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Relatos Ardientes

Mi primera sumisión empezó en un probador

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Volvía a casa reventada casi todos los días. Trabajaba en una tienda de ropa barata dentro de un centro comercial enorme, y cada turno era lo mismo: perchas vacías, prendas tiradas en el suelo, probadores hechos un desastre y clientas que te exigían milagros con una sonrisa falsa. Llegaba con la cabeza ardiendo y el cuerpo tenso, como si necesitara que alguien me apretara justo donde dolía.

Por eso, en cuanto cerraba la puerta de mi cuarto, dejaba de fingir que era una chica normal. Me desnudaba, me miraba al espejo y sacaba lo que de verdad me calmaba: unas pinzas, un plug pequeño y la necesidad absurda de sentir dolor para correrme. No sabía de dónde me venía aquello, pero el escozor en los pezones, la presión en el culo y los pellizcos en los muslos me ponían tan húmeda que a veces me corría en menos de diez minutos, jadeando, con las piernas abiertas y la cara ardiendo de vergüenza y gusto.

Vivía sola casi siempre, aunque compartía piso con una amiga que pasaba más noches fuera que dentro. Esa libertad me había convertido en una experta en esconder mis manías. Nadie imaginaba nada al verme: una rubia de rasgos suaves, cuerpo trabajado, culo firme y cara de no haber hecho nunca nada realmente sucio. Y yo alimentaba esa imagen porque me convenía. Por dentro, en cambio, llevaba meses fantaseando con sumisión, humillación y órdenes dichas al oído por alguien que supiera exactamente cómo manejarme.

Aquel martes me había despertado empapada. Ni siquiera recordaba el sueño, solo la sensación de haber estado a punto de algo muy intenso. Metí la mano entre mis piernas todavía medio dormida y encontré el coño caliente, hinchado, ansioso. Empecé despacio, apenas rozándome el clítoris con dos dedos, recogiendo mi propia humedad para extenderla mejor. Luego abrí el cajón, saqué un cinturón viejo y un dildo grueso que me imponía respeto cada vez que lo veía.

Me coloqué apoyada contra el cabecero, me pasé el cinturón por el cuello y tiré con una mano mientras con la otra guiaba la punta del juguete hacia mi entrada. La mezcla me volvía loca: la presión en la garganta, el coño abierto a la fuerza, el culo todavía ocupado por el plug de la noche anterior. Empujé despacio, notando el ardor del ancho entrando centímetro a centímetro, y me temblaron las piernas del puro morbo. Cuando por fin lo tuve dentro hasta el fondo, me la empecé a meter yo sola con embestidas torpes y desesperadas, ahogando gemidos mientras me aflojaba y apretaba el cinturón.

Me corrí rápido, fuerte, con los muslos duros y la vista nublada. El orgasmo me sacudió el vientre entero, y me quedé tirada unos segundos, respirando con la boca abierta y el coño palpitando alrededor del dildo. Después me duché, me arreglé lo justo y me fui a trabajar con esa sensación de haberme vaciado, como si ya nada especial fuera a pasar ese día.

Me equivocaba.

Las primeras horas fueron tranquilas. Poca gente, algo de orden y preguntas rutinarias sobre tallas que no estaban donde debían. A media tarde vi entrar a una mujer que destacaba solo con caminar. No era escandalosa ni iba enseñando nada, pero tenía esa seguridad seca que obliga a mirar. Llevaba mallas negras, botas contundentes, una camiseta blanca corta y una chaqueta en la mano. El pelo oscuro recogido en una coleta alta le dejaba el cuello al descubierto. Y en ese cuello vi lo que me hizo tragar saliva: un collar ancho de cuero negro con anillas metálicas al frente.

No era un accesorio cualquiera. Yo sabía perfectamente lo que era. Lo había visto cientos de veces en fotos, en videos, en foros que visitaba de madrugada con el corazón acelerado. Intenté no quedarme mirando, pero volví a hacerlo. Y ella se dio cuenta.

—Hola —le dije, acercándome con mi mejor tono profesional—. Si necesitas ayuda con alguna talla, dime y te la busco.

Me sostuvo la mirada con una media sonrisa tranquila.

—Sí. Necesito una talla concreta de estos dos pantalones. Esto está hecho un caos.

—Lo sé. La gente lo revuelve todo y luego nos toca adivinar dónde quedó cada cosa.

Fui al almacén pequeño, rebusqué y encontré uno de los dos modelos. Cuando regresé y se lo tendí, mis ojos se me fueron otra vez al collar. Ella bajó la mirada un segundo, como si siguiera la trayectoria de la mía, y soltó una sonrisa más clara.

—Te gusta, ¿no?

Sentí el calor subirme de golpe por la cara.

—¿Qué?

—El collar. Lo miraste dos veces. La segunda casi lo desnudaste con los ojos.

—Perdón. Es que… me llamó la atención.

—¿Sabes para qué sirve?

Podría haber mentido mejor, pero el nervio me hizo sonar torpe.

—Más o menos. Algo de sumisión, supongo.

—No supongas. Lo sabes. —Lo dijo sin brusquedad, pero con una seguridad que me dejó quieta—. Y no, no es mío. Lo llevo para detectar miradas como la tuya.

Se me secó la boca. Tuve que humedecerme los labios antes de hablar.

—No sé si eso es bueno o malo.

—Depende de si te gusta obedecer o solo fantasear con ello.

Mi coño reaccionó antes que mi cabeza. Un pulso de humedad me atravesó la entrepierna dentro del pantalón del uniforme. Ella lo notó en mi cara; no sé cómo, pero lo notó. Entonces me tomó la mano. Nada agresivo. Solo sus dedos cerrándose sobre los míos con firmeza y calma. Fue ridículo lo rápido que me tranquilizó ese gesto.

—Relájate —dijo—. No voy a comerte viva en medio de la tienda. Me llamo Vera.

Le dije mi nombre. Ella me observó unos segundos más, como si estuviera midiendo hasta dónde podía empujar sin romper nada.

—Mi pareja y yo nos movemos en ese ambiente. Si te interesa de verdad y no es solo pose, podríamos hablar.

No llevaba el móvil encima, así que le dicté mi número. Lo hice con una vergüenza insoportable y, al mismo tiempo, con la sensación exacta de estar metiéndome en el sitio donde quería entrar desde hacía meses. Antes de irse a pagar, levantó el pantalón que llevaba en la mano y dijo:

—Voy a probármelo. Ven conmigo y dime cómo queda.

La seguí a los probadores con el corazón golpeándome en la garganta.

***

Escogió el último cubículo, el más apartado. A esa hora no había casi nadie y la música del local sonaba baja. Entró, dejó la cortina medio corrida y empezó a desvestirse sin teatralidad, como si yo no fuera una empleada nerviosa sino alguien a quien ya hubiera puesto a prueba antes. Se quitó las botas, bajó las mallas y se quedó en un tanga negro que desaparecía entre sus nalgas firmes.

Yo intenté mirar a otro lado, pero era imposible. Me fascinaba el control con el que se movía. No hacía falta que enseñara más para imponerme.

Se le cayó el pantalón nuevo a los pies de forma demasiado oportuna para ser un accidente.

—¿Me lo pasas? —preguntó.

Me agaché a recogerlo. Cuando estaba incorporándome, sentí su mano en mi hombro.

—Quédate así.

La obedecí sin pensar. Ella me puso dos dedos en el pelo, justo en la nuca, y me inclinó un poco la cabeza hacia arriba. Mi cara quedó a la altura exacta de su pubis cubierto por el tanga. Pude olerla. No era imaginación: olía a mujer excitada, a calor real, a coño húmedo detrás de una tela fina.

—Mírame —ordenó.

Lo hice. Desde abajo. Sintiéndome pequeña de una manera que me excitó al instante.

Su mano apretó un poco más mi pelo y acercó mi frente a su entrepierna hasta que rocé la tela con la piel. Luego un tirón mínimo, justo para dejar mi boca pegada al tanga. Mi respiración se volvió torpe. Noté mi propia humedad corriéndome entre las piernas. Si me hubiera dicho que sacara la lengua, la habría sacado.

Pero no lo hizo. Me soltó de golpe y me tendió el pantalón.

—Ahora sí. Dámelo.

Me levanté tan aturdida que casi tropecé. Ella sonrió al ver mi cara.

—Te gustó.

—Sí —admití sin fuerzas para fingir.

—Ya veremos cuánto te gusta obedecer de verdad.

Se probó el pantalón, salió, pagó y se fue. Yo terminé el turno empapada, incapaz de concentrarme. En cuanto llegué a casa, encontré sus mensajes. Había sido directa, pero sin vulgaridad: le había divertido conocerme, quería verme con su pareja y prometía tratarme bien si yo sabía escuchar.

Esa noche me masturbé pensando en su mano en mi pelo. Solo en eso. En mi boca pegada a la tela mojada de otra mujer sin haber probado todavía nada. Me corrí con dos dedos dentro y el pulgar apretándome el clítoris, imaginando que ella me miraba desde la puerta y decidía si merecía seguir.

Acepté desayunar con ellos el fin de semana.

***

Quedamos en un local de brunch de esos que parecen demasiado bonitos para servir café normal. Llegué puntual y los vi esperándome fuera. Vera estaba igual de segura que en la tienda. A su lado, su pareja imponía de otra manera: alto, fuerte, con hombros anchos y una calma seria que no necesitaba alzar la voz para hacerse notar. Se presentó como Bruno.

Entramos, pedimos y la conversación fue tan normal al principio que casi me descolocó. Hablamos de trabajo, de horarios, de la ciudad, de tonterías. Ellos eran agradables y nada forzados. Eso me aflojó la guardia más de lo que debía.

Fue Vera la que rompió la fachada.

—Entonces, ¿te quedaste con ganas el otro día?

La pregunta me golpeó entre las piernas. Miré un segundo a Bruno. Él no apartó los ojos de mí.

—Sí —dije—. Llegué a casa y me masturbé pensando en ti.

Vera soltó una risa baja. Bruno alzó apenas una ceja, interesado.

—Bien —dijo él—. Al menos no nos haces perder el tiempo fingiendo inocencia perfecta.

—Soy inexperta, no mentirosa.

—Mejor todavía.

Vera apoyó los codos en la mesa.

—Si sigues con nosotros, vas a aprender dos cosas desde el principio. La primera es que la sumisión no va de posar ni de decir que sí a todo por calentura. La segunda es que obedecer se demuestra.

Asentí. Sentía el pulso en la garganta.

—¿Estás dispuesta a obedecer una orden simple aquí mismo? —preguntó ella.

Miré alrededor. Gente desayunando, camareros, música baja. La pregunta me empapó de golpe.

—Sí.

—Entonces acompáñame al baño. Y no cuestiones nada.

Me levanté detrás de ella con las piernas temblando.

***

Entramos en un cubículo amplio y cerró con pestillo. El aire olía a jabón y ambientador barato, pero a mí me parecía el sitio más cargado del mundo. Vera se volvió hacia mí y me sostuvo la mirada hasta que bajé los ojos sola.

—De cuclillas —ordenó.

Obedecí. La respiración ya se me había desordenado antes de que ella tocara un botón de su pantalón.

—No me contestes con frases largas si no te lo pido. Sí o no. ¿Entendido?

—Sí.

Se bajó la ropa interior y me agarró del pelo con un gesto seco, llevándome la cara a su coño. Lo tenía brillante, abierto por el deseo, caliente incluso antes de tocarlo. Mi primera bocanada de su olor me hizo gemir sin querer.

—Así que esto era lo que querías en el probador —murmuró—. Pues ahora te lo ganas con la boca. ¿Has comido coño alguna vez?

—No.

—Se nota. Aprende rápido.

Me apretó la cabeza contra ella y saqué la lengua con torpeza, primero una pasada insegura desde abajo hacia arriba, recogiendo su humedad. El sabor me golpeó de lleno: salado, íntimo, espeso. Volví a lamer, esta vez más firme, abriendo la lengua sobre sus labios y subiendo hasta el clítoris. Vera respondió enseguida con un jadeo contenido que me excitó aún más.

—No chupes como si besaras. Lame. Mete la lengua. Ensúciate.

Hice caso. Abrí mejor su coño con la boca y la lengua, entrando un poco, saliendo, subiendo otra vez al clítoris para hacer círculos más rápidos. Ella se apoyó una mano en la pared y con la otra me sujetó fuerte del pelo, marcando el ritmo con pequeños tirones. Cuanto más la notaba mojarme la cara, más me encendía. Mi coño latía entre mis piernas pidiendo roce, pero no me atrevía ni a tocarme.

—Eso es. Sigue, zorra —dijo entre dientes—. Quiero corrérmela en tu boca y en tu cara. No pares.

La palabra me atravesó como una descarga. Zorra. Dicho así, usándome. Gemí contra su coño y la vibración la hizo apretarme más la cabeza. Empecé a comerla con hambre real, olvidándome de todo lo demás. Pasadas largas, lengua dura en el clítoris, chupadas cortas, saliva mezclándose con lo que ella soltaba. Me estaba empapando entera la boca.

Vera levantó una pierna, la apoyó en el retrete y me dejó más expuesta su entrepierna. Me la refregó directamente contra la cara, usando mi boca como si fuera un juguete más. Yo respiraba cuando podía, girando apenas la cabeza para coger aire y volver a hundirme allí. Sus gemidos ya no eran discretos; eran bajos, roncos, cada vez más tensos.

—No aflojes. Ya casi. Trágate todo lo que te eche.

Mi mano fue sola a mi muslo, buscando sostenerme, no tocarme. Estaba chorreando dentro de mis vaqueros. La mandíbula me dolía y aun así seguí, clavando la lengua, chupando, dejando que ella me utilizara. Vera sacó el móvil con la mano libre, apuntó hacia abajo y entendí que me estaba tomando una foto con la cara enterrada en su coño. La humillación me hizo gemir otra vez.

Un segundo después se corrió. Lo sentí en la boca y en los labios, una descarga caliente mientras me apretaba con fuerza contra ella y temblaba sobre mis ganas. Tragué sin pensar, obediente y excitada, siguiendo con lamidas suaves mientras el orgasmo la atravesaba. Cuando por fin aflojó la mano de mi pelo, yo tenía la barbilla mojada y la respiración hecha pedazos.

—Mírame —dijo.

Alcé la cara. Sonrió al verme manchada.

—No ha estado mal para ser tu primera vez. No te limpies todavía.

Tragué saliva. La boca me sabía a ella y eso me volvía loca.

—¿Y yo? —pregunté, más desesperada de lo que habría querido.

Vera se subió la ropa interior con toda calma.

—Tú cuando te lo ganes.

La negativa me dolió justo donde más me excitaba. Notó mi gesto y soltó una risa pequeña.

—Vamos. Bruno tiene que verte así.

—Me da vergüenza.

—Acostúmbrate. La vergüenza bien llevada también sirve.

Salimos del baño. Yo iba con la cabeza baja, la cara ardiendo y la zona alrededor de la boca pegajosa. Cuando llegamos a la mesa, Bruno me observó un segundo entero sin decir nada. Ese silencio fue peor que cualquier comentario.

—Levanta la cara —ordenó al final.

Lo hice.

Su mirada recorrió mi boca brillante, el desorden de mi pelo, el temblor de mis labios. Sonrió muy poco, apenas lo suficiente.

—Buen comienzo —dijo—. La próxima vez te pruebo yo.

Yo solo pude asentir.

—Ve a limpiarte. Por hoy ya has aprendido bastante.

Obedecí. Pero salí del local peor de lo que había entrado: caliente, vacía y con una necesidad feroz de más.

***

Cuando llegué a casa no saludé a nadie, no revisé nada y no me quité siquiera los pendientes. Fui directa a mi cuarto, cerré la puerta y me desnudé de camino a la cama. La ropa interior estaba empapada y olía a mí de una forma que me dio vergüenza y orgullo a la vez. Me miré al espejo unos segundos: labios hinchados, ojos brillantes, pezones duros bajo la camiseta que me saqué de un tirón.

Quería repetir cada segundo del baño, pero ahora a mi favor. O lo más parecido posible.

Abrí el cajón de la mesita y saqué un dildo negro de tamaño medio, liso, perfecto para follarme el culo cuando necesitaba notar ese dolor limpio que me disparaba. Lo escupí entero, saboreando el gesto obsceno de meterme en la boca lo que luego me iba a abrir por detrás. Mientras lo babeaba, la otra mano me buscó el coño y encontré el clítoris inflamado, sensible, casi dolorido de tanto haberme excitado sin descargar.

—Qué guarra estás —me susurré a mí misma, recordando el tono de Vera.

Me tumbé de lado primero, levantando una pierna. Con los dedos de una mano me separé el culo y con la otra llevé la punta del dildo a la entrada. Apreté los dientes al notar el primer empuje. Mi culo cedió despacio, con ese ardor grueso que me hacía soltar pequeños gemidos entrecortados. Empujé más, respirando hondo, sintiendo cómo me abría centímetro a centímetro hasta tragárselo entero.

Me quedé quieta un momento, disfrutando la presión. Luego empecé a moverlo con embestidas cortas. Cada entrada me arrancaba un jadeo; cada salida me dejaba pidiendo la siguiente. Metí dos dedos en mi coño al mismo tiempo y encontré todo tan mojado que casi resbalaban sin resistencia. Empecé a follarme por detrás mientras me penetraba por delante con mis dedos, apretándome los pezones con la mano libre hasta dejarlos duros y enrojecidos.

La imagen de Vera usándome con la cara entre sus piernas volvió de golpe. Después apareció Bruno, serio, diciéndome que la próxima vez me probaría él. Me corrí pensando en eso. No en caricias suaves ni en ternura, sino en órdenes, saliva, vergüenza y mi cuerpo respondiendo como una perra agradecida.

El orgasmo me cerró el coño sobre mis dedos y me hizo empujar el dildo más hondo en el culo, hasta notar esa punzada deliciosa que me vació por completo. Temblé un rato, todavía pellizcándome un pezón, con los muslos mojados y el culo latiendo alrededor del juguete.

Cuando al fin aflojé, me quedé boca arriba, abierta y jadeando. Me llevé dos dedos a la boca y saboreé mi propia humedad mientras pensaba en el mensaje que sabía que llegaría tarde o temprano. Ya no se trataba solo de fantasías escondidas en mi cuarto. Había obedecido por primera vez a alguien de verdad, había tragado su corrida de rodillas en un baño público y había descubierto que eso no me asustaba tanto como me encendía.

Me excitaba una idea por encima de todas: la próxima vez no sería Vera quien me pondría a prueba.

Y yo ya estaba deseando averiguar cuánto podía llegar a aguantar.

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Comentarios(3)

SofiaEnX

buenisimo!!! quede pegada leyendo, necesito la segunda parte ya

CarlosCABA

Muy buen comienzo, el ritmo te atrapa desde la primera linea. Ya me suscribi para seguir leyendo

Pezecito

tremendo!!! uno de los mejores que lei en mucho tiempo

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