Encadenada para obedecer en la casa del amo
Desengancharme fue peor de lo que había imaginado. No por el dolor físico, aunque lo hubo, ni por la ansiedad que me abría el pecho como una cuchilla, sino porque me dejaron sola con mi cabeza dentro de una jaula demasiado pequeña para estirarme y demasiado grande para escapar de los recuerdos. Durante los primeros días apenas distinguía lo que había pasado de lo que soñaba despierta, sudando, temblando y oliendo mi propia suciedad pegada a la piel.
Más tarde vi grabaciones de todo aquello. El amo había mandado instalar cámaras fijas por toda la casa, y además varios de sus hombres grababan de cerca cuando les parecía divertido. Gracias a eso, semanas después pude reconstruir muchas escenas que entonces viví a medias, drogada, agotada o sencillamente rota. Lo convirtieron en espectáculo privado, en archivo de chantaje y en trofeo.
Éramos tres mujeres adultas encerradas allí, las tres ya metidas hasta el cuello en esa espiral de dependencia, sexo y obediencia. Al principio nos tuvieron apiñadas dentro de la jaula, con un balde, una manta vieja y apenas sitio para movernos. La fantasía les excitaba más que la logística, porque al segundo día ya apestábamos a orina, a sudor rancio y a mierda seca, y ni los manguerazos helados bastaban para limpiarlo todo.
Entonces cambiaron las reglas. Nos quitaron de la jaula, pero no la humillación. Nos pusieron collares de acero y nos dejaron encadenadas del cuello a un riel, con algunos metros para arrastrarnos hasta un rincón donde había agua y un desagüe. Podíamos lavarnos un poco después de ser usadas, nada más. El resto del tiempo, seguíamos disponibles.
La casa funcionaba como una finca privada disfrazada de fiesta permanente. Siempre había gente entrando y saliendo: socios, empleados, invitados, curiosos, viejos amigos del amo y oportunistas que pagaban poco por mucho. Nosotras no teníamos derecho a preguntar nada. Solo abríamos las piernas, la boca o el culo cuando nos lo ordenaban.
Recuerdo que al principio nos daban de comer como si alimentaran animales de establo. Nos acercaban platos con restos y, a veces, directamente nos obligaban a lamer de los dedos, de los pies o de la entrepierna de quien estuviera cerca. También nos ponían culos frente a la cara, coños abiertos, pollas sucias, y esperaban a que obedeciéramos con hambre y con vergüenza. La mezcla era insoportable. También excitante.
Eso fue lo primero que me dio miedo de verdad: descubrir que mi cuerpo respondía incluso cuando mi cabeza se partía en dos.
Una de las mujeres que estaba conmigo, Nerea, era más fría que yo; la otra, Clara, lloraba mucho menos de lo que yo hubiera esperado. Las tres éramos adultas de sobra para saber lo que estaba pasando, pero también para entender que habíamos cruzado un punto del que no se salía con dignidad. El amo no quería amantes. Quería materia disponible.
Cuando por fin se me pasó lo peor de la abstinencia, me di cuenta de que eso no iba de castigarnos unos días. Iban a explotarnos a fondo. Nos pusieron a trabajar encadenadas, con un colchón viejo en un rincón de la nave trasera, casi siempre húmedo, siempre manchado. Allí empezó la parte más cruda.
Venían hombres de todo tipo. Borrachos, desconocidos, clientes habituales, empleados de la finca, invitados de paso. Algunos eran bruscos y rápidos; otros querían jugar a humillarnos durante horas. Casi ninguno se lavaba. Ninguno preguntaba si dolía. Pagaban, o a veces negociaban con el encargado cualquier basura, y les bastaba para tener acceso a nuestros cuerpos.
La primera noche que me dejaron en ese colchón entendí la rutina. Me llevaron del collar hasta allí, me empujaron de rodillas y uno de los hombres me agarró del pelo para obligarme a mirar cómo se sacaba la polla. La tenía ya dura, gruesa, con el prepucio a medio bajar y un olor agrio que me golpeó antes de que me rozara la cara.
—Abre la boca —me dijo.
La abrí.
Me la metió sin prepararme, hundiéndomela hasta la garganta mientras me sujetaba la nuca con una mano. Sentí el sabor salado y rancio, la baba acumulándose en la comisura, el reflejo de arcada subiéndome con fuerza. Tiré hacia atrás por instinto, y el hombre me dio una bofetada seca.
—No te apartes, puta.
Volvió a embestir con más fuerza. Esta vez me dejé hacer. La punta de su polla me golpeaba el fondo de la garganta y yo tragaba como podía, con lágrimas en los ojos y saliva escurriéndome por la barbilla. A mi lado, Clara estaba a cuatro patas, con otro tipo lamiéndole el coño por detrás antes de metersela por el culo. Se oían gemidos, insultos, risas y el ruido húmedo de la carne golpeando carne.
El hombre que me usaba me sacó la polla de la boca y me ordenó girarme. Yo obedecí con las rodillas temblando. Me bajó más las caderas, me escupió entre las nalgas y me hundió dos dedos en el culo de golpe. Jadeé y apreté los dientes. No le bastó. Se sacó los dedos, se escupió en la mano y empezó a meterme la polla despacio, forzando la entrada centímetro a centímetro.
Dolía como un hierro abriéndome por dentro. También me encendía. Esa fue la verdad sucia que tardé poco en aceptar. Mientras me lo metía, me agarró de la cadena del cuello para mantenerme quieta y empezó a embestir. Al principio corto, tanteando; después, con ganas de romper algo. Mi cuerpo se fue adaptando a cada golpe. El dolor se transformó en calor, el calor en un cosquilleo brutal en el vientre, y cuando me frotó el clítoris con la palma de la mano, me corrí gimiendo sobre un colchón que olía a semen viejo.
—Así me gusta —gruñó—. Que te corras mientras te abro el culo.
Se vació dentro de mí poco después, con una corrida espesa que sentí caliente y profunda. Se quedó quieto unos segundos, respirando como un animal cansado, y luego se apartó. En cuanto sacó la polla, el semen empezó a escurrirse entre mis muslos. Apenas tuve tiempo de recuperar el aire antes de que otro me diera una patada suave en la cadera para que me girara hacia él.
Así eran las noches. Una polla detrás de otra. Boca, coño, culo. A veces con un orden; a veces sin ninguno. Nos lavaban con una manguera cuando el olor o la cantidad de fluidos se volvían excesivos, y luego nos devolvían al colchón.
***
Hubo una tarde que vi con claridad hasta qué punto el amo disfrutaba de la obediencia llevada al límite. Entró con varios invitados y mandó que nos pusieran de rodillas, una al lado de la otra, desnudas salvo por el collar. Caminó delante de nosotras con calma, observándonos como si inspeccionara mercancía.
—Quiero ver cuál de las tres ha aprendido mejor —dijo.
Nos ordenaron besarles los zapatos a los hombres. Después los tobillos. Luego las piernas. El juego consistía en subir con la lengua sin apartarnos aunque hubiera sudor, suciedad o el olor agrio del día entero. Yo lamí una pantorrilla velluda, seguí por la rodilla, el muslo, y terminé con la cara hundida en una ingle pegajosa mientras el tipo se reía y me sujetaba del pelo.
—Más adentro —me dijo.
Aparté con la lengua el olor agrio de sus huevos y empecé a chuparle la polla. No estaba del todo dura, pero fui trabajándosela con la boca, lamiendo la base, chupando el glande, dejándome escurrir saliva por el tronco mientras una mano me apretaba la cabeza. A mi izquierda, Nerea hacía lo mismo con otro; a mi derecha, Clara estaba lamiendo unos pies como si le fuera la vida en ello.
El amo nos observaba fascinado. Cuando vio que ya tenían las pollas tiesas, chasqueó los dedos y cambió de orden. A mí me hizo ponerme de espaldas sobre las rodillas de un hombre sentado en una silla. Me sujetaron los muslos abiertos y el amo me metió dos dedos en el coño, despacio, empapándolos con mi propia excitación.
—Mírala —les dijo a los demás—. Siempre acaba mojándose.
Metió un tercer dedo y los movió dentro de mí con brusquedad, frotando arriba, buscando el punto exacto donde mis piernas empezaban a temblar. Gemí sin poder evitarlo. Él sonrió, me dio una palmada fuerte en el coño y luego me apartó la mano de golpe.
—Ahora, fóllenla todos.
El primero me penetró por el coño. Entró de un tirón y me hizo arquear la espalda sobre las piernas del hombre que me sujetaba. Cada embestida me movía el cuerpo entero. El segundo se colocó frente a mi cara, me abrió la boca con dos dedos y me metió la polla hasta que tuve que respirar por la nariz, corta y desesperada. El tercero se puso detrás, escupiéndome entre las nalgas, frotando la punta de su polla contra mi ano hasta que el primero salió de mi coño un instante para dejarme jadear.
Entonces me entró por detrás. Grité con la boca llena. Mi saliva chorreó sobre el tronco del hombre que me la metía delante, y él empezó a follarme la boca al mismo ritmo con que el otro me destrozaba el culo. Yo sentía los huevos golpeándome, las manos clavadas en los muslos, el collar tensándose contra mi garganta cada vez que me querían quieta. El del frente me agarró una teta y me retorció el pezón; el de atrás me dio una nalgada tan fuerte que me dejó la piel ardiendo.
Me corrí así, atrapada entre dos pollas, con el coño vacío pero latiendo, el culo abierto y la garganta tomada. Fue un orgasmo brutal, sucio, casi rabioso. Me contraje tanto que el hombre que me daba por el culo gruñó y me corrió dentro al instante, caliente, abundante. El de mi boca me sacó la polla, se pajéo dos veces y me llenó la cara de semen. Después me obligaron a lamerlo de mis labios y tragármelo.
El primero volvió a meterme la polla en el coño mientras seguía goteando del culo. Yo ya estaba demasiado excitada para fingir resistencia. Levanté las caderas buscando más y él se rió.
—Eso, perra. Pídelo con el cuerpo.
Me folló rápido, sin compasión, golpeando justo donde más sensible estaba. Yo me abracé a sus muñecas, abrí más las piernas y lo dejé hacer hasta que se vació dentro de mí. Sentí otra descarga pequeña, un espasmo húmedo que me dejó sin fuerzas.
***
Con los días, el colchón se convirtió en rutina y la rutina en una especie de oficio monstruoso. Ya reconocíamos algunos olores, ciertas respiraciones, el modo de caminar de los clientes habituales. Algunos venían buscando solo una mamada violenta; otros querían anal; otros preferían vernos entre nosotras antes de decidir dónde correrse.
Hubo un hombre enorme, de piel oscura y brazos como vigas, al que el encargado reservó para el final de una noche especialmente cargada. Yo estaba agotada, con el culo sensible de tantas embestidas y la boca hinchada de tanto tragar polla, cuando lo vi acercarse completamente desnudo. La tenía descomunal, gruesa de verdad, pesada incluso al moverse.
—A esta por delante no —ordenó el vigilante—. Ya sabes dónde.
El hombre se colocó frente a mí y me pasó la punta de la polla por los labios del coño, solo para provocarme. Estaba dura y caliente, rozándome el clítoris con cada movimiento. Yo me fui hacia ella por puro deseo, desesperada por sentirla dentro, pero el vigilante me sujetó del brazo y me dio un golpe en la mejilla.
—He dicho que no por ahí.
Me ardió la cara, pero más me ardía el coño de frustración. El hombre sonrió, me hizo arrodillarme y me metió la polla en la boca. Era tanto grosor que tuve que usar las dos manos para rodearla. La chupé como pude, lamiendo la base, tragando la punta una y otra vez, hasta que me empujó la cabeza con firmeza y sentí que ya no había espacio. Tosí. Se me llenaron los ojos de lágrimas. La sacó justo antes de que vomitara y me hizo girarme.
Me abrieron las nalgas y me escupieron bien el culo. El hombre me apoyó la punta y empezó a entrar con una lentitud insoportable. Cada centímetro me abría más de lo que creía posible. Yo gruñía, agarrada al borde del colchón, sintiendo que me partían. Cuando por fin la tuvo casi toda dentro, se quedó quieto, dejando que mi cuerpo temblara alrededor de su polla. Después empezó a moverse.
Sus embestidas eran profundas, brutales, pesadas. Me hacía avanzar por el colchón a cada golpe. Yo gemía con la cara hundida en la tela sucia, mojándola de saliva, mientras una mano me bajó al clítoris para frotármelo sin piedad. Me corrí una vez, y luego otra, cada orgasmo mezclado con el dolor de tener ese tamaño metido hasta el fondo del culo.
—Mírala cómo lo disfruta —dijo alguien detrás.
Yo lo disfrutaba. Esa era la humillación más completa de todas. Que mientras me trataban como carne encadenada, mi cuerpo respondiera abriéndose, apretando, pidiendo más. Cuando el hombre se vino, lo sentí bombear dentro de mí, una descarga espesa y caliente que me dejó el ano palpitando. Salió despacio, y con él se deslizó parte de su corrida por mis muslos.
No me dieron descanso. El vigilante, que llevaba toda la escena mirándome con la polla tiesa, se bajó sobre mí en cuanto el otro se apartó. Me agarró de las caderas y me la volvió a meter por el culo, disfrutando de lo abierto que me había dejado el anterior. Entró fácil, demasiado fácil para su gusto, y lo oí bufar.
—Ahora sí cedes, puta.
Empezó a darme azotes entre embestida y embestida. En las nalgas, en la espalda, incluso en las tetas cuando logré darme la vuelta para respirar mejor. Yo tenía restos de vómito reseco en el pecho, mocos en la nariz, semen en los muslos y aun así el hombre me miraba como si fuera el mejor espectáculo de la noche. Se corrió dentro de mi culo insultándome, con las manos clavadas en mi cintura.
Cuando la sacó, sentí cómo se me abría el ano y salía una mezcla espesa de semen y lubricante. Nadie pareció asquearse. Al contrario. Uno de los que miraban se acercó, se untó dos dedos con lo que escurría y me los metió en la boca.
—Traga tu premio.
Tragué.
***
La degradación también tenía público. Eso le encantaba al amo. Organizaba fiestas donde nos exhibía como si fuéramos su colección particular. Nos obligaba a sonreír, a posar, a sentarnos en el regazo de desconocidos, a besar a mujeres y hombres mientras otros hacían fotos. Si la noche avanzaba y el alcohol corría, el ambiente se volvía más salvaje.
Una de esas noches nos tuvieron de pie durante horas, desnudas, con las cadenas sujetas a una argolla baja en la pared para que el cuello siempre notara el tirón. Los invitados iban pasando. Unos nos tocaban las tetas, otros nos abrían las piernas para mirar, otros nos hacían besar a sus parejas. A veces nos daban a elegir entre chupar o ser azotadas. Aprendimos a no elegir nunca el castigo, porque el castigo también acababa en sexo.
Yo estaba ya embarazada de varias semanas, el vientre apenas insinuado pero vigilado de cerca por una doctora cómplice que aparecía cuando al amo le convenía. Nos revisaba, nos hacía preguntas mecánicas y luego acababa metiéndonos la lengua o los dedos como cualquier otra invitada. Nada de aquello tenía una sola capa. Todo estaba mezclado: negocio, abuso, deseo, poder, enfermedad.
Aun con el embarazo, siguieron usándonos. Solo ajustaban las posiciones. A cuatro patas, de lado, sentadas encima de alguien, o de espaldas sobre un borde para que no se presionara demasiado el vientre. El resto seguía igual. Pollas entrando y saliendo. Corridas adentro. Órdenes cortas. Nalgadas, escupitajos, dedos en la boca, dedos en el coño, dedos en el culo.
Recuerdo especialmente una sesión con Nerea. Nos pusieron frente a frente sobre el colchón y nos ordenaron besarnos mientras dos hombres nos penetraban por detrás. Ella por el coño; yo por el culo. Nuestras rodillas chocaban, nuestros pechos se rozaban y nuestras bocas se buscaban torpes al principio, desesperadas después. Yo le mordí el labio cuando una embestida especialmente honda me arrancó un gemido.
—No aparten la lengua —ordenó el amo.
Seguimos besándonos, tragándonos los gemidos de la otra. Mi polla de esa noche era rápida, seca, precisa; cada golpe me hacía estremecer. Nerea tenía la cara colorada, los ojos vidriosos, y cada vez que el hombre que la follaba por el coño se hundía hasta el fondo, ella apretaba su coño y dejaba escapar un quejido dentro de mi boca. Yo le metí una mano entre las piernas y encontré su clítoris mojado, resbaloso, latiendo.
Empecé a frotarla ahí mientras a mí me daban por el culo. El hombre que me follaba entendió enseguida lo que estaba pasando y aceleró. Me agarró del pelo, tiró hacia atrás y empezó a metérmela con más fuerza, usándome como si me fuera a desmontar. Yo seguí frotando a Nerea, sintiendo cómo se humedecían mis dedos más y más, hasta que se corrió con un espasmo feroz y me mordió la lengua para no gritar.
Su orgasmo me disparó el mío. Me corrí unos segundos después, con el culo contrayéndose alrededor de la polla que me reventaba por dentro. El hombre gruñó, me dio tres embestidas más y se vació adentro. Delante de mí, Nerea seguía temblando mientras el suyo también se corría dentro de ella. Nos dejaron así un momento, respirándonos en la cara, pegajosas, agotadas y aún besándonos por pura inercia.
***
Las semanas pasaron en una mezcla de dolor, excitación y cansancio sucio. Dejé de contar cuántos hombres me habían usado. Dejé de recordar muchos nombres. Solo retenía sensaciones: el metal frío del collar al amanecer, el olor del colchón húmedo, la piel ardiendo tras un castigo, el alivio perverso de correrme aunque me odiara por ello.
Cuando se acercó el final del embarazo, el amo decidió convertirlo también en espectáculo. Lo anunció como si organizara una celebración importante. Hubo comida, bebida, música alta, invitados y cámaras preparadas desde la tarde. Nosotras fuimos parte de la decoración y del entretenimiento desde el primer minuto.
Nos tuvieron desnudas, pesadas, torpes, dejándonos pasar de mano en mano. Había quienes besaban nuestro vientre, quienes nos hacían abrir las piernas para mirar lo hinchadas que estábamos, quienes nos daban de beber directamente en la boca y luego nos besaban para recuperar el licor. También hubo sexo, claro. No nos dejaron descansar solo porque faltaran horas para el parto inducido.
Al anochecer trajeron a dos hombres robustos, elegidos para la escena final. Todo se montó en una mesa amplia cubierta con telas lavables. A Clara y a mí nos sentaron primero en el borde, de espaldas a ellos, y luego nos hicieron descender sobre sus pollas lentamente. Entraron por el culo, con cuidado al principio, mientras varios invitados se acercaban a mirar mejor. Yo cerré los ojos cuando la punta me abrió y luego me dejé caer poco a poco hasta sentirlo entero dentro.
Los dos hombres nos sujetaban por la cintura y nos amasaban las tetas mientras detrás se movían solo lo justo para mantenernos llenas. La doctora apareció con guantes y una jeringa. Sentí el pinchazo, luego otro. Había murmullos, risas, flashes, olor a sudor y alcohol. Yo estaba sentada sobre una polla metida hasta el fondo del culo, con el vientre duro, respirando cada vez más rápido.
Las contracciones empezaron poco después. Al principio eran olas soportables. Después se volvieron puñetazos internos. Cada espasmo me hacía apretar el culo alrededor de la polla del hombre, y él gemía por lo bajo, excitado con algo que a mí me parecía una locura. Yo sudaba, apretaba los dientes, me agarraba a los bordes de la mesa. Clara estaba igual a mi lado, gimiendo cada vez más fuerte.
El amo no dejó de mirar un segundo.
Las contracciones se volvieron insoportables. Entre una y otra, los hombres seguían dentro de nosotras, apenas moviéndose, pero sintiéndose, ocupando, recordándonos cuál era nuestro sitio en ese ritual demente. Cuando todo se aceleró, la sala entera contuvo el aliento. La doctora dio instrucciones, alguien enfocó una cámara más cerca, y yo solo pensé en aguantar.
No voy a mentir: mezclar dolor, exposición y esa sensación constante de estar llena por detrás produjo una confusión animal en mi cuerpo. Llegó un momento en que, entre pujo y pujo, el hombre me agarró una teta y me retorció el pezón. Gemí. No sé si de sufrimiento o de deseo. Tal vez de las dos cosas.
Horas o minutos después, ya no lo sé, todo terminó. Hubo movimiento, voces, limpieza apresurada, manos trabajando entre mis piernas. Yo seguía abierta, exhausta, con el culo latiendo alrededor de una polla que no habían sacado hasta el último momento. Luego todo fue más borroso: paños, órdenes, revisiones y el ruido de una celebración obscena alrededor.
La cuarentena que prometieron fue una broma cruel. Apenas pasó un rato antes de que el amo decidiera que ya habíamos descansado suficiente. Nos dieron agua, algo de beber más fuerte y pastillas para reanimarnos. Después volvieron las manos y las pollas.
La primera que me metieron después de aquello fue en la boca. La chupé despacio al principio, todavía débil, notando la mandíbula cansada y el cuerpo hueco. El hombre me acarició el pelo con falsa ternura mientras se la tragaba mi garganta. Luego me levantó la cara y se la sacó para correrse encima de mis labios. La recogí con dos dedos y me la metí en la boca sin que nadie me lo ordenara. Los aplausos fueron inmediatos.
—Ahora sí está domesticada —dijo alguien.
Tal vez tenían razón.
Porque incluso en ese estado, con el cuerpo convertido en territorio ajeno, sentí un estremecimiento bajo en el vientre. No era orgullo. No era paz. Era otra cosa más oscura: la certeza de que habían conseguido mezclar mi placer con mi ruina hasta volverlos inseparables.
Y eso, más que la jaula, más que las cadenas, más que cualquier polla o cualquier castigo, fue lo que de verdad me dejó marcada.
Para quienes leen desde zona norte: escorts en San Martín, con fotos reales.