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Relatos Ardientes

Trío en club de ambiente con dos hombres dominantes

El club al que fui aquella noche no era nuevo para mí, pero nunca había entrado con la intención tan clara como esa vez. Mi pareja estaba fuera por trabajo, yo llevaba varios días calentándome en chats privados con un tipo al que todos llamaban Mauro, aunque en el ambiente lo conocían como «el guardia», y después de tantos mensajes, fotos, videollamadas y promesas, por fin me dijo que quería verme en persona.

No era la primera vez que un hombre me juraba que iba a presentarse y luego desaparecía a última hora. Por eso, mientras me maquillaba frente al espejo, seguía pensando que tal vez me estaba arreglando para nada. Aun así, la excitación me pudo más que la desconfianza.

Me vestí para provocar. Medias negras, tacones altos, un conjunto de encaje oscuro que me apretaba justo donde tenía que apretar, una minifalda de cuero y una chaqueta corta del mismo material. Quería verme femenina, insolente y disponible, y cuando me miré de cuerpo entero supe que lo había conseguido.

Conduje hasta el club, aparqué sin problemas y caminé hasta la puerta sintiendo el aire frío en los muslos. Los de seguridad me reconocieron de otras veces. Uno me sonrió con descaro, me repasó de arriba abajo y me dejó pasar sin hacer preguntas.

Dentro reinaba la penumbra habitual, con música grave, luces rojas y cuerpos mezclados por todas partes. Había parejas de hombres, algunas mujeres entre sí, varios curiosos solos apoyados en la barra y alguna chica trans que yo ya conocía de vista. Pedí una copa, di un sorbo largo y empecé a buscarlo.

Lo encontré al fondo, cerca de una mesa alta. Lo primero que me sorprendió fue su tamaño. En cámara se veía grande, pero en persona imponía más: muy alto, ancho de hombros, brazos enormes, barba cuidada y una barriga leve que no le quitaba lo bruto. Vestía vaqueros ceñidos, botas y una chaqueta de cuero que le daba aire de tipo duro venido de una carretera larga.

No estaba solo.

Con él había un hombre mayor, también corpulento, calvo, con bigote espeso, traje caro y una presencia de esas que llenan el espacio sin levantar la voz. No parecía alguien del ambiente que hubiera pasado a tomar una copa por casualidad. Parecía alguien acostumbrado a mandar.

Los dos vinieron hacia mí. El mayor me saludó primero, educado, con dos besos y una mano firme en la cintura que se quedó un segundo de más. El otro, en cambio, me agarró la cara y me plantó un beso en la boca como si ya me hubiera follado diez veces. Después me soltó una palmada seca en el culo que me hizo dar un respingo.

—Así me gusta verte —me dijo al oído—. Toda arreglada para que te miren.

El mayor se presentó como Bruno. Su tono era tranquilo, pero en sus ojos había algo frío, una forma de observar que me hacía sentir medida. Nos quedamos un rato hablando de cualquier cosa mientras corrían las copas, aunque la conversación era solo un pretexto. Los dos me tocaban cuando podían, y no con disimulo.

Mauro me sobaba el muslo por debajo de la mesa. Bruno se colocaba detrás de mí al pedir en la barra y me dejaba notar su paquete contra el culo. Yo respondía igual, llevada por el morbo. Les apretaba la bragueta, deslizaba una mano por una cintura, comprobaba durezas. El juego ya no tenía nada de inocente.

Fue Bruno quien terminó de romper el equilibrio. Se me puso detrás, me rodeó la cintura con una mano y me agarró por delante con la otra, directo entre las piernas, por encima de la falda. Me apretó el bulto con fuerza suficiente para hacerme gemir entre dientes.

—Ve al baño —me dijo sin apartar la boca de mi oído—. Quítate la tanga y me la traes. Ahora.

Lo dijo como una orden, no como una sugerencia. Y yo obedecí.

Entré al baño con el corazón acelerado. Me bajé la ropa interior, noté mi polla dura y sensible contra la tela mínima de la falda, y por un segundo me vi ridícula, demasiado expuesta, demasiado caliente para echarme atrás. Guardé la tanga en la mano, me acomodé como pude y salí.

Una conocida del ambiente, una trans mayor que yo, me miró la entrepierna y soltó una carcajada.

—Vaya, nena, te han puesto a trabajar rápido —dijo—. Como sigas así, esta noche te abren de verdad.

Me fui de allí colorada, con vergüenza y una excitación casi dolorosa. Cuando volví con ellos, Bruno me quitó la tanga de la mano, se la llevó a la nariz y sonrió. Mauro se rió al verme luchar por bajar la falda mientras la punta de mi polla asomaba apenas por debajo.

—Paga y vámonos —ordenó Bruno sin mirarme siquiera.

No discutí. Pagué las consumiciones, salimos del club y me llevaron hasta un todoterreno oscuro aparcado un poco más allá. Mauro me abrió la puerta trasera y me metió dentro con una mano dura en la cintura. No hubo violencia descontrolada, pero sí la fuerza exacta para dejar claro quién dirigía la situación.

Bruno se sentó al volante. Mauro, a mi lado. El coche arrancó y avanzó un par de calles antes de que Mauro sacara una venda negra.

—Póntela —me dijo—. Es por discreción. No juegues con eso.

Obedecí otra vez. En cuanto la tela me cubrió los ojos, el mundo cambió de golpe. Oía el motor, sentía el cuero del asiento, el olor masculino de los dos, la tensión cerrándose sobre mí. Y entonces Mauro me agarró del pelo y tiró de mi cabeza hacia su entrepierna.

Su polla ya estaba fuera. Gruesa, caliente, dura. La rocé con los labios antes de abrir bien la boca. Empecé lamiendo la punta, mojándola despacio, y él soltó un gruñido bajo. Después la tragué entera hasta donde pude. Tenía ese grosor que obliga a abrir más, a salivar más, a ceder más.

—Eso es, chúpala —murmuró—. A ver si por chat eras igual de guarra que en persona.

Le mamé con ganas, sin jugar a la delicadeza. Subía y bajaba la cabeza, le lamía el tronco, le pasaba la lengua por debajo, me metía la punta hasta la garganta y dejaba que me rozara el tope. Cada vez que me apartaba para respirar, me volvía a empujar con la mano en la nuca. Yo ya tenía la boca llena de saliva y la polla latiéndome entre las piernas.

Bruno no decía nada. Solo conducía.

Mauro duró poco. Se le notó en el cambio de respiración, en la tensión de los muslos, en el modo en que empezó a usarme la boca de verdad, follándomela en embestidas cortas. Cuando se corrió, me dejó la lengua y la garganta llenas. Una corrida espesa, abundante, caliente.

—Traga todo —me dijo casi sin voz.

Tragué. No dejó ni una gota fuera.

Seguimos circulando un rato más hasta que el coche se detuvo. Me bajaron, me guiaron por un camino corto y al entrar en una casa me quitaron la venda. Estábamos en un salón amplio, sobrio, limpio, sin lujos excesivos. Todo demasiado ordenado para ser improvisado.

Entonces ocurrió algo que me descolocó. Mauro apenas había terminado de cerrar la puerta cuando Bruno se giró y le metió un golpe seco en el estómago. No fue teatro ligero: el grandullón se dobló y cayó de rodillas, jadeando.

—No te di permiso para usarla en el coche —dijo Bruno con voz plana—. Si vas a jugar conmigo, respetas el orden.

Mauro agachó la cabeza. No protestó.

Yo me quedé quieta, midiendo el peligro real de aquello, hasta que Bruno se volvió hacia mí con otra expresión. Me ofreció una copa, me indicó un sofá y empezó a hablar con una calma casi didáctica. Quería saber qué me gustaba, qué límites tenía, qué palabra usaría si necesitara parar. Hablamos de dolor, de humillación, de control y de morbo. Le dije mi palabra de seguridad y él la repitió, serio, para dejar claro que la había entendido.

Eso me tranquilizó más de lo que esperaba. Entendí que lo del golpe también era parte de la dinámica entre ellos. Bruno mandaba. Mauro aprendía. Y yo estaba ahí porque quería ser el centro de ese juego.

Después me hizo bajar por un pasillo y una escalera hasta una habitación preparada para lo que venía. Era un sótano amplio acondicionado como cuarto de BDSM, con luz tenue, buena ventilación, muebles resistentes, cuerdas, banco, potro y una limpieza impecable. Nada improvisado. Nada sórdido. Todo listo.

Bruno me dejó con Mauro para que me desvistiera. En pocos minutos me quitó la chaqueta y la falda, me dejó solo con el sujetador, las medias, los tacones y una mínima prenda que apenas ocultaba nada. Sus manos eran enormes y aprovechó cada segundo para sobarme. Me apretó las nalgas, me agarró la polla por encima de la tela y la hizo endurecer del todo.

Él también se había cambiado. Llevaba un short de látex que le marcaba la verga de forma obscena. Cuando se acercó, le noté el bulto rozándome el muslo.

—Hoy te vamos a dejar abierta de verdad —me susurró.

Me llevó hasta un potro acolchado y me colocó sobre él inclinada hacia delante. Sujetó mis tobillos y mis muñecas, separándome bien las piernas. La postura me dejaba expuesta por completo: culo arriba, pecho apoyado, cara de lado, incapaz de ocultar nada.

Bruno entró entonces, casi desnudo, con un arnés mínimo que apenas sujetaba aquel pedazo de polla que le colgaba entre las piernas. Era enorme incluso a medio endurecer. Gruesa, pesada, muy por encima de lo que yo estaba acostumbrada a recibir. Verla me excitó y me asustó a la vez.

Se plantó frente a mi cara y me la ofreció sin ceremonias. Empecé a lamerla con respeto, si es que algo así puede hacerse con una polla así. La fui poniendo dura poco a poco, sintiendo cómo ganaba tamaño y peso en mi boca. Bruno me agarró del pelo y marcó el ritmo.

—Ábrete bien. Sin dientes —dijo.

Obedecí. Me la fue metiendo hasta la garganta con una paciencia cruel, disfrutando de cada arcada, de cada ahogo contenido, de cada lágrima involuntaria que me salía por el esfuerzo. Cuando me llevaba al límite, aflojaba apenas un poco y volvía a entrar. No tenía prisa. Sabía lo que estaba haciendo.

Mientras tanto, Mauro se arrodilló detrás de mí y me abrió las nalgas con las dos manos. Primero me lamió el culo de arriba abajo, despacio, separando más y más, metiendo la lengua en el ano, humedeciéndolo. Después me escupió, añadió lubricante y empezó con un dedo. Luego dos.

Yo seguía ocupada tragando polla mientras sentía sus dedos abriéndome por detrás. Los metía y sacaba con firmeza, buscándome por dentro, mientras con la otra mano me pajeba la polla y me apretaba los huevos. El contraste me volvía loca: la boca forzada por Bruno y el culo trabajándose para recibir algo más grande.

Bruno dejó de ser suave. Empezó a follarme la boca de verdad, con tirones de pelo y embestidas más duras. Una vez rocé con los dientes por culpa de una arcada y me soltó dos bofetadas rápidas, secas, que me dejaron ardiendo la cara.

—Si te atragantas, te tragas. Pero no me muerdes —dijo.

Lejos de frenar, aquello me calentó más. Yo estaba ahí para eso: para ser usada, corregida, ordenada, convertida en un agujero obediente entre dos hombres enormes.

Mauro ya me había abierto bastante cuando sentí que apartaba los dedos y volvía con más lubricante. Lo vertió generosamente por mi culo, dejando que resbalara por el perineo y los muslos. Bruno se apartó de mi boca y pasó detrás de mí. No hacía falta verlo para saber que se estaba colocando.

La punta de su polla rozó mi entrada. Empujó apenas, tanteando. El capullo empezó a entrar y tuve que gemir, medio quejarme, medio pedir más. Era demasiado grande. Paró un segundo, me agarró las caderas con las dos manos y volvió a empujar.

Sentí cómo me abría a la fuerza centímetro a centímetro. Ardía. Tiraba. Mi cuerpo quería cerrarse y al mismo tiempo pedía que siguiera. Cuando la punta terminó de ceder paso, Bruno me soltó una palmada dura en una nalga.

—Relájate o te dolerá más.

Tomé aire. Aflojé. Entonces me clavó tres empujones más, firmes, secos, hasta meterme casi toda aquella bestia en el culo. Grité contra el cuero del potro. Me sentía llena hasta un punto absurdo, partida, al borde del exceso.

—Eso es —oí detrás—. Ya estás dentro.

Me desataron las muñecas y me tiraron del pelo para incorporarme un poco, dejándome todavía apoyada sobre el potro pero más arqueada. Bruno empezó a moverse primero despacio, dejando que el ano aceptara el tamaño, y luego con un ritmo constante, profundo, demoledor. Cada embestida me abría un poco más y me arrancaba un gemido.

Mauro aprovechó para arrodillarse debajo de mí y lamerme los huevos. Se los metía en la boca, me tragaba la polla un rato, subía la lengua hasta el perineo y volvía a succionar. Lo hacía tan bien que mi erección volvió con toda fuerza. Yo estaba siendo follada por el culo por un hombre enorme mientras otro me mamaba como si quisiera sacarme el alma por la verga.

El placer y el miedo se mezclaron de una forma brutal. Me dolía, sí, pero me excitaba más todavía saberme abierta, dominada, usada por esos dos cuerpos más grandes y más fuertes que el mío. Bruno no daba tregua. Mantenía un vaivén exacto, pesado, machacón. Cada vez que se salía un poco y volvía a entrar hasta el fondo, me hacía gemir con la garganta rota.

—Mírate cómo lo aguantas —dijo Mauro, apartándose un momento para darme una palmada en la polla—. Estás hecha una zorra para esto.

No pude contestar. Solo jadear.

Bruno sacó la polla de golpe y me dio la vuelta. Me besó con violencia, metiéndome la lengua hasta el fondo, aplastándome contra su pecho mientras me agarraba el culo con ambas manos. Después me levantó con una facilidad insultante y me dejó sobre una cama ancha acolchada.

Me colocaron boca arriba, con las piernas muy abiertas y elevadas. Mauro me sostuvo los tobillos a cada lado de la cabeza de Bruno mientras este volvía a situarse entre mis piernas. Me escupió en el culo, añadió más lubricante y volvió a entrar, esta vez deslizándose con más facilidad en un ano ya cedido y caliente.

La nueva postura hizo que lo sintiera todavía más adentro. Me atravesó otra vez y se puso a follarme con un ángulo distinto, empujando hacia arriba, rozándome por dentro de una manera que me hizo retorcerme. Yo le agarraba los antebrazos, los hombros, lo que podía, mientras Mauro me acariciaba la cara y luego me metía su polla en la boca.

Entramos en un sesenta y nueve forzado. Yo mamándole a Mauro mientras Bruno me daba por el culo sin parar. Tenía una verga en la boca y otra en el ano, y en medio de ese caos sentí que el placer me subía en oleadas desde el vientre hasta la nuca. Mauro me follaba la boca con más confianza ahora, sabiendo cuánto podía tragar. Bruno, abajo, no bajaba el ritmo.

—Córrase en su boca —ordenó Bruno.

Mauro obedeció. Me agarró la cabeza, me enterró la polla hasta la garganta y se corrió dentro, caliente, a pulsos. Tragué casi al mismo tiempo que mi propia polla estallaba sobre mi vientre y mi pecho. El orgasmo me sacudió entera, largo, tembloroso, mientras Bruno seguía follándome sin detenerse, aprovechando cada contracción del culo.

Me quedé jadeando, todavía mamando los últimos restos de semen de Mauro, cuando él se apartó. Bruno seguía dentro de mí, duro, sólido, moviéndose con una resistencia casi insultante para su edad. Me agarró por las nalgas y abrió más, mirando cómo su polla entraba y salía embarrada de lubricante y saliva.

—Todavía no he terminado contigo —dijo.

Y no mentía.

Me hizo cambiar de postura otra vez. Primero de lado, con una pierna en alto, para metérmela despacio y luego acelerar. Después a cuatro patas en el borde de la cama, dejándome las manos hundidas en el colchón mientras me agarraba de la cintura y me daba embestidas tan fuertes que el sonido de la carne golpeando llenaba la habitación. Mauro, obediente y excitado, me acariciaba la polla, me retorcía los pezones a través del sujetador y de vez en cuando me escupía en la boca para besarme después.

Yo ya no pensaba con claridad. Solo sentía. El ardor del culo abierto. La humedad escurriéndome por los muslos. El peso de aquella polla enorme entrando y saliendo. El sabor salado todavía fresco de la corrida de Mauro. Las bofetadas suaves con las que Bruno me marcaba el ritmo cuando quería que levantara más el culo.

—Dile quién te está follando —me exigió Bruno.

—Tú —jadeé—. Tú, joder.

—¿Y qué eres ahora?

Tragué saliva. Estaba demasiado excitada para fingir dignidad.

—Tu puta.

Me premió con una embestida brutal que me arrancó un grito. Mauro se puso delante de mí y me metió dos dedos en la boca para que los chupara mientras la otra mano seguía pajeándome. Yo babeaba, gemía y me dejaba usar, ya completamente dentro del papel que ellos habían construido para mí.

Cuando Bruno empezó a acercarse al orgasmo se le notó en la respiración contenida y en la forma en que sus caderas golpeaban con menos control y más hambre. Me sujetó con fuerza, me clavó la polla hasta el fondo varias veces más y al final salió de golpe. Se corrió sobre mi vientre, el pecho y la cara, en chorros espesos que me salpicaron los labios y una mejilla.

Mauro no perdió ni un segundo. Se inclinó sobre mí y empezó a lamerlo todo. El abdomen, los pechos cubiertos por el encaje, el cuello, la barbilla. Luego me besó metiéndome en la boca una mezcla de su saliva y la corrida de Bruno. Yo se la devolví, todavía temblando.

Nos quedamos así un rato, respirando, sudados y medio derrumbados sobre la cama. El silencio después de tanta intensidad me zumbaba en los oídos. Tenía el culo sensible, la boca usada, el cuerpo agotado y una sensación muy clara de haber cruzado un límite que llevaba tiempo deseando cruzar.

Bruno fue el primero en recomponerse. Se sentó a mi lado, me acarició una nalga enrojecida y sonrió apenas.

—Ahora sí estás como querías —dijo—. Bien usada.

Yo cerré los ojos y asentí. No tenía fuerzas para negar nada.

Mauro me trajo agua. Bruno me soltó de una vez del todo el personaje severo y volvió a esa calma metódica del principio. Comprobó que estaba bien, me preguntó por el dolor, por el placer, por lo que había sentido en cada momento. Hablamos unos minutos más, esta vez sin órdenes ni golpes, y esa mezcla de brutalidad y cuidado fue casi tan intensa como el sexo.

Antes de irme, todavía con las piernas flojas, Mauro me ayudó a vestirme despacio. Cada roce en el culo me recordaba lo que había soportado. Bruno me devolvió la tanga, guardada en el bolsillo de su americana, y me dijo que me la quedara como recuerdo de la noche en que había dejado de fantasear para empezar a obedecer de verdad.

Cuando salí de aquella casa, todavía de madrugada, supe que no iba a olvidar nunca ese trío. Había ido buscando una cita pendiente y acabé convertida en el juguete de dos hombres que sabían exactamente cómo romperme y reconstruirme entre sus manos. Y lo peor, o lo mejor, es que mientras volvía a casa con el culo ardiendo y la boca aún salada, solo podía pensar en cuándo iba a repetirlo.

Para quienes leen desde zona sur: acompañantes en Lanús, con fotos reales.

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Comentarios(6)

Sombra77

Increible, de los mejores que lei en mucho tiempo!!!

NachoPampa

Por favor que haya segunda parte, me quede con ganas de mas jaja

PatroBaires

Me recordo a una noche de hace unos años con gente parecida. Que tiempos! Muy buen relato, se agradece.

ClauLect

buenisimo!!! sigue escribiendo asi

DiegoAr22

La forma en que esta narrado te mete de lleno en la historia, muy bien logrado

TardeDeViernes

Como escribis estas escenas con tanta naturalidad?? Me dejo pegada hasta el final sin poder soltarlo

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