La esclava del poste engrasado
El celador me hizo pasar a la celda número siete con la solemnidad de quien enseña una obra de arte. Era un espacio largo y angosto, de paredes húmedas y una sola bombilla amarilla colgando del techo. La penumbra obligaba a entrecerrar los ojos para distinguir lo que ocurría al fondo.
Una viga de madera muy pulida, de unos cuatro metros, cruzaba la celda de pared a pared. No estaba horizontal: ascendía en rampa desde el suelo hasta poco más de metro y medio de altura. La superficie brillaba bajo la luz, untada con una grasa espesa que goteaba en algunos puntos.
Sobre esa rampa, casi al principio, había una mujer.
Estaba completamente desnuda y atada de un modo que tardé unos segundos en comprender. Tenía las rodillas dobladas, los tobillos cruzados y amarrados a las muñecas por detrás de la espalda. Otra cuerda mantenía los codos pegados entre sí, y una barra de metal le separaba las rodillas. El único punto de apoyo contra la madera engrasada era el vientre, el pubis y la cara interna de los muslos.
Una correa muy tensa unía la mordaza con los tobillos, de modo que la cabeza quedaba forzada hacia atrás. No podía mirar al suelo ni a los lados. Solo al frente. Solo al reloj.
—Se llama Lena —dijo el celador, como si eso lo explicara todo—. Lleva aquí desde las cinco.
La melena rubia le caía sobre los hombros y le rozaba los pechos cada vez que el cuerpo se estremecía. Y se estremecía mucho. No era frío. Era esfuerzo.
***
—Fíjese en lo alto de la viga —continuó él, señalando con la barbilla—. ¿Ve el reloj? La alarma está programada para las ocho. Dentro de una hora exacta.
Miré. Un reloj de pared, viejo, con la esfera amarillenta, encajado en el extremo superior de la rampa. El segundero avanzaba con un tictac seco que llenaba toda la celda.
—La viga está engrasada —dijo el celador—. Ella también. La inclinación está calculada para que apenas pueda progresar hacia arriba. Lo intentará. Avanzará unos centímetros, clavando las caderas en la madera, y resbalará hacia atrás. Una y otra vez. Es agotador de ver, y mucho más de hacer.
Lena lo intentó justo entonces, como para darle la razón. Hundió el vientre contra la viga, tensó cada músculo de la espalda y empujó. El cuerpo subió un palmo, tembloroso. Después la grasa hizo su trabajo y se deslizó de nuevo hacia abajo, arrancándole un gemido ahogado por la mordaza.
—Hay otro detalle —añadió él, bajando la voz como si fuera un secreto—. Le he metido dos. Uno en el coño y otro en el culo, sujetos con un arnés. Cada vez que se contorsiona para subir, los mueve. Y cada cierto tiempo, el orgasmo le llega sin que ella lo decida. Justo en ese momento pierde toda la fuerza y resbala. Sus propias ganas la traicionan.
Era cruel. Y no podía dejar de mirar.
***
—¿Y qué gana llegando arriba? —pregunté.
El celador sonrió, satisfecho de que lo preguntara.
—Arriba, junto al reloj, hay un pulsador. Tiene que apagar la alarma con los pechos antes de que suene. Solo con los pechos: no le quedan otras herramientas. Si lo consigue, gana la noche. Si no lo consigue...
Dejó la frase en el aire y caminó hasta una puerta lateral que yo no había visto. La entreabrió. Al otro lado, en una salita iluminada, un hombre fornido aguardaba sentado en una banqueta. Sobre sus rodillas descansaban un látigo largo de cuero trenzado y una fusta corta de montar.
—Él entra cuando suena la alarma —dijo el celador, cerrando otra vez—. A partir de ese instante puede usar a Lena como quiera. La única condición es que la azote al terminar.
Sentí un escalofrío subirme por la nuca. Lena debía de haber oído cada palabra, porque empujó de nuevo contra la madera con una desesperación nueva, más torpe, más urgente. Subió dos palmos. Tres. La cuerda de la mordaza le marcaba surcos rojos en la comisura de los labios.
Y resbaló otra vez hasta casi el principio.
***
—El número de latigazos —explicó el celador, paseándose junto a la viga— lo decide la posición del cinturón cuando suene la alarma. ¿Ve las marcas talladas en la madera, de extremo a extremo? Cada marca es un número. Si la alarma sonara ahora mismo, en este preciso instante, recibiría ochenta y tres.
—¿Y si llega arriba?
—Si llega arriba y apaga el reloj, escapa de todo. Del látigo, de la fusta, del hombre de la salita y de cualquier idea que se le cruce esta noche. Incluso descansaría unos días de sus tareas. —Se encogió de hombros—. Es un juego justo. Tiene una hora y un objetivo claro. Lo demás depende de ella.
Contemplé a Lena contonearse de un lado a otro, las caderas hundidas en la grasa, los ojos clavados en la esfera amarilla. Sus jadeos y el roce de la piel contra la madera eran los únicos sonidos, además del rumor sordo de lo que la llenaba por dentro y del tictac obsesivo del reloj.
Cada segundo la acercaba un poco más al borde. No al borde de la viga. Al otro.
***
—Cerca del final hay más grasa —dijo el celador, deleitándose—. El último palmo es el peor. Una vez vi a una mujer reptar tres horas seguidas sin resbalar. Llegó al reloj con un minuto de margen. Y entonces, justo entonces, la ansiedad la traicionó. Hizo un movimiento en falso y se deslizó hasta la base. A mitad de caída, el arnés le arrancó un orgasmo que la dejó sin aire.
Hizo una pausa para encender la mecha de mi imaginación.
—Tocó el suelo y, a los pocos segundos, sonó la alarma. Se corrió de nuevo, ahí abajo, vencida. El hombre de la fusta se la encontró más que dispuesta cuando entró a buscarla. Cien latigazos. Los contó todos en voz alta.
Una sonrisa lenta le cruzó la cara.
—Voy a complicárselo un poco más —dijo.
Se acercó a un armario empotrado en la pared y sacó un antifaz de cuero negro. Lo ajustó sobre los ojos de Lena con cuidado casi tierno, ciñendo la correa por detrás de la nuca. Ella se quedó muy quieta, conteniendo la respiración, como un animal que de pronto no sabe de dónde llegará el golpe.
—Ahora no podrá ver el reloj —explicó el celador—. No sabrá cuánto tiempo le queda. La oscuridad deforma el tiempo: media hora le parecerá la hora entera. Imagine la tensión, sabiendo lo que la espera y sin poder medir cuándo llega.
***
Lena empezó a moverse a ciegas. Sin la referencia del reloj, sus empujones se volvieron erráticos, demasiado rápidos al principio, después calculados, después de nuevo desesperados. Subía un palmo y se quedaba inmóvil, escuchando, intentando adivinar por el sonido a qué altura estaba.
—Apostaría —dijo el celador con la tranquilidad de quien comenta el clima— a que antes de que termine la noche disfruta de dos o tres orgasmos más, una buena tanda con la fusta y, por supuesto, sus cien latigazos. Es ingenioso el sistema, ¿no le parece? Ella cree que lucha contra el reloj. En realidad lucha contra su propio cuerpo.
Asentí sin decir nada. Tenía la garganta seca. La piel de Lena brillaba de sudor y de grasa, y cada vez que el cuerpo se le tensaba en el ascenso, los pechos rozaban la madera y dejaban un rastro reluciente. Llegó más arriba que ninguna de las veces anteriores. El pulsador quedaba a menos de un palmo de su frente.
Y entonces, igual que había anunciado el celador, algo se le quebró por dentro. El cuerpo entero se le sacudió en una contracción larga, los dedos atados se le crisparon, y un sonido grave y vencido le subió por la garganta amordazada. El orgasmo la dobló. Las caderas perdieron el agarre. Y se deslizó, centímetro a centímetro, viga abajo, hasta quedar otra vez al principio de todo, jadeando contra la madera.
—Ahí lo tiene —murmuró el celador, sin un gramo de compasión—. Tan cerca. Siempre tan cerca.
***
Estuve tentado de quedarme. De ver cómo terminaba la hora, de oír la alarma y al hombre de la fusta cruzar la puerta. Pero el celador me apoyó una mano en el hombro y me recordó, con voz suave, que en la celda número ocho me esperaba otra mujer, especialmente preparada para mí.
Era un regalo de la casa. Una cortesía por lo que yo les había entregado a cambio, sin fecha de devolución y sin condiciones.
—Le enviaremos los vídeos de Lena, si le interesa seguir su progreso —añadió—. Y puede volver a verla cuando quiera. Incluso encargarse usted mismo de la fusta, si algún día le apetece.
Eché una última mirada a la celda siete. La rubia ciega seguía empujando contra el poste engrasado, sin saber cuánto le quedaba, persiguiendo un pulsador que tal vez no alcanzara nunca. El tictac no se detenía.
Le di la espalda y seguí al celador hacia la celda número ocho.
¿Quién, en mi lugar, habría sido capaz de resistirse a una oferta tan generosa?