Las cuatro lo ataron en el sótano y empezó el castigo
Damián Vázquez había salido de prisión hacía apenas tres meses, y en ese tiempo no había cambiado ni un gramo de lo que era. Tenía treinta y seis años, un físico trabajado en gimnasios caros y una sonrisa que usaba como anzuelo. Había sido nadador, había jugado al fútbol semiprofesional, y cargaba con una fortuna heredada que incluía dos casas, autos cero kilómetro y un yate amarrado en el club náutico. Esa misma fortuna le había servido para algo más útil que los lujos: comprar a un juez.
Lo habían condenado por agredir a tres mujeres adultas, todas mayores de veinticinco años, todas seducidas y luego forzadas en su departamento del centro. La pena fue de cinco años. Salió a los dos y medio por «buena conducta». Quienes habían seguido el caso de cerca sabían que la buena conducta tenía el color del dinero.
La cárcel no lo había arrepentido. Solo le había enseñado a ser más cuidadoso, a no dejar rastros, a borrar mensajes. La próxima vez no cometo el error de dejarlas hablar, pensaba a veces, mientras manejaba de noche por la costanera. No imaginaba que alguien, en algún lado, estaba pensando exactamente lo mismo sobre él.
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Lucía, Carla, Noelia y Sabrina se conocían desde la secundaria. Se habían encontrado en un aula de un colegio público, las cuatro escuchando la misma música, las cuatro con la misma rabia mal disimulada hacia los varones que se creían dueños del mundo. Una profesora de literatura les prestó los primeros libros que les pusieron palabras a esa rabia, y desde entonces fueron inseparables.
Habían aprendido a defenderse temprano. Cuando un novio de Lucía le levantó la mano por haber salido a bailar sin avisarle, las otras tres no lo discutieron. Carla le clavó una patada en la entrepierna que lo dobló en dos; Noelia le puso una segunda antes de que terminara de caer. El muchacho quedó de rodillas, blanco, sin aire, agarrándose con las dos manos.
—La próxima que toques a una de nosotras —le dijo Noelia, agachándose a la altura de su cara— vas a salir del barrio en ambulancia.
Después de eso entendieron algo: juntas eran otra cosa. Empezaron a entrenar kick-boxing, no por deporte, sino por método. Perfeccionaron una sola técnica hasta volverla infalible. Y durante años se conformaron con humillar a algún arrogante de boliche, vaciarle la billetera, dejarlo caliente y plantado. Hasta que el caso de Damián salió en todos los diarios, y las cuatro coincidieron, sin necesidad de decirlo en voz alta, en que esta vez la cosa iba a ser distinta.
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Durante un mes hicieron inteligencia. Anotaron las rutinas de Damián como si llevaran un diario: a qué hora entrenaba, qué noches manejaba solo, cuándo apagaba el teléfono. El plan era sencillo, y por eso peligroso: cualquier improvisación lo arruinaba.
Lucía sería el cebo. Era la que respondía mejor al tipo de belleza que Damián cazaba, y lo sabía usar. La idea era llevarlo a un descampado con la promesa de algo fácil, y una vez ahí, mientras ella lo mantenía distraído, Carla —la más fuerte de las cuatro— le clavaría en el cuello una jeringa con anestésico de acción rápida. Dormido, sería un peso muerto fácil de trasladar hasta la casa de campo que Sabrina había heredado, perdida entre cerros, sin un vecino en kilómetros, con un sótano de paredes gruesas que parecía construido para lo que pensaban hacer.
Esperaron la noche correcta. Damián salió del gimnasio pasadas las once, con el bolso al hombro y el auto estacionado a media cuadra. Lucía apareció apoyada en el capó, jugando con las llaves, fingiendo un problema con el motor. Él mordió el anzuelo en menos de un minuto. Cuando se acercó lo suficiente para creer que la noche era suya, sintió el pinchazo frío en el cuello, alcanzó a girar la cabeza, y el descampado se le fue de las manos como agua.
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Despertó desnudo.
Esa fue la primera información que su cerebro logró ordenar: estaba completamente desnudo, sentado en una silla de madera, con los brazos esposados a la espalda y los tobillos atados con soga a las patas delanteras. Una bombilla pelada colgaba del techo. El piso era de cemento. Olía a humedad y a tierra.
Mientras estuvo inconsciente, las cuatro se habían tomado su tiempo. Le habían quitado la ropa con una prolijidad casi burocrática: la camisa desabrochada botón por botón, los calcetines doblados dentro de cada zapato, el cinturón enrollado sobre una mesa. Habían dejado lo último para el final, y lo habían disfrutado. Con una tijera fueron cortando la tela del bóxer alrededor, sin apuro, hasta dejarlo expuesto. Le habían sacado fotos. Después terminaron de cortar y guardaron los pedazos en una bolsa.
—Bienvenido —dijo Lucía, sentada al revés sobre una silla, los brazos cruzados sobre el respaldo—. Dormiste como un bebé.
Damián tardó en hablar. Cuando lo hizo, le salió la voz pastosa.
—¿Qué carajo es esto? ¿Saben quién soy yo?
—Sabemos exactamente quién sos —respondió Noelia, sin levantar la vista del aparato que estaba revisando sobre la mesa—. Por eso estás acá y no en tu casa.
Tiró del metal de las esposas. No cedió ni un milímetro. Probó con los pies; la soga estaba floja, pensó, y por un segundo creyó que podía soltarse. Se balanceó hacia adelante, calculó mal el peso, y la silla se fue de costado. Cayó contra el cemento con un golpe seco que retumbó en todo el sótano.
Las cuatro entraron antes de que terminara de quejarse.
—Ahí está —dijo Carla, mirándolo desde arriba—. El campeón intentando escapar.
Lo levantaron entre las cuatro y volvieron a enderezar la silla. Damián resoplaba, con el hombro lastimado y una raspadura en la mejilla.
—Eso fue un error —dijo Lucía, acomodándose un mechón detrás de la oreja—. Acá cada cosa que hagas tiene un precio. Y este lo vas a pagar ya. Chicas, ¿qué votamos?
—Yo digo electricidad —dijo Sabrina, apareciendo desde el fondo con una caja de metal entre las manos. De la caja salían dos cables terminados en pinzas; arriba tenía una perilla y un pequeño medidor de aguja—. Para que entienda con el cuerpo lo que no entiende con la cabeza.
—Aprobado por unanimidad —dijo Noelia.
***
Por primera vez desde que había despertado, a Damián se le borró la arrogancia de la cara. Miró el aparato, miró las pinzas, y algo en su estómago se cerró como un puño.
—Esperen, esperen —dijo, y la voz le salió una octava más alta—. Tengo plata. Mucha. Lo que quieran. Cuentas, efectivo, lo que sea. No hagan ninguna locura, hablemos.
—¿Plata? —Lucía se rió sin ganas, una risa corta y filosa—. Con plata compraste al juez. Con plata compraste al fiscal. Dos tipos iguales a vos te dejaron salir a la calle. Y ahora venís a ofrecernos lo mismo. —Se agachó hasta quedar a la altura de sus ojos—. No alcanza. No esta vez.
Sabrina se acercó con las pinzas. Le tomó el pecho con frialdad de enfermera y prendió una en cada pezón. El metal estaba frío, y Damián se estremeció antes de que pasara nada.
—Con esos pectorales tendría que aguantar bastante —comentó, conectando los cables a la caja—. Empecemos por acá.
Giró la perilla. La corriente lo atravesó como un latigazo desde el centro del pecho. El cuerpo entero se le tensó contra las ataduras, los músculos del cuello marcados como cuerdas, los ojos en blanco un instante. El grito le salió ronco, rebotó en las paredes de cemento y se cortó solo cuando Sabrina bajó la perilla.
—Demasiado —dijo Carla, evaluándolo con los brazos cruzados—. No lo queremos muerto. Lo queremos despierto.
—Tranquila, mido yo —respondió Sabrina, y volvió a girar, esta vez apenas.
La segunda descarga fue más larga y más baja. Damián temblaba, jadeaba, la cabeza le caía hacia adelante y se la levantaban tirándole del pelo. Le dieron una tercera, después un descanso. Los pezones le habían quedado enrojecidos, la piel marcada alrededor del metal. El pecho le subía y bajaba como a un animal acorralado.
—Esto —le dijo Sabrina, soltando las pinzas— es lo que te pasa por intentar escapar. La próxima descarga no va a ser acá arriba.
—Va a ser más abajo —agregó Noelia, y las cuatro se rieron al mismo tiempo.
***
Le acercaron una botella de agua a la boca y lo dejaron beber. No por piedad: querían que llegara entero a lo que seguía. Mientras tragaba, las cuatro discutían entre ellas con una tranquilidad que a él le helaba la sangre más que los gritos.
—Yo digo que lo dejemos pasar un rato así —decía Lucía—. Que piense. Que sude. El miedo trabaja solo.
—Yo lo seguiría ahora —respondía Carla—. Está blando, está suplicando. Es el momento.
—Mayoría manda —cortó Noelia—. Lo dejamos descansar. Y cuando vuelva a abrir la boca para amenazarnos, retomamos.
Damián las escuchaba decidir sobre su cuerpo como si fuera un objeto sobre una mesa, y entendió, con una claridad que le revolvió el estómago, que de ese sótano no salía por la fuerza ni por la plata. Esas cuatro mujeres no iban a dejar testigos, y él lo sabía mejor que nadie, porque era exactamente la cuenta que él mismo había hecho otras veces, del otro lado.
—Por favor —murmuró, y ya no quedaba nada de campeón en esa voz—. Por favor.
Lucía se inclinó hasta que su boca quedó a un centímetro de la oreja de él.
—Esa palabra —le dijo, despacio—. Apostaría a que más de una te la dijo a vos. Y vos no paraste. —Se enderezó y miró a sus amigas—. Tenemos toda la noche. Y recién empezamos.
La sensación de tener el control absoluto sobre ese hombre las recorría a las cuatro como una corriente propia, más fuerte que cualquier voltaje. Sabrina enroscó los cables con cuidado y los dejó sobre la mesa, a la vista, donde Damián pudiera seguir mirándolos durante el descanso. El miedo, como había dicho Lucía, trabajaba solo.
Apagaron la bombilla del sótano al salir. Lo dejaron a oscuras, atado, escuchando sus propios pasos alejarse por la escalera de madera. Y en esa oscuridad, por primera vez en su vida, Damián Vázquez deseó con todas sus fuerzas no haber salido nunca de la cárcel.