La noche que mi compañera tomó el control
—¿Te marchas ya, Daniel? —preguntó Raquel desde la penumbra de su despacho, sin levantar la vista del informe que fingía leer.
Daniel se detuvo en seco junto a la puerta. —Esa era la idea. ¿Vas a cenar aquí otra vez? Si quieres, te acompaño.
—Qué detalle. Pero no, gracias. Ya tengo bastante con tragar informes todo el día. —Levantó los ojos y sonrió con malicia—. Aunque debo reconocer que te queda bien ese aire de policía recuperado. El de hace unos meses apestaba a derrota.
—Pues yo te reconozco que a ti te sienta de maravilla el aroma de comisaria distante y cabrona. Hay quien lo encuentra irresistible.
—¿Y tú? ¿También te pone?
—Según el día. En general no, pero hoy podría hacer una excepción. —Avanzó un par de pasos, despacio.
—Cuidado. Conozco ese tono. Es el mismo que usabas antes de meter la pata… y alguna otra cosa.
—Sigues jugando a ser de hielo mientras ardes por dentro. Es un milagro que no se incendie el despacho.
Raquel entrecerró los ojos. —No sigas por ahí. Vete. No me lo puedo permitir.
Sus manos lo empujaron con suavidad hacia el pasillo. Daniel lo entendió. Giró sobre sus talones y la dejó sola con la luz del flexo y el papel.
***
El vaso de cerveza ya estaba caliente de tanto manosearlo. Su reflejo en el líquido ambarino le devolvió una cara que apenas reconocía después de meses de abandono. Por primera vez en mucho tiempo, volvía a sentirse alguien.
El bar era un refugio para los que no tenían ninguno. Hombres con la corbata floja y el alma rota, mujeres a solas buscando consuelo, promesas vacías servidas en copas altas. La música llegaba lejana, apenas un rumor entre el murmullo de las conversaciones y las risas.
Pidió otra caña. Le apetecía un bourbon, pero sabía que no debía. El camarero, un hombre de cierta elegancia gastada, se la sirvió en silencio. A esas alturas ya no necesitaban palabras: Daniel era uno más de los que salían de comisaría cargando cada día más peso del que podían sostener.
—¿Mal día, inspector? —murmuró el camarero, secando un vaso con parsimonia, sin apenas mirarlo.
Daniel rió sin ganas. —Como todos. Ni mejor ni peor.
En el fondo, un grupo de compañeros discutía en una mesa y el tono subía poco a poco, rompiendo la monotonía del local. Daniel volvió un poco la cabeza, pero su mirada no se detuvo en ellos. Algo apareció ante sus ojos como un espejismo en mitad del desierto.
Era ella.
El vestido corto de raso rojo se le pegaba al cuerpo bajo una cazadora de cuero negra. El pelo rubio, recogido en un moño flojo y casi deshecho, le caía en ondas estudiadamente desordenadas sobre los hombros. Llevaba los ojos perfilados con delineador. Pero su boca… su boca era una promesa pintada de rojo.
—Sabía que te encontraría aquí, inspector.
La voz le llegó como un susurro. Lucía se apoyó contra la pared con la seguridad de quien ya sabe lo que va a pasar. Daniel deslizó la mirada hasta sus sandalias rojas de tacón alto.
—¿Me invitas a una copa?
—Depende —murmuró él, algo turbado—. ¿Qué ofreces?
Ella soltó una risa baja, sin sorpresa. —Inspector, si tienes que preguntarlo, estás peor de lo que pareces.
Dio unos pasos decididos hacia él y se abrió la cazadora para que sus ojos contemplaran el escote del vestido, consciente de su propio poder.
—Joder, Lucía… Creo que vamos a cometer un error. Mañana nos vamos a arrepentir.
—¿Tienes algún remedio para el insomnio?
—Si lo tuviera, créeme, no estaría aquí.
—Entonces vámonos a otro sitio más discreto. No quiero ser la comidilla de la comisaría mañana por la mañana.
Subieron la escalera estrecha. A Daniel se le paró el corazón. En la puerta del bar estaba Raquel, observándolos con una sonrisa que daba miedo. Ninguno supo qué decir. No querían problemas con ella, ni que pensara mal, y la tenían de frente. Lo único que se le ocurrió en aquel momento fue disculparse, así que se acercó y susurró una disculpa que nadie le había pedido.
—Lo siento —dijo.
—¿Qué sientes? —preguntó Raquel, taladrando a Lucía con la mirada.
—Pues… lo de antes.
Raquel acercó su boca a la oreja de él. La pegó tanto que notó el calor de su cara y sus labios rozarle la piel.
—Un hombre no tiene que disculparse con una mujer porque ella se la ponga dura. Pero ya veo que no pierdes el tiempo. Nunca cambiarás…
—Raquel, creo que estás sacando conclusiones equivocadas. Lucía acaba de llegar y no había quedado conmigo. Se ha pasado a comentarme algo de un caso, pero ha quedado con su novio —mintió.
—No os he pedido explicaciones. Sois mayorcitos. —Recorrió de nuevo a Lucía con la mirada—. Por cierto, inspectora: tienes buen gusto para la ropa. Un poco atrevida para un sitio como este, pero te queda bien.
Giró sobre sus tacones y se marchó con paso firme, dejándolos en silencio y avergonzados.
—¡Joder! —exclamó Daniel.
—¿Y ahora qué? —preguntó Lucía.
—Ahora no pienso desaprovechar el trabajo que te has tomado para arreglarte. Que les den a todos.
***
La rabia le subió por dentro, incontrolable. Caminaron sin hablar hasta el portal de él. Daniel apretaba los puños metidos en los bolsillos, clavándose las uñas en la palma como si así pudiera contenerse y no salir corriendo a romperlo todo.
Ya en el ascensor, levantó la vista y la miró.
—Vamos a tomar la penúltima, Bravo —dijo.
—No sé si se me han quitado las ganas, Daniel —respondió ella, intentando mantener la calma pese a la tensión que crecía entre los dos.
Daniel sonrió. —Me gustas, Bravo. Y no voy a permitir que Raquel nos arruine la noche. Si has venido hasta aquí es porque ya habías tomado una decisión. No estamos haciendo nada malo.
Lucía sintió un escalofrío, pero también una excitación curiosa. Era como si una fuerza la empujara hacia él a pesar de saber que era un error. Daniel se acercó muy despacio, con un hambre en los ojos que no sabía esconder.
—Además, estamos trabajando. Tengo que practicar mis dotes de seducción para cuando interrogue a una sospechosa —dijo, rozándole apenas los labios con los suyos.
La besó con una intensidad que desafiaba la sensatez. Sus manos recorrieron el cuerpo de Lucía, despertando una corriente que ella no esperaba. Cada caricia parecía cargada de electricidad, cada beso le robaba un suspiro.
—Déjate llevar —murmuró él contra la piel sensible de su cuello.
Ella sabía que era peligroso, que se metía en un terreno prohibido. Pero el deseo pudo más. Con un suspiro tembloroso, se dejó hacer.
—Eres deliciosa, Bravo —murmuró él al apartarse—. Me gustas desde el primer día que te vi.
—Tú a mí también. Detrás de ese policía arcaico y machista… —Jadeó, con el cuerpo temblando ante la intensidad del momento. Daniel la atrajo hacia sí, envolviéndola entre los brazos.
—¿Qué vas a hacer conmigo? —susurró ella, con el aliento entrecortado.
Él la miró con los ojos encendidos y una sonrisa apenas dibujada. —Subimos a mi casa —dijo, tomándola de la mano y recorriendo con la vista su figura embutida en aquel vestido diminuto.
***
El piso de Daniel la sorprendió. Era pequeño, pero estaba ordenado y limpísimo. Dentro, la condujo por un pasillo luminoso hasta un dormitorio sobrio, donde la luz de las lámparas iluminaba las cortinas color marfil y el edredón suave que cubría la cama.
Daniel la observó con deseo mientras ella se desnudaba sin prisa, revelando cada centímetro de su piel como quien hace una ofrenda. Lucía deslizó los tirantes del vestido, que cayó hasta sus pies. Se quedó completamente desnuda bajo su mirada, sintiendo cómo el deseo se le encendía por dentro. Se le erizó el vello cuando él descubrió, sorprendido, la ausencia de ropa interior.
—Joder, inspectora… —murmuró—. Últimamente no haces más que sorprenderme. No conocía esta faceta tuya.
—Eres preciosa, Lucía —susurró, acariciándole la mejilla con la yema de los dedos.
Ella se estremeció cuando volvió a besarla, su boca buscando la de él con una pasión abrasadora. Los besos de Daniel fueron bajando por su pecho hasta detenerse en sus pezones endurecidos.
—No me hagas esperar más —jadeó ella, echando la cabeza hacia atrás.
—No hay prisa, Bravo —susurró él—. Solo los necios se apresuran.
Con una sonrisa, abandonó el pezón y descendió por su vientre, dejando un reguero de besos húmedos. Cuando llegó a su pubis rasurado, lo contempló con una mezcla de deseo y devoción. Se arrodilló ante ella, le separó las piernas un poco y empezó a lamerla, explorando cada pliegue con la lengua, alternando caricias suaves y presiones más firmes que la hacían arquear la espalda.
Casi sin darse cuenta, Lucía acabó tumbada en la cama con la cabeza de él entre los muslos. La habitación se llenó de gemidos.
—Para, por favor —murmuró temblorosa—. Vas a hacer que me corra.
—¿Y no quieres? —preguntó él, sonriente.
—Todavía no… —dijo incorporándose con una sonrisa lasciva—. ¿No eras tú el que hablaba de la necedad de apresurarse? Pues no lo hagamos.
Se levantó con movimientos sensuales. Le quitó la corbata y le desabrochó la camisa botón a botón. La tela resbaló por sus hombros y cayó sobre la cama. Quedaron a la vista sus cicatrices: la marca de un disparo en el hombro y el rastro de una cirugía en el costado. Ella le contempló el cuerpo delgado y fibroso, y le pasó los dedos por la clavícula, por el pecho.
—¿Cuánto hace que no lo haces?
La pregunta flotó entre los dos. —Demasiado —contestó él.
Lucía inclinó apenas la cabeza, evaluándolo con una profundidad en la mirada que a él lo excitó. Jugó con el silencio un instante antes de murmurar:
—Hoy nos resarcimos.
Lo empujó con suavidad hasta sentarlo en el borde de la cama. Él no opuso resistencia. Ella se movió con la precisión de quien ha repetido la escena mil veces y sabe exactamente qué hacer. Le bajó el pantalón junto con la ropa interior y le envolvió el sexo con la mano, explorándolo con calma metódica.
Entonces su voz se filtró entre los silencios, seca y firme, sin lugar para la duda.
—Mírame.
No era una súplica ni una caricia envuelta en ternura, sino una orden. Sus miradas se sostuvieron un instante, y ella se lo metió en la boca sin apartar los ojos. Su lengua recogió la primera gota.
—Eres increíble —susurró Daniel.
Ella profundizó hasta casi rozar la garganta y, con la boca llena, sonrió con una mezcla de satisfacción y deseo.
—No sabes cuánto deseaba esto contigo —admitió él en voz baja, acariciándole el pelo.
Lucía levantó la cabeza para mirarlo a los ojos y se apartó. —Yo también lo deseaba.
Continuó su trabajo paciente con los labios y la lengua, sintiendo cómo el cuerpo de él se tensaba bajo su atención. Los gemidos se volvieron urgentes, la respiración entrecortada, hasta que Daniel se estremeció entero y se vació en su boca con un jadeo ronco.
—¡Joder! —jadeó, con la voz quebrada—. ¿Qué me has hecho? Ha sido increíble.
Ella no se detuvo hasta exprimir la última gota, tragándola con una naturalidad que a él lo encendió como pocas veces.
—Eso es —susurró ella—. Déjate llevar.
***
Lucía se levantó. —Tengo que ir al baño, me estoy meando —dijo sin un asomo de pudor.
—No quiero que uses el baño para eso.
—¿Qué? —Abrió los ojos como platos.
—El otro día me preguntaste si era fetichista y te lo negué. Pero sí tengo esa parafilia.
—¿Y qué me estás pidiendo?
—Que lo hagas aquí. Sobre mí.
—No jodas, Daniel. —Hizo un gesto con la mano, como apartando un mal pensamiento.
—Por favor.
—No puedo. Me da vergüenza.
—¿Y asco?
—Supongo que también. Lo siento…
—No me lo niegues. Solo un poco, por favor.
Lucía lo miró dubitativa, pero con una chispa de curiosidad. —Así que te gusta que te meen. Eres un puto cerdo, inspector.
—Hazlo.
Se colocó de pie sobre él, un pie a cada lado de su cuerpo, y bajó hasta que su sexo quedó a apenas un palmo de su boca. Daniel pudo admirar su coño sin un solo rastro de vello.
—No me puedo creer lo que voy a hacer —dijo ella, visiblemente turbada—. Pero abre la boca, que ya no aguanto más.
A los dos segundos, un hilo fino y tibio empezó a caer sobre los labios de él. El hilillo se convirtió enseguida en un chorro mayor que entraba en su boca. La excitación de Daniel reaccionó al instante, dura y dolorosa. Ella se dio cuenta y, alargando la mano, se la tomó.
—Joder. Pues sí que te pone el tema… —dijo mientras las últimas gotas caían y él las tragaba como podía.
Cuando terminó, se dio la vuelta y se colocó en posición de hacer un sesenta y nueve.
—Ya que estás, chúpame y límpiame bien —le pidió.
Daniel, completamente entregado, se dedicó a cumplir cada deseo. Mientras ella lo masturbaba con una mano, notaba su lengua recorriéndola entera. Justo cuando sus labios la rozaron de nuevo, otro chorro le chocó contra la boca. Se atragantó por lo inesperado, pero una oleada de excitación lo recorrió de arriba abajo.
La giró sin contemplaciones y le hundió los dedos. El pulgar buscó el botón del placer de su compañera y el clítoris se endureció al instante. El orgasmo de ella fue creciendo, su respiración rápida y superficial, los gemidos escapando en una cadencia cada vez más urgente. De pronto, como un torrente imparable, se corrió, arqueando la espalda y cerrando los ojos con fuerza, las caderas sacudidas por espasmos que no podía controlar.
Daniel no quería parar. Le recorrió el cuerpo con las manos, admirando cada curva, cada rastro del placer reciente, mientras ella seguía temblando, la piel encendida. Lucía sintió una nueva oleada de energía, le agarró el miembro otra vez, firme y ansioso, y se lo introdujo despacio, montándose sobre él a horcajadas.
Empezó a moverse con un vaivén pausado, midiendo el tiempo con cada golpe de su pelvis contra la de él. Sus pechos rebotaban, los pezones oscuros apuntando hacia Daniel como una provocación. Las uñas rojas se le clavaron en los hombros, el pelo empapado pegado al cuello húmedo de sudor. Cuando la ola de placer volvió a envolverla, sus gemidos se convirtieron en gritos ahogados y él la sintió contraerse a su alrededor con una fuerza casi incontrolable, hasta que se dejó ir dentro de ella.
Para sorpresa de Daniel, Lucía se puso a cuatro patas y lo miró de un modo que lo volvió loco. Era la muestra de deseo más pura que había visto en su vida.
—¿Quieres que me lo beba yo también? —preguntó, lasciva.
—Nunca te pediría algo así.
—Pero yo quiero. Hazlo. Estoy cachonda.
Daniel le acercó el sexo a la boca y ella, adivinando lo que iba a pasar, la abrió.
—¿Estás segura? —preguntó él, dudando.
—Dale.
—No te la tragues.
—Dale, joder.
Un chorro de color amarillo claro empezó a caer en su boca; algunos hilos le salpicaron el pelo y los pechos. Cuando terminó, los dos se abrazaron, empapados. Sus cuerpos, entrelazados y temblorosos, se rindieron después de aquella sucesión de sensaciones que los dejó exhaustos y satisfechos.
—No me puedo creer lo que acabo de hacer —murmuró ella, apartándose un mechón pegado a la frente.
—¿Te ha gustado? —preguntó Daniel, temeroso.
—Mucho.
—Me sorprendes, Bravo.
—Yo también, inspector. Yo también…