La mascota que su mujer me pidió que domara
He visto cosas raras en este oficio. Llevo años ofreciendo servicios sexuales y aprendí pronto que la gente esconde deseos que jamás confesaría a la luz del día. Pero lo que me encontré en aquella casa fue, sin duda, lo más perturbador y a la vez lo más fascinante que viví en mucho tiempo.
Todo empezó con un mensaje. Una mujer, que firmaba como Adriana, me escribió diciendo que buscaba contratar un servicio para su marido. Hasta ahí, nada extraño: muchas parejas me contactan, sobre todo cuando él es curioso y ella quiere mirar. Acordamos día y hora, y me pasó una dirección en una zona de chalés caros, de esos con jardín delantero y verja automática.
Cuando llegué, la casa confirmó lo que el barrio prometía. Muebles de diseño, cuadros que no parecían reproducciones, un silencio espeso de dinero viejo. Adriana me abrió la puerta, me saludó con dos besos y una sonrisa cordial, como si recibiera a una visita de toda la vida. Iba vestida con una falda recta, una blusa de seda y zapatos de tacón. Nada de cuero, nada de látex. Una mujer elegante de unos cuarenta y tantos.
Lo raro vino después, cuando me hizo pasar al salón.
Allí, sentado en el suelo, estaba su marido. Vestido con camisa, vaqueros y zapatos, como cualquier hombre. Pero tenía una correa de cuero al cuello, y el otro extremo lo sujetaba ella con la mano, como quien lleva a un perro. Él no levantó la vista. No dijo nada. No se movió.
Confieso que me chocó. He visto fetiches extremos, ataduras, juegos de humillación que pondrían los pelos de punta a cualquiera. Pero aquella escena tenía algo distinto, una calma doméstica que la hacía más inquietante que cualquier mazmorra.
—Siéntate, por favor —me dijo Adriana, señalando un sillón—. ¿Te ofrezco algo de beber?
Acepté un agua. Mientras me la servía, empezó a hacerme preguntas. Cuánto tiempo llevaba en esto, cuáles eran mis preferencias, qué experiencias había tenido. Hablaba con naturalidad, midiendo cada respuesta, evaluándome. Y todo el tiempo, su marido seguía a sus pies, en silencio, con la correa tensa entre los dos.
Era difícil concentrarse en la charla con aquel hombre arrodillado mirando el suelo. No abría la boca. No asentía. Parecía un mueble más de la casa.
—Mateo, ve a prepararte —dijo ella en un momento, sin apenas mirarlo.
El hombre se levantó sin una palabra y salió del salón. Adriana debió notar mi cara, porque se rió por lo bajo.
—Te resulta extraño, ¿verdad? —dijo—. Tranquilo, no es lo que parece.
Y me contó el asunto. Llevaban años con esa dinámica. Él era su «mascota»: un sumiso al que trataba con cariño pero que solo actuaba cuando ella se lo ordenaba. Comía cuando ella decía, hablaba cuando ella le daba permiso, se movía cuando tiraba de la correa. A ambos les daba morbo, y lo que quería esa tarde era verme usar a su mascota delante de ella. Verlo entregado a otro hombre mientras ella mandaba.
***
No suelo juzgar a nadie. Cada uno disfruta como puede, y mi trabajo es justamente eso, dar placer sin hacer preguntas de más. Pero aquella situación tenía un detalle que no me dejaba tranquilo.
—Antes de empezar —le dije a Adriana—, necesito hablar con él a solas.
Se sorprendió. Frunció el ceño un instante, pero enseguida entendió.
—Por supuesto —respondió.
Le expliqué mi razonamiento. Aquel hombre no había dicho una sola palabra. No había afirmado nada, no había negado nada, no había mostrado ninguna emoción. Y yo necesitaba dos cosas. La primera, asegurarme de que lo que íbamos a hacer era consentido de verdad y no impuesto. La segunda, más delicada todavía, comprobar que tenía sus facultades intactas, que no había detrás ninguna vulnerabilidad o dependencia que lo hiciera incapaz de decidir por sí mismo.
Adriana me llevó hasta la habitación donde él esperaba y me dejó solo con él.
—Hola, Mateo —dije—. Quiero que hablemos un momento, los dos solos, sin tu mujer.
Y entonces el hombre habló. Y lo hizo como cualquier persona normal. Me miró a los ojos, relajado, casi divertido por mi preocupación. Me dijo que era ingeniero, que se ganaba bien la vida, que tomaba sus propias decisiones en todo lo demás. Pero que en el sexo le gustaba ese papel. Que adoraba a su mujer, que entregarse a ella lo excitaba como nada en el mundo, y que la idea de que ella lo ofreciera a otro hombre lo tenía obsesionado desde hacía meses.
—¿Estás seguro de que quieres esto? —le pregunté—. Si en cualquier momento quieres parar, paramos. Da igual lo que ella diga.
—Estoy seguro —respondió—. Y gracias por preguntar. Casi nadie lo hace.
Con eso me bastó. Volvimos al asunto.
***
La habitación tenía una cama enorme y luz cálida. Dejé mi mochila sobre una mesa y saqué lo necesario para este tipo de servicios: lubricante, un par de dildos de distintos tamaños, condones, popper. Adriana entró detrás de nosotros y volvió a tomar el mando de inmediato.
—Desnúdate —le ordenó a Mateo. Y a mí—: Tú también, si te parece bien.
Me quité la ropa mientras él se desnudaba con una obediencia que no tenía nada de mecánica. Había deseo en cada gesto, ganas contenidas. Adriana se sentó en una butaca junto a la cama, cruzó las piernas y observó.
—Acarícialo —le dijo a su marido—. De arriba abajo. Despacio.
Las manos de Mateo recorrieron mi pecho, mi vientre, mis muslos. Tenía un tacto suave, dubitativo, como quien explora algo por primera vez. Cuando ella le ordenó que me tocara la polla, lo hizo con cuidado, casi con reverencia. Después llegaron los besos, los labios recorriendo mi piel mientras su mujer dirigía cada movimiento con la voz.
—Métetela en la boca —dijo Adriana—. Entera.
Él dudó, y ella le empujó la nuca con dos dedos, sin brusquedad pero sin permitir negativa. Mateo abrió la boca y me la tragó casi hasta el fondo, hasta que una arcada lo obligó a retroceder. Era evidente que no tenía experiencia. Lo hacía con torpeza, demasiado rápido, sin ritmo.
—Tranquilo —le dije, sujetándole la cabeza con suavidad—. Relaja la garganta. No hay prisa.
Poco a poco fue cogiéndole el tranquillo. Se me puso dura mientras él seguía, entre alguna arcada y respiraciones entrecortadas. Adriana no perdía detalle. Tenía las mejillas encendidas y una mano apoyada en el muslo, apretando la tela de la falda.
***
—Ponte a cuatro patas —ordenó ella al cabo de un rato.
Mateo obedeció sobre la cama. Cogí el dildo más pequeño, lo cubrí de lubricante y empecé a jugar con su culo, sin prisa, dejándolo abrirse a su ritmo. Soltó un resoplido largo cuando entró el primero, y enseguida los resoplidos se volvieron gemidos mientras se lo metía y lo sacaba. Era apenas más grueso que un dedo, así que al rato cambié por uno mayor.
Adriana se había levantado de la butaca. La excitación le brillaba en los ojos.
—¿Quieres jugar tú con esto? —le propuse, ofreciéndole el dildo—. Yo me pongo delante y dejo que me la chupe otro poco.
La idea le encantó. Se arrodilló junto a la cama, tomó el dildo y empezó a manejar el culo de su marido mientras yo le llenaba la boca a él. La estampa la tenía fascinada: su mascota penetrada por un lado y empalada por el otro, gimiendo entre los dos. Mateo gruñía, perdido, completamente cachondo.
Cuando lo noté listo, me puse el condón. Me coloqué detrás de él, le sujeté las caderas y empecé a entrar despacio. Subí el ritmo poco a poco, y lo que al principio eran gruñidos contenidos se transformaron en gritos abiertos de placer. Adriana lo miraba todo desde un palmo de distancia, fascinada de ver a su marido follado como nunca lo había visto.
No tardó mucho. Mateo se llevó una mano a la polla, se dio unas sacudidas rápidas y soltó un grito ronco mientras su cuerpo se sacudía en espasmos y se corría sobre las sábanas. Salí de él con cuidado y me volví hacia su mujer.
—¿Quieres algo más? —le pregunté—. ¿Algún final especial?
***
Adriana se acercó. Me miró la polla todavía dura bajo el condón, me pasó las manos por los brazos y se mordió el labio.
—Quiero que me folles —dijo en voz baja—. Verlo así me ha puesto a mil.
No era parte del trato, pero la mujer me atraía y la tarde había ido demasiado bien para negarme. Me quité el condón y ella se lanzó sobre mí como una loba. Lo hacía infinitamente mejor que su marido: me miraba mientras chupaba, sonreía con la boca llena, encontraba el ritmo justo. Dejé que disfrutara un rato y luego la tumbé en la cama, junto a Mateo, que seguía tirado boca arriba, agotado y satisfecho.
Le abrí las piernas y empecé a comerle el coño. Estaba empapada, y a los pocos minutos los muslos le temblaban contra mi cara. Mientras tanto, agarró a su marido del mentón y le giró la cabeza para obligarlo a mirar.
—No te pierdas nada —le susurró.
Cuando se corrió, le costó recuperar el aliento. Me puse otro condón y entré en ella con fuerza, sin la delicadeza de antes. Adriana no necesitaba delicadeza. Me clavó las uñas en la espalda y me pidió más, más fuerte, hasta que ya no pude aguantar. Salí a tiempo, me quité el condón y me corrí sobre sus pechos.
La polla aún me palpitaba cuando ella se inclinó, me dio unas últimas chupadas y tragó lo que quedaba. Después agarró la cabeza de Mateo y se la acercó al pecho.
—Límpialo —le ordenó.
El hombre lamió cada gota de mi semen sobre la piel de su mujer, recorriendo sus pechos con la lengua, obediente hasta el final. Cuando terminó, Adriana le dio un beso largo en la boca, casi tierno.
Luego se volvió hacia mí, recolocándose la blusa que ni siquiera había llegado a quitarse del todo.
—¿Tengo que pagarte algo más por el servicio adicional? —preguntó.
Negué con la cabeza. Lo había pasado bien, ella era atractiva y todos quedábamos contentos. Cogí mi mochila, me despedí con la misma cordialidad con la que me habían recibido, y salí de aquella casa de muebles caros pensando que, después de tantos años, el deseo de la gente todavía era capaz de sorprenderme.