Saltar al contenido
Relatos Ardientes

El viaje bdsm con el que mi Ama me marcó

La víspera del viaje, Mara me recordó que debía acostarme temprano porque el vuelo salía al amanecer. Lo dijo con esa calma firme que siempre usaba cuando una orden no admitía réplica. Yo ya sabía que no sería una noche de descanso. Cuando mi Ama hablaba con esa voz, cada palabra llevaba detrás un plan entero.

Antes de llamarme a su habitación, me ordenó preparar el baño y dejar mi cuerpo exactamente como a ella le gustaba: liso, limpio y listo para lo que viniera. Me hundí en el agua caliente hasta que la piel se me ablandó y después me rasuré con paciencia el pubis, los huevos, el culo, las axilas y el contorno de los pezones. No era vanidad. Era disciplina.

Salí, me sequé y me unté crema hidratante hasta que la piel me quedó brillante. Luego caminé desnudo hasta donde estaba ella, sentada en un sillón con las piernas cruzadas y una copa en la mano. Ni siquiera me pidió que me girara; bastó una mirada para que yo lo hiciera.

—Abre más las piernas —ordenó.

Lo hice. Sentí su inspección lenta, minuciosa, como si mi cuerpo fuera un objeto que le pertenecía desde mucho antes de que yo llegara a su casa. Cuando me hizo dar la vuelta, bajó la vista a mis nalgas y chasqueó la lengua.

—Quedaron pelos junto al ano.

Fui a buscar las pinzas sin decir nada y se las entregué con las dos manos. Ella sonrió apenas. Yo me tumbé boca abajo sobre sus muslos y me abrí las nalgas con los dedos para dejarle toda la zona expuesta. La primera pinzada me hizo arquear la espalda.

—Gracias, mi Señora —dije con la voz temblorosa.

Me arrancó otro. Y otro. Cada pequeño tirón ardía como una aguja clavada en carne viva, y aun así repetí las palabras cada vez, agradeciendo el dolor porque venía de ella. Cuando terminó, me acarició la nalga con una suavidad casi cruel, como si quisiera recordarme que su ternura y su dureza eran parte del mismo juego.

—Esta noche vas a dormir recordando a quién perteneces —me dijo.

Lo dijo mirándome de frente, y se me endureció la polla de inmediato, inútil dentro del aro de acero que aún no me había puesto, pero ya obediente al simple sonido de su autoridad. Mara se dio cuenta. Siempre se daba cuenta.

Me hizo desnudarla despacio en el dormitorio. Le quité la blusa, le bajé la falda, le besé las rodillas mientras ella me observaba desde arriba. No me permitió tocarme. Ni siquiera me dejó rozarle el coño con los dedos. Solo me dejó lamerle el interior de los muslos hasta que su olor empezó a llenarme la cabeza.

—Las manos atrás.

Yo mismo me las llevé a la espalda y ella me ató las muñecas con una correa de cuero. Luego me unió los tobillos. No apretó más de la cuenta, pero dejó claro que no habría forma de moverme cuando ella quisiera tenerme quieto.

Me empujó sobre la cama boca abajo y me arrastró hasta colocar mi cara entre sus piernas. El borde de su sexo quedó justo a la altura de mi boca y mi nariz. Podía sentir su calor húmedo sin siquiera sacar la lengua.

—Vas a pasar la noche aquí. Si quiero abrir las piernas, lames. Si quiero dormir, te quedas quieto. Quiero que amanezcas oliéndome.

—Sí, Ama.

Apagó la luz y se acomodó sobre mí. Al principio intenté encontrar una postura menos tensa para el cuello, pero no tardé en entender que la incomodidad formaba parte de su intención. Mi nariz quedó llena de su olor. Denso. Íntimo. Animal. Cada vez que ella movía las caderas, sus labios me rozaban la boca y yo respondía sacando la lengua, apenas, lo justo para limpiar la humedad que asomaba.

Hubo momentos en que creí dormirme, y otros en que el entumecimiento de los brazos me devolvía de golpe a la realidad. A medianoche, Mara abrió un poco más los muslos y dejó caer más peso sobre mi cara. Aproveché para lamerla con más decisión, recorriéndole el clítoris y metiendo la punta de la lengua entre sus labios.

—Así —murmuró medio dormida—. No pares.

Obedecí durante largos minutos, con la saliva mezclándose con su flujo. La cama olía a cuero, a crema de piel y a coño húmedo. Cada vez que ella soltaba un gemido bajo, mi polla intentaba endurecerse por pura costumbre y chocaba con la negación anticipada del encierro que sabía que vendría por la mañana.

No tuvo un orgasmo grande esa noche. No era eso lo que buscaba. Quería agotarme, someterme, convertirme en una extensión de su descanso. Y yo, atado bajo su sexo, sintiendo cómo mis labios se secaban y volvía a humedecerlos con su sabor, entendí que aquello ya era una forma de placer brutal.

Cuando sonó el despertador, tenía el cuello rígido y la cara pegajosa. Mara se levantó sin prisa, me desató y me hizo seguirla al baño de rodillas. Ni siquiera me dejó estirarme.

Ella se sentó en el inodoro y me hizo acercar la cara. Yo bajé la vista. Escuché primero el chorro cayendo con fuerza y sentí el olor caliente mezclado con el de la primera hora del día. Cuando terminó, abrió más las piernas y me señaló con dos dedos.

—Límpiame.

Saqué la lengua y empecé desde abajo, recogiendo la humedad entre sus muslos, lamiendo el borde de su coño y la piel recién mojada. El sabor salado y agrio me llenó la boca. Ella me sujetó del pelo para obligarme a profundizar más, a meter la lengua entre sus labios hasta dejarla limpia.

—Más adentro —dijo—. Quiero sentir tu boca de verdad.

Le obedecí. La punta de mi lengua buscó su clítoris y lo rodeó despacio. Noté cómo su respiración cambiaba. Se recostó un poco y me empujó con la mano, haciéndome trabajar sobre ella mientras el día apenas empezaba. Yo estaba de rodillas, con la cara entre sus piernas, lamiéndole la mezcla del amanecer y el deseo hasta que volvió a humedecerse.

—Chupa.

Encerré su clítoris entre los labios y tiré con suavidad. Ella soltó un gemido corto, seco. Después metió dos dedos en mi boca.

—Mójalos.

Lo hice. Los sacó y se los llevó al coño, frotándose delante de mí. Cuando vio que me quedaba hipnotizado mirando, sonrió con una dureza deliciosa.

—Tu polla no va a disfrutar hoy. Eso también lo sabes.

Asentí. Y entonces me colocó el dispositivo de castidad. El aro de acero rodeó mis huevos y la jaula atrapó mi polla semierecta antes de poder protestar. Ajustó el candado con una precisión humillante. Después me hizo ponerme unas medias de rejilla, ligueros y unas braguitas de encaje rojo debajo de la ropa de viaje.

—Quiero que cruces medio mundo vestido para mí —dijo.

Desayunó mientras yo le servía café y tostadas. Yo apenas probé bocado. Entre las piernas notaba el roce de la lencería, el peso frío del acero y una mezcla constante de vergüenza y excitación. En el taxi al aeropuerto, me tomó de la barbilla y me hizo mirarla.

—Todavía puedes decir que no a lo de esta noche.

—No quiero decir que no, Ama.

—Quiero oírte completo.

Tragué saliva. —Quiero que lo haga. Quiero llevar su marca.

Su sonrisa fue breve, satisfecha. Luego miró por la ventana como si acabara de cerrar un trato que ya estaba decidido desde hacía meses.

***

En el control de seguridad ocurrió lo de siempre. El arco sonó y uno de los agentes me apartó con gesto rutinario. Mara se quedó a unos metros, serena, observando. Yo conocía el procedimiento demasiado bien para fingir sorpresa.

—Llevo una pieza de metal íntima que no puedo retirar aquí —le dije al agente—. Necesitamos un lugar privado.

Me condujo a una sala pequeña. Dentro había otro empleado. Cerraron la puerta y me pidieron que explicara mejor. Yo respiré hondo y bajé la voz.

—Llevo un dispositivo de castidad de acero. La llave la tiene mi pareja.

Uno de ellos alzó las cejas. El otro evitó mirarme a la cara. Me indicaron que me bajara los pantalones. Lo hice despacio, dejando a la vista las medias, los ligueros sujetos a las braguitas rojas y, debajo, la jaula abultando de forma ridícula y humillante.

El silencio que siguió me calentó las orejas. No era la primera vez, pero nunca dejaba de sentir esa mezcla de exposición y morbo. Uno de ellos carraspeó.

—Con eso no puede pasar.

—Lo sé —respondí—. Mi Ama tiene la llave.

Cuando la llamaron, Mara entró con su elegancia intacta, como si aquella situación le perteneciera igual que yo. Sacó la llave del bolso, se acercó y me la mostró un segundo antes de agacharse. Me abrió la jaula allí mismo, delante de ellos. Mi polla salió libre y encogida, marcada por las barras de metal. La visión me avergonzó, pero a ella la excitó.

—Levanta mejor —me dijo con total naturalidad—. Que revisen bien.

Tuve que sujetarme la polla y los huevos para que comprobaran que no quedaba nada oculto. Sentí sus miradas, la temperatura fría del cuarto y la ausencia súbita del acero como una desnudez obscena. Después de la revisión, Mara me ordenó vestirme y me hizo besar la llave antes de guardarla otra vez.

Ya en la terminal, me llevó al baño. Entró conmigo en un cubículo amplio y cerró. Sin prisa, me hizo bajar de nuevo la ropa interior y me recolocó el aro alrededor de los huevos. Luego empujó mi polla hacia la jaula.

—Mírala —susurró—. Quieta. Inútil. Como debe estar.

El roce del metal me arrancó un quejido. Ella aprovechó para meter la mano por detrás y meterme un dedo lubricado en el culo, solo uno, profundo y lento, mientras cerraba el candado delante. Me apoyé contra la pared para no venirme abajo.

—Eso —dijo—. Quiero que viajes sensible.

Sacó el dedo y me obligó a chuparlo. Sabía a lubricante y a mí. Lo hice sin apartar la mirada. Cuando salimos del baño, caminaba con las piernas apenas más abiertas de lo normal, con el culo vibrándome alrededor de la memoria de ese dedo y la polla encerrada latiendo sin esperanza.

En el avión, Mara me habló poco. Leyó, bebió agua, descansó. A ratos apoyaba una mano sobre mi muslo y la subía lo justo para recordar dónde estaba la jaula. Una vez, incluso apretó la base de mis huevos por encima del pantalón. Tuve que contener un gemido. Ella ni me miró. Ese desinterés calculado me ponía peor que cualquier caricia abierta.

Al aterrizar, un coche nos esperaba y nos llevó hasta una casa grande en las afueras. No era ostentosa por fuera, pero transmitía intimidad, secreto, dinero y costumbre. La verja se abrió antes de que el conductor tocara el timbre por segunda vez.

Nos recibieron tres personas: dos mujeres y un hombre, todos adultos, todos seguros de sí mismos. Saludaron a Mara con besos tranquilos, como quienes comparten códigos viejos. Yo me mantuve un paso detrás, con la cabeza gacha hasta que me llamaron por mi nombre de sumiso.

Las dos mujeres me tomaron de los brazos y me condujeron al salón principal. La luz venía de una chimenea grande y del reflejo tenue de algunas lámparas bajas. Había sofás de cuero, argollas discretas en las paredes, estanterías con cuerdas, instrumentos de impacto y, al centro, una bancada acolchada elevada en la parte media, con correas en varios puntos.

Sabía a qué había ido. Lo habíamos hablado durante meses. Al principio fue una fantasía dicha medio en broma, luego una amenaza dulce, después una posibilidad negociada hasta el cansancio, y por último una decisión. Esa noche iba a quedarme marcado con las iniciales de Mara en la nalga derecha.

Pero antes de llegar al hierro, ella quiso otra cosa.

Entró al salón y me encontró aún vestido. Me acercó dos dedos a los labios.

—Desnúdate y moja.

Los chupé. Luego me quité la ropa pieza por pieza, hasta quedar solo con el dispositivo de castidad. Las dos mujeres se mantuvieron a un lado observando, mientras el hombre preparaba algo cerca de la chimenea. Yo notaba cómo el corazón me golpeaba en el cuello.

—A la banca —ordenó Mara.

Me incliné sobre el mueble acolchado. La parte central elevada me dejó el culo alto y abierto, la espalda vencida y el pecho hacia abajo. Me sujetaron muñecas, tobillos y cintura con correas de cuero. Quedé inmóvil. Vulnerable. Expuesto.

Mara se colocó detrás de mí y me apartó las nalgas con las manos. Noté su aliento cerca del ano.

—Antes de marcarte, voy a usarte.

Escuché el clic de un frasco. Lubricante. Sus dedos me abrieron con calma experta, primero uno, luego dos, empujando despacio para que el cuerpo cediera. Yo jadeé contra el acolchado.

—Relájate. Quiero meterte algo más grande.

No hizo falta que preguntara qué. El hombre se acercó, pero fue ella quien siguió mandando. Un consolador largo, grueso y liso me rozó el agujero antes de presionar. El primer empuje me partió en dos. No por dolor puro, sino por la sensación de invasión total, de estar clavado a la banca mientras algo me abría hasta donde yo no controlaba nada.

—Respira y trágatelo con el culo —dijo Mara, seca.

Obedecí. El juguete siguió entrando centímetro a centímetro hasta dejarme lleno. Me temblaron las piernas, aunque las correas no me permitían moverme apenas. Ella empezó a sacarlo y meterlo con un ritmo que fue creciendo, siempre al borde entre la preparación y la humillación.

—Míralo —le dijo a una de las mujeres—. Así se entrega.

Yo tenía la cara ardiendo. El juguete salía cubierto de lubricante y volvía a entrar con un sonido húmedo, obsceno, mientras la jaula me apretaba la polla incapaz de endurecerse como merecía. Mara me dio una palmada fuerte en la nalga izquierda y luego en la derecha, justo en el lugar donde iría la marca.

—Quiero esta carne bien despierta.

Sacó el consolador y, antes de que pudiera recuperar el aliento, sentí una lengua caliente recorriéndome el ano. Una de las mujeres me estaba comiendo el culo con una dedicación obscena, abriéndome con la punta de la lengua, metiéndola y sacándola, dejándome temblando de una excitación tan sucia que empecé a gemir sin poder evitarlo.

Mara me sujetó del pelo y me levantó un poco la cabeza.

—No te corras. Ni se te ocurra.

Luego me puso una mordaza entre los dientes y la ajustó. La madera me llenó la boca. Volvió a situarse detrás y esta vez lo que sentí no fue un juguete. Fue una polla de verdad, gruesa y dura, empujando contra mi ano preparado. El hombre obedecía sus órdenes.

—Despacio al principio —dijo ella.

La punta entró y yo mordí la mordaza con fuerza. El segundo empuje me abrió más. El tercero me dejó medio atravesado. Después de eso ya no hubo duda posible: me estaban follando de verdad, con la cadera del hombre golpeando mis nalgas mientras las correas chirriaban y la banca absorbía mis sacudidas.

Mara me acariciaba la cara mientras él me embestía. La combinación era insoportable. Ternura arriba, brutalidad abajo. El ritmo fue creciendo hasta hacerse seco, directo, animal. Cada metida me empujaba el abdomen contra el acolchado y me hacía soltar sonidos apagados por la mordaza.

—Así me gusta —decía Mara—. Ábrete para él. Recíbelo.

Yo lo hacía. No tenía otra opción y, al mismo tiempo, la deseaba. El hombre me follaba con constancia, sacando casi toda la polla para volver a hundirla de un golpe medido. Sentía la presión llena dentro del culo, el escozor rico de estar muy abierto y el metal de la jaula golpeándome con cada embestida contra la banca.

Cuando creyó que estaba suficientemente trabajado, Mara hizo que se detuviera. Salió de mí despacio. Un hilo de lubricante y saliva me corrió entre las piernas. Ella retiró la mordaza y puso dos dedos bajo mi barbilla.

—Dime si quieres parar.

La pregunta quedó flotando en el salón. Yo respiraba agitadamente, con el culo palpitando y la cara mojada de saliva.

—No quiero parar, Ama.

Ella me besó en la frente. Fue un beso pequeño, casi doméstico, y precisamente por eso me sacudió por dentro. Luego se apartó y asintió al hombre.

Lo vi acercar el hierro ya al rojo, sostenido con herramienta y guantes, con las letras trazadas en una sola pieza. Las iniciales de Mara. Mi entrega convertida en metal incandescente.

El tiempo se volvió raro. Oí mi propia respiración. El fuego crepitando. El cuero tensándose bajo mi cuerpo. Mara se inclinó junto a mi cara y me susurró al oído:

—Aguanta para mí.

Cuando el hierro tocó mi nalga derecha, el dolor no fue comparable a nada anterior. No era un pinchazo ni un golpe. Era un incendio brutal entrando en la carne, comiéndose la piel con una violencia tan absoluta que el mundo entero desapareció durante esos segundos. Grité contra el aire hasta quedarme sin voz.

Después lo retiraron y el ardor siguió vivo, expandiéndose como si me hubieran dejado brasas metidas dentro. Me temblaba todo el cuerpo. Se me llenaron los ojos de lágrimas sin que pudiera controlarlo. Mara me sostuvo la cara entre las manos.

—Eso es. Ya está. Ya eres mío también ahí.

La frase me atravesó tanto como el dolor. Una de las mujeres aplicó una crema espesa y fresca sobre la quemadura. El contraste me hizo jadear. Sentía la nalga en llamas y al mismo tiempo un alivio húmedo cubriéndome la herida.

Yo creí que todo había terminado, pero Mara todavía quería una última prueba. Se puso frente a mí, abrió su vestido por abajo y me mostró el coño húmedo.

—Quiero que me hagas correr con esa cara de dolor.

Me soltaron solo la cabeza y un brazo lo justo para girarme un poco sobre la banca. Ella se colocó sobre mi boca. Aún me costaba respirar bien, pero saqué la lengua. El sabor de su coño me golpeó de inmediato: caliente, espeso, mezclado con perfume y piel.

Lamerla en ese estado fue otra forma de obediencia total. Cada pasada de lengua me hacía contraer la nalga recién marcada, y cada contracción me devolvía un latigazo de fuego. Aun así seguí. Le abrí los labios con la boca, le chupé el clítoris, metí la lengua hasta donde me alcanzaba y mantuve el ritmo aunque las lágrimas me siguieran cayendo por las sienes.

—No aflojes —jadeó ella—. Quiero corrérmelo en tu boca.

Se frotó contra mi cara, usando mi lengua como le daba la gana. Yo la sentía crecerse encima, más húmeda, más directa, más exigente. Cuando empezó a temblar, le sujeté los muslos con la mano libre y chupé con toda la fuerza que me quedaba. Mara se corrió gimiendo mi nombre de sumiso, dejándome la boca llena de su descarga y de su satisfacción.

Tragué todo. No por ceremonia, sino porque no quería perder nada de ese momento.

Cuando se apartó, me miró con una mezcla de orgullo y posesión que justificaba cada kilómetro del viaje, cada humillación del aeropuerto, cada noche previa de preparación. Me soltaron las correas con cuidado. Apenas pude incorporarme.

Mara me hizo arrodillarme a sus pies. Puso la llave de la jaula sobre su palma abierta.

—Todavía no —dijo al ver mi mirada—. Hoy no vas a correrte. Quiero que recuerdes este dolor con la polla latiendo y encerrada.

Volvió a ajustar el acero, ahora con delicadeza casi médica, y aun así el roce me hizo resoplar. Tenía el culo ardiendo, el ano sensible por la follada, la boca aún con gusto a su orgasmo y la polla prisionera otra vez. Jamás me había sentido tan usado. Jamás tan pleno.

Más tarde habría cena en la casa. Yo lo sabía. También sabía que probablemente no me dejaría servir, al menos no demasiado, por el cuidado que requería la herida. Pero me bastaba con permanecer en el suelo, junto a sus zapatos, escuchando conversaciones de adultos que entendían ese mundo mejor que nadie, sintiendo bajo la tela del pantalón el vendaje en la nalga y, debajo del vendaje, algo irreversible.

No era una fantasía hablada en la cama. No era un juego de una noche. Era mi cuerpo llevando su firma.

Y mientras me acariciaba el pelo con distraída autoridad frente al fuego, comprendí que el viaje no me había cambiado por el dolor ni por la humillación, sino por la claridad. Había llegado como un sumiso dispuesto. Me iba a dormir como un hombre marcado, con el culo ardiendo, la polla presa y una paz sucia, profunda, perfecta, extendiéndose por dentro.

¿Andás por Buenos Aires? Mirá chicas escort en Palermo, con perfiles verificados y contacto directo.

Ver todos los relatos de BDSM

Valora este relato

Comentarios(3)

LucasMDQ

Tremendo relato!!! de los mejores que lei en esta categoria

MartinaV

Por favor que haya continuacion, quede con muchisimas ganas de saber que paso despues

Luciana_M

Me trajo recuerdos de una escapada que hize con mi pareja hace un tiempo. No llego a tanto pero fue algo especial. Muy bueno el relato.

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.