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Relatos Ardientes

Quince días en la finca donde aprendimos a obedecer

Ilustración del relato erótico: Quince días en la finca donde aprendimos a obedecer

Nerea preparaba una oposición desde principios de la primavera y se había matriculado en una academia pequeña, de pocas aulas y mucha disciplina. La dirigía Renata, una antigua compañera de trabajo de su madre, una mujer de poco más de cuarenta que se movía como si el suelo le perteneciera. Aquella mañana de comienzos de verano, en un receso entre dos clases, salieron juntas a tomar un café a la cafetería de la esquina.

Se sentaron en una mesa apartada, al fondo, donde el ruido de la máquina no llegaba. La charla era ligera hasta que Nerea reparó en el anillo que Renata llevaba en el índice. Era de plata gruesa, con una piedra negra encajada en el centro. Le gustaba, y a la vez le sonaba de algo, como si lo hubiera visto antes en otra parte y no consiguiera ubicarlo.

—Me encanta ese anillo —dijo Nerea—. Y juraría que lo he visto antes, pero no sé dónde.

—No querrás saber la verdad. A lo mejor deja de gustarte —respondió Renata, y sonrió de medio lado.

—En serio. Lo he visto en algún sitio.

Renata dejó un billete bajo la taza, se levantó sin prisa y le hizo un gesto para que la siguiera. Volvieron a la academia, ya vacía a esa hora, y entraron en su despacho. Cerró la puerta con llave y le indicó que tomara asiento frente a la mesa.

—Perdona si he sido brusca —dijo, apoyándose en el borde del escritorio—. Pero este anillo cuenta una parte muy privada de mi vida. Si quieres que te lo explique, tienes que prometerme que se queda entre nosotras.

—Prometido —contestó Nerea.

—Hace unos años conocí a unas personas que me iniciaron en el BDSM. Yo venía del ambiente liberal, del intercambio, y ellos me enseñaron el resto. Este anillo significa que mando. Que disfruto mandando, y que me follo a quien se entrega a mí. —Hizo una pausa, midiéndola—. Ahora es cuando te asustas, te levantas y te marchas.

Nerea no se movió. Notó el calor subiéndole por el cuello y, sin pensarlo, cruzó las piernas. Renata bajó la mirada un instante hacia el vestido, donde los pezones de la chica se marcaban contra la tela fina.

—No me voy a marchar —dijo Nerea, con la voz un poco más ronca de lo que pretendía—. Y ya que estamos con confidencias, te haré una. El BDSM es una de mis fantasías. También de mi novio. Con él soy yo la que manda, pero llevo tiempo queriendo probar lo contrario: obedecer, y verlo a él entregado a otra persona. Que pertenezca a alguien que pueda usarlo. A veces, cuando se la chupo, le meto un dedo y lo noto temblar. Quiero ir más allá.

No alcanzó a terminar la frase. Renata se inclinó y le cruzó la cara con una bofetada seca, no demasiado fuerte, pero medida con una precisión que no dejaba lugar a dudas sobre quién mandaba en aquella habitación. A Nerea se le aceleró el pulso. La puerta cerrada, el silencio del despacho, lo que ahora sabía de aquella mujer: todo eso le daba un morbo que no había sentido nunca.

—Te confesaré algo —dijo Renata, paseando alrededor de la silla—. Estamos buscando sumisos masculinos. La condición es que obedezcan y se dejen usar también por hombres. Los alojamos quince días en una finca que tenemos en el campo, cerca de la costa. —Se detuvo a su espalda—. Y en cuanto a ti… eres muy guapa.

Pasó por detrás y le susurró al oído que abriera ligeramente las piernas. Nerea obedeció. Tenía las manos clavadas en los reposabrazos, los nudillos blancos, como dos garras. Un dedo de Renata empezó a descender por el escote, por encima de la tela, lento, hasta el borde del vestido sobre los muslos. Le soplaba el lóbulo de la oreja, y cada exhalación le erizaba la piel.

Entonces la mano se hundió entre sus muslos, encontró el tanga y se coló por debajo.

—Quítatelo —ordenó.

Nerea dudó medio segundo. Luego, como un autómata, se levantó apenas lo justo, se bajó la prenda y la dejó caer al suelo. Renata volvió a buscarla, esta vez sin tela de por medio. La encontró empapada. Empezó a acariciarla, primero suave, después más brusco, mientras le besaba el cuello y se lo mordía. Cuando juntó sus labios con los de Nerea, la chica soltó un suspiro largo y se corrió, mojando parte del asiento.

Al verlo, se disculpó por instinto.

—Tranquila —rió Renata, recogiendo el tanga del suelo y guardándolo en un cajón—. Te has dejado llevar. Me ha encantado lo bien que obedeces.

—Hablaré con mi novio —dijo Nerea, recomponiéndose el vestido—. Le preguntaré si quiere pasar esos quince días.

—Si acepta, a partir de ese momento los dos me trataréis de usted cuando no haya nadie delante que conozca nuestra relación. Escríbeme cuando lo sepas y te enviaré las instrucciones.

—Por mí, de acuerdo, señora Renata —respondió la chica, y sonrió.

***

Esa tarde quedó con Iker en la playa, en una cala apartada que les gustaba, lejos de las sombrillas y del gentío. Se sentaron sobre la toalla, con el mar deshaciéndose a unos metros.

—Iker, tengo que hablar contigo —empezó.

—Con ese tono me das miedo. Parece que vas a cortar conmigo.

—Calla, tonto. No es nada de eso. —Le cogió la mano—. ¿Te acuerdas de todo lo que hemos hablado de nuestras fantasías? Resulta que mi profesora de la academia es ama. El otro día me contó que están buscando sumisos para estancias de quince días. Tendrías que obedecer a una ama o a un amo, y dejar que él te use. Luego ella me tocó, y me encantó. ¿Te apetece probar?

Iker tardó en contestar. Miraba el mar, pero Nerea notó cómo tragaba saliva.

—El BDSM es una de mis fantasías. Obedecer también. Y hacerlo con un hombre, también, aunque nunca me había atrevido a decirlo en voz alta. Lo único que me frena es que te dé celos que disfrute demasiado.

—Sabes que no soy celosa —dijo ella, ya con el móvil en la mano, escribiéndole a Renata que estaban dispuestos a intentarlo.

La respuesta llegó casi enseguida. El uno de julio, a las diez de la mañana, delante de la academia. Tú lo acompañarás para entregarlo. Un coche os recogerá. De equipaje, solo el neceser. Un día de estos te daré una túnica que deberá llevar puesta.

Al día siguiente, después de clase, Renata le entregó una bolsa con la túnica doblada dentro.

***

El uno de julio estaban puntuales frente a la academia. Iker llevaba solo el neceser y, bajo la túnica, nada más que el bóxer. Nerea, que en casa había dicho que se iba de vacaciones con su novio, arrastraba una maleta para guardar las apariencias. Un coche oscuro se detuvo junto a la acera y el chófer les indicó que subieran atrás.

Salieron de la ciudad y recorrieron cerca de cien kilómetros antes de abandonar la carretera principal y meterse por un camino de tierra. Tras coronar una colina apareció un portón enorme. El chófer pulsó un mando, las hojas se abrieron solas y el coche avanzó hasta la edificación principal, una casona de piedra rodeada de pinos.

Renata salió a recibirlos. Iker bajó con su neceser; Nerea, con la maleta. La mujer miró el equipaje de la chica y negó con la cabeza, como diciendo que no haría falta.

Los condujo a un despacho. Al entrar vieron a un hombre sentado tras una mesa amplia: cuarenta y tantos, espalda ancha, las manos cruzadas sobre el tablero. La pareja se colocó frente a él, de pie, con las manos a la espalda, tal como Renata les indicó con un gesto.

—Desnúdalo —ordenó a Nerea.

Nerea soltó primero el lazo de la cintura, después los botones del escote. Dejó caer la túnica y la recogió con cuidado, doblándola sobre una silla. Luego le bajó el bóxer a Iker y lo dejó completamente desnudo en mitad de la habitación, con la respiración entrecortada.

—¿Tú creías que venías solo a entregar a tu novio? —dijo Renata, encarándose con ella—. Tengo una propuesta para ti. Quédate los quince días también. Sírveme a mí y a quien yo diga, y observa cómo se adiestra a tu chico.

Nerea no necesitó pensarlo. Se quitó el vestido y la ropa interior y se quedó desnuda junto a Iker. Renata hizo un gesto a un criado, que recogió la ropa de la chica y la maleta y se las llevó.

—Darío, prepara a la parejita —dijo.

Los llevaron a unos vestuarios amplios, de azulejo blanco, donde los ducharon, los lavaron por dentro y por fuera, les aplicaron una lavativa y les rasuraron el pubis. A Iker, además, todo el cuerpo salvo la cabeza. La sensación de la cuchilla, las manos ajenas recorriéndolos sin pudor, terminó de borrar cualquier resto de vergüenza.

De vuelta en el despacho los esperaban Renata y el hombre, que se presentó como Bruno. Los fue palpando uno a uno, revisándolos despacio, como si tasara dos animales antes de una venta. Nerea sintió que volvía a humedecerse; Iker empezó a empalmarse contra su voluntad.

Renata sentó a Nerea en una silla y la sujetó por los hombros. Bruno cogió a Iker, lo inspeccionó y lo dobló sobre la mesa, sosteniéndolo por la nuca. Después le ordenó a Nerea que le pusiera el preservativo. La chica obedeció con dedos torpes. Cuando él se arrodilló frente a ella, le hizo metérsela en la boca primero; un hilo de saliva le caía hasta el suelo y alguna arcada le sacudía el pecho mientras él marcaba el ritmo.

Luego le hizo lubricarse los dedos y prepararle el culo a Iker, primero uno, después dos, hasta notar cómo el cuerpo de su novio cedía. Cuando Bruno se la sacó de la boca y entró en él, despacio al principio y luego de golpe, a Iker se le descompuso la cara un instante. Enseguida el gesto se le aflojó y empezó a respirar entre suspiros, sorprendido del placer que no esperaba.

Nerea lo miraba, fascinada, hasta que Renata se colocó tras ella con un arnés y la penetró a la vez, marcando su propio compás. Durante un rato no hubo más que jadeos, el golpe de las caderas y el calor cerrado de aquel despacho. Bruno terminó retirándose, se quitó el preservativo y eyaculó sobre la cara de Nerea, que cerró los ojos y lo recibió sin apartarse.

—¿Seguís queriendo pasar los quince días? —preguntó Renata, sacándole el arnés.

—Ahora más que nunca —respondió Nerea.

Iker, todavía doblado sobre la mesa, asintió sin fuerzas.

Esa misma noche le colocaron a Iker una jaula de castidad para los quince días. Fueron quince días de obediencia, de vicio y de una entrega que ninguno de los dos imaginaba antes de aquel café.

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Comentarios (4)

Carletos_89

tremendo relato, me tuvo enganchado de principio a fin!!!

lectora_feliz

Me encanto la forma en que esta escrito, el ritmo es perfecto. Se nota que te tomaste tu tiempo para armarlo bien.

Nadia_cba

Por favor continualo, no puede quedar asi. Quede con muchas ganas de saber que paso despues jajaja

EstebanLP22

me recordo a unas vacaciones que tuve hace unos años... digamos que tambien resultaron muy educativas jaja. Muy buen relato

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