro orgasmo, más suave.

Cuando recuperó la respiración y le soltó los brazos a los que se había aferrado, lo miró con un gesto que era más mueca que sonrisa.

—Pueden hacer lo que quieran conmigo. Soy de ustedes, para lo que quieran —susurró a media voz.

Y lenta, frágil, como si cada movimiento le costara ordenar los huesos descompuestos, fue enderezándose, dándose vuelta en la cama, arrastrando las sábanas sucias porque simplemente no podía alzarse, hasta quedar recostada frente a él. Acercó la entrepierna lo más que pudo, buscando su verga lista, y con los dedos de ambas manos se abrió el sexo rosado y mojado, ofreciéndoselo.

—Lo que quieran —dijo.

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Comentarios (6)

FantaseadorX

intenso de principio a fin!! de los mejores que lei en esta categoria

LecturaNocturna_AR

¿Hay continuacion? Quedé muy enganchada con esa escena del principio, necesito saber como termina todo esto jaja

MiriamV09

Me encanto el ritmo, no se te va la mano con los detalles y eso lo hace mas disfrutable. Muy bien escrito en serio.

RosaM_Cba

me atrapó desde el primer parrafo, wow

sergiodelnorte

Me recordó a una historia que me contaron hace años, mismo ambiente, misma tensión. Esa descripcion del amanecer es de las mejores que lei en este sitio.

SofíaMdq

¿Esto es autobiografico? Porque se siente muy autentico, demasiado real para ser inventado jaja

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