El día que mi tío Marcos aprendió a obedecerme
El tío Marcos era el mejor amigo de mi padre, o eso me habían contado siempre. Yo vivo sola con papá desde que mi madre se fue, hace ya tantos años que apenas la recuerdo. Mi padre trabaja casi todo el tiempo, así que crecí con una libertad que la mayoría de las chicas de mi edad envidiaría.
Esa mañana, durante el almuerzo, papá me dijo que Marcos vendría a visitarnos. Había vuelto de España después de años fuera y quería pasar a saludar. Yo no pensaba demasiado en él, pero algo en mi pecho se encendió al escuchar su nombre.
Marcos siempre me había tratado con una ternura que mi padre no sabía darme. Y en los últimos años, cada vez que lo recordaba, me daba cuenta de algo nuevo: era guapo. Muy guapo. Entrena casi a diario, así que tiene un cuerpo firme, la piel morena, los rasgos duros y una barba siempre perfectamente recortada.
Cuando faltaban un par de horas para que llegara, me di un baño largo. Me maquillé apenas, buscando ese efecto de no haber hecho ningún esfuerzo, como si su visita me diera igual. Me puse unos shorts cortísimos y una blusa holgada, sin sostén debajo. Sabía que estaba mal. Sabía que él jamás haría nada. Pero quería que notara que, con dieciocho años recién cumplidos, me había convertido en una mujer.
Que vea cómo me ha crecido el cuerpo. Que se le seque la boca y no sepa por qué.
Finalmente sonó el timbre. Me eché unas gotas de perfume en el cuello y esperé a que entrara con mi padre.
—¡Tíoooo! —grité, corriendo a lanzarme a sus brazos.
—¡Reni! —contestó él. Me llamo Renata, pero desde niña me dice Reni.
Me levantó del suelo y me hizo girar en el aire. Sentí mis tetas aplastarse contra sus pectorales duros, los pezones ya endurecidos rozando la tela, y un escalofrío me recorrió la espalda hasta el coño, que se me humedeció de golpe.
—Mírate, qué grande y qué hermosa estás. Ya eres toda una mujer.
—Gracias. Tú estás igual que siempre, tío. ¿Quieres algo de tomar?
—Un vaso de agua, por favor.
Se sentó en el sofá a conversar con mi padre. Cuando volví con el vaso, lo sorprendí girando la cabeza hacia mí, deslizando la mirada por mis piernas antes de devolverla rápido a la conversación, como un niño al que pillan robando dulces. Sentí una punzada de triunfo en el estómago. Le entregué el agua y me senté a escucharlo.
Contó que había estado años fuera por trabajo, pero que esta vez se quedaría en la ciudad por tiempo indefinido. Ya tenía un departamento amueblado para él solo. Mientras hablaba con mi padre, yo lo veía buscarme con la mirada cada tanto, como si quisiera observarme y supiera que no debía.
Entonces sonó el teléfono de papá. Una urgencia del trabajo: solo algo grave lo haría salir un fin de semana.
—Tengo que ir a resolver una cosa, vuelvo enseguida —dijo, ya de pie.
—¿Mejor nos vemos otro día? —ofreció Marcos, y la sola idea me desilusionó.
—No, hombre, media hora a lo sumo. ¿Puedes esperar?
—Sin problema, tengo el día libre —respondió él, y por dentro celebré.
—Perfecto. Reni, cuéntale a tu tío cómo te va en la facultad. Cuando vuelva, salimos los tres a comer.
—Claro, papi.
La puerta se cerró. Y de pronto lo tuve para mí sola.
***
—¿Y cómo te va en los estudios, Reni? —preguntó, recostándose en el sofá.
—Muy bien, tengo las mejores notas del curso.
—Me alegra escucharlo.
—Creo que mi único problema es con los chicos —dejé caer, jugando con el borde de mi short.
—¿Qué pasa, andas buscando novio?
—No, tío. Es que a veces se propasan, me molestan, y no sé cómo pararlos.
—¿Ya hablaste con alguien en la facultad?
—Sí, pero no hacen nada. Y como no sé pelear ni defenderme, no logro quitármelos de encima.
Vi cómo se le tensaba la mandíbula. Justo lo que buscaba.
—Mira, yo practiqué artes marciales muchos años. Podría enseñarte algunas cosas.
—¡Sí! Por favor, eso me ayudaría muchísimo.
Mi plan funcionaba a la perfección. Quería que todo se volviera físico entre nosotros, y él me lo estaba sirviendo en bandeja. Empezó a mostrarme cómo golpear, cómo esquivar, alguna que otra llave y la forma de zafarme de ellas. Me encantaba que me inmovilizara para que yo tuviera que liberarme: sus manos me sujetaban, sus dedos me rozaban las tetas sin querer, y yo fingía concentrarme en la técnica.
—Esto me va a servir un montón, tío. Pero ¿qué hago si el otro es mucho más fuerte que yo?
—Entonces atacas los puntos débiles.
—¿Cuáles son, exactamente?
—El cuello, los ojos, los oídos… y bueno, ya sabes, ahí abajo.
—¿Ahí abajo? —pregunté abriendo mucho los ojos, fingiéndome inocente. Él se removió, incómodo.
—Sí, Reni. Ya sabes. Los testículos.
—Ah, claro —dije, mordiéndome el labio para no reír—. ¿Y eso funciona de verdad?
—Funciona. Es lo más efectivo que hay.
—Una vez lo intenté y no me salió. ¿Crees que puedas enseñarme a hacerlo bien?
Lo noté nervioso, pero igual aceptó. Me mostró cómo lanzar una patada frontal y practicó conmigo, marcando el movimiento despacio.
—¿Te puedo dar una patada a ti para ver si lo hago bien?
—Ja, estás loca, Reni. Me vas a dejar sin descendencia.
—Ay, dale, tío. No te voy a pegar fuerte, solo quiero confirmar que apunto bien.
—No me parece buena idea.
—Por faaavor —dije, poniendo una carita triste, los ojos grandes, el labio hacia afuera. Ya lo tenía.
—Está bien. Pero suave, ¿eh?
Se quedó de pie, con las manos cruzadas a la espalda. Le di un golpecito tan leve que apenas rozó su entrepierna, lo justo para sentir el bulto. Fue eléctrico.
—Listo, buena técnica.
—¡No! No me sale bien, tu pantalón de mezclilla es muy duro, no me deja patear como quiero.
—No esperarás que me lo quite.
—…
—No me lo voy a sacar, Reni. ¿Y si llega tu papá? Va a pensar cualquier cosa.
—Papá demora muchísimo, su oficina está lejísimos. Y además esto no tiene nada de malo, ¡me estás enseñando a defenderme!
—No sé…
—No le decimos nada a nadie. Por favor, tío. Hace tanto que no te veía, te extrañé un montón. ¿De verdad le vas a negar esto a tu sobrina favorita? —rematé con la misma carita de pena.
El chantaje surtió efecto. Soltó un suspiro de derrota y empezó a bajarse los pantalones. Su ropa interior blanca enmarcaba un volumen que me dejó sin aire. No estaba excitado, y aun así era imponente: parecía que la tela apenas contenía esa polla gruesa y colgante que se le marcaba de lado, con el bulto pesado de los huevos justo debajo.
—Bueno, hazlo, Reni. Igual que antes.
—Ahí voy. Pero arrodíllate, por favor, estás demasiado alto.
—Ningún chico se va a arrodillar para que lo patees.
—Ya, pero ningún chico es tan alto como tú. Los de mi edad son más o menos de mi estatura. Solo quiero practicar el movimiento.
—Está bien, pero hazlo de una vez.
Tener a ese hombre enorme arrodillado frente a mí fue una sensación deliciosa. Era tan fácil convencerlo de cualquier cosa que se me antojara. Me puse en posición.
—Uno… —rocé apenas su bulto con la punta del pie. Él miraba de reojo hacia la puerta, intranquilo.
—Dos… —repetí, esta vez levantando un poco el volumen con el empeine, viéndolo balancearse cuando retiré el pie.
—¡Tres! —solté una patada con toda mi fuerza. Sentí el impacto de lleno, el rebote de sus huevos dentro de la tela. Marcos se dobló sobre sí mismo, se llevó las manos a la entrepierna y cayó de costado al suelo.
—¡Ay, Reni! ¡Me diste durísimo!
No podía creerlo. Había bastado un golpe para derribar a ese hombre tan fuerte. Sentí un cosquilleo entre las piernas, un latido en el clítoris, una corriente de poder y deseo que me empapó las bragas. Quería meterme la mano bajo el short y frotarme ahí mismo, pero me limité a llevarme las manos al pecho fingiendo espanto.
—¡Perdón, tío! No quería, fue un accidente —dije, arrodillándome a su lado.
—No pasa nada, Reni, sé que no fue tu intención.
—Déjame ver que estés bien. —Apoyé mi mano abierta sobre la suya, que protegía sus genitales.
—Estoy bien… me duele, pero se me va a pasar —dijo, con la voz apretada.
—Déjame sobarte al menos, me siento culpable. —Con la otra mano aparté la suya con suavidad y posé la palma directamente sobre su entrepierna.
Se quedó petrificado. No despegaba los ojos de mi mano, respiraba hondo mientras yo fingía calmar su dolor. Sentí bajo la tela la polla que empezaba a hincharse otra vez, a llenarse despacio, ganando peso contra mi palma. Pero ya no podía seguir fingiendo. Quería sentirlo de verdad.
***
Cerré la mano y empecé a jugar, despacio, observando cómo su respiración se aceleraba. Le apretaba los huevos por encima de la tela, los movía dentro de la bolsa suave del calzoncillo, y con los dedos recorría todo el largo de la polla que crecía y crecía bajo mi mano.
—¿Se siente bien, tío?
—Sí… pero no aprietes tanto, por favor.
—¿Cómo? ¿Así? —pregunté, cerrando el puño con fuerza en torno a sus huevos.
—¡No hagas eso, Reni!
—Perdón, tío, no te enojes. Pensé que ya no te dolía y estaba jugando —dije con el tono más dulce y triste que pude.
—No me enojo. Solo me sorprendiste.
—Te voy a quitar esto para masajearte bien y que te sientas mejor —anuncié, tirando de su ropa interior hacia abajo.
—¡No, Reni! —reaccionó, sujetándome la muñeca.
—Déjame curarte, no seas terco —insistí, apretando otra vez los huevos por encima de la tela.
Soltó un quejido y, vencido, dejó que terminara. Lancé la prenda hacia el sillón y lo descubrí: la polla saltó libre, completamente erecta, gruesa, con las venas marcadas a lo largo del tronco y el glande hinchado y brillante, ya humedecido de líquido preseminal en la punta. Debajo, los huevos pesados le colgaban tirantes, rojos por el maltrato. Un conjunto hermoso, ahora a mi entera disposición.
Cerré la mano alrededor de la base y empecé a bombear despacio, de arriba abajo, sintiendo la piel deslizarse sobre el tronco duro. Con el pulgar le extendí la gota que le brotaba de la punta, y él soltó un gemido ronco, mordiéndose el labio. Alterné caricias por toda su longitud, apretones firmes en la base, dedos suaves rodeando los huevos y sopesándolos en la palma. Él miraba la puerta de reojo, tenso por el miedo a que volviera mi padre, pero el placer lo iba ganando: se le entrecortaba el aire, se le tensaban los abdominales cada vez que le pasaba el puño por el glande.
—Reni… no… esto no está bien…
—Shhh —le puse un dedo en los labios, sin dejar de masturbarlo—. Me estás enseñando. Nada más.
Cuando lo sentí del todo entregado, le saqué la camiseta. Ya no oponía resistencia. Le pasé la lengua por el cuello, le mordí el lóbulo de la oreja, le bajé la boca por el pecho hasta uno de sus pezones y se lo chupé mientras seguía bombeándole la verga con la mano. Él se estremecía entero. Era momento de subir la apuesta.
—Tío, quiero seguir practicando. Haz como si me estuvieras tocando y yo me defiendo.
—Mmm, no sé, tu padre no debe tardar.
—Será rápido. Dijiste que me ibas a ayudar. Me doy vuelta y empiezas por la espalda.
Le di la espalda. Desnudo, posó una mano en la parte baja de mi espalda y la fue subiendo hasta rodearme la cintura. Apoyó la otra mano y me sujetó por los costados. Sentir sus manos fuertes adueñándose de mí fue sublime. Lentamente bajaron hasta mi trasero, primero tímidas, por los lados, hasta que su respiración se volvió pesada y empezó a apretar con ganas, hundiéndome los dedos en la carne de las nalgas por encima del short.
Se suponía que yo debía «defenderme», pero no quería que terminara nunca. Se pegó más a mí. Sus manos subieron y me cubrieron las tetas. Sin sostén, sentí cada uno de sus dedos a través de la tela fina, cómo me pellizcaba los pezones ya duros hasta arrancarme un jadeo, y su verga clavándose entre mis nalgas, empujando contra la tela del short. Nunca había estado tan excitada en toda mi vida. El coño me chorreaba, me sentía la tela de las bragas pegada, empapada.
Marcos me pegó los labios a la nuca, me lamió la piel y bajó una mano por mi vientre. Se la dejé bajar. La metió por dentro del short, apartó el elástico de las bragas y me encontró chorreando. Soltó un gruñido en mi oído cuando sus dedos se hundieron en mi coño mojado.
—Dios, Reni, estás empapada —murmuró con la voz ronca.
—Todo por ti, tío —le contesté, echando el culo hacia atrás para restregarle la polla entre las nalgas.
Sus dedos empezaron a jugar dentro de mí: dos, resbalando de golpe, mientras el pulgar me buscaba el clítoris y me lo apretaba con círculos lentos. Se me doblaron las rodillas. Me sostuve de sus antebrazos mientras él me follaba con los dedos, cada vez más profundo, curvándolos dentro y raspándome ese punto que me hacía ver luces.
No aguanté. Me giré, le tomé la cara y lo hice agacharse para besarlo. Sentí una mezcla de amor y deseo que me quemaba por dentro. Él volvió a apretarme el trasero mientras nuestras lenguas se buscaban, se enredaban con hambre, mientras yo le mordía el labio y le chupaba la saliva. Llevé una mano a sus huevos y empecé a masajearlos, sopesándolos, apretando apenas; con la otra le agarré la verga y lo masturbaba despacio, sintiéndola palpitar en mi puño. Él se encendía cada vez más, empujando las caderas contra mi mano, buscando más.
Le di un empujón para separarlo y me arrodillé frente a él. La tenía a la altura de la cara, apuntándome, dura, gruesa, con esa venita que le latía en el tronco. Le saqué la lengua y le lamí el glande de abajo hacia arriba, saboreándole el líquido salado que le brotaba. Marcos soltó un «joder» ahogado y me hundió los dedos en el pelo. Le pasé la lengua por toda la longitud, desde los huevos hasta la punta, empapándosela de saliva, y después me lo metí entero en la boca. Todo lo que pude. La polla me llegó al fondo de la garganta y me hizo llorar los ojos. Empecé a mamársela con hambre, subiendo y bajando la cabeza, apretando los labios en el tronco, chupándole el glande al llegar arriba con un sonido húmedo. La saliva me chorreaba por la barbilla, le mojaba los huevos. Con la mano libre se los estrujaba, se los tiraba con suavidad, mientras con la otra le bombeaba la base de la verga acompañando el ritmo de mi boca.
—Reni… así no… me voy a correr…
Justo lo que quería escucharlo decir. Me lo saqué de la boca con un chasquido, se la seguí bombeando con el puño y le dediqué una sonrisa perversa desde abajo. Y entonces me aparté un instante y, sin previo aviso, le clavé un rodillazo seco en la entrepierna, justo en los huevos hinchados. Cayó de rodillas, deslizando las manos por mis piernas mientras buscaba aire, con la polla todavía dura, palpitándole entre los muslos.
—Bésalas —ordené.
No dudó. Empezó a besar mis muslos mientras yo jugaba con su erección usando el pie, aplastándosela contra el vientre, rozándole los huevos con los dedos del pie. Estaba en trance: tenía a un hombre imponente arrodillado, besándome las piernas, obedeciendo cada palabra. Y ante el menor gesto de rebeldía, bastaba un golpe ahí abajo para devolverlo a su lugar.
—Más arriba, tío. Sácame el short.
Me lo bajó junto con las bragas, empapadas, y me las dejó en los tobillos. Me quedé con la blusa puesta, el coño descubierto a la altura de su cara. Se me quedó mirando el vello recortado, los labios hinchados y brillantes, y se le escapó un gemido.
—Cómemelo —le ordené, y le hundí la cara entre las piernas.
Marcos me clavó la lengua sin dudar. Me la pasó de arriba abajo, del perineo al clítoris, largo, ancho, lenta, saboreándome. Me abrió los labios con los pulgares y se hundió, chupándome, lamiéndome por dentro, metiéndome la lengua en el coño mojado hasta que las rodillas se me aflojaron. Después subió al clítoris y se lo tragó, chupándomelo con los labios, jugueteando con la punta de la lengua mientras dos dedos suyos entraban y salían de mí. Yo lo agarraba del pelo, le empujaba la cara contra el coño, me frotaba contra su barba, contra su boca. La barba recortada me raspaba los labios de una forma deliciosa, me dejaba la piel enrojecida, sensible.
—Así, tío, así, no pares…
No paró. Me chupó y me devoró como si le fuera la vida en eso, y yo sentí cómo se me acumulaba todo en el vientre, la presión creciendo, tirando desde adentro. Le clavé las uñas en el cuero cabelludo y estallé encima de su boca, corriéndome con espasmos, apretándole la cara con los muslos mientras chorreaba en su lengua. Él tragó, me lamió limpia, sin soltarme, mientras yo temblaba sobre él.
No resistí más y me lancé sobre él. Marcos cayó de espaldas, apoyado contra el sofá, y nos besamos con desesperación. Me sentí mi propio sabor en su boca, salado y mío. Yo me frotaba el coño empapado contra su erección, deslizándome de arriba abajo por todo el tronco, mojándoselo entero con mi flujo, hasta que agarré la polla con la mano, me acomodé sobre el glande y me dejé caer despacio, empalándome.
Se me escapó un grito ahogado. Me llenó entera, cada centímetro abriéndome desde adentro, hasta que me senté con toda la verga metida hasta el fondo. Marcos gruñó y me clavó las manos en las caderas, temblando.
—Joder, Reni, qué apretada estás…
Empecé a moverme, subiendo y bajando sobre él, cabalgándolo despacio al principio, sintiendo cómo la verga me salía y entraba, mojada de mí. Me apoyé las manos en su pecho y aceleré, botando el culo contra sus muslos, con las tetas rebotándome dentro de la blusa. Él me arrancó la blusa por encima de la cabeza y me atrapó los pezones con la boca, chupándomelos, mordiéndolos apenas, mientras yo lo montaba con furia. El sonido de nuestras pieles chocándose, el chapoteo del coño mojado tragándose la polla, mis propios gemidos que ya no controlaba: todo llenaba el living. Me frotaba contra él, fuera de mí, sintiéndolo golpearme el fondo con cada bajada, hasta que el placer estalló otra vez en un orgasmo intenso que me dejó floja y temblando sobre su regazo.
***
Me sentí en la gloria, pero no quería dejarlo a medias. Me bajé de él, todavía temblando, y me senté sobre su abdomen, de espaldas a su cara, mirando hacia sus pies. La polla se me quedó atrás, dura, apuntando al techo, brillante de mi flujo. Me incliné hacia adelante, la agarré con las dos manos y empecé a masturbarlo, intercalando alguna palmada repentina en sus testículos hinchados. Él me tomaba de la cintura y me apretaba el trasero, se lo abría con los pulgares para mirarme el coño y el culo expuestos, se le escapaba la lengua para lamerme desde abajo. Con cada palmada en los huevos se estremecía y gemía, clavándome los dedos en la piel.
Le pasaba el puño por el tronco con firmeza, arriba y abajo, torcía la muñeca al llegar al glande y le esparcía por la punta la mezcla de saliva y flujos que la cubría entera. De vez en cuando me agachaba a lamerle la cabeza, a metérmela un instante en la boca, y volvía a bombearla. Cuando bajaba la mano libre, le atrapaba los huevos y se los tironeaba, se los apretaba justo cuando el puño le subía por la polla. Marcos se retorcía debajo de mí, jadeando, con las caderas empujando hacia arriba, buscando mi mano.
—Reni… voy a…
—Córrete, tío. Córrete para mí.
Le di una palmada seca en los huevos justo mientras le apretaba el glande, y él estalló. Al cabo de unos segundos sus músculos se tensaron de golpe. Lo sentí endurecerse aún más en mi puño, contener el aire, y finalmente liberarse. La primera cuerda de semen le salió disparada, gruesa, y me cayó sobre las manos, sobre el vientre. Le siguieron otras, chorros calientes que le brotaban a borbotones y le empapaban la polla, los huevos, mis dedos. Bajé el ritmo poco a poco, ordeñándolo, sacándole hasta la última gota, sintiendo cómo se le seguía sacudiendo cada vez que le pasaba el puño por el glande sensible. Me llevé un dedo a la boca y lo lamí: espeso, salado, tibio. Le sonreí por encima del hombro mientras me relamía. Marcos gimió al verlo y se dejó caer, quieto bajo mi cuerpo.
Entonces hizo algo que me sorprendió. Me jaló hacia atrás, me abrazó el abdomen desde detrás y apoyó la cabeza en mi espalda. Yo crucé mis brazos sobre los suyos. Levantó la cara y me besó el cuello, lento, tierno. Nos quedamos así un rato largo, en silencio, con su polla ablandándose despacio contra mi espalda baja, todavía pegajosa.
Pero ambos sabíamos que mi padre volvería en cualquier momento. Nos incorporamos. Marcos buscó su ropa interior, y yo, más rápida, me senté en el sofá y la tomé antes que él.
—Quiero que practiquemos otro día, en tu departamento —dije, sosteniendo la prenda fuera de su alcance.
—Te quiero mucho, Reni, pero creo que es muy mala idea.
Esa respuesta me molestó. Estiré la mano, le agarré los huevos todavía sensibles y tiré despacio hacia mí. Él se inclinó de inmediato, intentando que lo soltara.
—Quiero que dejes de ser tan miedoso y tan desobediente —dije con calma, apretándoselos un poquito más—. No va a pasar nada, nadie se va a enterar. Tengo dieciocho años, ya soy mayor. No hay nada que temer.
—Pero eres mi sobrina… —protestó, y apreté un poco más.
—…
—Está bien —cedió al fin, con la voz quebrada.
Solo entonces le devolví su ropa. Se vistió, fue por papel para limpiar el suelo y, cuando terminamos, nos sentamos en la sala a conversar como si nada, para que mi padre no notara absolutamente nada cuando regresara.
Yo ya estaba pensando en la próxima clase.





