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Relatos Ardientes

Las órdenes frías que cumplí hasta la noche

La orden llegó por mensaje a media mañana, seca y precisa, como siempre. No había adornos, ni corazones, ni ninguna de esas tonterías que otras personas confunden con juego. Solo una lista, una hora de inicio y la advertencia de que no podía fallar.

Debía conseguir una bolsa de gel frío, meterla al refrigerador y usarla cada hora, desde el mediodía hasta la noche, sobre mis pezones y sobre mi coño, respetando exactamente los tiempos. Foto del reloj antes de empezar. Foto del reloj al terminar. Nada de tocarme para correrme. Nada de trampas.

Leí esas instrucciones tres veces mientras estaba en la cocina de mi departamento, con el teléfono en una mano y el café enfriándose al lado. Sentí ese tirón en el bajo vientre que siempre me provocaba obedecerlo. No era amor romántico ni una fantasía blanda. Era otra cosa: una necesidad sucia de cumplir, de sentir que mi cuerpo dejaba de ser solo mío durante unas horas.

Él no vivía conmigo. Ni siquiera lo veía todos los días. Nuestra relación se había ido construyendo a distancia, con encuentros intensos, reglas claras y esa forma suya de mandar que no admitía medias tintas. Yo era una mujer adulta, con trabajo, rutina y criterio de sobra, pero en cuanto aceptaba una orden suya, algo en mí se acomodaba solo.

Fui a comprar el gel al almacén de la esquina. Lo elegí sin apuro, comparando tamaños con una seriedad ridícula, como si estuviera eligiendo un ingrediente para cocinar y no un objeto con el que me iba a castigar y excitar durante ocho horas. Cuando regresé, lo metí al refrigerador y me quedé mirando la puerta cerrada unos segundos.

Vas a obedecer hasta el final, pensé, y solo esa idea me mojó.

A las doce en punto entré al baño con el teléfono, la bolsa fría y una toalla pequeña. Cerré con llave. Me bajé la ropa interior hasta los tobillos y me senté en el borde de la bañera. El primer contacto del gel en el pezón izquierdo me hizo jadear con fuerza.

El frío fue inmediato, duro, invasivo. Se me contrajo el pecho entero. El pezón se endureció al instante y sentí un dolor fino, punzante, que en pocos segundos se mezcló con calor interno, con una excitación espesa que me tensó las piernas.

Lo sostuve donde correspondía, mirando el reloj del móvil. Tres minutos no parecían nada hasta que los vivías quieta, obligada a resistir. Cuando cambié al otro pezón, ya respiraba más rápido, con la boca entreabierta, notando cómo se me formaba una humedad caliente entre los muslos.

La segunda parte era peor. O mejor. Separé las piernas, apoyé la espalda en la pared y presioné la bolsa fría directamente sobre los labios de mi coño. Se me escapó un gemido corto, vergonzoso, animal.

El contraste fue brutal. El frío me quemó primero por fuera y enseguida se metió más adentro, despertándome cada nervio. Sentí el clítoris encogerse, los labios tensarse, y aun así empecé a mojarme más. Era absurdo y excitante a la vez: tener el coño helado por fuera y ardiendo por dentro.

Los cinco minutos fueron una tortura deliciosa. Movía apenas las caderas, no para darme placer de verdad, porque estaba prohibido, sino por puro reflejo. Quería frotarme. Quería meterme los dedos. Quería acabarme ahí mismo. No podía.

Cuando terminé la primera ronda, me quedé sentada un rato, desnuda de cintura para abajo, viendo cómo mi respiración tardaba en normalizarse. Le mandé las fotos pactadas. La respuesta llegó al minuto.

—Bien. No te toques. Quiero que llegues a la noche desesperada.

Tuve que volver al trabajo con esa frase metida en la cabeza como una orden física. Cada correo que respondía, cada llamada, cada minuto sentado frente a la pantalla estaba atravesado por la conciencia de mis pezones sensibles y de mi coño alterado. El cuerpo se me había convertido en un recordatorio constante.

A la una regresé al baño. Repetí el ritual con más anticipación y menos miedo. Ya sabía lo que venía, pero no por eso fue menos intenso. El gel estaba más frío. Mis pezones reaccionaron más rápido, más duro. Al tocar mi vulva, sentí un latigazo tan fuerte que tuve que morderme el labio para no soltar un gemido más alto.

Al terminar, me miré en el espejo. Tenía las mejillas encendidas y los ojos brillantes. Parecía una mujer normal en un día normal, pero por dentro estaba convertida en una masa de necesidad contenida.

La tercera vez ya no entré al baño solo a cumplir. Entré con hambre. Cerré la puerta, me levanté la falda, me quité la ropa interior y me senté con una prisa que me hizo sentirme indecente. Cuando el gel tocó mis pezones, el dolor me atravesó como un hilo eléctrico y mis caderas se elevaron solas.

—Mierda... —murmuré, completamente sola.

En mi coño la sensación fue todavía más sucia. Ya estaba tan sensible que al apoyar la bolsa en los labios mojados se produjo un sonido húmedo, pequeño, obsceno, que me hizo apretar los dientes. El clítoris me latía como si me lo hubieran estado chupando durante minutos, aunque nadie me estaba tocando.

Ese fue el momento en que entendí que la orden no consistía solo en aguantar frío. Consistía en fabricarme una necesidad insoportable, una excitación dosificada a golpes de reloj. Cada hora me dejaba más blanda, más obediente, más cerca de pedir permiso para correrme como una puta hambrienta.

A media tarde llegó otro mensaje.

—Esta noche voy a llamarte. Quiero que llegues abierta, sensible y lista para hacer exactamente lo que te diga.

Sentí un vuelco en el estómago. Ya no se trataba solo de una prueba solitaria. Todo ese día estaba preparando algo. Seguí trabajando, pero la cabeza se me llenó de imágenes: mis piernas abiertas sobre la cama, mis dedos temblando, su voz guiándome, prohibiéndome, dejándome al borde.

La ronda de las cuatro me dejó temblando. La de las cinco, mojando la toalla. Para entonces, cada vez que el gel frío tocaba mis pezones, el dolor se convertía casi enseguida en una corriente directa al coño. Ya no podía pensar en otra cosa. Tenía las bragas húmedas desde hacía horas y caminaba con la conciencia desagradable y deliciosa de mi propia excitación.

La de las seis fue la peor. O la mejor, otra vez. Me encerré en el baño apenas pude, me saqué la ropa interior con torpeza y coloqué la bolsa entre las piernas. Estaba tan sensible que un solo segundo me arrancó un gemido largo. Apoyé la cabeza contra los azulejos y respiré por la nariz, intentando obedecer.

Sin querer, empecé a mover la pelvis contra el gel. Apenas un roce. Nada que pudiera contar como masturbarme de verdad. Pero fue suficiente para que el placer me golpeara de lleno. Retiré la bolsa de inmediato, asustada de cruzar la línea, y me quedé con el coño latiendo, abierto, casi suplicando una continuación que no llegó.

Le escribí para confesarlo antes de que él me lo preguntara.

—Me moví un poco. No me corrí. Paré enseguida.

Su respuesta tardó varios minutos. Esa espera me castigó más que el frío.

—Por honesta, no vas a perder el premio. Pero esta noche vas a pedirme cada cosa. Quiero oírte reconocer lo desesperada que estás.

Leí ese mensaje una y otra vez. Premio. La palabra me dejó sin aire.

A las siete, en la penúltima ronda, ya no quedaba casi nada de la compostura con la que había empezado el día. Cerré la puerta del baño y me quité toda la ropa. Necesitaba sentir el aire en la piel. Quería entregarme a la orden sin ninguna barrera.

Me senté en el suelo esta vez, con la espalda en la bañera y las piernas abiertas. El gel en los pezones me hizo arquearme. Los tenía tan duros y sensibles que hasta el mínimo movimiento después del frío me rozaba como una caricia cruel. Bajé la bolsa a mi coño y la mantuve ahí con una mano temblorosa.

Mis labios estaban hinchados. El clítoris, casi dolorido. El frío me los apretó, me los hizo arder, y sentí un líquido espeso deslizándose hacia abajo. Estaba tan mojada que la sensación se volvió todavía más obscena. Frío por fuera. Calor por dentro. Ganas de correrse sin permiso.

Terminé esa ronda gimiendo bajito, mordiéndome el antebrazo para no hacer ruido. Después me vestí despacio, pero ya me daba igual todo. Solo faltaba una. Y luego, su llamada.

***

A las ocho cumplí la última orden del día. La hice en casa, recién duchada, con las luces bajas del baño y el teléfono cargándose junto al lavabo. Quise que todo estuviera listo. Si él llamaba enseguida, yo quería estar preparada.

La última aplicación del gel fue casi ceremonial. No por suave, sino por definitiva. El contacto con los pezones me hizo soltar un jadeo roto. Ya no sentía el frío como algo separado del placer: eran la misma cosa, mezcladas de una manera que me tenía completamente sometida.

Cuando bajé la bolsa a mi coño, me abrí con dos dedos para que el frío llegara mejor. Solo ese gesto me dejó al borde de la locura. Sentí los dedos mojarse, el clítoris duro, la entrada palpitando vacía. Tuve que apartar la mano de inmediato para no caer en la tentación de meterme un dedo hasta el fondo.

Cinco minutos después estaba derrotada. No cansada solamente. Derrotada de esa manera íntima en la que el cuerpo acepta que ya no manda. Me puse una bata ligera, fui al dormitorio y me senté en la cama con las piernas juntas, tratando de aguantar.

El teléfono sonó a los veinte minutos.

—Buenas noches —dijo él, con esa voz tranquila que siempre me aflojaba por dentro.

—Buenas noches.

—Quiero detalles. ¿Obedeciste todo?

—Sí.

—No te oigo convencida.

Tragué saliva. Me noté el coño contra el colchón, caliente, húmedo, necesitado.

—Sí, obedecí todo. Cada hora. Como me dijiste.

—¿Y cómo estás ahora?

Me quedé callada un segundo. Sabía que no quería una respuesta decorosa. Quería la verdad cruda.

—Estoy desesperada —admití—. Tengo los pezones sensibles y el coño hecho un desastre. Llevo todo el día pensando en tocarme.

—Eso está mejor. Quítate la bata.

Obedecí al instante. La tela cayó a un lado y me quedé desnuda sobre la cama, con las piernas ligeramente abiertas.

—Ahora mírate —ordenó—. Toca un pezón con dos dedos. Solo lo justo para sentir cuánto te duele.

Lo hice. El roce mínimo me arrancó un gemido ronco.

—Están durísimos.

—Claro que sí. Los preparé para esto. Pellízcate.

Obedecí. El dolor me atravesó y fue directo entre mis piernas. Jadeé, cerrando los ojos.

—Más fuerte.

Repetí el pellizco y sentí una oleada tan intensa que tuve que separar las piernas del todo. Mi coño estaba empapado.

—Ahora mete la mano ahí abajo —dijo él—. Quiero que me digas cómo estás.

Deslicé los dedos por mi vientre y llegué a la vulva. Al tocarme, noté de inmediato lo mojada que estaba. No una humedad suave ni romántica, sino una lubricación espesa, abundante, sucia.

—Estoy chorreando —susurré.

—Más claro.

Me mordí el labio, avergonzada y excitada.

—Tengo el coño empapado. Mucho.

—Bien. Abre los labios con los dedos.

Lo hice. El aire de la habitación me golpeó el clítoris y gemí otra vez.

—Frota solo alrededor. Ni se te ocurra tocar directamente donde más te gusta.

Empecé a obedecer. Deslicé dos dedos por los labios hinchados, por la entrada mojada, subiendo y bajando sin alcanzar el centro de verdad. Era una crueldad exacta. Todo mi cuerpo pedía un centímetro más. Solo uno. Pero ese centímetro era la diferencia entre aguantar y correrme.

—Así aprendés —dijo él, notando mi respiración—. Todo el día acumulando y ahora te toca suplicar.

—Sí...

—No. Decilo bien.

Sentí el calor subiéndome a la cara, aunque estaba sola.

—Sí, quiero suplicar.

—Entonces hacelo.

Paré un segundo, temblando. Después hablé con la voz más baja y más sincera que me salió.

—Por favor, déjame tocarme de verdad. Necesito correrme. No doy más.

Él soltó una exhalación tranquila al otro lado de la línea, como si hubiera estado esperando exactamente eso.

—Todavía no. Métete un dedo, despacio.

Lo llevé a la entrada y lo empujé hacia adentro. Entró con facilidad, completamente cubierto por mi propia humedad. El alivio fue inmediato y también insuficiente. Mi coño se apretó alrededor del dedo como si quisiera más.

—¿Cómo te recibe?

—Apretado... y muy mojado.

—Saca el dedo y vuélvelo a meter. Lento. Quiero que escuches el ruido.

Obedecí. El sonido húmedo de mi propia excitación llenó el silencio entre sus respiraciones y las mías. Me dio vergüenza. Me puso todavía más caliente.

—Otro dedo.

Metí el segundo. Se me abrieron un poco más las piernas. Mi cadera empezó a moverse sola, buscando profundidad, fricción, algo que aliviara ese ardor insoportable.

—No te aceleres —advirtió—. Todavía no te estás follando. Solo estás comprobando cómo de necesitada te dejé.

La frase me hizo gemir sin pudor. Porque era verdad. Él me había construido así durante todo el día, hora tras hora, minuto tras minuto, hasta convertirme en una mujer desnuda sobre una cama, con dos dedos dentro del coño y la mente completamente sometida.

—Saca los dedos. Ahora toca tu clítoris solo con la punta.

Cuando lo hice, casi me doblé sobre mí misma. Estaba tan sensible que el roce leve fue un golpe. Jadeé su nombre, apenas consciente de haberlo hecho.

—Eso. Ahí te quiero. Al borde. Dale círculos pequeños.

Empecé a mover la yema del dedo muy despacio. Mi respiración se volvió entrecortada enseguida. Las piernas me temblaban. Tenía los pezones duros, el vientre tenso y el coño contrayéndose vacío alrededor de nada.

—Más rápido —dijo.

Aumenté el ritmo. El placer subió de golpe, sin transición. Sentí que el orgasmo estaba mucho más cerca de lo que esperaba, como si llevara horas formándose dentro de mí y solo hubiera estado esperando ese permiso mínimo para desbordarse.

—No pares —ordenó.

—Voy a correrme —avisé, con la voz rota.

—Todavía no. Mete dos dedos otra vez y sigue con el clítoris.

Lo hice con torpeza, hambrienta. Dos dedos dentro, frotando al mismo tiempo arriba. Mi cuerpo respondió entero. La cama crujió bajo mis caderas. Empecé a follarme la mano sin disimulo, hundiendo los dedos y sacándolos mientras el pulgar rozaba el clítoris con más presión.

—Así, joder —murmuré—. Así...

—Eso es. Quiero oírte. Quiero que me cuentes cómo te estás usando.

Ya no podía fingir elegancia.

—Me estoy metiendo los dedos hasta el fondo. Estoy muy mojada. Me estoy frotando el clítoris y no puedo aguantar... no puedo...

—Sí puedes. Quiero diez segundos más. Cuéntalos.

Los conté jadeando, uno por uno, mientras seguía moviendo la mano. En el siete ya estaba al límite. En el ocho me empezaron a temblar los muslos. En el nueve sentí esa contracción previa, brutal, inevitable.

—Ahora córrete.

No hice más que oírlo y se me vino encima. El orgasmo me estalló con una fuerza sucia, violenta, largamente retenida. Me arqueé sobre la cama, frotándome más fuerte, metiéndome los dedos una y otra vez mientras el coño se me cerraba en espasmos alrededor de ellos. Gemí sin vergüenza, alto, entrecortado, dejándome ir por completo.

El clítoris latía como una herida deliciosa. El placer no fue una sacudida breve, sino varias oleadas que me hicieron seguir moviendo la mano aunque ya no pudiera pensar. Me corrí con las piernas abiertas, el cuerpo sudado, la respiración deshecha y la sensación de haber estado conteniéndome durante un siglo entero.

—No saques los dedos todavía —dijo él, mientras yo seguía temblando—. Quiero que sientas cómo aprietas después de correrte.

Obedecí. Mi coño se contrajo otra vez alrededor de los dedos. Gemí más bajo, agotada, casi sensible en exceso.

—Buena chica —murmuró.

Esas dos palabras me hicieron cerrar los ojos con una mezcla de paz y humillación dulce que siempre me desarmaba más que cualquier insulto. Respiré hondo varias veces antes de poder hablar.

—No sabía que iba a ser tan intenso.

—Sí lo sabías. Por eso obedeciste tan bien.

Solté una risa débil, todavía con el corazón golpeándome el pecho. Tenía los muslos húmedos, los pezones sensibles hasta el dolor y el cuerpo flojo, como si me hubieran vaciado por dentro.

—¿Estás satisfecha? —preguntó.

Miré mi mano brillando con mi propia humedad, las piernas abiertas, la bata tirada en el suelo. Pensé en cada ida al baño, en cada minuto mirando el reloj, en cada vez que había tenido que tragarme las ganas de correrme antes de tiempo.

—Sí —respondí—. Agotada, pero satisfecha.

—Bien. Entonces mañana quiero el mismo nivel de obediencia.

La llamada terminó poco después. Me quedé sola en la cama, con el silencio de mi cuarto llenándolo todo y con una sensación profunda de haber cruzado algo más que una simple rutina. No había sido solo una serie de instrucciones raras. Había sido una construcción meticulosa del deseo, una forma de someterme usando mi propio cuerpo como campo de prueba.

Fui al baño a lavarme y el agua tibia me hizo notar de nuevo lo sensible que estaba. En los pezones, en los labios, en el clítoris. Sonreí al espejo, despeinada y todavía colorada.

Había empezado el día con una bolsa de gel en el refrigerador. Lo terminaba con las piernas flojas, el coño saciado y la certeza de que obedecer, cuando lo hacía así de bien, podía llevarme mucho más lejos de lo que yo misma me habría atrevido a pedir.

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Comentarios(6)

RocioMar_BA

que relato!!! me dejo sin palabras, de verdad.

DiegoBA88

por favor una segunda parte, quede con ganas de mas

MarceloRJ47

lo contaste de un modo muy natural, sin exagerar. Me gusto mucho

MarisolK

me recordo a algo que vivi hace tiempo, que cosas tiene la vida jaja

Naty_Cba

¿las ordenes llegaban por mensaje o era algo acordado de antes? me quede pensando en eso

FernandoMdz

la tension que se va acumulando esta muy bien lograda, se siente en el texto

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